Capítulo 7 #2
Volví a cogerlo y abrí la fotografía de mi madre, después la mía y la carta.
Mi tía había recibido aquello hacía casi treinta años, no había contestado, pero lo había guardado.
Me lavé los dientes y me fui a la cama pensando que a la mañana siguiente iba a hacerle unas cuantas preguntas a mi madre…
La llamé después de desayunar.
No esperé demasiado.
A las nueve y media ya estaba marcando su número.
—Buenos días, cariño.
Y como no podía más con la intriga solté de sopetón:
—Mamá, ¿tú le escribiste a Aurora al poco de que yo naciera?
Se hizo un silencio gigantesco.
Entendí que soltar eso así y sin un «buenos días» ni un «cómo estás» era una auténtica bomba.
Había sido demasiado directa. Era consciente, pero llevaba toda la noche esperando.
—¿Por qué me preguntas eso? —logró decir al fin.
—Porque he visto la carta y la foto.
Hubo otro silencio un poco más corto, pero más tenso todavía y luego mi madre replicó no sé si haciéndose la tonta o porque no lo recordaba:
—¿Qué carta?
—La que le mandaste a tu hermana hablándole de mí. Y con una foto mía de bebé.
—¿Dónde has visto eso?
—En Australia.
—¡Vera, deja de tomarme el pelo! ¿O me has engañado y estás en Australia? Espero que no porque…
—¿Qué? Porque tú no estás para acusarme a mí de Pinocha.
—No tiene nada que ver una cosa con otra.
—Lo que tú digas. El caso es que estoy en el pueblo y he encontrado la casa de Aurora.
—¿Qué?
Y entonces tuve que empezar por el principio. Le conté lo de la dirección. La casa. La venta de 2025. La llamada a Michael. La caja.
No le conté que Michael estaba muy bueno porque aquello no era relevante para la investigación familiar.
Aunque era verdad y yo esa mañana ya había mirado cuatro veces la foto.
No sé por qué.
O sí. Por no tener otra cosa mejor que hacer.
—No me puedo creer que por fin hayas conocido a un chico majo —soltó mi madre como si aquello fuera lo más relevante de todo lo que le había contado.
—He conocido al chico que ha comprado la casa de Aurora.
—Es agradable, médico…
—Y porque no has visto su foto.
—¿Es guapo?
No respondí, porque en ese instante me di cuenta de que lo que estaba haciendo era intentar desviar la conversación. Y no lo iba a lograr.
—Da lo mismo. Lo importante es que compró la casa a Aurora y Robert el año pasado. Estaban vivos, mamá.
—Ya te dije que, si hubiera muerto, nos habríamos enterado.
—Tu sistema de información era mejorable.
—Pero tenía razón —insistió mi madre.
—De casualidad.
—También cuenta.
Sonreí a pesar de todo, porque me vi reflejada en ella.
—Y sé más cosas de Santiago —solté.
—Santiago.
—Sí, ese primo que tengo cuya existencia desconocía.
—¿Qué sabes de él? —preguntó mi madre a la defensiva.
—Que tiene un negocio de casas en los árboles.
—¿Casas en los árboles?
—Sí.
—A tu tía le encantaba subirse a la morera, a pesar de que mamá siempre le decía que no lo hiciera.
—A mí también me gusta.
—No te subas estando sola, porque a ver si te vas a caer y dime tú a quién vas a avisar para que te rescate.
—Gritaré. Seguro que alguien me escucha.
—No te subas más. Y el negocio ese que tiene Santiago… ¿Es para niños?
Me eché a reír por la ocurrencia y le aclaré:
—Para gnomos. ¡Mamá! ¿Cómo se te ocurre? Es un alojamiento turístico.
—Qué cosas más raras hace la gente. Hay que tener ganas para pasar una noche en un árbol. ¡No lo quiero ni regalado! —exclamó mi madre.
—Me parece chulísimo. Y he visto fotos y no veas lo bonito que es. Tiene unas cabañas espectaculares. ¡Estoy emocionada! Tengo un primo al otro lado del mundo con un negocio de casas en los árboles. Claro que tú jamás pensaste que pudiera interesarme saber que tengo un primo.
—No tengo relación con Santiago.
—Ya. Pero existe.
—¡Claro que existe!
