La chica que no quería ir a Bali y llegó mucho más lejos Capítulo 7
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Capítulo 7

Miré otra vez la carta de mi madre y bufé.

—En serio —dijo Michael—. Nunca he engañado a nadie.

—Enhorabuena.

—Ni siquiera he dejado nunca a una novia.

Eso sí consiguió distraerme.

—¿Nunca?

—Nunca.

—¿Siempre te han dejado a ti?

—A los Tauro nos cuesta romper con lo que tenemos.

—Qué me vas a contar si soy Tauro.

Volví a abrir su fotografía de WhatsApp. Solo para comprobar un dato. Y sí, seguía igual de bueno. Era imposible. Por muy Tauro que fuera, me estaba vendiendo la moto.

—No me lo creo.

—¿Qué parte?

—Toda.

—Pues es verdad.

—¿Y la chilena? —le pregunté.

—También me dejó.

—¿Por qué?

—Eso ya es cotillear.

—Tú has mirado mi foto —le recordé.

—Y tú la mía.

—Estamos en paz.

—No exactamente.

Aquello empezaba a parecerse demasiado a una conversación normal con alguien a quien conocía y tuve que recordarme que hacía menos de una hora no sabía ni que Michael Bennett existía.

—Espera —dijo de pronto.

—¿Qué?

—Aquí hay otra foto fechada en 2002.

—¿De quién?

—Una mujer mayor junto a un árbol.

—Mándamela.

El móvil vibró.

Abrí la fotografía y sonreí nada más verla.

—Es mi abuela.

Estaba bastante más joven de como yo la recordaba, de pie junto a la morera de la casa. La misma que seguía allí, a pocos metros de donde estaba sentada.

—Hay algo escrito detrás —dijo Michael.

—¿Qué?

Tardó unos segundos en descifrar la letra.

—«Aquí empezó todo».

Fruncí el ceño.

—¿Aquí empezó qué?

—Espera, que sigue.

—«Cuánto soñaste subida a esta morera, aunque todos te dijéramos que bajaras y que con esa pierna no debías andar trepando a los árboles. Y mira dónde acabaste».

Miré hacia la ventana. Fuera estaba oscuro, pero sabía perfectamente dónde se encontraba la morera.

—Sigue.

—«Dile a Santiago que me alegro muchísimo de que al final haya conseguido sacar adelante lo de las casas en los árboles. Robert decía que estaba loco, pero tampoco sé qué esperaba teniendo por madre a una mujer que un día cogió una maleta y se marchó al otro lado del mundo. Un beso para los tres».

Segundos después, Michael me mandó ese texto.

Lo leí varias veces emocionada y musité:

—Estoy en el lugar donde empezó todo.

—¿Estás donde tu abuela se hizo la foto?

—Puedo ver esa morera desde aquí.

—¿Dónde es?

—Villamayor de Santiago. Cuenca.

—Iré también cuando vaya a España.

Michael siguió revolviendo el contenido de la caja mientras yo le hablaba de mi pueblo.

—¡No te vas a arrepentir! Mi pueblo es el mejor. Y no es porque sea el mío. O sí. Pero tenemos un molino que es precioso, unos quesos increíbles, una iglesia que lo flipas, un festival de cortometrajes, unas fiestas que te mueres y… de todo.

—Me lo apunto. Y sigo buscando en la caja.

—Dale. Yo estoy alucinando por haber descubierto que mi primo logró montar un negocio de casas en los árboles. ¡Es un hilo increíble del que tirar para dar con él!

—Uy.

—¿Qué pasa?

—¡Tengo algo!

—¿Qué? —pregunté, notando que me temblaban un poco las rodillas.

—Creo que tengo el lugar del que habla tu abuela.

Me incorporé y le pregunté sin dar crédito:

—¿Qué dices?

—Hay una tarjeta de visita.

—¡Mándamela!

La fotografía llegó unos segundos después y amplié la imagen.

