La chica que no quería ir a Bali y llegó mucho más lejos Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

Cuando por fin estuvimos juntos, cerré los ojos y gemí.

Michael se quedó quieto.

—¿Bien?

Asentí y le acaricié la nuca.

—Muy bien.

Entonces me besó.

Al principio nos movimos despacio, todavía casi sin creerlo. Nos mirábamos como si quisiéramos recordar cada segundo, pendientes de la reacción del otro.

Después el ritmo cambió y con él desapareció lo poco que me quedaba de sensatez y de pudor.

Las sábanas acabaron revueltas. Una almohada cayó al suelo. En algún momento fui yo quien quedó sobre Michael y la manera en que me miró consiguió que me sintiera más sexy de lo que me había sentido en muchísimo tiempo.

Sus manos se cerraron sobre mi cintura.

—Dios...

—Otra vez.

—¿Qué?

—Me gusta cuando dices eso.

Cerró los ojos un instante.

—Ya me he dado cuenta.

Me volvía loca y me encantaba hacerle perder el control.

Después volvimos a cambiar de postura y dejé de saber dónde estaban las sábanas, los pétalos o mi dignidad.

Tampoco me importó.

Hubo momentos lentos y otros en los que ninguno de los dos tuvo paciencia. Besos que se interrumpían para recuperar el aire. Dedos entrelazados. Mi nombre dicho contra mi piel. El suyo escapándose de mi boca.

Hasta que todo lo demás dejó de existir.

Nos desatamos, nos volvimos locos y acabamos estallando, entre jadeos, el uno contra el otro.

Luego me quedé tumbada junto a él, todavía intentando recuperar la respiración.

La lluvia golpeaba los cristales.

Nuestra ropa estaba desperdigada por la habitación y había pétalos hasta en el suelo.

Michael giró la cabeza hacia mí.

—¿Qué? —masculló.

—Nada.

—Estás pensando.

—Un poco —reconocí.

—Mala señal.

Lo miré de arriba abajo y sonreí.

—Estaba pensando que me alegro mucho de que mi primo nos haya dejado esta cabaña.

—¿Sí?

Miré la cama deshecha.

—Creo que la hemos aprovechado bastante bien.

—Todavía nos quedan unas cuantas horas.

Michael tiró de mí hasta pegarme otra vez a su cuerpo.

No pensé si después iba a arrepentirme. Ni siquiera pensé en qué pasaría mañana. Había llegado cuando me había dado la gana y resultaba que aquel era el momento perfecto.

Cuando todo se calmó, ninguno dijo nada hasta que él respiró hondo.

—Bueno.

Me entró la risa.

—¿Bueno? ¿Eres de los que valoran los polvos?

—Lo odio.

Cogió el edredón, nos tapamos y miré hacia el techo de madera.

Tenía el corazón todavía disparado.

Michael giró la cabeza.

—¿Estás bien?

Lo miré.

—Sí.

—¿Solo bien? —insistió.

—No voy a caer en la trampa de las valoraciones. Pero ha estado de puta madre.

Me besó.

Solo pretendía ser un beso.

Al menos eso pensé.

Uno de esos besos tranquilos que se dan dos personas después de haberse quedado sin aliento y que no llevan a ninguna parte.

El problema fue que duró demasiado.

Y que su mano encontró la mía debajo del edredón.

Y que yo me acerqué un poco.

Y él otro poco.

Cuando me di cuenta de que estábamos volviendo a empezar, me separé.

—No.

Michael se quedó quieto.

—Vale.

Lo miré.

—No he dicho que pares.

Se quedó unos segundos procesándolo.

—¿Cómo?

—Que flipo. Que no me lo creo —repliqué.

—Me vas a matar.

—Eres médico. Haz algo.

Y volvió a besarme.

Nos enredamos otra vez.

Otro condón.

Fuera estaba cayendo la mundial y dentro se lio la más grande.

Él era una bestia parda y yo tenía un hambre de siglos.

Pues eso, nos juntamos el hambre con las ganas de comer.

Joder, estaba hablando como mi madre. Esa frase la podía haber dicho ella.

Y luego pensé en mi madre, tan tranquila, imaginándome con un médico capaz de protegerme de la fauna australiana, y a ver cómo le explicaba yo que el peligro no estaba precisamente fuera de la cabaña.

Cuando la habitación volvió a quedarse en silencio, yo estaba tumbada de lado con la cabeza apoyada sobre su pecho y una pierna enredada con la suya.

No sabía cuánto tiempo había pasado.

Tampoco me importaba.

La lluvia seguía cayendo fuera, pero ya con menos fuerza. Las gotas resbalaban por los cristales y las luces lejanas apenas se distinguían entre los árboles.

Michael me acariciaba el brazo distraídamente.

Arriba.

Abajo.

Arriba.

Abajo.

Podría haberme quedado dormida así.

—¿En qué piensas? —preguntó.

—Tampoco voy a caer en la trampa del qué piensas.

—Llevas demasiado tiempo callada.

Le di un pequeño golpe en el pecho.

—También sé callarme.

—¡Eres increíble!

Levanté la cabeza para mirarlo.

—De verdad que no estaba pensando en que mañana a las diez conoceré a Santiago.

Michael abrió la boca.

—Fantástico.

—¿Por?

—Porque entonces estabas pensando en mí.

—Me has dejado hasta sin pensamientos. ¿Tú siempre follas así?

—Solo con las manchegas.

—Ya.

—En serio. Ha sido…

—Bestia —solté.

—¿Bestia? Joder, qué poco romántico.

—Ha sido y ya está.

—¿Qué tienes contra los adjetivos? —quiso saber Michael.

—No tienen fuerza cuando lo que has vivido te ha dejado hasta sin pensamientos.

—Ahora el que se ha quedado sin palabras soy yo.

Volví a apoyar la cabeza sobre él.

—¿Te quedarás conmigo mañana? —le pregunté.

Noté que su mano se detenía sobre mi brazo.

—Claro.

No sé por qué aquella respuesta me gustó tanto.

Podría haberle dicho que no hacía falta. Que aquello era cosa mía. Que Santiago era mi familia y que yo podía enfrentarme sola a lo que tuviera que contarme.

Pero no lo hice.

—Gracias.

Michael me besó el pelo.

—Además, tu madre me ha dado instrucciones.

—Mi madre te ha pedido que me protejas de las serpientes.

—Y de las arañas asesinas.

Volvió a acariciarme el brazo.

Me quedé mirando la oscuridad detrás de los cristales.

Tenía una familia que acababa de descubrir, una historia que cada vez entendía menos y un hombre al que hacía muy pocos días ni siquiera conocía.

Todo aquello debería haberme parecido una locura.

Probablemente lo era.

Pero allí, metida en una cama enorme en una casa construida entre árboles al otro lado del mundo, no tenía miedo.

Michael entrelazó sus dedos con los míos.

Los miré y sonreí.

No sabía qué iba a pasar con nosotros, ni siquiera sabía qué quería que pasara. Y, por una vez, no necesitaba saberlo. Me bastaba con aquello. Con su mano agarrando la mía. Con la lluvia golpeando los cristales. Con saber que, cuando amaneciera, seguiría allí.

Cerré los ojos y pensé que quizá llegar tarde a algunas cosas no era tan malo.

A veces solo significaba que llegabas cuando estabas preparada.