—¿Cuándo me lo ibas a decir?
Mi madre suspiró.
—¿Qué querías que te dijera? Si no sé nada de la madre, para qué iba a hablarte del hijo.
—No sé. Algo como «Vera, tienes un primo que se llama Santiago y vive en Australia» habría sido un buen comienzo.
—¿Y después qué? ¿Que no sabía dónde vivía, a qué se dedicaba ni cómo ponerme en contacto con él?
—Sí. También. No todo lo que me cuentes tiene que venir con un teléfono de contacto.
—Para mí Santiago es el hijo de una hermana a la que llevo años sin ver. No forma parte de nuestra vida.
—Pero son parte de nuestra familia.
Mi madre se quedó callada.
—No es lo mismo —dijo al final.
Quizá para ella no.
Para mí, que acababa de descubrirlo, sí.
—Lo que sé es que dices que no forman parte de nuestra vida, pero tengo la prueba de que, al menos una vez, quisiste que volvieran a formar parte de ella. ¿Por qué le escribiste cuando nací?
Mi madre tardó en contestar, pero lo acabó haciendo:
—Porque era mi hermana.
Aquello me desarmó un poco.
—¿Te contestó?
—No.
—¿Nunca?
—Jamás.
Miré la fotografía en el móvil.
—Pues lo guardó. Todo. La carta. Mi foto… Michael se lo encontró en una caja que estaba en el garaje.
Silencio. No se escuchaba ni el vuelo de una mosca y esta vez duró tanto que aparté el teléfono para comprobar que la llamada no se hubiera cortado.
—¿Mamá?
—Sí.
—¿Me has oído?
—Sí.
Su voz había cambiado.
—Lo guardó durante todos estos años —farfulló mi madre con un deje de tristeza en la voz—. No lo sabía.
—Ya.
—Pensé que lo habría tirado. Pero tampoco me sorprende que dejara la caja olvidada. Aurora era muy despistada.
No dije nada, aunque aquello explicaba mucho más de lo que mi madre probablemente quería explicar.
—¿Le escribiste más veces?
—Alguna.
—¿Y tampoco contestó?
—No.
—Entonces ¿qué coño pasó entre vosotras?
Mi madre se quedó callada y volví a insistir:
—Mamá.
—Eso tendrás que preguntárselo a tu tía —respondió.
Y no me extrañó su respuesta porque imaginaba que iba a salir con algo así.
—Te lo estoy preguntando a ti —repliqué.
—Ya.
—Pues contéstame.
—No.
—¿Cómo que no?
—Que no voy a contártelo yo.
—¿Por qué?
—Porque si consigues encontrarla, quiero que se lo preguntes a ella.
—Pero tú sabes qué pasó.
—Obvio.
—Entonces...
—Pregúntaselo a Aurora, Vera.
Me quedé callada. Mi madre tampoco dijo nada. Por primera vez desde que había encontrado aquellas cartas tuve la sensación de que no estaba evitando hablar porque no quisiera recordar. Había algo más. Quería que escuchara a Aurora.
—¿Y después me contarás tú tu versión?
—Después hablaremos tú y yo de lo que quieras.
Conocía a mi madre lo suficiente como para saber que aquello era lo máximo que iba a conseguir.
Por eso me sorprendió tanto cuando de repente me dijo:
—Vera.
—¿Qué?
Hubo una pequeña pausa y respondió con la voz entrecortada:
—Si encuentras a Aurora...
Esperé y, como no decía nada, solté:
—¿Sí?
—Nada. Luego hablamos.
Colgó. Y me dejó con muchas más preguntas que antes y con más ganas todavía de descubrir la verdad.
Abrí el correo electrónico.
Tenía un mensaje de Mulberry Treehouses.
Lo abrí de inmediato.
Hola, Vera:
Gracias por ponerse en contacto con nosotros. Santiago se encuentra actualmente en Japón y no tiene previsto regresar a Mulberry Treehouses hasta dentro de diez días.
Hemos tomado nota de sus datos y le haremos llegar su mensaje a su regreso.
Un saludo,
Emily
Guest Relations
Mulberry Treehouses
Diez días.
Me quedé mirando la pantalla.
Después de todo lo que había descubierto, ahora solo tenía que hacer una cosa.
Esperar.
Otra vez.