Capítulo 5 #2
—¿Nunca has oído nada de ella?
—Que se fue a Australia. Poco más. ¿Por qué?
—Por nada. Estoy leyendo unas cartas suyas de cuando era joven.
—En el pueblo lo que se dice es que tuvo mucho coraje para irse tan lejos y más estando como estaba la pobre…
—¿Por la pierna?
—Claro. Pero no te puedo contar mucho más. Si quieres saber cosas de cuando era joven, pregunta por ahí. Alguno se acordará.
—¿Y tienes noticias recientes de ella? —quise saber, expectante.
—Ni idea. Pero tu madre sabrá, ¿no? Imagino que seguirán en contacto.
Era obvio que Andrea no tenía ni idea de por qué en mi casa apenas se hablaba de mi tía. El silencio entre mi madre y Aurora parecía pertenecer solo a la intimidad familiar, no a la leyenda del pueblo.
Así que consideré que lo más prudente era no darle material nuevo al servicio de información de Villamayor.
—Quería saber cosas del pasado y tal... Bueno, pues encantada de hablar contigo.
Me dio otro beso antes de marcharse.
—Cuídate, guapa.
—Tú también.
La vi alejarse y pensé que ahora resultaba que mi tía desde Australia y las señoras de Villamayor me estaban mandando el mismo mensaje: si un melón salía malo, no podía pasarme el resto de mi vida sin probar otro.
De momento, me daba una pereza increíble.
Busqué un sitio y me senté.
Los primeros cortos me gustaron.
Uno me hizo reír.
Otro no entendí absolutamente nada, aunque todo el mundo aplaudió como si acabara de presenciar la segunda venida de Cristo.
Y después empezó uno en el que aparecía una chica despertándose.
Apagaba el despertador, se duchaba, se ponía unas gafas rosas, preparaba café, cogía el metro, trabajaba, volvía a casa, cenaba delante de la televisión, se lavaba los dientes, se quitaba las gafas y dormía.
A la mañana siguiente hacía exactamente lo mismo.
Y al día siguiente. Y al siguiente.
Al principio tenía gracia ese día de la marmota.
La repetición estaba montada de manera que algunos pequeños detalles cambiaban.
El vecino.
La taza.
Una mujer que se colaba en el metro.
Un chico con el que coincidía varias mañanas y que parecía empeñado en hablarle.
Pero ella siempre hacía lo mismo.
La misma ruta.
El mismo café.
El mismo vagón.
El mismo trabajo.
La misma casa.
A la cuarta mañana idéntica dejé de encontrarle la gracia.
No porque mi vida fuera así. No me sentí identificada con ese tostonazo de vida. Mi vida estaba bien.
Tenía un trabajo que me gustaba, unas amigas locas, mi pisito alquilado en Aluche que compartía con Sonia, mi familia…
Salía. Iba al cine. A conciertos. Viajaba… A Bali, no… Pero viajaba…
Sin embargo, había algo en aquella chica que empezó a ponerme nerviosa.
Cada vez que el hombre intentaba hablarle, interpretado además por uno de esos actores que tienen cara de buen tío hasta haciendo de asesinos en serie, ella aceleraba el paso y a mí me daban ganas de sacudirla.
—Pero háblale, gilipollas —murmuré.
La señora de pelo morado que tenía al lado me miró.
—Perdón.
Entonces me fijé en que tenía tatuado en el brazo a alguien que me sonaba. Y ella se percató…
—Es Mariano el del taller.
—Es primo de mi padre. Soy Vera.
—Soy Toñi, de Horcajo. Llevamos saliendo un año. Ahora vendrá. Y estoy loca por él.
—Hay que estar loca para tatuarse a un tío —solté en un arranque de sinceridad.
—Me dio por ahí. Pero si sale mal me planto encima un tigre o a Lamine Yamal que me encanta. Y esta tía de la peli debe tener las gafas mal graduadas —apuntó la señora, muy criteriosa ella.
—Pues sí. Debe ser eso.
Volví a la pantalla. Y a la pánfila de las gafas…
Yo no era como ella, me repetí.
No tenía una mala vida.
Aunque claro, viendo el coñazo que era la vida de la de las gafas a lo mejor ese era precisamente mi problema.
Todo estaba bien.
Tan bien que llevaba dos años sin permitir que ocurriera nada que pudiera dejar de estarlo.
—¡Ahora viene lo bueno! —cuchicheó la señora de al lado.
La chica del corto volvió a llegar a la entrada del metro.
Se detuvo.
Durante unos segundos pensé que bajaría las escaleras como todos los días.
Pero no.
—¡Te lo dije! —susurró Toñi.
—Coño —murmuré yo.
—Me pasó algo parecido con mi ex —me contó Toñi—. Un buen día dije hasta aquí. Y a los cuatro días se me rompió el coche y apareció Mariano.
Flipé y pensé que yo jamás acabaría tatuándome a un tío calvo con gafas en la cara interna del brazo. Ni a Lamine Yamal tampoco.
No era tan valiente.
Y la de las gafas siguió andando.
Nada más. No sabíamos adónde iba. Solo que había tomado un camino diferente. Y la pantalla se fundió a negro.
La gente empezó a aplaudir y yo también con la vista pegada a la pantalla unos segundos más.
Había pasado diez minutos esperando a que aquella mujer hiciera algo distinto y cabreándome cada vez que volvía a escoger lo mismo.
