La chica que no quería ir a Bali y llegó mucho más lejos Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Me mordí el labio para no reírme. Luego me fui a mi habitación, escribí a mi madre y a mis amigas y silencié el teléfono para que no me dieran el coñazo. Estaba muerta de sueño.

Dormí como un tronco y a la mañana siguiente bajé a desayunar y encontré a Michael preparando café.

—Buenos días.

—¿Has dormido?

—Muchísimo mejor que en Melbourne. El colchón es maravilloso. Y no he escuchado pasos por el pasillo. Tu abuela va a llevarse una decepción.

Me sirvió una taza.

—De verdad que lo siento, pero son así.

—No tienes nada por lo que disculparte. Son geniales.

—Mi madre ha sacado álbumes de fotos.

Lo miré y vi que estaba como asustado. Me tronché.

—¿En serio?

—Los he escondido.

—Michael, no seas así. ¡Quiero ver fotos!

—Ni hablar.

—¿Qué es lo que no quieres que vea? Yo también fui una adolescente con granos y brackets. No me voy a asustar.

—¡Necesito ver esa foto! —saltó él.

Luego apareció el resto de la familia, desayunamos juntos y al mediodía Michael quedó con su hermano.

No le pregunté si estaba nervioso, ni tampoco le propuse acompañarlo.

Aquello era cosa suya y regresó algo más de una hora después.

Yo estaba en el salón con Margaret cuando oí la puerta. Me levanté y me fui con él hasta el jardín.

—¿Qué tal?

—Bien.

—¿Bien de verdad?

—Hemos hablado.

—¿Y? —pregunté ya más tranquila, porque se le veía relajado.

—Los dos pensamos lo mismo: fuimos idiotas.

—Eso parece un avance.

—Nos hemos pedido perdón —contó, encogiéndose de hombros.

Me alegré tanto que me lancé a sus brazos:

—¡Qué notición!

Michael me sujetó por la cintura y yo le rodeé el cuello con los brazos.

Nos reímos. Y luego dejamos de reírnos.

No sé quién fue el primero en darse cuenta de que seguíamos demasiado pegados. Levanté la cara y me encontré con sus ojos. Estaba muy cerca.

Su mirada bajó un instante hasta mi boca y a mí se me olvidó por completo lo que acababa de decir.

Ninguno se apartó durante un par de segundos. Después lo hicimos los dos a la vez.

—Bueno, pues ya está hecho —murmuré.

—Sí —replicó él, sin saber muy bien de qué estábamos hablando.

—Ya sois hermanos otra vez —aclaré.

—Creo que sí. Aunque ha intentado colocarme un seguro de vida, un plan de pensiones y una tarjeta de crédito.

Solté una carcajada.

—¿En serio?

—Es director de banco. No puede evitarlo.

—Entonces la reconciliación ha sido completa.

Michael asintió y me dijo en ese tono de voz suyo que no podía ser más sexy:

—Ven.

—¿Adónde? —pregunté un poco nerviosa. Solo un poco.

—Te voy a enseñar Dubbo.

—Ah. Sí. Claro.

—¿Estás bien?

—Perfectamente.

No lo estaba. Todavía tenía demasiado presente su mirada bajando hacia mi boca.

Pero supuse que se me pasaría.

No me llevó al zoológico ni a ninguna de las cosas que aparecían en las primeras páginas de internet cuando buscabas qué hacer en Dubbo.

Me llevó a sus sitios.

Caminamos por el centro, pasamos junto a la antigua cárcel y después seguimos hacia Victoria Park.

Durante el trayecto lo saludaron un montón de personas.

La primera fue un hombre de unos sesenta años que paseaba un perrito que se puso muy contento también al verlo.

La segunda, una mujer que salió de una tienda de ropa únicamente para darle un abrazo.

Cuando una tercera persona gritó su nombre desde la acera de enfrente, me paré.

—¿Qué?

—¿Eres famoso?

—No.

—¿Fuiste el alcalde?

—Tampoco —respondió risueño.

—¿Has salvado a toda esta gente en Urgencias?

—Crecí aquí, Vera.

—Ya, pero yo he crecido en Madrid y te garantizo que puedo caminar durante horas sin que nadie me abrace.

—Dubbo es un poco más pequeño que Madrid.

—Será eso.

Seguimos caminando y reconozco que me gustó verlo allí.

Había algo diferente en él. Saludaba, preguntaba por padres, hijos, trabajos. Recordaba nombres.

Andrew le había reprochado que era el hermano que venía, pero Michael seguía siendo de aquel lugar.

De hecho, parecía que jamás se había ido.

Luego llegamos a una zona del parque y se detuvo.

—Aquí di mi primer beso.

Lo miré, desconcertada. Era la primera vez que un chico me mostraba semejante cosa:

—¿Esto forma parte del recorrido?

—Del mío, sí.

—¿Cuántos años tenías?

