La chica que no quería ir a Bali y llegó mucho más lejos Capítulo 10
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Capítulo 10

A las ocho y media de la mañana Michael estaba esperándome delante del hotel.

Yo llevaba despierta desde las cinco.

No porque estuviera nerviosa ni emocionada, sino porque mi cuerpo seguía convencido de que estaba en España y a esas alturas ya no sabía si tenía que desayunar, comer o volver a acostarme.

Había desayunado dos veces.

—Tienes mala cara —fue lo primero que me dijo.

—Buenos días, eres un encanto.

—¿Has dormido?

—Perfectamente. De cinco a cinco y cuarto, de seis menos diez a seis y veinte y creo que otros doce minutos sobre las siete.

Se rio y cogió mi maleta.

—Puedes dormir en el coche.

—Ni de coña. No me he cruzado medio mundo para ver Australia con los ojos cerrados.

Cuando Michael abrió la puerta del conductor, me quedé mirándolo.

—Ese no es mi sitio.

—¿Quieres conducir tú?

—Ni aunque me pagues. ¡Estoy molida!

—Entonces, sube.

Fue entonces cuando me di cuenta de que era un coche australiano, pero es que al rato se me olvidó.

Porque subí y tardé aproximadamente treinta segundos en agarrarme a la puerta.

—Vas por la izquierda.

—Es donde solemos conducir en Australia.

—Joder, ¡cómo impresiona!

—Llevamos veinte metros.

—Y están siendo muy intensos.

Melbourne fue quedándose atrás mientras intentaba asumir que aquello estaba ocurriendo de verdad.

Australia.

Yo.

Un coche.

Mil setecientos kilómetros por delante.

Y un hombre al que había conocido hacía unos días y que seguía siendo un desconocido. Aunque cada vez lo pareciera menos.

—Recuérdame cuánto hay hasta Dubbo.

—Ocho horas y media o nueve.

Lo miré perpleja y solté muerta de risa:

—¿Y dijiste que estaba de camino a mi destino final?

—Para Australia, sí.

—Tenéis un concepto muy raro de «de camino».

Durante la primera hora hablamos de tonterías. Del frío, de las distancias australianas y de música. Descubrí que Michael no conocía la canción Pop de La Oreja de Van Gogh, se la puse y se la canté:

—¿Esa eres tú? —me preguntó absolutamente en serio.

—¿Yo?

—Sí. La chica de la canción. Se la da bien todo.

—Nunca he aprendido francés. Pinto fatal. Nunca he escrito poemas. Cantar no lo hago mal…

—¡Cantas muy bien!

—Canto.

—Y hablas por los codos. ¿Siempre hablas tanto? —preguntó Michael, con guasa.

—No.

—Vale.

—A veces hablo más.

Se echó a reír y así fueron pasando los kilómetros.

—¿Cómo era? —preguntó un rato después.

—¿Quién?

—Aurora.

Me quedé pensando y al momento encontré la palabra perfecta para definirla:

—Increíble.

—Eso ha sonado a admiración.

—Es que la admiro.

Miré por la ventanilla, por esos mismos paisajes que ella conocería bien y repliqué:

—Piensa en la época. En el pueblo. Había tenido polio de pequeña y le quedó una pierna fastidiada.

Todo el mundo parecía tener clarísimo lo que podía hacer y lo que no.

Y ella estudió inglés porque quería marcharse.

Su mundo se le quedaba demasiado pequeño y también acabó harta de ser la chica que siempre se quedaba sentada en los bailes.

—¿No la sacaban a bailar?

—No. Pero le sacó mucho partido a estar sentada en esa silla. Todos acudían a ella para tratar asuntos amorosos. Y eso acabó haciendo que después tuviera un programa de amor en la radio aquí, en Australia. Pero antes estuvo en Londres…

—Se marchó a Londres con sus ahorros.

—Sí. Se marchó sola. Se pagó su billete a Londres. En los años sesenta, imagina. Todo después de un montón de trámites y papeleo. Se buscó trabajo, alquiló una habitación, siguió estudiando... Ahora te coges un avión y tienes un móvil para todo. Ella se fue sin nada de eso.

—No debió de ser fácil —supuso Michael, que escuchaba con mucha atención.

—No lo fue. Y eso es precisamente lo que más me gusta. En las cartas tiene miedo, se queja, le duele la pierna, echa de menos a su familia. No era una superheroína.

—Era una persona.

—Exacto. Pero seguía adelante. Nunca se rindió.

Le conté que después conoció a Robert, se enamoró de él y acabó cruzando otro medio mundo hasta Australia.

—Pero no vino solo por Robert —continué—. Aurora quería su propia vida. Estudió Periodismo, dio clases de español, buscó trabajo y acabó en la radio, que era su sueño.

—Ahora yo también la admiro. Luchó muchísimo por hacer lo que quería.

—¡A brazo partido! Lo flipo con ella, te lo juro.

Era alucinante. Una semana antes Aurora apenas era el nombre de una tía que se había marchado a Australia. Ahora no solo quería saber qué había pasado, quería conocerla. Mejor dicho, necesitaba conocerla.

—Lo que no entiendo es cómo pudieron terminar así ella y mi madre —dije—. Por las cartas se nota que se querían.

—A veces querer a alguien no evita que las cosas se estropeen.

—Pero eran hermanas.

—¿Tienes hermanos? —me preguntó Michael, como si eso explicara muchas cosas.

—No. Soy hija única. Y siempre me habría encantado tenerlos.

—Eso es porque no los tienes.

Lo miré divertida y solté:

—¿Tú sí?

—Uno. Andrew. Es mayor que yo. Es el director de la sucursal bancaria que está en la misma manzana donde vive mi familia.

