La chica que no quería ir a Bali y llegó mucho más lejos Capítulo 9
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Capítulo 9

Durante unos segundos me quedé mirando la confirmación de la compra como si esperara que desapareciera.

No lo hizo.

Madrid-Melbourne.

Salida dentro de dos días.

Regreso el 28 de agosto.

¡Dios! Acababa de comprar un billete a Australia.

—La madre que me parió.

Cogí el móvil antes de que me diera tiempo a arrepentirme y abrí el grupo de WhatsApp de mis amigas. En Bali sería por la tarde, así que mis amigas probablemente ya habrían vuelto al hotel.

VERA: ¿Podéis hacer videollamada?

Cinco minutos después tenía a las tres en la pantalla. Sonia llevaba una toalla enrollada en la cabeza, Silvia estaba en la terraza de la habitación y Marta comía algo de un cuenco sentada en la cama.

—¿Qué pasa? —preguntó Sonia—. Tienes cara rara.

—Me vuelvo a Madrid.

—¡Ya sabía yo! —exclamó Silvia.

—No sabes nada. En el pueblo se está de maravilla. Es que he comprado un vuelo a Australia.

Las tres gritaron, se sentaron junto a Marta y hablaron a través del móvil de ella:

—¿Es broma? —preguntó Marta.

—Me voy a Melbourne.

—¿Cuándo? —inquirió Silvia.

—Dentro de dos días.

—¡Pero si a nosotras no nos queda nada para volver! —protestó Sonia—. ¿No podías esperar a que regresáramos para perder la cabeza?

—He encontrado un ofertón. Y me voy para allá. Necesito encontrar a mi tía.

Les conté lo esencial de mi tía que había ido averiguando por las cartas.

Que había encontrado su casa y la caja que tenía Michael gracias a la que descubrí que tenía un primo en Australia, que dirigía un complejo de casas en los árboles en Queensland y que estaba en Japón y no regresaría hasta dentro de diez días.

—Vale —dijo Silvia—. Pero ¿por qué te vas ya? ¿Tanto te urge saber qué pasó con tu tía?

—¿O te urge conocer a Michael? —añadió Marta.

Sonia levantó una mano.

—Sí, porque la historia del tal Michael la has contado muy deprisa.

—No hay mucho que contar. Llamé a la dirección que tenía de mi tía y él había comprado la casa hace un año.

Luego me enteré de que tenía las cartas de mi abuela y hasta una foto mía que le envió mi madre.

Me mandó cosas por WhatsApp y, con toda esta información, me voy a encontrar con mi primo y, ojalá, después con mi tía.

—Tu primo seguro que es muy guay —respondió Silvia—. Y trepa a los árboles como un mono, pero no queremos saber de él. Queremos saber del australiano.

—Es un médico de urgencias.

—¿Y está bueno? —preguntó Sonia.

—¿Eso es lo único que te interesa?

—No has contestado.

—Sí.

—¿Sí qué? —replicaron las tres al unísono.

—¡Sí, está bueno! ¿Podemos seguir?

Sonia sonrió satisfecha y soltó asintiendo con la cabeza:

—Tu investigación familiar es muy interesante, pero ahora lo que necesitamos es una foto del australianorro. Australiano y buenorro.

Como sabía que no me iban a dejar en paz hasta que les enviara la foto, les pasé una que había encontrado del directorio del hospital.

Vale, sí, lo reconozco, le había cotilleado un poco esa mañana. Pero solo porque estaba aburrida.

—¡Ahora lo entiendo todo! ¡Este tío revienta el quesómetro! —exclamó Sonia, muerta de risa.

—¡Es guapísimo! —dijo Marta.

—Y se va pitando a Australia para follárselo —concluyó Sonia, que del ataque de risa que le entró se le cayó la toalla al suelo.

—Me voy porque he encontrado un chollazo. Y tengo que enterarme de una vez del misterio de Aurora. Lo mejor es plantarme allí y descubrir de una vez por todas la verdad —aclaré muy seria, para que dejaran de vacilarme.

