Capítulo 10 #3
—Y puedes pasarte la vida evitando que algo salga mal y conseguir que no pase nada —repuso él.
Entrecerré los ojos y comenté tras bufar un poco:
—Eso ha sonado a frase de taza.
—Olvídalo.
Cogí el móvil.
—¿Qué haces? —me preguntó él.
—Apuntarla y subirla a internet con la foto de fondo de la carretera.
—Como hagas eso, te dejo aquí.
—Sé que no harías eso —dije, segura.
—¿Por qué?
—Porque eres Tauro —bromeé.
—¡Es verdad!
—No tienes pinta de cabronazo. Pero yo qué sé. Todo esto de mi tía me está haciendo pensar mucho.
—¿En qué?
—En la gente que crees que conoces.
Michael me miró de reojo y yo reconocí:
—Descubrir que mi madre también me ha mentido ha sido duro.
—No es lo mismo que lo de Fer —matizó él.
—Ya sé que no. Ni siquiera sé todavía por qué ella lo hizo.
Pero es mi madre. Toda mi vida he dado por hecho que lo que me contaba sobre nuestra familia era verdad.
Y ahora resulta que Aurora no se fue porque no quisiera saber nada de nosotros.
Escribía. Mandaba fotos. Preguntaba por mí...
y mi madre lo sabía. Es duro descubrir que una parte de tu vida no era exactamente como te la habían contado.
—Quizá ella tuviera sus motivos.
—Seguro. Y quiero conocerlos. Pero eso no hace que me duela menos.
—Y ahora te cuesta saber de quién fiarte —replicó Michael.
—Un poco, aunque supongo que también estoy descubriendo que no puedo pasarme la vida sin confiar en nadie porque dos personas me hayan hecho dudar.
—Eso también podría ir en una taza —bromeó.
—Cállate.
—Con una carretera de fondo.
—Que te calles.
Me eché a reír y agradecí que volviéramos a las tonterías. Ya habíamos hablado suficiente de cosas serias.
Paramos otra vez un par de horas después. Fui al baño y, cuando salí, Michael estaba apoyado contra el coche hablando por teléfono.
No me acerqué.
Cuando regresé con una botella de agua, acababa de colgar.
—¿Todo bien?
—Sí. Era Andrew.
Me quedé mirándolo extrañada:
—¿Tu hermano?
—Solo tengo uno.
—Ya lo sé. ¿Lo has llamado tú?
—Sí.
—¿Y?
—Le he dicho que vamos a estar poco tiempo en Dubbo y que me gustaría verlo.
—¿Qué ha dicho? —pregunté, atónita.
—Que a él también. Vamos a quedar mañana al mediodía.
—¿Ya está? —pregunté sin creer que hubiera sido tan fácil.
—Ya está.
—¿Os habéis pedido perdón?
—¡No! ¡Qué va!
—¿Ni habéis hablado de la mampara que habría que poner en el baño? —repliqué alzando las cejas.
—Mucho menos.
—Bueno, algo es algo.
Michael abrió la puerta del coche y me informó para que no me viniera arriba:
—No hemos solucionado nada.
—¿Entonces?
—Hemos empezado.
Subimos al coche, nos pusimos en ruta otra vez y yo le pregunté:
—¿Por qué lo has llamado?
Tardó unos segundos en responder.
—Porque me has dado la mañana con lo de los hermanos.
—¡Ah! ¿Ahora es culpa mía?
Asintió con cara de guasa y luego respondió:
—Y porque he pensado que casi dos años ya eran suficientes.
No dije nada. Me limité a sonreír. Y en algún momento me quedé dormida.
Australia era infinita como decía mi tía, pero estaba agotada y tantas rectas tampoco ayudaban.
Cuando desperté tenía la cabeza torcida contra la ventanilla y una sospechosa humedad junto a la boca.
—¿He roncado?
—Muchísimo.
—Mentiroso —salté haciéndome la ofendida.
—Has dicho varias veces el nombre de Fer.
Me incorporé, me ajusté bien la coleta y repliqué alucinada:
—¿Qué? No recuerdo haber tenido una pesadilla.
Michael empezó a reírse a mandíbula batiente.
—Eres gilipollas.
—Eso también lo has dicho dormida.
Le di un golpe en el brazo.
—¡Mira la carretera, anda!
Llegamos a Dubbo cuando empezaba a anochecer.
—¿Tus padres saben que voy? —pregunté.
—Sí.
—¿Y qué les has contado?
—Que eres una española a la que conocí por teléfono porque compré la casa de su tía.
—Dicho así suena a que llevo una maleta llena de problemas familiares.
—¿Y no es verdad?
—Un poco.
—También les he contado que buscas a Aurora y a tu primo.
—¿Y no han preguntado por qué llevas a una extraña a conocer a un primo que hace unos días ni siquiera sabía que existía?
—Les he asegurado que eres una chica normal.
—¡Pero si no me conoces! —exclamé entre risas.
—Voy a arriesgar.
La casa apareció unos minutos después.
La puerta se abrió antes de que Michael hubiera apagado el motor y Margaret salió hacia nosotros.
—¡Vera!
—Dios mío —murmuré—. Tu abuela corre mucho para ser una mujer a la que querías hacerle un baño accesible.
Michael giró lentamente la cabeza hacia mí.
—Ni una palabra sobre el baño.
Me eché a reír. Margaret llegó hasta mí y me abrazó como si nos conociéramos desde hacía años.
—¡Has venido!
—Eso parece.
Se separó para mirarme y después se volvió hacia Michael.
—Es mucho más guapa en persona. ¡Y hacéis un parejón!
Michael cerró los ojos y masculló muerto de la vergüenza:
—Abuela.
—¿Qué?
—Me encanta la gente que dice lo que piensa —comenté, mirando a Margaret.
—Dale tiempo.
Y mientras entraba en aquella casa al otro lado del mundo, con Michael detrás de mí cargando mi maleta, pensé que debería haber sentido que no pintaba nada allí.
Pero no. Y eso era casi lo más raro de todo.