La chica que no quería ir a Bali y llegó mucho más lejos Capítulo 5 #4
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Capítulo 5 #4

—¿No habíamos quedado en dejar de hablar por teléfono? —contesté.

—Esto es gratis.

—Ah. Entonces puedes seguir.

—Gracias.

—De nada.

—Voy a mandarte más fotos.

Empezaron a llegar.

Sobres.

Postales.

Fotografías.

Cartas dobladas.

Algunas eran muy antiguas. Reconocí la letra de mi abuela. Fotos de mis abuelos en la Puerta de Alcalá. En Cuenca. En Fátima. Mi abuela en Benidorm con la braga del bikini sobaquera que no le había visto en la vida. ¡Ni sabía que había usado bikini!

Leí alguna carta por encima. Mi abuela hablaba del tiempo, de lo que le dolían las cervicales, de que mi abuelo había comprado tres kilos de melocotones porque estaban baratos, aunque solo vivieran dos en casa, de que había intentado arreglar el grifo de la cocina y ahora tenían dos problemas en lugar de uno, y de que llevaba una semana sin dirigirle la palabra a Eusebio porque le había ganado al dominó y, según él, haciendo trampas.

En otra hablaba de una vecina que le había copiado las cortinas y encima iba diciendo que las había comprado primero, de que las magdalenas le habían salido fatal, aunque luego añadía que mi abuelo se había comido seis, y de que él había vuelto a guardar un tornillo «por si acaso» en un cajón que ya contenía suficientes tornillos como para reconstruir la provincia de Cuenca.

Se me llenaron los ojos de lágrimas de pura nostalgia.

Michael acababa de resucitarme a mis yayos.

Es que hasta podía escuchar sus voces diciendo todas aquellas cosas. Y eso que de mi abuelo apenas tenía un recuerdo muy vago.

De cualquier modo, lo que estaba claro era que aquella caja era justo lo contrario de la que tenía yo delante.

Yo llevaba días leyendo lo que Aurora había contado desde fuera. Y Michael tenía delante lo que mi abuela le había contado a ella desde España.

Las dos mitades de una conversación separadas por diecisiete mil kilómetros. Pero de pronto vi algo que no me cuadraba.

—Espera —dije.

Amplié una de las fotografías y vi un sobre que estaba junto a mi foto de bebé cuya letra no era la de mi abuela.

—Haz una foto a ese sobre.

—¿Cuál?

—Al que contenía mi foto.

—Vale.

Esperé un instante. Llegó. La abrí. Y dejé de respirar durante unos segundos.

No necesité llegar al remite. Conocía aquella letra demasiado bien. La había visto cientos de veces en listas de la compra, felicitaciones de cumpleaños, notas pegadas en la nevera y táperes en los que ponía: alubias, macarrones y croquetas.

—Es de mi madre.

—¿Pilar?

Arrugué el ceño y pregunté extrañada:

—¿Cómo sabes cómo se llama mi madre?

—Lo pone en el remite.

—Ah. Vale. Parezco empanada, pero es que esto es muy fuerte. Toda la vida me han contado una cosa y me estoy enterando de que la realidad era otra.

—Entiendo. Y el sobre contiene una carta.

—¿Puedes abrirla?

Michael no contestó inmediatamente y luego preguntó con cierta preocupación:

—¿Seguro?

Me encantó su pregunta. Me pareció majo. A lo mejor era el más canalla de Melbourne, pero me gustó.

Respiré hondo, me armé de valor y respondí:

—Ya que he llegado hasta aquí. Ábrela, por favor.

Oí el papel. Después llegó una fotografía y luego otra.

Fui leyendo.

Mi madre le contaba que había nacido yo.

Que después de tantos años pensando que quizá nunca tendría hijos, por fin había tenido una niña.

Que me habían llamado Vera.

Y que le mandaba una fotografía para que me conociera.

Al final había unas líneas que tuve que leer dos veces.

No porque no las entendiera, sino porque no esperaba encontrarlas.

Mi madre decía que no sabía si Aurora contestaría.

Que esperaba que sí.

Y que, a pesar de todo, le gustaría que algún día conociera a su sobrina.

Me quedé mirando la pantalla con dos lagrimones cayéndome por el rostro.

—¿Vera?

—Sí.

—¿Estás bien?

—Sí.

Era mentira.

A ver, no estaba mal, porque me encantó saber que mi tía me conocía aunque fuera en foto. Pero tampoco estaba bien.

Estaba desconcertada.

