La chica que no quería ir a Bali y llegó mucho más lejos Capítulo 15
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Capítulo 15

Llamaron a la puerta.

Abrí los ojos y durante unos segundos no supe dónde estaba.

Madera. Cristaleras. Árboles al otro lado. Una cama enorme que parecía haber sobrevivido a una guerra.

Australia.

Queensland.

Mulberry Treehouses.

Michael.

Sonreí debajo del edredón.

Volvieron a llamar.

Busqué el móvil a tientas por la mesilla, pero allí no estaba. Miré al suelo, entre la ropa desperdigada de la noche anterior, y tampoco lo vi.

Genial.

No sabía qué hora era y, a juzgar por la luz que entraba por las ventanas, podían ser las ocho o las doce.

Escuché correr el agua en el baño.

Michael estaba en la ducha.

—Ya voy —grité.

Cogí el edredón, me envolví en él y avancé descalza hacia la puerta. Seguramente sería el desayuno. La noche anterior nos habían dicho que podíamos pedir cualquier cosa, aunque no recordaba haber pedido nada.

Abrí.

Y no había ningún desayuno.

Había un hombre.

Alto, delgado, con el cuerpo fibroso de alguien que llevaba toda la vida haciendo deporte, vaqueros, botas y una chaqueta oscura. Tendría unos cincuenta y tantos, pero aparentaba menos. Llevaba el pelo castaño entrecano algo largo, casi rozándole los hombros, y una barba corta salpicada de canas.

Me miraba con los ojos muy abiertos.

—Hola —dijo—. Soy Santiago.

Me quedé muerta.

No sé cuánto tiempo estuve observándolo. Probablemente fueron dos segundos, pero me dio tiempo a verlo todo.

La nariz.

Los ojos.

La forma de la boca.

—Joder —solté.

—¡Coño!

—Te pareces muchísimo a mi madre.

Su sonrisa desapareció y me miró con más atención.

—Y tú a la mía.

Nos quedamos quietos. Él fuera. Y yo dentro, desnuda y envuelta en un edredón.

Dos completos desconocidos que, al parecer, llevábamos toda la vida siendo familia.

—¡Prima! —gritó al fin.

—¡Primo!

No sé quién se lanzó primero.

Santiago me abrazó y yo saqué los brazos de debajo del edredón como pude para rodearlo. Se rio. Yo también. Luego creo que se me escapó algún ruido extraño entre risa y llanto.

—No me lo puedo creer —decía él en un perfecto español—. ¡No me lo puedo creer!

—Yo tampoco.

Nos separamos para mirarnos y volvimos a abrazarnos.

—Perdona que te reciba así.

Santiago bajó la vista hacia el edredón.

—He tenido recibimientos peores.

—Es que estaba durmiendo. Pasa, anda.

Me aparté para dejarlo entrar y cerré la puerta.

—Ya. He supuesto que se os había pasado la hora. Pero estaba tan nervioso que cuando han dado las diez he preguntado en recepción si habíais salido. Me han dicho que no y no he podido esperar más.

—¿Las diez?

—Y siete minutos.

—Joder.

—¿A qué hora te acostaste?

—Pues...

Santiago miró por encima de mi hombro y de pronto se escuchó a Michael cantar a grito pelado la jota rabiosa que me había escuchado a mí.

Volvió a mirarme y luego miró otra vez hacia dentro.

—Me han dicho que estás con alguien. Lo que no me han advertido es que cantara jotas rabiosas.

—Tampoco sabía que la cantara.

—Esa la cantaba la abuela. ¿Es del pueblo?

—Es de aquí —respondí entre risas—. De Dubbo. Se la canté una vez y el tío ya se la sabe.

—¿Quién es?

—Michael Bennett. El hombre que compró la casa de tus padres.

Abrió la boca y soltó alucinado:

—¡No me jodas!

—Como te cuento.

—No pude acompañar a mis padres a la firma. Pero recuerdo que me dijeron que era un chico encantador. ¿Michael Bennett está ahí dentro?

Señalé el baño y respondí:

—Duchándose.

