La chica que no quería ir a Bali y llegó mucho más lejos Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

—Kenji también quiere hacerlo —continuó—. Fue una de las primeras cosas de las que hablamos. Yo le conté lo de mi familia española, lo de mi nombre y acabamos hablando del Camino. Dijimos que lo haríamos juntos. Y al acabar, la idea era plantarme en el pueblo y no parar hasta dar con vosotras.

—¿Aunque tu madre no quisiera?

—Aunque mi madre se pusiera de cabeza.

Le entendí tanto que repliqué:

—¿Por qué te crees que estoy aquí?

—Se nota que somos familia.

—¿Y sabes qué es lo peor? Que no necesitabas buscar demasiado. Mi madre sigue viviendo en la misma casa.

—¿La de la dirección de las cartas? —quiso saber, sin dar crédito.

—La misma.

Santiago cerró los ojos.

—No me lo puedo creer. Traté de contactar con Michael, pero fue imposible.

—Él intentó contactar con vosotros también. Pero no lo consiguió.

—Este hombre cada vez me interesa más.

En ese momento se abrió la puerta del baño.

Michael apareció con una toalla blanca enroscada a la cintura y otra en la mano, secándose el pelo.

Santiago dejó de hablar. Miró a Michael y se quedó con la boca abierta:

—Buenos días —saludó Michael.

—Tú debes de ser Michael.

—Y tú Santiago.

Se estrecharon la mano.

Santiago consiguió comportarse como una persona normal durante aproximadamente tres segundos.

Después volvió a mirarme y me dijo:

—Ahora lo entiendo todo, prima.

—Ya.

—Lo entiendo fenomenal —insistió Santiago.

Michael cogió ropa de la maleta y dijo después:

—Chicos, voy a vestirme.

—Sin prisa —dijo Santiago.

Lo fulminé con la mirada y murmuré:

—Santiago.

—¿Qué? Estoy siendo amable con mi nuevo primo.

Michael volvió al baño riéndose. Y yo esperé a que cerrara la puerta.

—Anda que…

—¿Qué he hecho? —replicó Santiago, alzando las manos.

—¡Llamarlo nuevo primo!

—¿Cómo no me has dicho que estaba tan bueno?

—¿Podemos cambiar de tema? —le rogué.

—Es que el tema está de toma pan y moja.

—Hablas español de puta madre —le dije porque era verdad y por cambiar de tema.

—Mi madre y yo hablamos en español. Ella siempre lo usa cuando se enfada con mi padre para que no se cosque de nada. Pero no nos distraigamos de lo importante. ¿Cuánto tiempo vais a estar en Mulberry?

—Tengo vacaciones hasta final de mes. Michael se tiene que volver en dos días.

—En dos días este nos destroza la cama.

—Santiago… —farfullé tapándome la cara con la mano.

—No hay más que verlo. Tranquila. ¡Yo repongo la nueva, encantado! ¿Y después? ¿Qué hace?

—Vuelve a Melbourne. Trabaja en Urgencias.

—Joder, es médico. Qué morbazo.

La puerta del baño volvió a abrirse. Esta vez Michael apareció vestido con unos vaqueros y un jersey negro.

—Voy a buscar algo para desayunar —nos informó.

—No hace falta —replicó Santiago—. Puedes llamar a recepción y te traen lo que quieras.

—Prefiero acercarme a la cafetería —repuso Michael.

Me miró y entendí perfectamente lo que estaba haciendo.

—Vale. Luego voy para allá —dije.

—Muchas gracias, Michael. Tenemos mucho que rajar —le contó mi primo, agradecido.

—Eso parece —replicó Michael.

Luego se acercó, me dio un beso rápido y salió.

Santiago esperó exactamente a que se cerrara la puerta y exclamó haciendo aspavientos con las manos:

—¡Joder!

—Uf.

—Ese tío es un cañonazo.

—Es muy mono —asentí.

—Se le ve que es buen tío. Pero es un cañonazo serio.

—Santiago...

