Capítulo 5 #3
Di un respingo y pregunté con el corazón que se me iba a salir por la boca:
—¿A ella?
—A ella y a su marido.
Me quedé completamente quieta.
—¿Charlton Heston sigue vivo?
Hubo un pequeño silencio y el tío replicó como desconcertado:
—Me temo que no.
—El actor ya sé que murió. Digo Robert —aclaré.
Esta vez el silencio duró un poco más.
—Estaban vivos cuando me vendieron la casa.
¡Madre mía! Aurora estaba viva. O, al menos, lo había estado el año anterior. ¡Y Robert también!
Sentí una alegría bastante absurda. Después de varios días leyendo sobre ellos, era como si Michael acabara de darme noticias de dos personas que conocía.
—¡Cuánto me alegro!
—Aunque ahora necesito saber por qué llamas Charlton Heston a un señor llamado Robert.
—Es una historia larga.
—Tengo tiempo.
—Yo no —le corté al tío en seco, sin saber si hablaba en serio o en broma.
Me quedé unos segundos sin hablar y luego solté atropelladamente:
—¿Sabes dónde viven ahora?
—No.
La decepción fue inmediata. Y me dejé caer en el sofá.
—Solo los vi el día de la firma —continuó—. Hablamos un rato, pero no tengo su dirección actual.
—Ya.
Me mordí el labio.
Había llegado hasta Australia sin moverme de Villamayor y acababa de dar contra otra pared.
—¿Quién eres tú? —preguntó Michael.
—Su sobrina. Me llamo Vera Belmonte Arellano.
—Belmonte Arellano.
—Sí. Me apellido de segundo como mi tía.
Michael tardó unos segundos en responder y añadió después:
—Creo que tengo algo tuyo.
Capítulo 6
—¿Cómo que tienes algo mío?
—Bueno, tuyo exactamente no lo sé —rectificó Michael—. Pero creo que deberías verlo.
Me incorporé todavía más en el sofá. A esas alturas, si seguía inclinándome hacia delante, iba a acabar hablando con Australia desde el suelo.
—¿El qué?
—Cuando compré la casa encontré una caja.
—¿Una caja? —pregunté sintiendo un ligero escalofrío por el cuello.
—Sí. Estaba en uno de los armarios del garaje. Hay cartas, fotografías, postales... muchas cosas.
Miré la caja que tenía abierta delante de mí y durante unos segundos no dije nada.
Pero esto se estaba poniendo demasiado interesante. Yo tenía una caja en Villamayor y él tenía otra en Melbourne.
—¿Cartas de quién?
—No lo sé. Pero todas están en español. Bueno, al menos las que leí así por encima. No soy de leer cartas ajenas.
Miré la montaña de correspondencia que llevaba varios días ventilándome y repliqué:
—Yo tampoco. Solo cuando encuentro más de cien debajo del suelo de mi casa.
—Caray.
—Estoy en plena investigación familiar. Y esto que me cuentas de la caja es muy importante. ¿No tiraste nada?
—No.
—¿Por qué?
Michael tardó un segundo en responder.
—Porque lo que hay dentro no es mío.
Aquello me gustó. Me dijo mucho de él. Respetaba las cosas ajenas, aunque fuera una caja vieja abandonada en un garaje.
—Pensé en contactar con Aurora —continuó—, pero no conseguí su dirección nueva. Los de la inmobiliaria cerraron. Después guardé la caja y acabé olvidándome de ella.
—Hasta que te ha llamado una loca desde España.
—Exacto.
—¡Gracias!
—De nada.
Sonreí y volvió a la carga:
—¿La tienes ahí?
—No. Sigue en el garaje.
—Ve a buscarla —dije sin disimular la ansiedad que tenía.
—¿Eso es una petición? —preguntó él, con guasa.
—Sí.
—Ha sonado bastante a orden.
—Michael, son más de las doce de la noche, llevo varios días descubriendo que no sé una mierda de mi propia familia y acabas de decirme que tienes otra caja con cartas de mi tía a miles de kilómetros. No estoy para fórmulas de cortesía. Entiéndelo.
