Capítulo 14
Michael volvió a besarme.
Solo su boca sobre la mía y sus manos en mi cintura mientras yo me agarraba a su camiseta y lo acercaba todavía más.
No nos habíamos besado tantas veces, pero habían sido suficientes para saber que siempre quería otro.
Michael me acarició la espalda y sentí sus dedos subir lentamente hasta mi nuca. Se separó apenas unos centímetros.
—Vera...
—Como vuelvas a preguntarme si estoy segura, te vas al coche.
—No iba a preguntarte eso.
—¿Entonces?
—Nada.
—Pues cállate.
Le agarré de la camiseta y tiré de él.
No necesitó más indicaciones.
Me besó con tanta fuerza que tuve que dar un paso atrás para mantener el equilibrio. Él me sujetó y yo me eché a reír contra su boca.
—Cuidado.
—Has sido tú la que ha tirado de mí —replicó él.
—No. Has sido tú el que me ha besado con…
—Demasiadas ganas.
—¿Tienes ganas? —pregunté sabiendo la respuesta.
—Si quieres pregúntame mejor desde cuándo tengo ganas.
—¿Desde cuándo?
—Desde que vi tu foto de perfil.
—Bueno, yo tengo que reconocer que me pasó algo parecido —admití.
—Te vi y dije…
—Es ella —le interrumpí—. La pelma que me va a obligar a dejarlo todo para sacar una caja que tengo abandonada en el garaje.
—Me gustó tu pelo. Me flipan las mujeres con el pelo largo y salvaje.
—¿Salvaje?
—Algo ondulado, con esos mechones que se te escapan de la coleta. También me gustan tus pecas…
—Joder, pues sí que tienes vista. ¿Te fijaste en mis pecas en la foto de perfil?
—No. Me estoy fijando ahora. De tu foto me gustó el brillo de tus ojos.
—¿El brillo de mis ojos? ¿En serio?
—Sí. Y tu sonrisa.
—Ni siquiera estaba sonriendo.
—Por eso. Parecía que estabas a punto de hacerlo.
Me quedé mirándolo.
—Eso ha sonado muy bonito.
—Es lo que pensé. Que parecías estar pasándolo bien. Pelo suelto, una copa en la mano, las gafas ahí arriba... Tenías pinta de ser divertida.
—¿Y de ahí pasaste a «quiero besar a esta mujer»?
—No. Primero pensé que quería conocerte.
—Ah.
—Lo de besarte vino unos segundos después.
Me eché a reír.
—Menos mal. Ya me parecía demasiado romántico.
Volvió a besarme y esta vez fui yo la que metió las manos bajo su camiseta.
Noté cómo contenía el aire.
Hasta entonces había tenido la impresión de que Michael llevaba el control de todo. Del coche, de la ruta, de los horarios, de las situaciones imprevistas y hasta de aquella especie de juego absurdo en el que llevábamos metidos desde que nos habíamos conocido.
Pero no.
Pasé las manos despacio por su espalda y volvió a tensarse.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada.
—Pues tienes una cara de nada estupenda.
Me agarró las muñecas.
—Estás jugando con fuego —masculló.
—Es lo que pretendo.
—Juguemos.
Y entonces me besó de nuevo y se me quitaron las ganas de reír.
Le quité la camiseta.
No sé muy bien en qué momento decidí hacerlo. Solo sé que un segundo la llevaba puesta y al siguiente estaba en el suelo.
Lo miré.
—Joder.
—¿Qué?
—Que las fotos de surfista no hacían justicia.
—¿Qué fotos?
—Las de tu Instagram que cotilleé para asegurarme de que eras una persona de bien.
—¿Y las fotos sin camiseta te ayudaron a determinarlo?
—Muchísimo. Fue una investigación muy rigurosa.
—¿Cuántas veces tuviste que mirarlas?
—Las necesarias.
—Ya. Y dices que no me hacían justicia.
—Para nada.
—¿Por qué?
