La chica que no quería ir a Bali y llegó mucho más lejos Capítulo 8
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Capítulo 8

Diez días.

Volví a mirar el correo, aunque no había ninguna razón para hacerlo. Santiago seguiría en Japón por muchas veces que lo leyera.

Diez días tampoco eran tantos. Me quedaban más de tres semanas de vacaciones, estaba en Villamayor, tenía una casa entera por ordenar, una piscina municipal a cinco minutos y una caja llena de cartas que todavía podía volver a leer veinte veces si me aburría.

Podía esperar perfectamente. Eso era lo sensato. Y yo era una persona bastante sensata la mayoría del tiempo.

Miré la hora. Pasaban unos minutos de las diez de la mañana. Hice rápidamente la cuenta y en Melbourne serían las seis de la tarde.

Cogí el móvil y abrí WhatsApp.

VERA: Mira lo que me han contestado de Mulberry.

Le reenvié el correo a Michael.

No tardaron ni treinta segundos en aparecer los tres puntitos.

MICHAEL: Japón.

VERA: Diez días.

MICHAEL: Vaya.

VERA: Eso mismo he pensado yo.

Esperé.

MICHAEL: ¿Y qué vas a hacer?

VERA: Esperar. ¿Qué voy a hacer?

Esta vez tardó algo más.

MICHAEL: También podrías ir.

Fruncí el ceño.

VERA: ¿A Japón?

Apareció un emoticono riéndose.

MICHAEL: A Australia.

Solté una carcajada.

VERA: Sí, claro. Ahora mismo.

MICHAEL: Lo decía en serio.

Me quedé mirando aquella frase.

VERA: Tú estás fatal.

MICHAEL: Eso todavía no lo sabes. Apenas me conoces.

Le puse ocho emoticones llorando de risa y escribí:

VERA: Por eso.

Dejó de escribir.

Esperé unos segundos, pero no llegó nada más.

Dejé el teléfono sobre la mesa.

—Australia —murmuré.

La sola palabra me daba risa. Australia.

La mujer que había rechazado Bali porque le daba pereza pasarse horas metida en un avión estaba considerando cruzarse medio planeta porque el primo que acababa de descubrir estaba de viaje en Japón.

No. No estaba considerando nada. Michael había dicho una tontería y yo le estaba dando demasiadas vueltas.

Me levanté, recogí la taza del desayuno y me puse a hacer cosas por la casa.

Cambié las sábanas, puse una lavadora, barrí el salón, abrí un armario, decidí que no tenía ninguna necesidad de saber lo que había dentro y volví a cerrarlo.

Salí a comprar pan, me entretuve hablando con unos vecinos, a la vuelta regué las cuatro macetas que sobrevivían en el patio gracias a algún milagro y me preparé otro café.

Todo ello sin pensar en Australia. O solo un pelín.

Luego me senté delante del portátil, porque tenía que mirar una cosa. De repente me entró la curiosidad de saber cuánto costaba ir a Australia.

Sabiendo que no iba a ir. Solo era por cotillear.

Busqué vuelos Madrid-Melbourne y los primeros precios consiguieron devolverme inmediatamente la cordura.

—Ni de coña.

Seguí mirando y había vuelos caros, vuelos muy caros y otros cuyo precio me hizo pensar que quizá al llegar a Melbourne te regalaban un apartamento.

Pero después me metí en una página donde mis amigas solían encontrar chollos y entonces lo vi.

El precio era un chollo de verdad y entré convencida de que era un timo.

Pero no parecía. Salí de la página y volví a entrar, segura de que tenía que ser un error. Aunque el precio seguía siendo el mismo.

Salía de Madrid dentro de dos días y regresaba el 28 de agosto.

Miré el calendario, después el vuelo, después otra vez el calendario, y me cuadraba perfectamente con mis vacaciones.

Pero era una estupidez. ¿Cómo me iba a ir a Melbourne en un par de días?

Cerré la pestaña, me bebí el café y volví a abrirla pero solo para mirar.