Se rio.
—Dame un minuto, por favor.
Escuché cómo se movía al otro lado de la línea. Una puerta. Pasos. Después un golpe.
—¿Sigues vivo? —grité por si podía escucharme desde la otra punta de la casa.
Y de pronto escuché cómo decía entre risas:
—Sí.
—¡Coño! Te hacía a un kilómetro del teléfono.
—Es inalámbrico. A Australia llegaron hace muchos años. Pero gracias por preocuparte por mí.
—No quiero tener que explicar a la policía australiana que un hombre ha muerto buscando las cartas de mi tía por mi culpa.
—Qué considerada.
—Soy muy buena persona.
—Eso todavía no puedo saberlo.
—Venga, busca.
Oí más movimiento.
Puse el teléfono en manos libres. Me levanté del sofá y fui a por un vaso de agua. Aquello podía tardar.
—La tengo —dijo por fin.
Regresé corriendo.
—Ábrela.
—Otra orden. ¿La gente mandona es buena persona?
—Ábrela, por favor.
—Mucho mejor.
—Te levantas con energía, ¿eh? —le solté.
—Acabo de correr una hora y he hecho un poco de pesas.
Escuché un ruido y después el sonido de papeles moviéndose.
—¡Pues yo voy a tener que tomarme una tila! ¡Necesito saber qué hay dentro de esa caja! —admití.
—Hay bastantes cosas.
—¿Qué?
—Cartas. Muchas. Postales. Fotografías...
—¿De quién?
—Vera, acabo de abrirla. Dame tiempo.
—Vale.
Duré aproximadamente tres segundos.
—¿Y?
Michael se rio.
—Eres muy paciente.
—Muchísimo.
—Casi todas en español.
—¿Puedes mirar algún remitente?
Oí cómo movía algo.
—Aquí hay muchos sobres.
—¿De dónde vienen?
—De España.
—¿Y quién los manda?
Se escucharon unos ruidos y luego contestó:
—De momento son todos de Carmen Uceda.
Se me aceleró el corazón.
—¿Carmen Uceda?
—Sí. ¿La conoces?
—Era mi abuela.
Me quedé mirando la caja que tenía delante y de pronto lo entendí. Yo tenía las cartas que Aurora había enviado a su madre. Y Michael tenía las que mi abuela le había mandado a ella.
Las dos mitades de una conversación que llevaba décadas separada entre Villamayor y Melbourne.
—No me jodas...
—¿Qué?
—Que tienes la otra mitad.
—¿Y por qué no se llevaron la caja cuando vendieron la casa? —preguntó Michael.
—No lo sé. O sí. En alguna carta de mi tía he leído que era bastante despistada. Por una vez me alegro de que lo fuera…
—Tienes que verlo. Hay fotografías antiguas. Un matrimonio mayor en la playa, en una plaza muy chula así como de pueblo. Por detrás pone «Chichón».
—Chinchón. Chichón es lo que te sale cuando te das un golpe en la frente.
—Pues Chinchón es bonito. No lo conozco. Quiero ir a España. De siempre. Pero nunca he ido. Me apunto este sitio.
—¿Me estás ayudando en mi investigación o planeando tus próximas vacaciones? ¿Qué más hay en la caja?
—Más fotos de estos señores y, anda, ¡una niña!
—¿Qué?
—Una niña pequeña —precisó Michael.
—¿Qué niña?
—¿Cómo quieres que lo sepa?
—Mira detrás —le ordené.
—¿Todas las españolas sois así de mandonas?
—Sí. Es genético.
Oí cómo daba la vuelta a la fotografía.
—Hay algo escrito.
—¿Qué pone?
—Un nombre.
—Michael, ¿no te dedicarás a escribir thrillers?
—Vera.
Bufé y repliqué desesperada:
—¿Qué?
—Vera. ¡Pone Vera!
El vaso se quedó suspendido a medio camino de mi boca.
—¿Algo más?
—Una fecha. Agosto de 1996.
Me la dijo.
Dejé el vaso sobre la mesa.
—No me jodas.
—¿Qué?