Dejé que mis ojos recorrieran su cuerpazo antes de contestar.
—Porque no explican lo que pasa cuando te tengo delante.
Michael alzó ligeramente las cejas.
—¿Y qué te pasa cuando me tienes delante?
—Esto.
Apoyé las manos sobre su pecho y las deslicé despacio por su torso. La piel estaba caliente bajo mis dedos. Recorrí sus pectorales, bajé por su abdomen y me recreé en cada uno de aquellos abdominales que llevaba días fingiendo que no miraba.
Michael cerró los ojos y dejó escapar el aire muy despacio.
—Me pasa más o menos esto —dije—. Que me entran ganas de comprobar si todo es tan bonito como parece.
—¿Y?
—Todavía estoy comprobándolo.
Volví a subir las manos por su torso, muy despacio, y esta vez noté cómo se tensaban sus músculos a mi paso.
—¿Qué? —murmuré.
Abrió los ojos y me miró.
—No puedes hacer eso y luego preguntarme qué.
Sonreí.
—Solo estaba comprobando si las fotos mentían.
—¿Y?
Dejé las manos apoyadas en su pecho.
—Se quedaban bastante cortas.
—Tú vas a acabar conmigo.
Me gustaba muchísimo saber que podía ponerlo nervioso.
Porque Michael también me ponía nerviosa. Solo que de una manera distinta a la que había imaginado. No tenía ganas de salir corriendo. No quería esconderme detrás de una broma. Ni siquiera quería saber qué iba a pasar después.
Quería saber qué pasaba ahora.
Y estaba pasando.
Sus dedos buscaron el borde de mi jersey y levanté los brazos para ayudarlo. El jersey acabó acompañando a su camiseta en algún punto del suelo.
Michael se quedó mirándome.
—No sé qué me está pasando contigo. Cada vez me gustas más. Y ahora me metes en una cabaña en un árbol.
—Perdona, te has metido tú solo.
—Ni queriendo me habría salido un plan tan bien.
—¿Qué plan?
—Tú, yo, una sola cama y el sitio más romántico de Australia.
—Y pétalos.
—Los pétalos ya son recochineo.
Me acarició la mejilla y volvió a besarme, pero más despacio.
Aquello fue todavía peor, porque la prisa podía entenderla. Lo que me desarmaba era esa forma de tocarme como si no tuviera ninguna.
Le rodeé el cuello con los brazos.
—No seas tan cuidadoso.
Se apartó un poco.
—¿No?
Negué con la cabeza.
Algo cambió en su expresión. Y ahí se terminó definitivamente la conversación.
Retrocedimos hasta la cama sin dejar de besarnos. Mis piernas chocaron contra el colchón y caí hacia atrás.
Michael vino conmigo.
Los pétalos salieron disparados.
Uno se le quedó enganchado en el pelo. Intenté ignorarlo. De verdad que lo intenté. Pero no aguanté más de tres segundos sin romper a reír.
—No te rías.
—No me estoy riendo.
—Sí te estás riendo.
Le quité el pétalo.
—Es que estás monísimo.
Intentó quitármelo de la mano.
—Dámelo.
—No.
—Vera.
Lo lancé detrás de mí.
Michael me agarró antes de que pudiera escapar y acabé tumbada otra vez.
—Ahora sí que no te libras.
—Qué miedo.
—Debería darte.
—Soy manchega.
—Cierto.
—Nosotros no tememos a nada.
—Hace diez minutos estabas aterrorizada por una araña que ni siquiera existía.
—Eso no cuenta —repliqué.
—¿Por qué?
—Porque esas arañas no forman parte de mi ecosistema. A mí me educaron para enfrentarme a moscas, avispas y orugas. Es otra categoría.
Y me besó para que me callara.
Funcionó.
Durante un rato dejamos de decir tonterías.
También dejamos de saber dónde terminaba uno y empezaba el otro.
Sus manos recorrían mi espalda mientras las mías descubrían la suya. Lo besé en el cuello y escuché mi nombre en voz baja.
