Capítulo 13
Aparcamos frente a la recepción de Mulberry Treehouses cuando ya empezaba a anochecer.
Después de tantas horas de carretera, bajar del coche fue casi como aprender a caminar otra vez. Estiré las piernas, me coloqué bien la chaqueta y miré alrededor.
El paisaje no se parecía en nada al que habíamos dejado atrás.
Había más vegetación, árboles altísimos y un olor húmedo a tierra y madera que me hizo respirar hondo.
Entre las ramas empezaban a encenderse pequeñas luces cálidas que señalaban caminos y pasarelas.
No veía las casas. Solo algún tejado escondido entre las copas.
—Joder, esto es una pasada —murmuré.
Michael sacó el equipaje y cerró el coche.
—Es mucho más bonito que en las fotos.
—Siempre es más bonito que en las fotos.
—¿Lo dices por mi foto de perfil? —bromeó él, cargando con todo el equipaje.
—No te vengas arriba, australianorro.
La recepción estaba en una construcción de madera y cristal. En una esquina del mostrador había una pequeña figura de don Quijote con la lanza en alto.
Madre mía. Mi primo también llevaba La Mancha dentro.
Dije mi nombre y la mujer que estaba detrás del mostrador levantó la vista del ordenador.
Saludé en inglés, le dije quién era y ella me habló en español:
—¿Es usted Vera Belmonte?
—Sí.
—La estábamos esperando. Y don Quijote lleva ahí desde el primer día que se abrió esto —me contó la recepcionista.
Aquello me puso todavía más nerviosa.
—¿Santiago está aquí?
—El señor Billiton regresa mañana.
—¿Mañana?
—Sí. Pero dejó instrucciones desde Japón por si usted llegaba antes que él.
Me quedé mirándola y repetí como un loro porque ni me creía que pudiera estar pasando aquello:
—¿Instrucciones?
—Pidió que, si aparecía por Mulberry, la alojáramos en la Treehouse One y nos ocupáramos de todo durante su estancia.
—¿Santiago dijo eso?
—Sí.
Miré a Michael. Mi primo no sabía que iba a ir.
Ni siquiera sabía si después de aquel correo acabaría presentándome allí.
Pero había pensado en la posibilidad. Y, por alguna razón, saber que desde Japón se había preocupado de que, si lo hacía, me recibieran así de bien, me emocionó más de lo que esperaba.
—¿Y qué es la Treehouse One? —pregunté con un nudo en la garganta.
—Nuestra cabaña privada. No se ofrece normalmente a huéspedes. El señor Billiton la reserva para familiares, amigos e invitados especiales.
Escuchar la palabra «familiares» me impactó más de lo que esperaba.
Tragué saliva y esta vez no pude evitar que los ojos se me llenaran de lágrimas.
—Hay una cosa que debo advertirles —añadió la mujer—. La cabaña solo tiene un dormitorio.
Miré a Michael.
—¿Uno?
—Sí. Y una sola cama. Es king size. En este momento no podemos ofrecerles otra cosa.
—No pasa nada —dije enseguida.
—Vera... —farfulló Michael.
—Ya veremos cómo nos organizamos —dije porque lo importante era tener un lugar donde pasar la noche.
—Como quieras.
—¿Y cuánto cuesta? —pregunté con la voz tomada por la emoción.
—Nada.
Interpreté ese «nada» como que no había sido molestia para ellos reservarme esa cabaña y repliqué:
—Ya, pero ¿cuánto cuesta?
Michael soltó una risita a mi lado.
—Nada —repitió ella, sonriendo—. Son invitados del señor Billiton durante el tiempo que permanezcan en Mulberry.
—¿Los dos?
La mujer miró a Michael y asintió:
—Los dos.
—¿Y las comidas?
—También están incluidas.
Volví a mirar a Michael y, con la mano en el pecho, le dije a la recepcionista:
—Madre mía, ¡dele las gracias a Santiago de mi parte!
—Mañana se las podrá dar en persona.
—¿Mañana?
—Sí, a eso de las diez de la mañana ya estará por aquí.
