Capítulo 12
Helen apareció con una bolsa cuando Michael acababa de cerrar el maletero.
—Llevaos esto.
Michael miró dentro.
—Mamá, hay sitios donde comprar comida por el camino.
—Ya lo sé.
—Entonces ¿por qué llevamos comida para seis?
—Porque vais a pasar muchas horas en el coche.
—Tenemos dinero.
—Y ahora también tenéis comida.
Cogió la bolsa y ella misma la metió en el maletero.
—Michael la coloca de cualquier manera y llega todo aplastado.
—Llevo treinta y cuatro años perdiendo esta batalla —farfulló Michael resignado.
—Pues ya deberías saber cuándo rendirte —le soltó su madre.
Nos despedimos de todos y Margaret me abrazó.
—Espero volver a verte.
—Yo también —dije con los ojos empañados.
Joder, Margaret era mucha Margaret. Y yo me había quedado sin abuelas. Era tan duro vivir sin abuelas. Y era tan tentador adoptar una…
—Y espero que cuando vuelvas...
—Abuela —la interrumpió Michael desde el coche.
Margaret abrió los brazos.
—¡Si no he dicho nada!
Me reí y, antes de subirme al coche, le aseguré a Margaret:
—Os llamamos cuando lleguemos.
—¡Y enséñamelo todo! ¡Me muero por ver cómo son esas casas en los árboles! Y si llegaras a encontrar a Aurora, ¡me haría mucha ilusión conocerla!
Diez minutos después habíamos dejado atrás Dubbo y a mí me dio un poco de pena.
—Voy a echarlos de menos.
—Menuda cosa le has dicho a mi abuela. Vas a tenerla todo el día al teléfono.
—De puta madre. No sabes lo que necesito una abuela en mi vida.
—Ah, ¿sí? —preguntó Michael, mirándome raro.
—No sabía cuánto hasta que he estado con ella.
—Es una lianta.
—Es genial. Todos lo son.
—Porque no son tu familia.
Resoplé y reconocí mientras me recostaba en el asiento:
—Me encantaría tener una madre que me dejara ir descalza por la casa. Pero la mía ni en verano.
—Yo voy siempre descalzo.
—Ya lo he visto. Mi madre te duraba dos días. Al tercero te había comprado unas zapatillas.
—¿Por qué?
—Porque te vas a clavar algo, porque el suelo está frío y te puedes coger una pulmonía, porque no gana para calcetines... Mi madre considera que andar por casa sin zapatillas es la antesala de una tragedia.
—¿Y después de la pulmonía qué viene?
—Nunca ha quedado claro. Pero empieza por los pies y, por cómo lo cuenta, acaba en Urgencias.
—Es donde trabajo.
—Le daría igual. Mi madre sabe más.
Michael fue a replicar algo, pero mi móvil empezó a sonar. Era una videollamada del grupo:
—Son las chicas X.
—¿Tus amigas?
—Sí.
—¿Todas trabajan en Radiología?
—Todas nos dedicamos al porno.
—Ahora lo entiendo —replicó intentando no reírse—. Lo de las radiografías es una tapadera. ¿No lo vas a coger?
—Uf. Han vuelto de Bali, estarán deprimidas y a saber en qué bar siguen metidas a estas horas. No soy tan mala amiga como para restregarles que estoy en Australia con el australianorro.
Se me escapó la última palabra, así que tocó inventarme algo.
—¿Eso qué es?
—Australiano y… pedorro —respondí muy seria.
—No significa eso.
—¿Hablas español o eres miembro de la RAE?
—Es australiano y buenorro —respondió con una sonrisa gamberra.
—O australiano y gilipollas.
—Contesta a tus amigas.
—No respondo por ellas.
Acepté la llamada y apareció la cara de Sonia ocupando prácticamente toda la pantalla.
—¡Por fin!
—¡Hola!
—¿No nos ibas a mandar ubicaciones para que estuviéramos tranquilas?
—Se me ha pasado. Pero estoy bien.