—¿Y qué hace Michael Bennett duchándose en tu cabaña a las diez de la mañana mientras canta jotas rabiosas?

—Yo es que aún ni lo he pensado.

Me agarró del brazo y exclamó entusiasmado:

—¡Prima! ¡Qué bien suena todo!

—La cabaña solo tiene una cama. Y como venimos en coche y había conducido un montón de horas, no se iba a ir al coche a dormir.

—No, no. Claro. Pero uy, uy, uy. ¡Qué peligro!

—Además, ya habían pasado cosas antes —dije tras comprobar que Michael seguía en la ducha.

—¿Os habéis liado por el camino?

—Solo besos.

—¡Qué maravilla!

—Nos hemos liado aquí —susurré.

Santiago volvió a mirar la cama. No hacía falta ser investigador privado. Las sábanas estaban revueltas, había pétalos por todas partes y mi sujetador se encontraba en un lugar en el que definitivamente no debería estar.

—Pero esto que me estás contando es…

—No digas nada, por favor —le supliqué.

—Solo digo que cuando uno canta jotas…

—Calla, calla.

—¿Y te gusta?

Suspiré y cuchicheé.

—Demasiado.

—Eso es una putada. Te entiendo perfectamente. Yo estoy igual.

—¿Tú?

—Hace dos meses vino un japonés a Mulberry.

—¿Un japonés? —repetí ansiosa por conocer la historia.

—Kenji. Cincuenta y cinco años. Guapísimo. Deportista. Serio. Misterioso. De esos hombres que dicen cuatro palabras y consiguen que tú quieras saber las otras cuatrocientas que no han dicho.

—¿Y qué pasó?

—Nunca me lío con clientes. Es una norma que tengo y que cumplo a rajatabla… hasta que me lié con Kenji.

—Debe ser especial para que hayas incumplido la norma.

Santiago bufó y luego exclamó:

—¡Tienes que verlo, prima! Me ha roto todos los esquemas —aseguró—. Tuve una relación durante dieciocho años. Lo dejamos hace tres. Desde entonces he tenido mis historias, pero nada importante. Hasta que ha aparecido este hombre...

Se llevó una mano al pecho y me confesó:

—Me tiene idiota.

—¿Y dónde está?

—En Japón. Vengo de estar con él.

—¿Has ido a Japón por él?

—También tenía cosas que hacer allí.

—Ya. ¿Y qué tal?

—De maravilla, pero no quiero correr.

—Normal.

—Mi madre dice que una cosa es correr y otra no atreverse.

La sonrisa se me borró.

—Tu madre...

—Sí.

—¿Está bien?

Santiago frunció el ceño.

—¡Claro! No me la mates. ¡Ni a mi padre tampoco! Los tengo conmigo.

Solté el aire de golpe y exclamé feliz:

—¡No tenía ni idea!

—¿De que estaban vivos?

—De nada. En mi casa siempre se habló de tu madre como si hubiera desaparecido del planeta. Hasta hace unos días no sabía ni dónde había vivido.

—Es muy triste todo —masculló.

—Me puse a investigar y encontré la casa. La que compró Michael. Lo llamé y resulta que tenía una caja con cartas de mi abuela a tu madre. Hasta había una foto mía de bebé, que le mandó mi madre. Y eso que se suponía que ellas no tenían contacto porque tu madre decidió no saber nada de nosotros.

Santiago parpadeó deprisa y replicó sorprendido:

—Espera. ¿La caja?

—Sí.

—¿Una caja vieja con cartas?

—Sí.

—¡No me digas que la tiene Michael!

—La encontró en la casa —le conté.

—Mi madre pensaba que se había perdido con la mudanza. Y no tenía ni idea de dónde coño estaba.

—Pues estaba en el garaje de Michael.

—¡Qué fuerte! Hace poco le volví a preguntar a mi madre por esas cartas, porque en ellas aparecía la dirección de Pilar. Mi madre no la recordaba o se hacía la tonta. Vete a saber. Pero la estuve buscando por todas partes.

—¿Para qué?

—Para encontrarte.