Solté el aire sin poder creerlo aún. Hacía nada que me había enterado de que tenía un primo y no tenía ni idea de lo que él sabría de mí.
Lo que estaba claro era que ninguno de los dos había formado parte de la vida del otro y, sin embargo, él había dejado una puerta abierta por si yo aparecía.
Y había aparecido.
Nos acompañaron hasta la cabaña por una pasarela de madera que se adentraba entre los árboles. La noche iba cayendo deprisa y las luces del camino apenas iluminaban nuestros pasos. A nuestro alrededor se oían ramas, pájaros que no reconocía y algún ruido que preferí no identificar.
—¿Qué ha sido eso?
—¿Qué? —replicó Michael.
—Ese ruido.
—No he oído nada.
—En Australia «nada» no me tranquiliza.
Michael, la recepcionista y el señor de seguridad que nos acompañaba se echaron a reír.
—¿De qué os reís? Vivís en un país donde cualquier cosa con más de cuatro patas puede matarte.
—Eso es un poco exagerado —dijo Michael.
—¿Un poco?
—La mayoría necesita ocho.
Dejé de andar y Michael me cogió de la mano:
—Era broma.
—Pues no ha tenido ninguna gracia.
Pero no le solté la mano. Por los bichos. Y porque me encantaba ir de su mano.
La cabaña apareció unos metros más adelante, elevada entre los árboles, y me detuve impresionada:
—No puede ser.
Era preciosa.
Una construcción de madera oscura rodeada por una terraza que parecía suspendida entre las copas.
Las grandes cristaleras ocupaban buena parte de la fachada y desde dentro salía una luz amarilla y cálida que hacía que, de repente, el invierno australiano pareciera el mejor lugar del mundo para estar.
Nos dieron el código de acceso y se despidieron de nosotros diciéndonos que estaban allí para lo que necesitáramos.
Subimos los últimos escalones y por dentro era todavía mejor.
Madera por todas partes, una pequeña chimenea de gas encendida, un sofá enorme frente a los ventanales, mantas dobladas en una cesta y una terraza desde la que solo se veían árboles y oscuridad. El baño tenía una bañera junto a una cristalera y unas cortinas que, gracias a Dios, podían cerrarse.
Y en medio del dormitorio había una cama.
Una sola.
Gigantesca.
Pero una.
Además, alguien había decidido colocar pétalos sobre la colcha y dos toallas dobladas en forma de corazón.
Miré a Michael.
Michael miró la cama.
—Veo que en Mulberry dan por hecho que una no cruza medio mundo soltera.
—Mejor, así tienes la cama grande.
—Pobre hombre, mi primo. ¿Cómo se va a imaginar que no estoy con nadie desde que rompí con Pepito Grillo?
—¿Ese quién es?
—Fer.
—¿Se parecía?
—Un huevo.
—Yo no.
—Ya me he dado cuenta. Eres un poco más guapo.
—Algo es algo. Oye, tú tranquila, que me voy a dormir al coche.
—¡Ni de coña! —negué rotundamente—. Has conducido un montón de horas. No vas a dormir sentado en un coche teniendo esto.
Me acerqué a la cama y presioné el colchón con una mano.
—Además, aquí cabemos tú, yo y una familia numerosa.
Me dejé caer sobre ella.
—Dios.
Di un par de botes.
—Es un puto sueño.
—¿La cama? —inquirió él.
—Sí.
Michael se sentó a mi lado.
—Hay cosas que no deberías decirme mientras estás tumbada en una cama llena de pétalos.
Giré la cabeza y tenía la misma cara de gilipollas que debía tener yo:
—No empieces —le pedí.
—No he empezado nada.
—Ya.
Nos quedamos mirándonos. Y desde el beso de las Warrumbungles aquello se había convertido en un problema. Porque ahora sabía cómo besaba Michael. Y él sabía cómo besaba yo.
Se inclinó. Yo también. Cerré los ojos y, justo cuando nuestros labios acababan de tocarse, llamaron a la puerta.
—No puede ser —murmuré.
Michael dejó caer la frente sobre mi hombro.
—Santiago tiene un sentido de la oportunidad espectacular.
