La chica que no quería ir a Bali y llegó mucho más lejos Capítulo 11
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Capítulo 11

La madre de Michael apareció detrás de Margaret y me recibió con un abrazo que me pilló completamente desprevenida.

—Bienvenida a Dubbo.

—Muchas gracias. Y perdón por presentarme así.

—¿Así cómo?

—Bueno, sin conocerlos.

—Conocemos a Michael —dijo un hombre que acababa de aparecer a su lado—. Eso es suficiente.

—Papá, no la asustes.

Su padre sonrió y me tendió la mano.

—David.

—Vera.

—Ya sabemos quién eres. Margaret lleva preguntando a qué hora llegabais desde esta mañana.

—No es verdad.

—Desde ayer —corrigió la madre de Michael.

Margaret hizo un gesto con la mano.

—Exagerados.

Entramos en casa y Michael dejó mi maleta junto a la escalera.

Había fotos por todas partes. Michael de niño, Michael con uniforme del colegio, Michael y otro chico que supuse que sería Andrew, los dos llenos de barro. Margaret mucho más joven. Sus padres el día de su boda.

Me acerqué a una fotografía en la que Michael tendría unos diez años.

—Tenías las orejas enormes.

—Gracias.

—No te preocupes. Se te ha arreglado —le dije.

Su madre empezó a reírse y apuntó:

—Tardaron, eso sí.

Michael la miró.

—¡Mamá!

—¿Qué? Hasta los quince aquello no pintaba bien. Me llamo Helen, por cierto.

—Encantada.

—Venid. La cena está preparada.

Nos sentamos alrededor de una mesa demasiado grande para cinco personas y Margaret empezó a hacerme preguntas antes de que hubiera probado el primer bocado.

De dónde era, en qué trabajaba, cuánto duraba el vuelo desde Madrid, si era hija única.

—Soy española. Nací en Madrid.

—¿Y tus padres viven allí?

—Viven en Madrid. Ahora están en la playa. Yo decidí irme al pueblo. Adoro mi pueblo. ¡Vivan las campanas de mi pueblo!

Esto último lo dije en español.

—¿Qué ha dicho? No he entendido una palabra, pero me han entrado ganas de levantarme y hacer algo importante —preguntó Margaret.

—Que le gusta tanto su pueblo que se fue a pasar el verano —explicó Michael.

—Muy bien, tesoro —replicó Margaret.

—Y soy hija única y bastante inesperada, además. Mi madre me tuvo con cuarenta y ocho años.

—¿Con cuarenta y ocho? —repitió Helen, asombrada.

—Sí. Llevaban muchos años intentando tener hijos. Cuando ya casi habían perdido la esperanza, aparecí yo.

—Te hiciste esperar —dijo Helen.

—Debería estar haciendo otras cosas por ahí.

—Llegaste cuando tenías que llegar —apuntó Margaret.

—Eso dice mi madre.

Pensar en ella me produjo otra vez aquella mezcla rara de cariño y enfado que llevaba días acompañándome.

Luego seguí contestando a las preguntas…

—El vuelo son muchas horas, aunque yo envejecí unos siete años ahí dentro.

—Pues tienes la piel estupenda para tu nueva edad —comentó Margaret.

—Australia me está tratando bien.

—Mi nieto se llama Michael, no Australia.

—Abuela, por favor… Y deja ya el interrogatorio.

—No me importa. Pero creo que ya lo he respondido todo. Bueno, me falta a lo que me dedico. Soy técnica de radiología.

—¿Y por qué radiología? —preguntó David.

—Es vocacional. De pequeña les hacía radiografías a mis muñecas.

Michael giró la cabeza hacia mí y preguntó entornando la mirada:

—¿Cómo se le hace una radiografía a una muñeca sin una máquina de rayos X?

—No se lo tengas en cuenta. Ha conducido demasiado y está espeso —intervino Margaret—. ¡La máquina era un folio y un lápiz!