—Quince.

—¿Cómo se llamaba?

—Emily.

—¿Y qué tal? —pregunté alzando las cejas.

—Perfecto.

—No me lo creo.

—¿Por qué no?

—Porque nadie da un primer beso perfecto.

—Yo sí.

—Claro.

—Se me da bien. Es un don. Se tiene o no se tiene.

Me mordí los labios para no reír y luego mascullé:

—Qué suerte tuvo Emily.

—Ya te digo.

Continuamos andando hasta el río y pasamos allí un rato antes de regresar hacia el centro.

Fue entonces cuando escuché que una mujer lo llamaba:

—¿Michael?

Él se volvió y exclamó encantado de volverla a ver:

—¡Emily!

Lo miré y pensé que no podía ser. ¿Esa Emily era su Emily? ¿La afortunada que cató ese don suyo?

La mujer rubia se acercó sonriendo y abrazó a Michael.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí?

—Llegué ayer.

Emily me miró y me saludó muy simpática.

—Hola.

—Hola, soy Vera.

—Emily.

—Ya sé quién eres.

Michael cerró los ojos y murmuró sin saber dónde meterse:

—Me parece que sí.

Emily soltó una carcajada.

—¿Le has hablado de mí?

—Me acaba de enseñar dónde os disteis vuestro primer beso —respondí yo por él.

—¿De verdad?

—Es que salió el tema —aclaró Michael.

—¿Cómo sale ese tema? —preguntó Emily, con retranca.

—Eso mismo quería saber yo —añadí.

—No sé qué te habrá contado. Pero yo te aseguro que fue horrible.

Miré a Michael y no pude evitar troncharme.

—¡Normal!

—No fue horrible —aseguró Michael, convencido.

—Me mordiste.

—Fue sin querer —farfulló Michael.

—Y chocamos los dientes.

—Una vez.

—¡Todas las veces que lo intentaste!

Me llevé una mano al pecho y repliqué intentando no partirme de risa:

—Eso desde luego que es un don.

—Creo que me estás confundiendo con otro, Emily.

—No, no. Fue así. Yo estaba allí —dijo Emily.

—Yo también.

—Y estabas cagado. Estabas tan nervioso que hasta se te olvidó sacarte el chicle.

Madre mía. Yo me puse a llorar de la risa.

Emily nos contó que estaba casada y tenía dos hijos. Hablamos unos minutos más hasta que se despidió porque llegaba tarde.

Antes de marcharse volvió a mirarnos y nos preguntó:

—¿Estáis juntos?

—No —respondimos los dos a la vez.

Emily sonrió y replicó como diciendo: «Da igual vuestra respuesta, yo sé lo que hay»:

—Vale.

Y se fue.

Esperé hasta que estuvo lo bastante lejos.

—¿Qué ha significado ese «vale»?

—No lo sé —respondió.

—Sí lo sabes.

—Tengo hambre.

—Cobarde —murmuré.

Y se echó a andar.

—Emily cree que vamos a acabar liándonos —solté detrás de él.

—Emily siempre ha tenido mucha imaginación.

—¿Entonces no?

Michael se volvió y me miró.

—He dicho que tiene mucha imaginación, no que se equivoque.

Él siguió andando y yo me quedé clavada un segundo.

—¡Michael!

—¡Tengo hambre!

Cabrón.

Sonreí y fui detrás de él.

Aquella noche cenamos en familia otra vez.

Andrew pasó un rato por casa.

No hubo grandes discursos ni abrazos de película.

Se dio un golpe en el hombro con Michael, discutieron sobre quién había roto una ventana cuando eran pequeños tras un balonazo y sobre quién había quemado las cortinas tras inventar un cañón y, antes de marcharse, quedaron en llamarse la semana siguiente.

Me pareció suficiente.

Cuando subí a mi habitación, Michael estaba en el pasillo.

—Mañana salimos temprano.

—Perfecto.

—¿Te ha gustado Dubbo?

—Mucho —asentí.

—¿Incluso después de conocer a Emily?

—Sobre todo después de conocer a Emily —bromeé.

—Sabía que iba a arrepentirme de enseñarte ese sitio.

—Me ha gustado conocerte aquí —hablé completamente en serio.

Michael dejó de sonreír durante un instante.

—¿Aquí?

—Con tu familia. Con la gente que te conoce desde siempre. Es diferente.

—¿Mejor o peor?

—Todavía estoy decidiendo.

—Ya me contarás mañana. Tenemos un buen trecho de coche por delante.

Entré en mi habitación y apoyé una mano en la puerta.

—Buenas noches, Michael.

—Buenas noches, Vera.

Cerré y esa noche tampoco se escucharon pasos.

Al día siguiente volvíamos a la carretera. Y por primera vez desde que había aterrizado en Australia, tenía la sensación de que no solo me estaba acercando a Aurora: también me estaba acercando a él.