Di un respingo y repliqué con el corazón a punto de salírseme por la boca:
—¡No me jodas! ¿Habrá vuelto antes? ¿Y qué le digo?
—Que eres Vera, la hija de Pilar.
—¡Me refiero a nosotros! ¿Cómo te presento?
—El chico que compró la casa de su madre.
—Y que ahora está metido en mi cama.
—Aún no me he metido.
—Aún.
—Pero no creo que sea eso lo que más le importe.
—Vale. Voy a abrir.
Casi me cago por las patas abajo. Falsa alarma. Era la cena.
Nos habían llevado una cesta con platos calientes, pan, ensalada y un pequeño postre, además de agua y una botella de vino australiano.
—¿También esto es gratis? —pregunté porque el vino tenía pinta de valer lo mismo que mi nómina.
—Todo incluido por indicación del señor Billiton.
Cuando volvimos a quedarnos solos, miré la cena, la cabaña, los pétalos y después a Michael.
—No puedo creer que haya hecho todo esto.
—Parece que quiere que estés a gusto.
—Había un Quijote en recepción. Lleva allí desde el principio. Este hombre siente la llamada de la tierra. Y me tiene como una reina porque quiere tender puentes.
Lo dije casi sin pensar. Michael no respondió enseguida. Se encogió de hombros y murmuró:
—Puede ser.
—¿Tú no lo crees?
—Creo que mañana podrás preguntárselo.
Tenía razón, pero yo quería creerlo.
Quería pensar que aquel hombre que había tenido noticias de una prima al otro lado del mundo la había recibido con la misma curiosidad con la que yo había descubierto que existía él. Y que aquella cabaña era su forma de decirme que quería conocerme.
Cenamos junto a los ventanales mientras fuera terminaba de hacerse de noche.
Cuando estábamos acabando sonó mi móvil.
Mi madre.
—Ya empezamos —murmuré.
—Contesta.
Acepté la videollamada.
—Hola, mamá.
—¿Has llegado?
Ni hola ni nada.
—Sí. Acabamos de cenar.
—¿Y Santiago?
—Llega mañana.
—¿Entonces no sabes nada?
—Mamá, llevo aquí dos horas.
—Enséñame eso.
Giré la cámara.
—Mira.
Le enseñé la madera, el salón, las cristaleras, la terraza.
—¿Estás en un árbol de verdad?
—Sí.
—¿Y eso es seguro?
—No, mamá. Santiago aloja a sus clientes en sitios que se caen.
—¡No seas tonta! Enséñame dónde duermes.
Entré en el dormitorio y enfoqué la cama.
—Aquí.
—Es enorme.
—¿A que sí?
Giré un poco más el teléfono. Y entonces vi que Michael estaba sentado en un extremo poniéndose las zapatillas otra vez.
—Es para que no me vea descalzo —susurró él.
—¿Quién es ese? —preguntó mi madre.
—Michael —respondí dándole la espalda para que mi madre no le viera.
—¿Qué Michael?
—El médico australiano. El que compró la casa de Aurora. Ya te hablé de él.
Michael se acercó.
—¡Hola, Pilar! Encantado de conocerla.
Mi madre lo examinó a través de la pantalla.
—Hola. Tutéame, por favor.
—Te lo agradezco mucho.
Mi madre no dijo nada más, se limitó a escudriñar a Michael:
—Mamá —hablé enfocándome solo a mí.
—¿Qué?
—Estás poniendo unas caras…
—¿Por qué estaba sentado este joven en tu cama?
Michael se mordió el labio para no reírse.
—Porque solo hay una —expliqué—. Pero él dice que va a dormir en el coche.
—¡Ni hablar! —soltó mi madre, con contundencia.
Ahora fui yo la que se quedó mirándola.
—¿Cómo que ni hablar?
—¡Que se quede ahí!
—Mamá, acabas de conocerlo.
—Es médico.
—Eso no convierte automáticamente a una persona en buena.
—No, pero si te pasa algo sabrá qué hacer.
—¿Qué me va a pasar mientras duermo?
