Capítulo 12 #2
—No lo son. Ya te lo dije cuando sonó la canción de La Oreja.
Tienes los dedos finos, las uñas cortas y siempre llevas las manos cuidadas.
Parecen delicadas, pero no las mueves como si lo fueran.
Nunca he visto a nadie que las mueva como tú…
Cuando hablas las mueves mucho y parece que van contando la historia contigo.
Cuando te emocionas, las mueves todavía más.
Y cuando estás nerviosa juegas con los dedos.
—¿Te has fijado en todo eso? —pregunté pasmada.
—Sí.
Y no sé por qué, pero que se hubiera fijado me gustó más que si simplemente hubiera dicho que eran bonitas.
—A lo mejor es por bailar flamenco —bromeó él.
—No bailo ni jotas manchegas. A eso no es que llegara tarde, es que ni lo he intentado. Soy negada. Pero mi abuela bailaba muy bien las jotas y mi madre también. Yo las canto.
—Cántame una.
—Venga.
Y me lancé cruzando Australia a cantar una jota rabiosa de mi pueblo.
Él me miraba como si llevara al lado a María Callas.
—¡Cantas de maravilla!
—Tampoco te pases.
—Ya te he dicho que lo haces bien.
—Canto con el corazón. Y más cuando canto las canciones de mi abuela, de mi gente, de mi tierra.
Canto y veo el almirez de latón de mi abuela, la plancha antigua de hierro, las macetas, el cesto de paja, la foto de mi abuelo con un cinturón de cuerda y su burro al lado y hasta la furgoneta de los churros donde mi abuela mandaba los domingos a por una docena de porras.
Michael me miró y tuve que apartar la vista. Yo estaba al borde de las lágrimas.
—Qué bonito —masculló.
—Me gusta estar en mi pueblo porque me recuerda que no pasa nada por llegar tarde. Pasa como con las relaciones… Antes sí tenía prisa —confesé.
—¿Por encontrar a alguien?
—Sí. Era como si hubiera una edad para todo y yo siempre llegara después. Primer beso, pareja, vivir con alguien o casarte. Veía avanzar a los demás y pensaba: «Venga, Vera, que te estás quedando atrás».
—¿Y ahora?
Me encogí de hombros.
—Ahora paso. Quiero ser como las amapolas. Salen cuando les toca. No creo que ninguna esté mirando a la de al lado pensando que va tarde.
—¿Pero no pasas del amor? —me preguntó.
—Paso de encontrarlo a tiempo. Si llega, llega. Y si no, tampoco voy a pasarme la vida mirando el reloj.
Michael se quedó callado. Giré la cabeza y me estaba mirando.
—¿Qué? —susurré.
—Nada.
—¿Nada?
—¿Qué quieres que diga? —inquirió.
—No sé. Pero deja de mirarme así.
—¿Así cómo?
No contesté. Porque sabía perfectamente cómo y lo peor era que yo llevaba un rato mirándolo igual.
Un par de horas después, Michael redujo la velocidad.
—Voy a desviarme un momento. Quiero enseñarte una cosa.
—¿Otra cárcel u otro lugar donde besaste a otra novia?
—Confía en mí.
—Eso llevo haciendo desde Melbourne. Confío tanto que no tengo ni puta idea de dónde estoy.
El desvío fue corto. Michael aparcó junto a un pequeño mirador y apagó el motor.
Cuando bajé del coche entendí por qué me había llevado hasta allí.
Las montañas se levantaban a lo lejos, oscuras y recortadas contra un cielo enorme. No eran las típicas montañas suaves y redondeadas a las que yo estaba acostumbrada. Tenían picos, crestas y formas extrañas que parecían haber salido de la tierra a empujones.
Delante se extendían kilómetros de campo abierto, sin edificios, sin coches, sin nada que estropeara la vista.
—Guau.
—¿Ha merecido la pena?
—¿Dónde estamos?
—En Tooraweenah. Esas son las Warrumbungles.
Miré otra vez hacia las montañas.
—¿Puedes repetirlo?
—Warrumbungles.
—¿No había unas montañas con un nombre más fácil?
—Tan bonitas como estas, no.
Michael se fue a abrir el maletero mientras yo seguía contemplando aquella maravilla con la boca abierta.
—¡Jamás he visto nada igual!
—Por eso había pensado comer aquí.
—No imagino otro sitio mejor. ¿Aquí traías a tus novias?
—No. Nunca he estado aquí con una chica. Tú eres la primera. Este lugar forma parte de mi infancia. Mis padres nos traían a Andrew y a mí. Parábamos muchas veces a comer.