—Se te ha pasado porque estás todo el día follando. ¿A que sí? Me lo acabo de apostar con estas. Si se está tirando al médico, os pago las cañas.
Estuve a punto de abrir la ventanilla y lanzar el móvil. Pero al momento apareció Marta con su vocecita de ser de luz y preguntó:
—¿Dónde estás?
—En el coche.
—Eso ya lo veo.
—¿Quién conduce? —quiso saber Silvia, que asomó la cara también.
Miré de reojo a Michael que estaba descojonándose y repliqué:
—Una persona.
—Imagino que no va al volante un canguro —soltó Sonia.
—¿Está ahí? —preguntó Marta, en voz baja. Como sin querer molestar.
Michael levantó una mano y gritó en plan simpático:
—¡Hola, chicas! ¿Qué tal estáis?
Quise matarlo. Luego hubo un segundo de silencio.
—Hostia, habla español de verdad —murmuró Sonia, fascinada.
—No, está haciendo playback —solté.
—Pensaba que exagerabas. ¡Enchúfalo que queremos verlo!
Tenía que haber fingido un calambre en la mano y colgar, pero no lo hice. Lo enchufé. Marta y Silvia se pegaron más a Sonia y saludaron:
—Hola, Michael —saludó Marta.
—¡Coño! —farfulló Silvia.
—Madre del amor hermoso —gritó Sonia.
—No le hagas caso a Sonia, Michael —dijo Silvia—. Nosotras somos normales.
—Habla por ti —protestó Marta—. Yo soy mágica.
—Como puedes comprobar la única que no ha salido del frenopático soy yo —dijo Sonia.
—¡Encantado, chicas! —saludó sin quitar ojo de la carretera.
—Hale, ya está. ¿Y qué tal vuelta de Bali? —pregunté enfocándome a mí sola, que ya habían visto bastante.
—Una puta mierda —respondió Sonia.
—Con mono de belleza —musitó Marta.
—Así que enchufa otra vez a Miachelorro —exigió Sonia.
—En Australia está prohibido —me inventé.
—¿El qué? ¿Ver a tíos buenos? —replicó Silvia.
—Estas distracciones. Está al volante. Así que ya habláis otro día.
—¿Qué coño otro día? ¡En cuanto paréis, nos dais un toque! —exclamó Sonia.
—Ya cuando lleguemos al destino, os llamamos.
—¿Y qué tal todo? —quiso saber Marta.
—Muy bien. Todo estupendo.
—¿Australia también? —soltó Sonia, quién si no.
—Voy a colgar.
—¡Espera! ¿Ha pasado algo? ¡Tú solo dinos si ha habido tema! No nos escucha, ¿no? —preguntó Silvia.
Miré de reojo a Michael.
—No, se ha quedado sordo de repente —respondí entre dientes.
—Bueno, pues si no ha pasado, ¡ya estáis tardando! —gritó Sonia.
—Sonia, deja las drogas —le pedí.
—Tía, que así los tropecientos kilómetros de carretera se te van a pasar volando.
Michael soltó una carcajada y Sonia gritó:
—¡Se está riendo! ¡Qué enrollado es! Michael, gracias. Te prometo que sabemos comportarnos.
—No es verdad —dije.
—¡Cierra el pico y déjame que le haga una pregunta a Michael!
—Dime —replicó él.
Yo sabía que Sonia no iba a pedirle ninguna recomendación turística, pero lo que no esperaba era que fuera a soltar:
—¿Piensas besarla?
Y ya sí que colgué. Un rato después, Michael seguía riéndose.
—Esta es Sonia, contenida —le informé.
—¿Contenida? Pues es muy graciosa. Y solo quería preguntarme por mis intenciones. Es muy normal. ¡Y muy de madre!
Miré por la ventanilla para que no viera que estaba a punto de soltar una carcajada.
Un rato después, Michael señaló hacia delante.
—Voy a parar en la próxima servo.
—¿En la próxima qué?
—Servo.
—Otra —repliqué.
—¿Otra qué?
—Otra palabra australiana. Ya llevo unas cuantas.
—A ver.