—¿Os lleváis bien?

Tardó un poco en contestar.

—No hablamos.

—¿Cómo que no habláis?

—Hace casi dos años.

—¿Qué hizo?

—Me encanta que hayas decidido que fue culpa suya.

—Estoy en tu coche. Mi lealtad acaba cuando me dejes donde mi primo.

Él sonrió y luego contó con una mueca de contrariedad:

—Nos peleamos por una reforma.

—¿Llevas dos años sin hablar con tu hermano por unos azulejos? —quise saber convencida de que me estaba tomando el pelo.

—No eran unos azulejos.

Luego me contó que sus padres iban a hacer obras en casa y Michael había insistido en aprovechar para adaptar algunas cosas pensando en el futuro: baños accesibles, eliminar algún escalón, facilitarle también las cosas a Margaret.

Andrew pensaba que era absurdo adelantarse. Sus padres estaban bien y Margaret todavía se manejaba perfectamente.

—Yo le dije que no se preocupaba lo suficiente —reconoció Michael.

—Uy.

—Sí. Y él me recordó que era él quien vivía en Dubbo, quien veía a nuestros padres todos los días y quien estaba pendiente de mi abuela. Que yo vivía en Melbourne y aparecía cuando podía.

—Él era el hermano que estaba y tú el que venía —resumí, aunque fuera un fastidio para él.

—Más o menos.

—¿Y te jodió que te lo dijera?

Michael tardó unos segundos en responder.

—Me jodió porque tenía razón. Él está para las cosas pequeñas. Lleva a mi abuela al médico, pasa por casa de mis padres, arregla lo que se rompe, aparece si necesitan algo... Yo voy siempre que puedo, pero no es lo mismo.

—Ya.

—Lo que no me gusta es que a veces utilice eso para decidir que yo tengo menos derecho a opinar.

—Porque tú te fuiste.

—Exacto. Si digo algo sobre mis padres o sobre mi abuela, cuando discutimos acaba soltándome que yo no estoy allí.

—Y eso también es verdad.

Michael me miró y replicó irónico:

—Se ve que te estás poniendo de mi parte.

Me seguía bien el rollo y yo a él. Así había sido desde la primera vez que hablamos y esa era una de las razones por las que también había aceptado hacer ese viaje tan largo con él.

—A ver, claro que es verdad lo que dice mi hermano —admitió—. Pero irme no significa que me importen menos. Mi trabajo está en Melbourne. Mi vida está allí. No me fui para librarme de mi familia.

—Pero supongo que tu hermano tampoco se quedó para convertirse en el responsable oficial de todos.

Michael volvió la cabeza hacia mí y esta vez tardó un poco más en contestar.

—No. Supongo que no.

—Entonces estáis empatados. Los dos tenéis razón y los dos estáis cabreados. Me parece una pena.

—Vera...

—Lo digo en serio. Yo tengo amigas a las que quiero muchísimo, pero siempre he pensado que tener un hermano debe de ser diferente.

—Es más complejo.

Me quedé mirando la carretera.

—Tu relación con Andrew es probablemente la relación más larga que vas a tener en tu vida.

Tus amigos pueden cambiar, tus parejas también.

Tus padres estuvieron antes, pero seguramente se irán antes.

Tu hermano, en cambio, va a estar siempre a tu lado.

Y, además, ha vivido tu infancia contigo.

Se acuerda de las velas que soplaste, de tus noches estudiando hasta las tantas, de los nervios antes de un examen, de aquel día que te pasaste horas esperando una llamada, de vuestros amigos, de secretos que no sabe nadie más...

Incluso de cosas que tú ya has olvidado.

Michael guardó silencio unos segundos, luego asintió y dijo:

—Es como el testigo de tu vida. La prueba de que todo aquello existió. Aunque algunas veces su versión no coincida del todo con la tuya.

—Supongo que esa es la putada. Que también es testigo de todas las versiones de ti que preferirías olvidar.

—Mi hermano recuerda unas cuantas.

—¿Y tú recuerdas las suyas? —pregunté.

—Por supuesto. Para eso están los hermanos —respondió con una sonrisa gamberra.

Lo miré un segundo más de lo que debería, tal vez dos, y después le confesé:

—Por eso no entiendo a mi madre y a Aurora. ¿Qué pudo pasar para que perdieran algo así?

Michael miró al frente.

—A veces no pasa una sola cosa.

Pensé en él y Andrew. Llevaban casi dos años sin hablarse por una reforma que no era una reforma. Y no dije nada más al respecto, no quise seguir metiendo el dedo en la llaga.

Además, fue Michael quien cambió de tema.

—¿Ya has avisado a tu gente de que llegaste bien? ¿Le enviaste el número de matrícula y todo eso?

—Sí. Ya están todas enteradas.

—¿Todas?

—Mi madre y mis tres amigas que están ahora mismo en Bali.

Michael me miró de reojo.

—Ah, las del viaje al que te negaste a ir.

—Esas.

—¿Y por qué no quisiste ir?

Solté el aire, apoyé la cabeza en el respaldo y, como si estuviera en la consulta de un terapeuta, le solté la verdad:

—Porque… ¿te acuerdas de que te conté que mi ex me engañó?

—Sí. El traumatólogo.

—Ese. Se llama Fer. Y trabaja en el mismo hospital que yo.

—¿Todavía te fastidia tener que verlo a diario?

—No, ya no. Ni a ella tampoco. Se llama Natalia. También es traumatóloga, como te dije. Y también trabaja allí.

Michael giró la cabeza.

—¿Los tres trabajáis juntos?

—Los tres.

—Joder.