Me detuve.
—¿Qué? —pregunté.
—No pares.
No hacía falta que me lo pidiera. Quería seguir y quería conseguir que volviera a decir mi nombre así.
Lo besé de nuevo y sentí cómo me abrazaba con más fuerza.
Después todo empezó a suceder sin que tuviera que decidir cada paso.
Una prenda.
Otra.
Un beso que terminaba en otro.
Sus dedos entre los míos.
Mi respiración acelerándose cada vez que Michael se acercaba. Y aquella sensación de que, por mucho que lo tocara, todavía lo quería más cerca.
Hubo un momento en que se detuvo.
Solo un instante.
Me miró.
No preguntó nada. Para qué. Le pasé la mano por la nuca y tiré de él.
—Ven aquí.
Y vino.
Fuera, el bosque seguía haciendo todos aquellos ruidos que antes me habían parecido inquietantes.
Ya no escuchaba ninguno.
Solo a Michael.
Su respiración.
La mía.
Mi nombre entre sus labios.
Y la lluvia que había empezado a golpear suavemente los cristales sin que me hubiera dado cuenta.
Cerré los ojos.
Dejé de pensar y fue maravilloso, porque yo pensaba mucho. Pensaba antes de hacer las cosas, mientras las hacía y después de haberlas hecho.
Aquella noche no.
Aquella noche solo sentí.
A Michael junto a mí.
El calor de su cuerpo.
Su boca.
Sus manos.
La forma en que me miraba.
Y ese vértigo extraño de saber que estaba haciendo exactamente lo que quería hacer.
Nos desprendimos de la poca ropa que todavía nos quedaba.
Michael estaba desnudo frente a mí y lo miré sin disimular. El pecho que acababa de recorrer con las manos, los abdominales que me habían tenido entretenida unos minutos antes, la cintura estrecha, las piernas fuertes y aquello que había notado presionando contra mi cuerpo.
—En Australia todo es grande —se me escapó.
Se encogió de hombros y volvió a besarme.
Piel contra piel.
Sin ropa de por medio, todo se sentía distinto. Más cercano. Más real. Tanto que jadeé cuando me atrajo contra él y Michael se quedó quieto un instante.
—Vera...
Volvimos a besarnos y esta vez los pétalos podían haberse incendiado a nuestro alrededor sin que me hubiera enterado.
Sus besos bajaron por mi cuello mientras yo hundía los dedos en su pelo. Después volvieron a mi boca. Sus manos me recorrían y las mías no se quedaban precisamente quietas.
Pero enseguida los besos emprendieron el camino contrario.
Descendieron otra vez por mi cuello, más despacio, deteniéndose aquí y allá mientras sus manos recorrían mi cuerpo como si también estuvieran descubriéndolo.
Y acabó entre mis piernas. Yo cerré los ojos y me dejé explorar, cada vez más consciente de su boca, de sus manos y de lo fácil que estaba resultando olvidarme de todo lo demás.
Tan fácil que me llevó al orgasmo con su boca.
Cuando volvió a subir hasta mí, lo agarré de la nuca.
—Michael.
Él sonrió contra mi piel. Lo besé desesperada y seguí bajando con mis besos como él lo había hecho.
Hasta que Michael se paró.
—Espera.
—¿Qué?
—Quiero estar dentro de ti.
Se inclinó hacia el suelo y rebuscó entre su ropa.
Cuando vi el preservativo, levanté las cejas.
—¿Llevabas eso encima?
—Soy previsor. Otro de mis defectos de señor de sesenta y cinco años en cuerpo de surfero.
—Qué bien que seas tan defectuoso.
—No me provoques.
—Me parece que llegas tarde.
Y después ya no hubo conversación.
Solo nosotros.
Michael se detuvo solo el tiempo necesario para ponerse el preservativo y volvió conmigo.
Nos miramos.
Lo rodeé con las piernas y tiré de él hacia mí.