La casa permaneció en silencio, lo que agradecí porque no necesitaba que ni los muebles me juzgaran.

Comprobé las escalas, las horas, el equipaje y después hice algo todavía más absurdo: una captura de pantalla y se la mandé por WhatsApp a Michael, que contestó casi inmediatamente:

MICHAEL: Cógelo.

Me eché hacia atrás en la silla.

VERA: ¿Ese es todo tu análisis?

MICHAEL: Sí.

VERA: Menos mal que eres médico.

MICHAEL: Es perfecto. ¿Tienes el dinero?

VERA: Sí. Había ahorrado para pegarme un viaje con mis amigas, que también trabajan conmigo, pero me negué a Bali. Tengo la pasta. Y el vuelo sale en dos días.

MICHAEL: Perfecto.

VERA: ¿Perfecto para quién?

El teléfono empezó a sonar. Era él. Michael.

—No pienso coger ese vuelo.

—¡Hola a ti también!

—Te aviso para que no me líes.

—No pensaba liarte.

—Has dicho «cógelo».

—Porque deberías cogerlo.

—¿Por qué?

—Porque quieres venir.

Abrí la boca para protestar, la cerré y repliqué:

—No sabes si quiero ir.

—Has buscado un vuelo.

—Por curiosidad. Soy muy curiosa.

—Y me has mandado una captura.

—Para compartir mi curiosidad.

Lo escuché reírse.

—Vale.

—Vale qué.

—Que no quieres venir.

—No he dicho eso.

Hubo un pequeño silencio.

—Vera, ese precio dudo que lo encuentres otra vez.

Miré de nuevo la pantalla del portátil y ese chollazo de precio.

—Hay un problema bastante evidente.

—¿Cuál?

—Santiago está en Japón.

—Volverá.

—Dentro de diez días. ¿Qué hago yo en Australia hasta entonces?

—Ver Australia.

—Claro. Toda. En diez días.

—Verla entera va a estar complicado.

—Gracias por la precisión —bromeé.

—Pero una parte sí.

—¿Cuántos días de vacaciones tienes?

—Veintiocho.

—¿Y cuándo tienes que volver a trabajar?

—A primeros de septiembre.

Él se quedó callado y, un segundo después, soltó, como quien dice «tengo un paraguas verde»:

—Tengo ocho días libres.

—Qué bien por ti.

—Pensaba ir a ver a mis padres.

—Qué bien por ellos.

Se rio otra vez.

—Viven en Dubbo.

—Eso debería decirme algo, ¿verdad?

—Probablemente no.

—Pues no me dice absolutamente nada. O sí. Me suena a marca de chicles o a un juego de mesa.

—Es donde nací. Está en Nueva Gales del Sur. Más o menos a nueve horas de Melbourne en coche.

—¿Nueve horas? ¿Tus padres no podían vivir un poquito más cerca?

—Se lo comentaré. La idea era pasar unos días con ellos.

—Me parece estupendo. ¿Y yo mientras qué hago?

—Podrías venir conmigo.

Me quedé callada, porque ni por asomo podía imaginarme que iba a proponerme semejante cosa:

—¿A casa de tus padres?

—Sí.

Él dijo que sí con absoluta normalidad, pero no éramos dos amigos de toda la vida. Ni siquiera conocidos.

—Michael, no.

—Vale.

Su respuesta inmediata me desconcertó porque una cosa era que no fuera un pelma y otra que no insistiera ni un poquito.

—¿Vale?

—Si no quieres, no.

—Es que no los conozco. Es un poco fuerte, ¿no?

—Yo sí los conozco.

—Eso me tranquiliza muchísimo.

Se rio y luego me propuso como quien te propone ir a comprar sardinas a la pescadería de la esquina:

—Escucha. Después de Dubbo puedo llevarte hasta Queensland.

Me revolví en el asiento y pregunté, movida por la curiosidad:

—¿Hasta donde tiene Santiago las casas en los árboles?

—Sí.

—¿En coche?

—Sí. Alquilamos uno.

—¿Cuántos kilómetros eran?