—Dibujaba los huesos, localizaba la fractura y luego escayolaba a las muñecas con papel higiénico.

—¿Tenían muchas fracturas? —bromeó Helen.

—Muchísimas. Barbie tuvo una infancia durísima.

—¿Y sobrevivió?

—Una perdió una pierna. Pero la familia decidió no denunciar.

Se rieron y Helen tomó la palabra para decirme:

—Estamos encantados de que estés aquí. Michael nos ha contado que has venido a buscar a tu tía.

—En realidad, he venido a buscar respuestas. Encontrarla sería ya...

No terminé la frase.

—¿Cómo se llama tu tía? —preguntó Margaret.

—Abuela, ¿qué más te da? Es imposible que la conozcas.

—Aurora Billiton —respondí.

Margaret, que estaba cortando un trozo de carne, se detuvo.

—¿Aurora Billiton?

—Sí.

—¿La de la radio?

Ahora fui yo la que dejó el tenedor.

—¿La conoce?

—¡Túteame! Conocerla, no. Pero la escuchaba.

Miré a Michael y parecía tan sorprendido como yo.

—¿Escuchabas a mi tía?

—Muchas veces. Tenía un programa sobre el amor.

—Sí, lo descubrí hace poco por una caja con cartas que encontré en casa de mi abuela.

En mi familia toda la vida me contaron que mi tía no quería saber nada de nosotros y resulta que se escribía con mi abuela.

Michael tenía en su casa las otras cartas que mi tía recibía.

Y así me he enterado de que mi madre también le escribió en su día.

En fin. No entiendo nada. Menos mal que he encontrado la dirección de mi primo, el hijo de Aurora, al que no conozco y en unos días podré enterarme de la verdad. O al menos de la verdad de Aurora.

—Aurora es estupenda. —Margaret sonrió—. Me encantaba aquel programa.

—¿Lo recuerdas? —le pregunté.

—Claro que me acuerdo. Siempre me han gustado las historias de amor.

David soltó una risa.

—Eso podemos confirmarlo todos.

—¿Qué quieres decir? —replicó Margaret, mosqueada.

—Que si hay una película en la que dos personas se enamoran, tú la has visto.

—Si no se enamoran, no merece la pena verla —sentenció Margaret.

Me reí, porque la entendía totalmente. Y además le pregunté:

—¿Aurora era conocida?

—No era una estrella, si es lo que preguntas. Pero tenía sus oyentes. Y sabía escuchar. Eso es más difícil de lo que parece.

Aquello me emocionó de una forma que no esperaba. Conocía a Aurora por unas cartas, pero para mí todavía era casi un misterio.

Y allí había una mujer que recordaba su voz.

—Había algo que siempre pensé de ella —continuó Margaret.

—¿Qué? —pregunté intrigada.

—Que había tenido un amor imposible.

Fruncí el ceño, porque eso sí que no me lo esperaba.

—¿Aurora?

—Era una impresión. Nunca contó nada. Pero cuando alguien hablaba de un amor que no había podido ser, ella lo entendía demasiado bien.

—Pues en las cartas no aparece nadie. Solo Robert.

—Entonces seguramente serían cosas mías. Aunque lo dudo mucho.

—Tal vez le era fácil ponerse en la piel de los otros porque era una persona sensible —opiné—. Pero por lo que sé no tenía ningún amor imposible. De hecho, de joven era la chica a la que no sacaban a bailar.

Margaret me miró, sin entender nada:

—¿Por qué? He visto fotos suyas y es una mujer atractiva y elegante.

—Tuvo polio de pequeña. Le quedó una pierna mal y en el pueblo... Bueno, eran otros tiempos.

Margaret tardó apenas un segundo en replicar:

—Hay idiotas en todos los tiempos. Y que no la sacaran a bailar no significa que ella no pudiera enamorarse.

