La chica que no quería ir a Bali y llegó mucho más lejos Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—Ya. Al principio era una mierda. Ahora me da bastante igual. Fer y yo hablamos con normalidad cuando toca.

—¿Y qué tiene que ver Bali?

—Íbamos a ir juntos.

Michael tragó saliva y farfulló, levantando las cejas:

—Ah.

—Lo pillé con Natalia el día antes de coger el avión. Teníamos las maletas hechas, el hotel reservado, todo.

—Qué horror. Lo siento. Nadie se merece eso.

—Las personas no suelen darnos lo que merecemos, nos dan lo que tienen y lo que son. Y yo decidí que no quería recibir más de lo que me estaba dando mi novio. Eso fue hace dos años. Y este año mis amigas decidieron ir a Bali. Querían que fuera con ellas, pero me negué.

—¿Por Fer?

Negué con la cabeza.

—Por Fer no. Fer ya no me importa. Pero Bali quedó asociado a aquella humillación, aunque a Fer sentimentalmente ya lo tenga completamente superado. Y me parecía una gilipollez ir para pasarme ocho días acordándome de un viaje que no hice.

Michael asintió y comentó con una sonrisa que me pareció perfecta. Para qué voy a decir otra cosa.

—Pero has acabado en Australia, muchísimo más lejos. ¿Y has venido solo por Aurora?

Lo miré y respondí en un tono de guasa:

—No te emociones, Cocodrilo Dundee.

Se echó a reír y seguimos hablando hasta que paramos a tomar café un rato después.

—Ahora me toca a mí —dije cuando nos sentamos otra vez en el coche.

—Miedo me das.

—La chilena.

Michael me miró de soslayo, se encogió de hombros y replicó:

—¿Qué quieres saber?

—Me dijiste que te dejó. No por qué.

Di un sorbo al café que llevaba en la mano y él respondió:

—Porque yo trabajaba demasiado.

Luego me habló de guardias, de cambios de turno, planes cancelados. La chilena decía que salía con Michael y con el hospital y que el hospital siempre ganaba.

—¿Y tenía razón? —quise saber.

—Sí.

—¿Así, sin defenderte?

—¿Para qué?

Aquello me gustó. Podría haber buscado mil excusas o haberme contado la historia de forma que él quedara como el bueno y su ex como la que no había sabido entenderlo. Pero no lo hizo. Había trabajado demasiado, ella se había cansado y punto.

—¿Y no intentaste trabajar menos?

—Sí.

—¿Y?

—Trabajé menos unas tres semanas.

—¡Impresionante esfuerzo!

—Ella tampoco quedó impresionada.

—¿Y sigues igual? —pregunté entornando la mirada.

—Intento que no.

—Eso suena a que no has cambiado mucho.

Michael no dijo nada por un instante y luego me contó:

—Un día atendí a un paciente que hizo que me planteara muchas cosas.

—Me encanta que mis pacientes me cuenten sus cosas.

—A mí no siempre me llegan con muchas ganas de hablar. Este llegó con un infarto. Tendría unos sesenta años. Había empezado con dolor en el pecho esa mañana y había aguantado varias horas porque tenía una reunión importante.

—No me jodas.

—Te sorprendería. Cuando llegó estaba bastante mal y aun así seguía pendiente del teléfono. Tuvimos que decirle varias veces que lo guardara.

—¿Y qué pasó? —inquirí revolviéndome en el asiento.

—Conseguimos estabilizarlo. Mientras esperábamos para trasladarlo, me preguntó si creía que iba a morirse.

Dejé de beber café.

—¿Y qué le dijiste?

—Que estábamos haciendo todo lo posible.

—Michael guardó silencio unos segundos—.

Entonces empezó a hablar. Su mujer lo había dejado unos años antes porque nunca estaba en casa.

Apenas veía a sus hijos. Me dijo que llevaba toda la vida pensando que trabajaría menos cuando consiguiera el siguiente ascenso, cuando terminara el siguiente proyecto, cuando tuviera suficiente dinero...