—¿Pero tu primo este que te ha salido nuevo no vuelve en diez días? ¿Qué vas a hacer en Australia? —quiso saber Silvia.

—Qué va a hacer, tía. ¿Tú has visto a pedazo de maromo? —replicó Sonia.

—El mismo vuelo dentro de una semana me costaba el triple.

Así que tengo que salir ya y como Michael tiene unos días libres y va a ir a Dubbo, que está a mitad de camino, a visitar a sus padres, me ha propuesto que me vaya con él y de paso conozco un poco Australia.

Después se ha ofrecido a llevarme hasta Queensland.

—¿Llevarte cómo? —preguntó Silvia.

—En coche.

—¿Cuánto hay de distancia? —volvió a preguntar Silvia.

—Unos mil setecientos kilómetros.

Las tres se quedaron calladas y la que rompió el silencio fue Sonia:

—A ver si lo he entendido —dijo Sonia—. No quisiste venir ocho días a Bali con nosotras y te vas a recorrer Australia con un tío que conociste anteayer.

—Cuando lo dices así suena fatal.

—Dime una forma de decirlo en la que suene bien.

Justo en ese instante, me entraron unos mensajes. Eran de él.

—Ahora mismo me está enviando su pasaporte, su identificación del hospital, su dirección, el teléfono de sus padres y compartiré mi ubicación con vosotras. Ah, y cuando alquilemos el coche os mandaré la matrícula.

—Eso me gusta más —reconoció Silvia.

—¡La que vas a liar para follártelo, hija mía! —exclamó Sonia, con guasa—. Ni que fuera a pedirte una subvención. Solo te falta exigirle el certificado de estar al corriente con Hacienda.

—Ha sido idea suya.

—¡Qué mono, tía! ¡Me encanta! —dijo Marta.

—Yo quiero verlo. ¡Videollamada a cuatro! —ordenó Sonia.

—Ni de coña —me negué en rotundo.

—¿Qué voz tiene? ¿De empotrador? —inquirió Sonia, descojonada.

—Estás enferma —replicó Silvia.

—No sé cómo es esa voz. La tiene grave y profunda.

—¡Tía, manda más fotos! Seguro que tienes más, so salidorra —me exigió Sonia.

Reconozco que también había cotilleado un poco su Instagram y me había guardado un par de fotillos en la galería. Por guardarlas. Yo qué sé. El caso es que le mandé a Marta las fotos en las que Michael aparecía en bañador con una tabla de surf.

—Hostia —soltó Silvia.

—¡Y luego la enferma es Sonia! —murmuré.

—Solo he dicho hostia.

Sonia seguía contemplando la fotografía.

—Gilipollas no eres.

—Me voy a buscar a Aurora.

—Sí, sí. A Aurora.

—Os odio.

—Nosotras también te queremos —dijo Marta—. Pero ten cuidado.

—Lo tendré.

—Y manda ubicación —insistió Silvia.

—Vale.

—¿Te has fijado en el culazo que tiene? —me preguntó Sonia, con los ojos que se le iban a salir de las órbitas.

Claro que me había fijado, cómo no iba a fijarme, pero decidí desviar el tema:

—He hablado con su abuela.

Las tres me miraron.

—¿Con su abuela? —preguntó Sonia.

Les conté la historia y Sonia se meó encima.

Luego me tocó llamar a mi madre, aunque ella tardó bastante más en reaccionar.

—¿A Australia?

—Eso es.

—¿Pasado mañana?

—Era la oferta que había.

—¿A buscar a Aurora?

—Y a Santiago, que está en Japón, pero regresa en diez días.

—¡Qué perra te ha entrado con mi hermana! ¿Qué necesidad tienes de remover algo que es tan antiguo?

—Tú misma me dijiste que preguntara a Aurora.

—Por teléfono, si acaso te hacías con su número. ¡En ningún momento te alenté para que te cogieras un avión! ¡Es un despropósito!