SANTIAGO BILLITON

Founder & Director

MULBERRY TREEHOUSES

Sunshine Coast Hinterland, Queensland

Debajo aparecían un teléfono, un correo electrónico y una dirección web.

Me quedé petrificada.

Volví a la fotografía anterior.

La morera.

Después regresé a la tarjeta.

Mulberry.

—No me jodas —farfullé con los pelos como escarpias.

—¿Qué?

—Mulberry significa morera.

—Sí.

Miré de nuevo a mi abuela, de pie junto al árbol.

Aquí empezó todo.

Y entonces lo entendí.

O creí entenderlo.

Aurora había pasado media infancia soñando subida a aquella morera mientras todos le decían que bajara.

Y su hijo había terminado construyendo casas en los árboles al otro lado del mundo.

Mulberry Treehouses.

—Mi primo tiene casas en los árboles.

—Eso parece.

—Tengo un primo que vive en Australia y tiene casas en los árboles. ¡Me va a dar algo! —exclamé exultante.

—Soy médico. Tranquila.

—No veas la tranquilidad que me da que seas un médico en la otra punta del mundo. Pero lo de mi primo es… Joder, ¡vive en los árboles!

—No sé si vive en ellos.

—No rompas la magia. ¡Me mola imaginármelo en los árboles!

Busqué el complejo turístico y resultó que aparecía en un montón de webs de viajes, con fotos, reseñas y enlaces para reservar.

—¡Sigue abierto! Y sigue en Queensland —dije sin tener ni idea de dónde estaba eso.

—Sí.

—¿Eso está lejos de Melbourne?

—Un poco.

—¿Cuánto es un poco?

—Unos mil setecientos kilómetros.

—¿Mil setecientos? —pregunté alucinada, mientras seguía buscando a mi primo en Internet.

Porque su alojamiento aparecía, pero de él no había rastro.

—Australia es grande, Vera.

—Ya veo.

—¿Has estado alguna vez? —quiso saber.

—No, en Australia, no. Y si te digo la verdad, ni sé situar a Melbourne en un mapa.

—Abre el mapa y mira dónde está.

—Se me olvidaría a los dos segundos. Tengo una orientación espacial horrible. Tampoco sé distinguir la izquierda de la derecha. Pero me apaño, llego a los sitios y eso. Oye, lo que no encuentro son referencias a mi primo. ¿Vendería el negocio a otra persona?

—Escribe al mail que aparece en la información del sitio.

—Es el mismo que el de la tarjeta de visita —le informé porque lo primero que había hecho era comprobarlo.

—O llama. ¿No llevas toda la noche queriendo encontrarlo?

Me quedé mirando el número de teléfono y claro que podía llamar. Ya había llamado a Australia una vez aquella noche y no me había muerto.

Pero Michael era un desconocido. Santiago era distinto.

Santiago era mi primo.

Un primo que no sabía si tenía la menor idea de que yo existía.

¿Qué coño iba a decirle si descolgaba?

Hola, soy Vera. ¡Sorpresa: somos familia!

No.

Vi la dirección de correo electrónico debajo del teléfono y me pareció mucho mejor.

Un correo podía escribirlo, borrarlo, volverlo a escribir y arrepentirme siete veces antes de enviarlo.

Una llamada no.

—No le voy a llamar —repliqué convencida—. Una cosa es encontrar a tu primo y otra llamarle para decirle: «Hola, soy Vera, tu prima española cuya existencia probablemente desconoces». Mejor le voy a escribir…

—Y así no se tendrá que bajar del árbol para atender tu llamada.

—Son todo ventajas —ironicé también.

Y abrí un mensaje nuevo.

Para: [email protected]

Me quedé mirando el correo sin saber qué escribir.

—¿Qué pongo?

—Que eres Vera Belmonte, hija de Pilar.

—Eso suena a notificación del juzgado. Se va a cagar en cuanto lo lea.

—Pues escribe algo más simpático.