Mi madre resopló y puso los ojos en blanco:
—¡Pues muchas cosas! ¡Estás en Australia! Ahí habrá arañas, tarántulas, serpientes...
Michael intervino pegando su cabeza a la mía:
—Tarántulas no exactamente.
Me pasé la mano por la cara de los nervios y le rogué a Michael en inglés que no la liara. Él replicó que solo iba a tranquilizarla y por fin le dijo a mi madre:
—Hay huntsman spiders.
—¿Qué es eso? —preguntó mi madre.
—Unas arañas.
—¿Qué arañas?
—Son grandes —explicó Michael—, pero normalmente no son peligrosas.
Mi madre se acercó tanto a la cámara que solo pude verle media cara.
—¿Grandes cuánto?
Michael me miró y volví a murmurarle en inglés que ni se le ocurriera contestar.
—¿Por qué le hablas en inglés si habla un perfecto español? —inquirió mi madre.
—Es la costumbre —inventé.
—¿Qué costumbre si lo conoces desde hace nada?
—La costumbre de estos días.
—Bueno, yo me alegro de que Michael esté ahí, que es médico y sabe de bichos. ¿Y hay serpientes por ahí, hermoso? —insistió ella.
—También hay.
—¿Peligrosas?
Esta vez Michael tardó un segundo de más.
—Algunas.
Mi madre señaló la pantalla como si acabara de ganar un juicio.
—¡Pues ya está! Michael duerme contigo.
—Mamá...
—Y cerráis bien todo.
—Estamos en una cabaña, no acampando en mitad de la selva —le recordé.
—¡Estás subida en un árbol en Australia! ¡No sé qué es peor!
Michael tuvo que apartarse un poco para echarse a reír.
Hablamos unos minutos más. Le aseguré unas seis veces que estaba bien, que al día siguiente conocería a Santiago y que la llamaría en cuanto supiera algo.
Antes de colgar, mi madre me pidió hablar con Michael. Le pasé el móvil a regañadientes y ella le dijo:
—Cuídame a Vera.
—Lo haré —replicó muy serio.
No sé por qué aquello me dio un pequeño vuelco por dentro.
—Adiós, mamá.
—Tened mucho cuidado con todo. Y mirad bien dentro de los zapatos antes de ponéroslos.
Colgué y, al ver la cara de guasa de Michael, le pedí:
—No digas nada.
—Tu madre acaba de darme permiso para dormir contigo.
—Mi madre te ha contratado como guardaespaldas contra serpientes. No te emociones.
—¿Incluye algún tipo de uniforme?
Le lancé un cojín.
Un rato después salimos a la terraza.
Hacía fresco. No el frío seco de Dubbo, pero sí suficiente para que me envolviera con una de las mantas. El bosque era prácticamente negro y, a lo lejos, entre los árboles, se veían algunas luces de otras cabañas.
—Es increíble —dije.
Michael apoyó los brazos en la barandilla.
—Lo es.
—Mañana voy a conocer a Santiago. Estoy contenta porque lo de la cabaña no me lo esperaba.
—Los todo incluido siempre alegran a cualquiera.
—Ríete, pero llegué a temerme que no quisiera saber nada de mí.
—Quizá él está en la misma situación que tú y no sabe nada de lo que pasó entre vuestras madres.
—Puede ser. Estoy nerviosa. ¿Tú qué haces cuando estás nervioso?
—Trabajar.
—Eso no vale.
—Besarte también parece funcionar bastante bien.
—Solo lo has probado unas cuantas veces.
—Necesito una muestra más grande para sacar conclusiones.
Se acercó y esta vez no llamó nadie. Menos mal.
Lo besé yo. Despacio al principio. Después ya no tanto.
Entramos en la cabaña sin dejar de besarnos y, cuando llegamos junto a aquella cama enorme, Michael se detuvo.
Me miró.
Ya no estaba sonriendo.
—Vera...
Sabía qué estaba preguntándome.
Y esta vez no pensé si estaba llegando demasiado pronto o demasiado tarde a ninguna parte.
Solo pensé que quería estar allí.
Con él.
—Quédate —dije.
Y Michael se quedó.