Enarqué una ceja, porque lo cierto era que ni había considerado esa posibilidad:

—Pues sí. Pudo haberse enamorado, pero por lo que parece el único hombre al que amó fue su marido, Robert.

—Es tan solo una apreciación mía. Pero siempre he tenido la sensación de que Aurora sabía de lo que hablaba.

—A mi abuela le encantan las historias de amor de todo tipo. Incluso las que nunca sucedieron. Y si no hay historia, se la inventa.

—Veo lo que los demás no ven. O tardan en ver.

Entonces nos miró a Michael y a mí.

—¡A mí no me mires! —exclamó Michael, que se tapó la cara con la copa.

—No me hace ni falta. ¡Salta a la vista! Creo que ahora mismo tengo una historia que está empezando delante de mí.

Michael dejó el tenedor.

—No.

—¿No qué? —replicó la abuela.

—Lo que sea que vayas a decir.

—Ya lo he dicho —sentenció Margaret, tras dar un sorbo a su copa de vino.

—Nos conocemos desde hace unos días.

—¿Y?

Michael la miró.

—Estos dos aún no se han enterado —dijo Margaret, que siguió comiendo como si no hubiera pasado nada.

Yo hice lo mismo que ella y seguí comiendo mientras pensaba que me había bastado menos de un segundo para percatarme de que Michael estaba buenísimo.

Pero eso no era un flechazo. Era tener vista.

Que después me hubiera gustado hablar con él, que me hiciera reír y que cada vez me apeteciera más estar cerca de él ya era otra cosa.

—¿Dónde está tu equipaje? —me preguntó Helen.

—En la entrada. Luego lo llevaré al hotel.

Margaret volvió a dejar los cubiertos.

—¿Qué hotel?

Miré a Michael.

—El que me ha reservado.

—¿Has reservado un hotel para Vera?

—Sí.

—¿Por qué?

—Para que duerma, abuela.

—Aquí hay camas.

—Ya, pero no iba a dar por hecho que quisiera quedarse en casa de los padres de un tío al que conoce desde hace nada. Bastante raro es ya que haya aceptado subirse a mi coche.

—De verdad, está todo bien —intervine—. Además, ya está reservado.

—Pues lo cancelas —le ordenó su madre.

—No quiero molestar.

—No molestas.

—Mamá —dijo David—, deja que Vera decida.

Margaret me miró y me pidió en un tono de lo más simpático:

—Decide.

Miré a Michael, que refunfuñó:

—A mí no me metas.

—Tú has provocado esto —le advertí.

—Precisamente por eso reservé el hotel.

Helen sonrió y volvió a insistir con esa clase de amabilidad contra la que un «no» tiene pocas posibilidades.

—Quédate. Tenemos sitio de sobra.

Miré alrededor de la mesa y los vi tan ilusionados a todos, menos a Michael, que tenía la vista clavada en el plato, que dije:

—Vale. Me quedo.

—Bien —dijo Margaret.

Michael resopló, sin saber qué decir:

—No pongas esa cara —le dijo ella—. Además, quiero saber cómo termina la historia.

—¿La de Aurora? —repliqué yo.

Margaret sonrió y respondió agitando la copa al aire:

—¿Verdad que tú también piensas que hay otra historia más?

Michael y yo hicimos como que no habíamos escuchado nada, pero los demás se troncharon.

Después de la cena, estuvimos hablando un ratito más en el salón y Michael y yo nos fuimos los primeros a dormir.

Me dieron una habitación que estaba en la planta de arriba, justo frente a la de Michael y, antes de despedirnos, la abuela nos dijo:

—Buenas noches, tesoros. Y no os preocupéis. Es normal que por la noche a veces se escuchen ruidos en el pasillo.

—¿Qué ruidos? —preguntó Michael, extrañado.

—Pasos.

—Abuela... —masculló Michael.

—¿Qué? Tenemos una casa vieja.

—No tenemos ratones.

—Yo no he dicho que sean ratones.