La chica que no quería ir a Bali y llegó mucho más lejos Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Un buen rato después, y bastantes dólares más pobre, el taxi se detuvo frente a una casa que ya había visto en fotografías.

Pero la casa de Aurora era mucho más bonita en persona.

Era una casa de dos plantas, de ladrillo claro, tejado inclinado y grandes ventanales, rodeada de árboles y con un jardín delantero bastante más cuidado de lo que cabía esperar de un médico soltero.

Aunque, pensándolo bien, Michael había comprado la casa hacía solo un año. Igual todavía no le había dado tiempo a cargárselo.

Bajé del taxi y al momento la puerta se abrió y apareció Michael.

Joder.

La fotografía no le hacía justicia, ni tampoco la videollamada.

Era más alto de lo que imaginaba, debía medir más de un metro noventa, tenía un pelazo impresionante con un brillo cegador. Bueno, quizá lo de cegador era un tanto exagerado, pero pelazo del bueno.

Y qué mirada, qué sonrisa y qué cuerpazo.

Llevaba unos vaqueros y un jersey negro de cuello vuelto.

Madre mía. Si lo llega a ver Sonia se le cae la baba al suelo.

—¡Hola! —me saludó con esa voz que en vivo sonaba mucho más sexy.

—Hola.

Nos quedamos mirándonos.

—Esto es raro —dije.

—Un poco.

—En España ahora te daría dos besos.

—Puedo soportarlo.

Me acerqué y se los di.

—Bienvenida a Australia.

Miré la casa.

—Aún no me creo que esté frente a la casa de Aurora.

—Ni yo de que estés aquí. Haz una foto para que sepan que has llegado.

—Quita, quita —me negué haciendo aspavientos.

—¿Por?

—Porque me van a preguntar si estás más bueno en persona —respondí porque era una bocazas.

—¿Y lo estoy?

—No pienso darte esa satisfacción.

—Entonces es que sí —replicó él, con una sonrisa que me remató.

Porque sí, era guapo de cojones. Pero ya está. No iba a perder la cabeza por un australiano espectacular.

—Eso lo dices tú.

—Después de mandarte el pasaporte, la identificación del hospital y media vida, creo que tengo derecho a conocer tu opinión.

—Mi opinión es que tienes la autoestima estupendamente. No necesita refuerzo —dije muy digna, yo.

Michael me cogió la maleta y no pude evitar mirarle el culo. Fue culpa de Sonia. Siempre que me pasan estas cosas es culpa de ella.

Y, de repente, me importó bastante menos lo bueno que estaba Michael.

Porque entré en la casa y empecé a reconocer cosas que Aurora había contado en sus cartas cuarenta años antes.

La cocina enorme, el jardín que se veía al otro lado de los ventanales y la piscina al fondo.

Tiene jardín, piscina y una cocina enorme.

Recordé la carta casi palabra por palabra. Santiago había decidido que la piscina le pertenecía y Robert había asegurado que Aurora terminaría arrepintiéndose de haber querido tanto jardín.

Respiré hondo. Estaba mucho más emocionada de lo que esperaba.

Michael me miró con una sonrisa y no dijo nada. No hacía falta. A esas alturas entendía perfectamente lo que significaba para mí estar allí.

La casa era cálida, luminosa y estaba completamente reformada.

—¿La cambiaste mucho? —pregunté.

—Bastante. Pero hay algo que no he tocado.

Me llevó hasta una habitación del fondo. La caja estaba sobre una mesa y me estremecí entera.

La había visto por videollamada, pero tenerla delante era diferente. La abrí y cogí uno de los sobres. Lo olí, pasé los dedos por encima de la letra de mi abuela Carmen y se me llenaron los ojos de lágrimas.

Aquella carta había salido de Villamayor y Aurora la había abierto allí, al otro lado del mundo.

—Una vez más te doy las gracias por no tirarlas.

Michael me miró extrañado.

—¿Por qué iba a hacerlo?

—Hay gente que lo habría hecho.

—Yo no. Me cuesta tirar cosas que demuestran que alguien estuvo en un sitio antes que yo.

—No me hables, que soy incapaz de tirar hasta las facturas de la luz de los años ochenta de mi abuela.

Cerré la caja y me la llevé al pecho.

—Son tuyas —dijo.

—No son mías.

—Más tuyas que mías.

Pasé una mano por la tapa y Michael añadió:

—Cuando encontremos a Aurora decidimos qué hacemos con ellas.

Michael dijo «cuando», no «si», y me gustó mucho que utilizara esa palabra.

—Me parece perfecto.

—Por cierto —siguió diciendo—, te he reservado una habitación.

—¿Dónde?

—Hay un hotel muy cerca. Puedes ir andando.

—¿Y si al final no hubiera venido?

—Cancelación gratuita —respondió encogiéndose de hombros.

—Lo tienes todo pensado.

—No todo. Hay otras que dejo a la improvisación.

—¿Y la reserva?

—Está a tu nombre. Pagas allí.

Aquello también me gustó.

No había dado por hecho que dormiría en su casa por mucho que fuera a hacer el viaje con él. Me estaba facilitando las cosas, pero mantenía la distancia y respetaba que prácticamente acabábamos de conocernos.

También me gustó que no hubiera intentado pagarme nada. Simplemente había conseguido que no tuviera que buscar un hotel después de veintitantas horas de viaje.

—Gracias.

Me sonrió y yo me acerqué a la ventana.

Entonces vi el jardín y el árbol. Entrecerré los ojos y musité:

—Michael.

—¿Qué?

—La morera.

Miró hacia fuera.

—Sí.

Abrí la puerta del jardín y salí. Me acerqué al árbol con una emoción tal que me temblaban las rodillas. No era tan grande ni tan vieja como la de Villamayor, pero era una morera preciosa.

Michael se acercó a mi lado.

—Aquí está.

Me miró sorprendido y me preguntó:

—¿Sabías que había una?

—Aurora habló de ella en una de sus cartas. Cuando compraron esta casa, escribió a mi abuela para contarle que tenía una morera en el jardín.

Michael volvió la vista hacia el árbol.

—Eso no me lo habías contado.

—Tú tampoco me habías contado que seguía aquí.

—No sabía que fuera importante.

—Yo tampoco. Hasta hace unos días.

Volví a mirar el árbol.

Recordé la fotografía de mi abuela junto a la morera de Villamayor.

Aquí empezó todo.

Y lo que había escrito detrás.

Cuánto soñaste subida a esta morera, aunque todos te dijéramos que bajaras.

Pasé una mano por el tronco.

—¿Estás bien? —preguntó Michael.

Asentí.

Aurora se había ido de Villamayor, pero se había llevado un pedacito con ella.

Porque junto a ese árbol, de pronto y absurdamente, me sentí como si estuviera en mi pueblo…