—Que puedo ser yo perfectamente —mascullé, atónita.
Esta vez fue Michael quien guardó silencio.
—¿Tú?
—Sí. Esa fecha es de cuando era pequeña.
—¿Eres del 96?
—Sí.
—Yo tengo treinta y cuatro.
—Venga, tío, que esto no es un bar. Dime cómo es la niña.
—Pues una niña.
—Gracias por el retrato robot —ironicé.
—Pequeña. De tres meses o así. Dos pelos en la cabeza. Ojos grandes y marrones. Mofletes. Y cara de haberse salido con la suya.
—Soy yo. Hay talentos que aparecen pronto.
—¿Con meses?
—¡Por supuesto! ¿Dónde estoy en la foto?
—Estás sentada en un sofá naranja y llevas un vestido azul de lunares y un pinito formado por tres triángulos en el pecho.
El corazón empezó a latirme más deprisa.
—¡Ese vestido aún lo conserva mi madre!
—Entonces sí que tenía algo tuyo. ¿Ves?
—¿Puedes mandármela?
—Claro. Si quieres mañana te envío la caja.
—¿A España? —repliqué espantada.
—Sí.
—¿Por correo ordinario?
—O mensajería.
—Michael, estás en Australia. No pienso esperar tres semanas ni correr el riesgo de que se pierda por el camino. Hazle una foto.
—¿A la caja?
—A todo. Pero empecemos por mi foto.
—Pues a ver si es cierto lo del talento temprano.
—¿Tienes WhatsApp? —le pregunté.
—Sí.
—Dame tu número. Así me la mandas y, de paso, corto la llamada que no sé cuánto me está costando esto y no quiero tener que vender un riñón para conocer a mi familia.
Me dio su número. Lo guardé como Michael Bennett, el australiano, como si conociera a muchos más que se llamaran así. Y abrí WhatsApp para escribirle.
Fue entonces cuando vi su foto de perfil.
Joder.
En la foto aparecía al aire libre, con una camiseta oscura y el pelo algo revuelto. Sonreía mirando a cámara con esa clase de sonrisa que parecía haberle salido sin esfuerzo.
Amplié la imagen porque aquello había que verlo bien por motivos estrictamente relacionados con la investigación.
Claro.
Y ¡madre mía!
Michael Bennett estaba muy bueno.
No era mono. Ni atractivo. Ni resultón. Era un cañonazo de tío.
Joder.
El desconocido que tenía una fotografía mía de bebé al otro lado del mundo resultaba que, además, era un buenorro cabronazo.
El móvil vibró en mi mano.
MICHAEL: ¿Eres tú?
Debajo apareció una fotografía.
La abrí.
Y me olvidé de Michael Bennett y de su cara.
Porque la niña de los mofletes y dos pelos en la cabeza era yo…
Me quedé mirándola.
Había visto aquella foto muchas veces. Mi madre tenía otra copia en uno de los álbumes de casa.
Pero aquella llevaba casi treinta años en Australia.
En casa de Aurora.
VERA: Sí. Soy yo.
Aparecieron los tres puntitos.
MICHAEL: Qué mona.
Esbocé una sonrisa tontorrona.
VERA: Era un bebé. Ahora he empeorado bastante.
MICHAEL: No parece.
Fruncí el ceño.
VERA: ¿Y tú cómo sabes cómo estoy ahora?
La respuesta llegó enseguida.
MICHAEL: La foto de WhatsApp.
Abrí mi propio perfil como si no supiera perfectamente qué fotografía tenía puesta.
Era una del verano anterior. Pelo suelto, gafas de sol encima de la cabeza y una copa en la mano.
VERA: Cotilla.
MICHAEL: Tú has mirado la mía.
Me quedé con el dedo encima del teclado.
El cabrón tenía razón.
VERA: Era para comprobar que no estaba dando mi número a un psicópata peligroso.
MICHAEL: ¿Y mi foto te ha tranquilizado?
Volví a mirarla y pensé que no me había tranquilizado especialmente: un asesino en serie podía estar buenísimo.
VERA: Todavía estoy valorándolo.
Me llamó por WhatsApp.