La chica que no quería ir a Bali y llegó mucho más lejos Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—Pues ella sí quiere hablar contigo.

—¡Pero si no sabe quién soy!

—Dame treinta segundos —me pidió muy serio.

—Michael...

La llamada terminó.

Me quedé mirando el móvil y murmuré:

—Este tío está como una cabra.

Cinco minutos después apareció una videollamada.

Michael Bennett.

La rechacé.

Volvió a llamar.

La volví a rechazar.

Entró un WhatsApp.

MICHAEL: Cobarde.

Abrí la cámara delantera y me vi con mi cola de caballo, una camiseta vieja y ni una gota de maquillaje.

VERA: Estoy horrible.

MICHAEL: Yo ya he visto tu foto de bebé.

Otra videollamada. Resoplé y acepté porque yo no era una cobarde. Prudente… tal vez. Pero nada más.

Me senté en el sofá. Michael apareció en la pantalla y mi primera reacción fue pensar que su fotografía no le hacía justicia.

Mi segunda reacción fue enfadarme conmigo misma por haber tenido la primera.

No podía ser tan frívola. Qué más me daba si Michael tenía un pelazo, unos ojos grandes espectaculares, una sonrisa perfecta y una bufanda enroscada al cuello que tenía pinta de oler de maravilla.

—Hola —dijo sonriendo.

—Mira cómo estoy.

—Te veo muy bien.

—Yo también. O sea… O sea, te veo con frío —precisé.

—Hoy hace frío. Acabo de salir de trabajar. Un segundo.

La imagen se movió y apareció una mujer de pelo completamente blanco sentada en un sillón.

No me lo podía creer. La abuela. La señora me miró fijamente y yo hice lo mismo.

—Abuela, te presento a Vera. Vera, te presento a mi abuela Margaret.

—Hola, Margaret. Encantada —dije, nerviosa.

Y luego seguimos hablando en inglés.

—Así que tú eres Vera.

Giré los ojos hacia Michael.

—¿Qué le has contado? —le pregunté en español.

—Lo imprescindible.

—Me ha dicho que crees que puede ser un asesino —intervino su abuela.

—¡Yo no he dicho eso! —exclamé negando con la cabeza.

—Un secuestrador —rectificó Michael.

—¡Tampoco!

La mujer sonrió y me dijo:

—Haces bien en tomar precauciones.

Miré a Michael.

—¡Tu abuela es total!

—Sabía que esto era un error. Pero tenía que intentarlo —murmuró Michael pasándose la mano por la cara.

—No te subas a un coche con un hombre al que acabas de conocer sin decirle a todo el mundo con quién estás —continuó ella.

—Gracias —dije—. Eso intento explicarle.

—Ya se lo he dicho yo —protestó Michael.

Su abuela ni siquiera lo miró.

—¿Cuánto hace que lo conoces?

—Desde anoche.

Ahora sí miró a su nieto.

—Michael.

—¿Qué?

—Desde anoche.

—No es mucho, pero tampoco es poco.

—Y quieres llevártela a Queensland.

—Ella quiere ir a Queensland —precisó Michael.

—Yo todavía no sé lo que quiero —intervine.

—Pues no decidas hasta saberlo —sentenció su abuela.

Me quedé mirándola y le confesé:

—Necesitaba hablar con usted.

—Hace treinta segundos no querías —me recordó Michael con retranca.

—He cambiado de opinión.

Michael negó con la cabeza y su abuela volvió a mirarme.

—¿Y por qué quieres ir a Queensland?

La pregunta consiguió que dejáramos de bromear y le conté una versión resumidísima de mi tía, las cartas, la casa, Santiago, Japón y las casas en los árboles.

Cuando terminé, la mujer permaneció unos segundos en silencio, se encogió de hombros y me aconsejó:

—Entonces ve. No vas a estar tranquila hasta que descubras qué hay detrás de ese distanciamiento entre las hermanas.

—Abuela... —la interrumpió Michael.

—¿Qué? —replicó ella—. Tiene que ir ella. No he dicho que tenga que ir contigo.

Me eché a reír.

—Tu abuela tiene razón.

—Estupendo —farfulló Michael.

—Aunque —añadió ella—, si decides ir con Michael, puedes estar tranquila.

Él levantó las cejas.

—Gracias.

—No he terminado —dijo Margaret.

—Vaya —murmuró Michael.

—Es buen chico.

—Abuela… —le rogó Michael temiéndose lo peor.

—Un poco pesado.

—Gracias otra vez, abuela.

—Su abuelo conducía mejor que él.

—Eso no es verdad, abuela.

—Y de pequeño mentía fatal.

—Tenía seis años.

—Sigues mintiendo fatal.

Me tapé la boca para no reírme.

—Pero no creo que vaya a matarte —concluyó Margaret.

—Ese «creo» me da mucha confianza —dije entre risas.

—No doy garantías sobre nadie —zanjó la abuela tras sacar una petaca de plata y beber un pequeño trago.

Michael soltó una carcajada y luego me preguntó:

—¿Ya estás tranquila?

—Muchísimo.

—Siempre digo la verdad, tesoro.

Seguimos hablando unos minutos más.

Supe que sus padres vivían con su abuela en Dubbo. Que Michael iba a verlos siempre que podía. Que llevaba unos cuantos años trabajando en Urgencias. Que su abuela consideraba que trabajaba demasiado y que él consideraba que su abuela se metía demasiado en su vida.

Cuando colgamos, tenía la mandíbula dolorida de tanto reírme.

Y un problema. Michael ya no parecía un completo desconocido. Seguía siéndolo, claro.

Una videollamada con su abuela no convertía a nadie en una persona de confianza automáticamente.

Pero ya no era una fotografía de WhatsApp. Ahora tenía una cara que se movía, una sonrisa matadora, una abuela que lo ponía verde, unos padres en Dubbo y una bufanda kilométrica que me encantaba.

Y a todo esto, el vuelo seguía abierto en el portátil.

Me senté delante: Madrid-Melbourne. Salida dentro de dos días. Regreso el 28 y el precio seguía allí.

También el botón de comprar.

Apoyé la barbilla en una mano y pensé que podía esperar perfectamente a que Santiago regresara de Japón, a que recibiera mi correo, a que decidiera contestarme y a que me pusiera en contacto con Aurora.

No tenía ninguna necesidad de cruzarme el mundo para eso. Podía hacerlo todo tranquilamente desde el pueblo.

Me levanté, fui hasta la cocina, abrí la nevera, vi que estaba pelada y lo lógico habría sido ir al supermercado.

Pero regresé al salón, miré hacia la ventana y vi la morera.

Salí fuera y el calor de agosto me golpeó en la cara. Me acerqué al árbol y levanté la cabeza. Las ramas se extendían sobre mí y de pronto me vino el recuerdo de las palabras de mi abuela:

Cuánto soñaste subida a esta morera, aunque todos te dijéramos que bajaras y que con esa pierna no debías andar trepando a los árboles.

Pasé una mano por el tronco.

Aurora había crecido escuchando que tuviera cuidado, que no se subiera a los árboles, que con aquella pierna no debía, y un día cogió una maleta, se plantó en Londres y después en Melbourne.

Diecisiete mil kilómetros.

Yo tenía dos piernas que funcionaban perfectamente, más de tres semanas de vacaciones y un billete chollo de ida y vuelta delante.

Volví a entrar en casa.

Me senté frente al portátil.

Miré el precio una última vez y farfullé:

—A tomar por culo.

Y pulsé Comprar.