Me quedé callada, con un nudo en la garganta. Santiago tampoco dijo nada.

—¿A mí? —murmuré.

—A ti y a Pilar. Llevo años diciéndole a mi madre que quiero contactar con vosotras. Siempre me responde que no me meta y que no remueva cosas del pasado. Y yo ya estaba harto… Tenía que hacer algo. No podía más con tantos años de silencio.

—Estoy igual. Mi madre también me pidió que no removiera nada. Pero necesitaba saber.

—¿Tampoco tienes idea de lo que ocurrió? —preguntó Santiago, llevándose la mano a la barbilla.

—Ni puta idea.

—¡Pues ya somos dos!

—Yo esperaba que tú supieras algo —le dije harta de tanto misterio.

—Y yo esperaba que lo supieras tú.

Nos miramos y los dos resoplamos a la vez.

—Estupendo —farfullé—. Entre los dos tenemos una información de mierda.

—Pero ahora tenemos las cartas.

—Dos cajas de cartas.

—¿Dos?

Le expliqué la caja que había encontrado en la casa de mis abuelos, las cartas que Aurora había enviado a España y cómo todo aquello había desmontado buena parte de lo que yo creía saber.

Santiago se pasó una mano por el pelo.

—¡Y los abuelos tampoco me dijeron nada jamás!

—¿Tú conociste a los abuelos?

—Claro.

—¿En serio?

—Durante años fuimos a verlos a Madrid.

—No tenía ni idea.

—Yo sí sabía que tú existías.

Aquello me dolió de una manera extraña.

—¿Me conociste?

Santiago sonrió.

—Una vez.

—¿Cuándo?

—En el entierro del abuelo.

Abrí los ojos.

—No me jodas.

—Tendrías cuatro años.

—No recuerdo nada.

—Normal. Había un montón de adultos y tú ibas por allí con una Barbie con las piernas vendadas con papel higiénico.

Me quedé mirándolo.

—¿Una Barbie?

—Las dos piernas. Parecía que había sobrevivido a una explosión.

Me eché a reír.

—Le hacía rayos X.

—¿Qué?

—De pequeña les hacía radiografías a mis muñecas. Dibujaba los huesos, decidía lo que se habían roto y luego las vendaba.

Santiago empezó a reírse.

—Pues aquella Barbie necesitaba rehabilitación de la buena.

—Seguramente.

—¿Y a qué te dedicas ahora?

—Soy técnica de Radiología.

—¡Vocacional!

—Exacto. Ahora hago rayos X de verdad.

—¡Prima! ¡Cuánto me alegro! La de veces que he pensado qué sería de ti. ¡Y no sabes qué alegría saber que hiciste realidad tus sueños y te dedicas a lo que siempre te ha gustado!

—He mejorado los medios. Ya no utilizo papel higiénico.

Se abanicó con la mano y reconoció:

—Estoy emocionado.

—Ay, yo también.

Nos abrazamos otra vez y luego me mostró las lagrimillas que se le habían escapado:

—¡Mira!

—Mírame a mí —le dije porque estaba igual que él.

—Te recuerdo con una Barbie escayolada y resulta que acabaste trabajando en Radiología. ¡Esto es maravilloso!

Volví a reírme. Y entonces pensé en algo:

—¿Nuestras madres hablaron en el entierro?

Su expresión cambió.

—No.

—¿Nada?

Negó con la cabeza.

—Nada.

—¿Y nunca te explicaron por qué?

—Mi madre jamás. Solo dice que es algo entre ellas. Por eso llevaba tiempo pensando en contactar con vosotras. Os he buscado por todas partes. No tenéis rastro en las redes.

—Tengo redes sociales, pero no están a mi nombre.

—No he encontrado nunca nada. Así que mi último recurso era plantarme en el pueblo después de hacer el Camino de Santiago.

—¿Tienes pensado hacer el Camino de Santiago? —pregunté alucinada.

—En abril. El Camino francés. Es una promesa que le hice a mi abuelo Santiago. Nuestro abuelo. Me encanta llevar su nombre.

Nuestro abuelo.

Qué raro sonaba.

Y qué bien.