—¿Qué? Soy gay, no ciego. ¡Qué adquisición, prima!

—Yo solo llamé a su casa buscando a tu madre.

—Chica, ¿y qué vas a hacer si buscando a tu tía te encuentras semejante monumento? —soltó mi primo, haciendo como si se fuera a desmayar.

—Me estoy dejando llevar.

—Pues déjate. Yo con Kenji tampoco esperaba nada.

—¿Es tan guapo como dices?

Mi primo agarró su móvil y me enseñó la foto que tenía en la pantalla de bloqueo.

—Más.

Me quedé alucinada. Kenji era incluso más guapo de como mi primo me lo había descrito. Elegante, de mirada misteriosa…

—Y encima habla poco —añadió Santiago.

—Eso a ti te vendrá fenomenal.

—Exactamente. Yo hablo y él escucha. Nos funciona de maravilla.

—Nos parecemos un poco —comenté.

—¿Un poco? Si llevamos aquí media hora y no hemos respirado.

Mi primo tenía razón, lo nuestro iba más allá de un ligero parecido:

—Parecemos hermanos —solté muerta de risa.

—Lo que habríamos disfrutado tú y yo juntos. Yo siempre he querido tener una hermana.

—¡Joder, y yo un hermano! Aunque tuviera mogollón de años más que yo.

—Tengo cincuenta y cinco, pero por dentro aún no he cumplido veinticinco. Así que te valgo perfectamente…

La frase nos hizo callar y ponernos serios. Esta vez fui yo quien bajó la mirada.

—Qué zorras —murmuró mi primo.

—Un poco.

—Nos han quitado un montón de años.

—Con lo que yo habría necesitado un primo como tú.

Él me miró con los ojos llenos de lágrimas y musitó:

—Y yo una prima como tú.

—Nos lo habríamos pasado teta.

—Todavía estamos a tiempo.

Lo miré, me retiré una lágrima de los ojos, respiré hondo y murmuré:

—Eso sí.

Santiago me cogió una mano.

—Me hizo muchísima ilusión recibir tu mensaje, Vera.

—Y a mí encontrarte. Por cierto, gracias por lo de la cabaña. Ni siquiera sabías si iba a venir.

—Pero por si venías, quería que te sintieras en casa. Porque hay una cosa que deberías saber.

—¿Qué?

—¡Amo La Mancha!

—¿Cómo? —repliqué.

—Tengo queso manchego siempre.

—Me lo creo.

—Siempre. Y un don Quijote en recepción.

—¡Lo vi!

—Y sé cantar jotas.

Abrí la boca.

—Y bailarlas —añadió.

—¡No!

Se echó a reír.

—Me las enseñaron los abuelos.

Me llevé las manos a la cabeza.

—¿Dónde coño has estado toda mi vida?

La risa se nos fue apagando. Porque la pregunta tenía bastante menos gracia de la que parecía.

—Al otro lado del mundo —dijo.

—Ya.

—Pero ahora estamos aquí.

Asentí. Ahora estábamos allí. Y todavía quedaba la persona por la que había empezado todo.

—Tengo que hablar con tu madre.

Santiago tardó un instante en reaccionar:

—Sí.

—¿Sabes dónde está?

—Sí.

—¿Me darás su dirección?

Me miró de una forma extraña.

—No la necesitas.

Fruncí el ceño y repliqué sin entender nada:

—¿Por qué?

—Porque mi madre está aquí.

Sentí que algo se me detenía dentro y repliqué con un hilillo de voz:

—¿Aquí?

—En Mulberry.

—¿Aurora está en Mulberry?

Santiago asintió. Miré instintivamente hacia los árboles que se extendían al otro lado de los cristales.

—¿Dónde?

—En una de las casas.

—¿Ahora?

—Ahora mismo.

Me quedé sin palabras.

Había cruzado medio mundo buscándola.

Había leído sus cartas.

Había recorrido cientos de kilómetros siguiendo una historia que ni siquiera sabía si iba a llevarme hasta ella.

Y Aurora estaba allí, a unos metros de mí.