Tomé aire y tecleé:

Hola, Santiago:

Lo borré, porque era demasiado normal para escribirle a un primo cuya existencia desconocía hasta hacía apenas unos días.

Probé otra vez.

Hola, Santiago:

Soy Vera, tu prima de España.

Lo borré también.

Parecía el comienzo de una estafa.

Tercer intento.

Hola, Santiago:

No sé si sabes quién soy.

Nooooo.

Eso era todavía peor. Sonaba a amenaza.

—¿Lo tienes ya? —me preguntó Michael.

—Ya llevo borrados tres. ¡No sé qué poner!

—Prueba con «¡hola!» —sugirió él.

—Gracias. No se me había ocurrido.

—Para eso estamos los médicos.

Volví a teclear, porque yo no era de las que se rendían y escribí del tirón:

Hola:

Me llamo Vera Belmonte y soy hija de Pilar, la hermana de Aurora.

Sé que este correo puede resultar un poco extraño, pero hace apenas unos días descubrí que tengo un primo en Australia y me gustaría poder hablar con él.

He descubierto que fundó este complejo turístico y esta es la única dirección que he encontrado. No aparece nada a su nombre.

Me detuve y se lo leí a Michael.

—Este no está mal —dije.

—¿Ves? Solo has necesitado tres intentos.

—Cállate.

Y luego añadí para cubrirme las espaldas:

Si pudieran hacerle llegar este mensaje a Santiago Billiton, ¿podrían pedirle que se ponga en contacto conmigo?

Muchas gracias.

Vera

Lo releí y me di cuenta de algo…

—Parece que estoy buscando a mi padre biológico.

—Vera —masculló él, como pidiéndome que dejara de decir chorradas.

—Vale, vale.

Pulsé en Enviar antes de que me diera tiempo a escribir un quinto correo.

—Ya está.

—Ahora vete a dormir y mañana te llamo si me entero de algo más —me dijo.

—No hace falta que averigües nada.

—No me importa. Y desde aquí es más fácil encontrar alguna pista. Igual que te digo que si me necesitas para buscar algún documento o lo que sea, cuenta conmigo. Y, además, te voy a mandar fotos de todo lo que hay en la caja.

—¿Tú haces esto también con todo el que llama a tu casa por error? —pregunté, mordaz.

—Solo con las españolas que preguntan por Charlton Heston.

—Ah. Menos mal. Pensaba que no era especial.

—Lo eres. Es la primera vez que conozco a alguien de bebé antes que de adulto.

—Y yo nunca le había contado media historia familiar a un tío que acababa de conocer por teléfono.

—Pues ha estado tan bien que ahora necesito saber cómo acaba. ¿Aparecerá Santiago? ¿Encontrarás a tus tíos? ¿Descubrirás por qué tu madre nunca te contó que había intentado contactar con Aurora y por qué Aurora no quiso responderle?

—No paro de darle vueltas a lo mismo. No tengo sueño.

Bostecé y Michael se rio.

—Eso ha sido muy convincente.

—Cállate.

—¡A dormir!

—No eres mi padre.

—No. Tu padre probablemente tendría más posibilidades de que le hicieras caso.

—No me conoces.

—Te conozco desde que eras un bebé.

Solté una carcajada.

—Buenas noches, Michael.

—Duerme, Vera. Mañana seguirás con tu investigación.

No recordaba la última vez que un hombre al que acababa de conocer me había mandado a dormir.

Probablemente nunca.

Colgué todavía sonriendo.

Me quedé mirando la pantalla. Después miré la fotografía de Michael, otra vez, un solo segundo. Dos como mucho.

—Muy bien, Vera. Has conocido a un tío bueno y todo sin salir de casa. ¡Vas avanzando! —me dije a mí misma.

Vale que también estaba lo suficientemente lejos para que no me agobiara la posibilidad de tener que quedar algún día.

Pero estaba orgullosa del paso que acababa de dar. Dejé el teléfono boca abajo y duró aproximadamente cinco segundos.