—Mate es colega. Lo dices todo el rato. Hasta has llamado mate a tu abuela.
—Es que es mi mate —dijo con orgullo.
—Servo, por lo visto, es gasolinera. Arvo es…
—Tarde.
—Y brekkie, desayuno —comenté alzando las cejas.
—Joder, ¡qué avanzado tienes el australiano!
—Estoy aprendiendo que cogéis palabras normales, les quitáis la mitad y os quedáis tan anchos.
—Somos gente ocupada.
—¿Cuánto tiempo ahorras diciendo brekkie en lugar de breakfast?
—A lo largo de una vida, varios minutos.
—¿Y qué haces con ellos? —pregunté enroscándome un mechón de pelo en el dedo.
—Surf.
Me volví hacia él y le pregunté haciéndome la tonta porque tenía la foto de surfero en mi galería.
—¿Haces surf?
—Cuando puedo.
—Claro. Australiano y surfista.
—Igual que tú. Manchega y con molino y campanas.
—¡Somos un folleto de turismo!
—Eso parece. Aunque soy medio surfista. A veces voy a Point Leo. Aprendí cuando me mudé a Melbourne. Pero ahora tengo más posibilidades de pillar una guardia que una ola.
Luego nos pusimos a hablar de cosas que no soportábamos. Michael dijo que odiaba que lo llamaran Mike, que le robaran comida del plato, aunque solo fuera una patata frita, y que la gente llegara tarde.
—Qué interesante —dije.
—¿El qué?
—Que por fuera parezcas un australiano surfero y por dentro seas un señor de sesenta y cuatro años.
—Llegar tarde es una falta de respeto.
—Sesenta y cinco. Acabas de cumplirlos.
—¿Siempre llegas tarde? —concluyó él.
—Yo soy puntual, aunque siempre he tenido la sensación de llegar tarde.
—Eso ha sonado a que ya no estamos hablando de relojes.
—No.
—¿A qué llegas tarde?
—A mi propia vida, supongo.
—Eso requiere una explicación —replicó mirándome de soslayo.
—Nací cuando ya no me esperaban. Aprendí a montar en bici tarde. A nadar tarde. Mi primer beso también fue tarde...
Me callé.
—¿Cuánto de tarde? —preguntó, el muy cotilla.
—No pienso decírtelo.
—No me jodas, ¿fue Fer?
—Sí, hombre…
—¿Fue a los diecinueve?
—¡No pienso decir nada!
—¿Y fue bueno? —quiso saber él, con una sonrisa burlona.
—¿El beso?
—Aprender a montar en bici.
Le di un golpe en el brazo.
—Idiota.
—Entonces no fue bueno.
—Fue normal. No todos podemos chocar los dientes y morder a Emily.
—Tengo un talento natural. Ya lo sabes.
—Claro.
A partir de ahí la conversación fue saltando de una cosa a otra.
Descubrí que Michael tenía una máquina para hacer pasta que llevaba tres años dentro de una caja.
Él descubrió que yo ensayaba discusiones en la ducha.
Resultó que él lo hacía conduciendo y que los dos ganábamos siempre, aunque en la vida real las mejores respuestas se nos ocurrieran cuando ya estábamos solos.
—Si mañana te dijeran que no tienes que volver a trabajar nunca, ¿qué harías el lunes? —pregunté.
Tardó demasiado.
—No tengo ni idea. Mi trabajo me gusta mucho.
—Eso es preocupante.
—Lo sé. ¿Tú?
—Desayunaría fuera.
—¿Ese es tu gran plan?
—El lunes. Ya improvisaría el martes. Y el miércoles me pondría a hacer radiografías.
Más tarde hablamos de las cosas que recordábamos de la gente.
—La voz —dije.
—¿La voz?
—Sí. A veces olvido una cara y sigo recordando cómo hablaba alguien. ¿Tú?
—Las manos.
—¿Cómo son mis manos? —pregunté escondiendo las mías.
—Gorgeous.
—¿Mis manos?
—Me has preguntado por ellas.
—Para mí son normales —dije mirándomelas.
Michael las miró un instante.