—Necesito conocer a mi familia.

—Tu familia somos nosotros. ¡Vente a Oropesa y déjate de viajecitos raros! —me exigió mi madre.

—Necesito conocer a la parte de mi familia que me falta porque tú no me cuentas nada.

—Si me estás presionando con el viajecito a Australia para que desembuche…

—Ya sé que no me vas a decir nada. Por eso me voy.

—En vez de invertir ese dinero en ahorrar para la hipoteca de un piso, te lo vas a gastar en un viaje tonto.

—Tienes razón. Con ese dinero y otros doscientos mil euros ya casi tengo piso en Madrid.

—¿Y qué vas a hacer mientras llega Santiago?

—Conocer un poco Australia… con Michael.

Esta vez omití que estaba bueno.

—No conoces a ese hombre —dijo.

—Lo sé. Tengo todos sus datos, he comprobado dónde trabaja y hasta he hablado con su abuela.

—¿Con su abuela?

—Está todo bien, mamá.

Suspiró.

—Tienes treinta años. No puedo decirte lo que tienes que hacer.

—Eso es verdad.

—Y si el chico este es guapetón…

—¡Es más que eso! —se me escapó.

—Mejor todavía, para un rato —especificó mi madre.

—¿Para un rato?

—Eres soltera. Puedes divertirte, pero espero que no cometas la locura de enamorarte de un tío que está en el culo del mundo.

—Tranquila que no. Yo no estoy para líos. Y otra cosita: si encuentro a Aurora, ¿quieres que le diga algo?

Se hizo un silencio y mi madre respondió unos segundos después:

—No.

—El otro día ibas a decirme algo.

—Me arrepentí. Llámame cuando llegues, Vera.

Y colgó.

Era mi madre. ¿Qué iba a hacer? ¿Cambiarla? Me aguanté con su respuesta.

Los dos días siguientes pasaron tan deprisa que apenas tuve tiempo para arrepentirme.

Me dediqué a limpiar y a tirar lo que no me despertaba ningún tipo de emoción, cerré la casa y, antes de marcharme, me despedí de la morera.

—Tú tienes la culpa.

Después me sentí bastante idiota por hablar con un árbol, cogí el bolso y regresé a Madrid.

Me pasé por mi casa para hacer una maleta de invierno, me dio un agobio tremendo porque hacían como cincuenta grados, y al día siguiente estaba en el aeropuerto.

Mis amigas me escribieron desde Bali.

SONIA: Foto del australiano cuando llegues.

SILVIA: Ubicación.

MARTA: Buen viaje, amiga.

Sonreí y guardé el móvil.

Australia.

Yo no había querido ir a Bali y allí estaba en Barajas para ir más lejos todavía.

Negué con la cabeza y crucé la puerta de embarque.

No pienso describir las horas de vuelo porque todavía me duelen.

Dormí mal, comí a horas extrañas, vi tres películas que jamás habría elegido y me desperté varias veces convencida de que llevábamos cinco horas volando cuando no había pasado ni una.

Cuando finalmente aterricé en Melbourne tenía la sensación de llevar media vida en aquel avión.

Encendí el móvil en cuanto tuve wifi y ahí estaba él para preguntarme:

MICHAEL: ¿Viva?

VERA: De momento.

MICHAEL: Voy a buscarte.

VERA: No. Voy en taxi.

MICHAEL: Qué ilusión te hace verme.

Me reí.

VERA: Te veo en tu casa.

El frío me atizó nada más salir del aeropuerto.

—Joder.

Agosto y yo poniéndome un plumífero, una bufanda y un gorro.

Durante el trayecto miré Melbourne por la ventanilla pensando que Aurora había llegado a aquella misma ciudad más de medio siglo antes.

Intenté imaginarla llegando allí en 1968. Sin Google Maps, sin WhatsApp, sin poder ampliar la foto de ningún australiano buenorro antes de conocerlo. Aquella mujer tenía bastante más valor que yo.