—Desde Melbourne hasta allí, unos mil setecientos.

—¡Tú estás completamente loco!

—Puede ser.

—Eso son muchísimos kilómetros.

—Para un australiano es un paseíto.

—Supongo que también se podrá ir en avión.

—También puedes volar. Melbourne-Sunshine Coast y listo. Es mucho más rápido.

—Pues entonces no entiendo por qué me propones cruzarme media Australia en coche.

—Porque has dicho que nunca has estado aquí.

—¿Y?

—Y porque si vas a cruzarte medio mundo, igual te apetece verlo durante unos días.

Me callé, porque ahí me había pillado. Porque sí. Me apetecía. Muchísimo más de lo que estaba dispuesta a reconocer.

Es más, si era sincera, yo no había ido a Bali porque me dieran pereza las horas de avión. Era porque era el lugar donde tenía que haber ido con Pepito Grillo.

Pero Australia era otra cosa.

Hasta hacía unos días, Australia era para mí un sitio lejano donde vivía una tía a la que no conocía.

Ahora había una casa. Una caja. Un primo que podía llevarme a mi tía. Un complejo de casas en los árboles. Y un médico al que había conocido la noche anterior proponiéndome recorrer mil setecientos kilómetros con él.

Un momento.

Un médico al que había conocido la noche anterior. Es que eso era muy fuerte…

—Michael.

—Dime.

—Hay otro problema.

—A ver.

—Que no te conozco —le solté.

—Ni yo a ti.

—Creo que no lo estás entendiendo. Sé que eres médico, que eres Tauro, que una chilena te dejó y que estás bueno.

Michael no dijo nada, pero al segundo añadí:

—Eso último no pretendía decirlo. Olvida esa parte.

—Va a estar complicado.

—Michael.

—Vale. Olvidada.

—El caso es que no me parece información suficiente para meterme en un coche contigo y recorrer mil setecientos kilómetros.

—No lo es. Tienes toda la razón. Eres una chica muy sensata.

Aquella respuesta me dejó descolocada.

—¿Cómo?

—Que no me conoces. Haces bien en ser cauta.

—Ah.

—No tienes por qué fiarte de mí.

—Pues estás haciendo una labor estupenda para convencerme.

—No intento convencerte. Si vienes, quiero que estés tranquila.

—¿Qué tiene pensado el doctor? ¿Atiborrarme a ansiolíticos? —repliqué risueña.

—Te mando una foto de mi pasaporte.

—¿Qué?

—Te mando mi pasaporte, mi identificación del hospital, mi dirección y el teléfono de mis padres. Y cuando tengamos el coche, les mandas también la matrícula.

—Michael...

—Se lo mandas todo a tus amigas, a tu madre o a quien quieras. También puedes compartir tu ubicación durante el viaje y llamarlas cada vez que paremos si eso te hace sentir mejor.

No supe qué decir.

Había esperado una broma. O un «no seas exagerada». Incluso un «puedes confiar en mí», que probablemente habría conseguido que confiara bastante menos. Pero no aquello.

—¿Haces esto con todas las mujeres a las que intentas secuestrar?

—Solo con las que me dicen que estoy bueno antes de conocerme.

—Te he dicho que olvidaras esa parte.

—Lo estoy intentando.

—Pues inténtalo más.

—Además, puedes comprobar dónde trabajo. Y si todavía no te fías, tengo una referencia.

—¿Tu madre? —ironicé.

—Mejor.

—¿La Policía de Melbourne?

—Mi abuela.

Me eché a reír.

—¿Tu abuela?

—Sí.

—Una referencia totalmente imparcial.

—Espera a conocerla antes de decir eso.

—¿Qué vas a hacer? ¿Darme su teléfono para que la llame?

—No.

Escuché un ruido al otro lado.

—¿Qué haces?

—Llamarla.

—¿Ahora?

—Ahora.

—¡Michael, no! —exclamé porque ni de coña iba a hablar con su abuela.

—Demasiado tarde.

—¡Que no quiero hablar con tu abuela!