Mi madre había escrito a Aurora.

Mi madre, que durante toda mi vida había hablado de su hermana como de alguien que se había marchado y se había ido alejando hasta prácticamente desaparecer, le había mandado una fotografía mía y había querido que Aurora me conociera.

No entendía nada.

—Se supone que Aurora era el típico familiar que se fue lejos y nunca quiso saber más de los suyos. Eso fue lo que me contó mi madre y tengo una caja en un pueblo de Cuenca llena de cartas de mi tía y tú tienes una caja con las cartas de mi abuela. Y esa de mi madre —dije al fin.

Michael guardó silencio.

—Y Aurora nunca contestó —añadí.

—¿Lo sabes?

—Mi madre me lo habría dicho.

O eso quería pensar.

Miré otra vez mi fotografía y escuché a Michael decir:

—No contestó, pero la foto la guardó.

—Sí. Treinta años. Necesito hablar con mi madre.

Aurora había guardado mi foto durante treinta años y no sabía qué significaba aquello. Quizá nada. Quizá simplemente era una mujer incapaz de tirar fotografías.

Teniendo en cuenta que yo llevaba dos días sin conseguir tirar una garrafa de mimbre, tampoco podía juzgarla.

Pero había conservado la carta.

Y mi foto.

Miré la hora.

Las doce y veinte.

Mi madre estaría durmiendo.

Mierda.

—¿Qué hora es allí? —preguntó Michael.

—Más de las doce.

—¿De la noche?

—Y un calor que te mueres.

—No puedo verte.

—Pues imagíname en bragas.

Silencio.

—No quería decir eso.

Michael se rio.

—Ya.

—Olvida esa frase —le pedí.

—Demasiado tarde.

—Voy a colgar.

—¡Todavía no! —exclamó él.

—¿Por qué?

—Porque hay más cosas que quizá puedan ayudarte a comprender.

Volvieron a llegar fotografías.

Seguimos revisando durante un rato.

En algún momento me di cuenta de que Michael debía de llevar conmigo bastante más tiempo del razonable.

—Oye, ¿tú no trabajas?

—Sí.

—Pues tienes una forma estupenda de demostrarlo.

—Hoy entro más tarde.

—¿A qué te dedicas? —le pregunté. Total, ya le había pedido que me imaginara en bragas.

—Soy médico.

Cerré los ojos porque no podía ser. Había millones de profesiones. Podía ser arquitecto, fontanero, profesor de surf, criador de canguros. Pero no. Médico. ¿De verdad que tenían que perseguirme los tíos con número de colegiado?

—No.

—¿No qué?

—Médico no —solté como si me hubiera confesado que se dedicaba a atracar a ancianos por la espalda.

—Me temo que sí.

—¿De qué?

—Urgencias.

—¡Coño! ¡Eso es lo peor! —exclamé espantada.

—¿Qué problema tienes con los médicos de Urgencias?

—Son los más golfos.

—Trabajas en un hospital.

—Precisamente. Hablo con conocimiento de causa.

—Eso suena a historia chunga —replicó Michael tras chasquear la lengua.

—Mi ex era traumatólogo.

—Vaya.

Y ya que estábamos le conté la historia. Como estaba en Australia, ¡qué más me daba! En cuanto colgara no iba a saber nada más de él.

—Me puso los cuernos con otra traumatóloga.

Hubo un silencio y luego él dijo:

—Arreglan huesos, pero rompen corazones.

—Cabrones.

—Siento que te pasara eso.

—Yo también lo sentí bastante en su momento.

—Pero no puedes meter en el mismo saco a todos los médicos.

—Claro que puedo —afirmé rotunda.

—No parece muy científico.

—Soy técnica de radiología. No científica.

—Sigue siendo una muestra estadística bastante pobre —apuntó Michael.

—Tengo más casos.

—¿Cuántos?

—Muchos. No doy nombres por protección de datos.

Michael se rio y confesó en un tono que sonó sincero:

—Yo nunca he sido infiel.

—Eso dicen todos.

—Yo no.

—Acabas de decirlo.

—Porque es verdad —insistió.

—Ya.

—Además, soy Tauro.

Me quedé mirando el teléfono.

—¿Perdón?

—Tauro. Somos leales. A muerte.

—¿Eres experto en astrología? —le pregunté.

—Mi madre. Ella dice que así somos los Tauro. Mi madre sabe mucho.

—La mía también. El problema es conseguir que lo cuente.

La frase me salió sola.

Y durante unos segundos ninguno dijo nada.