Volví a mirar las montañas. Respiré hondo y reconozco que me gustó que me hubiera llevado allí.
Michael sacó la bolsa de Helen y nos fuimos hacia una zona cubierta desde la que seguían viéndose las montañas.
Nos sentamos en una mesa de madera con bancos y Michael abrió la bolsa. Dentro había fruta, unos rollos de hojaldre rellenos de carne y varios cuadrados de bizcocho cubiertos de chocolate y coco.
Cogí uno. No me pude resistir.
—¿Qué es esto?
—Un lamington.
—¿Un qué?
—Lamington.
—Parece un bizcocho.
—Es un bizcocho.
—Entonces ¿por qué le habéis puesto nombre?
Michael me miró y me preguntó divertido:
—¿En tu pueblo no ponéis nombre a la comida?
—Es verdad. Nosotros tenemos el alajú.
—¿Ala qué?
—Jú. Alajú. Oye, esto está buenísimo —dije comiéndome medio de un bocado.
—Pues ya verás los sausage rolls.
Comimos allí, con los Warrumbungles al fondo, hasta que Michael decidió que su madre probablemente pretendía alimentarnos hasta Queensland y guardó lo que quedaba.
Nos pusimos de pie y nos quedamos un rato mirando el paisaje. Él estaba a mi lado, muy cerca y de pronto soltó:
—Por cierto...
—¿Qué?
—Sigo sin saber cuándo diste tu primer beso.
—Y vas a seguir sin saberlo.
—Entonces fue tardísimo.
—Pesado —bufé, divertida.
—Solo intento conocerte.
Esa frase dicha en aquel lugar por ese australianorro con esa voz era como para que te diera un vuelco al corazón y luego se te cayeran las bragas. Pero mantuve el tipo y repliqué:
—Ya sabes muchas cosas.
—No suficientes.
Lo miré. Y él ya estaba mirándome.
Esta vez no dije nada. No podía. Porque Michael bajó los ojos hacia mi boca y supe que quería besarme.
Si soy sincera, lo sabía desde hacía kilómetros. Lo que quizá no había querido reconocer era que yo llevaba los mismos kilómetros deseando que lo hiciera.
Se acercó despacio, para que pudiera apartarme, para que le dijera que ni de coña, para recordarle que teníamos horas de carretera por delante, para hacer una broma y seguir con el viaje.
Pero no hice ninguna de esas cosas. Recorrí el último centímetro y lo besé. O nos besamos.
Primero fue un beso, luego otro, un poco más largo, y después uno de verdad, de esos que, como habría dicho mi abuela, te dejan turuleta.
Confieso que algún rato muerto, incluso en el avión, me había preguntado cómo sería besar a Michael.
Era una tontería. Una curiosidad que de pronto se me despertaba y la respuesta resultó ser muchísimo mejor de lo que había imaginado.
Cuando nos separamos, Michael seguía tan cerca que pude notar su respiración.
—Bueno —dije.
—¿Bueno?
—No has chocado los dientes.
—He mejorado.
—Tampoco me has mordido.
—Dame tiempo.
Y volvió a besarme. Y qué beso. El coche ya no fue el mismo después. Ni nosotros.
Por supuesto que no hablamos de qué significaba aquello. Simplemente, en algún momento, Michael dejó una mano entre los dos, yo puse la mía encima y él entrelazó los dedos con los míos.
Luego seguimos hablando de cosas importantes y de auténticas tonterías. Un par de horas después, paramos a tomar café y me besó antes de volver al coche.
Así, sin más, como algo natural, como si aquello también fuera ya parte del viaje.
Horas después, yo estaba buscando una canción en su móvil cuando Michael señaló hacia delante.
—Mira.
Levanté la cabeza y entre los árboles apareció un cartel de madera.
MULBERRY TREEHOUSES.
Dejé el teléfono y todo lo demás desapareció durante un instante.
Michael debió notarlo.
—¿Nerviosa?
—Mucho.
—¿Quieres que vaya más despacio?
—No.
—¿Más rápido?
—Tampoco. ¡Calla y conduce! —exclamé, atacada.
Apoyé la cabeza en el asiento y traté de respirar hondo.
Después de cartas, llamadas, un avión, cientos de kilómetros y besos que todavía podía sentir en los labios, había llegado.
Mulberry Treehouses.
El lugar donde iba a conocer a Santiago y donde quizá empezaría a entender de verdad quién había sido Aurora.