—Y nunca llegaba ese momento.

—No. Me dijo: «Siempre pensé que tendría tiempo después».

Me quedé callada.

—Joder.

—Sí.

—¿Murió?

—No. Salió adelante.

—Menos mal —susurré llevándome la mano al pecho.

—Pero cuando dijo que siempre había pensado que tendría tiempo después, fue como si me pusieran un espejo delante. Yo también llevaba años aplazándolo todo por el trabajo. Y por primera vez pensé que igual yo también estaba dando por hecho que siempre habría un después.

—Ya sabemos que nadie tiene la vida comprada. Pero casi todo el tiempo se nos olvida.

—Así es. Y eso que yo veo gente enferma todos los días, pero lo que dijo aquel hombre se me quedó.

—¿Y decidiste ir a buscar a la chilena y decirle que esta vez sí que ibas a cambiar? —supuse.

—La chilena está feliz con un sueco.

—¿Hace cuánto que rompisteis? —quise saber con los ojos como platos.

—Un año.

—¿Y tú sigues colgado de ella?

—No.

—¿Y estás con alguien?

—Estoy soltero. Con la vida que llevo es difícil conocer gente. Las apps las tengo descartadas. Son un fiasco. Y no tengo tiempo ni para tropezar con una chica en la sección de congelados. Si voy a discotecas es para bailar, si salgo con mis amigos es para estar con ellos…

—En el trabajo…

—En el trabajo, trabajo —zanjó él, muy serio.

—¿Nunca has salido con nadie del trabajo? —pregunté, atónita.

—No. Jamás.

—¿Ni un rollo en la típica guardia aburrida?

—No tengo guardias de esas. Y si me aburro un rato, leo. Así que si no me llegas a llamar, igual me habría plantado en los sesenta sin volver a conocer a nadie.

—Sí, claro. Seguro… —solté porque no había quien se lo creyera.

—¿Y tú? ¿Sales con alguien?

—No. Desde que lo dejé con Fer hace dos años no he estado con nadie. Tú eres el primer chico con el que…

Me callé.

—¿Con el que qué?

—Nada.

—Vera.

—He dicho nada.

—Eso no era nada.

Miré por la ventanilla.

—Con el que me apetece estar —admití al final.

Michael tardó un segundo en contestar.

—Eso mejora bastante el viaje.

—No te emociones.

—Demasiado tarde.

—Bueno, sigue contando… —le pedí para dejar el tonteo o lo que fuera eso—, después de que conocieras a ese paciente que te impactó tanto, ¿empezaste a trabajar menos?

—Sigo trabajando mogollón.

—Menudo aprendizaje.

Nos reímos, pero luego él habló con una sinceridad estremecedora:

—Lo que decidí aquel día es que no quiero despertarme un día con sesenta años y descubrir que no tengo nada fuera del hospital.

—¿Y qué quieres tener?

Ni se lo pensó y respondió convencido:

—Una vida. Viajar más. Ver más a mis amigos. A mis padres. A mi abuela.

Hizo una pequeña pausa.

—Y me gustaría tener mi propia familia.

—¿Hijos?

—Sí.

—¿Cuántos?

—No sé.

—Pues así no se puede organizar una familia.

Nos reímos los dos de la estupidez que acababa de soltar y luego él contestó por fin:

—Dos. Supongo. ¿Tú quieres tener hijos?

—Sí.

Respondí sin pensarlo.

—Siempre he querido tener hijos —añadí, pero al instante me quedé en silencio.

—Has puesto cara de que viene un pero.

—Porque viene.

Miré hacia la ventana.

—Me gustaría tener una familia, pero también me da vértigo volver a confiar tanto en alguien.

—¿Por Fer?

—En parte. Estuve cuatro años con él convencida de que lo conocía. Y resulta que no tanto. No pienso que todo el mundo vaya a engañarme. Pero construir una vida con alguien y saber que un día puede irse todo a la mierda da miedo.

—También puede no irse.

—No sé si estoy preparada para correr ese riesgo —confesé mientras repasaba el estado de mi manicura.