Y por fin el final feliz, aunque no tuviéramos ni puta idea de adónde iba.
—A la óptica. Y luego a pedirle al chico que vayan a tomarse un café —me sacó de dudas, Toñi—. Es lo bonito de los finales abiertos… para mí siempre acaban bien. Aunque con tal de que dejara de hacer lo mismo, ya era un buen final.
—Pues sí, Toñi, sí.
Claro que qué fácil resultaba verlo cuando se trataba de la vida de otro.
Bajé las manos.
¿Cuánto tiempo llevaba yo esperando a que Bali dejara de removerme algo, a volver a confiar, a tener ganas de intentarlo, a estar segura de que no volverían a engañarme…?
Y aún no había hecho nada para remediarlo.
Lo mismo que estaba haciendo con Aurora.
Sí. Llevaba varios días leyendo su vida, preguntándome qué había pasado, por qué no me habían hablado de ella, dónde estaría Santiago, si Robert seguiría vivo, si Aurora seguiría siquiera en Australia…
Vale que mi madre decía que, si Aurora hubiera muerto, se habrían enterado. Pero eso no significaba que nadie supiera dónde estaba. Y, aparte de preguntar a Andrea, no había hecho absolutamente nada para averiguarlo fuera de leer papeles de hacía medio siglo.
Aquello me dejó pensando.
Y, además, tenía una dirección.
—Joder.
Volví a pensar en la mujer del corto alejándose del metro.
Si no era ahora, ¿cuándo narices pensaba hacerlo?
Me despedí de Toñi y volví a casa tan deprisa que mi vecina Leonisa me preguntó que si se me estaba quemando la cocina.
Le grité que tenía que hacer algo urgente.
Llegué a casa. Encendí la luz del salón y fui directamente a las cartas.
Me costó encontrarla.
Había avanzado tanto que los sobres empezaban a formar pequeñas montañas encima de la mesa.
Hasta que apareció.
Mamá, por fin tenemos casa.
La dirección seguía debajo.
Cogí el móvil, la escribí en Google Maps y la casa apareció enseguida.
—Guau.
Me quedé mirando la pantalla. Y la vi. Un chalet grande rodeado de jardín, con piscina en la parte trasera.
Seguí buscando y me fui a Domain, una web inmobiliaria australiana. Había fotografías de la casa, datos de la parcela y, más abajo, el historial de ventas.
Me detuve al llegar a la última.
Vendida en 2025.
—No me jodas.
El año anterior.
No sabía quién la había vendido. Podía haber sido Aurora, Robert, Santiago o cualquiera que hubiera terminado siendo propietario de aquella casa.
Pero significaba que estaba siguiendo un rastro que llegaba prácticamente hasta el presente.
Seguí tirando del hilo.
Hice lo obvio. Busqué a mi tía y a Robert en Google y no encontré nada.
Después de unas cuantas búsquedas más, descubrí que podía consultar el registro de la propiedad de Victoria. No era gratis, pero a esas alturas de la noche ya había invertido demasiadas horas en mi tía como para echarme atrás por unos cuantos dólares australianos.
Pagué.
Esperé.
Y apareció el nombre del propietario actual de la casa.
Michael Bennett.
Me quedé mirándolo.
No tenía ni idea de quién era Michael Bennett, pero acababa de convertirse en la única persona que podía acercarme un poco más a Aurora.
Copié el nombre.
Otra búsqueda.
Michael Bennett. Melbourne.
Me salieron demasiados.
Añadí la zona, después la dirección y terminé encontrando un teléfono fijo asociado a aquel domicilio.
Pues ya estaba.
Podía llamar.
Pero joder, qué vértigo.
La idea me pareció bastante peor ahora que tenía un número delante.
¿Qué coño iba a decirle a un desconocido en Australia?
Hola, buenas noches, perdone que le moleste, estoy intentando localizar a una señora de ochenta y tantos años que vivía en su casa y que, por cierto, es mi tía, aunque yo acabe de descubrir prácticamente toda su vida debajo de una loseta.
Perfecto.
Muy normal.
Miré la hora.
Después comprobé qué hora era en Melbourne: las ocho de la mañana.
Genial.
Bueno… aceptable. Más o menos. Si el señor se acostaba tarde, era una putada.
Miré el tiempo en Melbourne. Nueve grados. Cielo gris y nublado.
Cogí aire. Recé para que el tal Michael Bennett estuviera desayunando con la calefacción puesta.
Y marqué envidiando muchísimo a ese tío porque en mi casa debía de haber unos cuarenta y ocho grados.
Estaba tan desesperada que me quité la ropa y el sujetador y me quedé en bragas.
Me abaniqué con la mano, pero más que nada por los nervios.
Un tono.
Dos.
Tres.
Estuve a punto de colgar.
—Hello!
Era un hombre. Y tenía la voz de tío bueno, dicho sea todo de paso. Pero como yo estaba en otra película, obvié ese dato y solté con mi inglés de viajera a cualquier lugar menos a Bali:
—Hi... Sorry. I'm calling from Spain. I'm looking for Aurora...
Hubo una pausa y respondió en un perfecto castellano. Bueno, perfecto de Valladolid no era, pero se le entendía perfectamente.
—¿Eres española?
Mi inglés me delataba, pero servía para comunicarme:
—Sí.
—Podemos hablar en español.
—¿Hablas español? —repliqué porque estaba atacada. Él seguramente pensó que yo era imbécil.
—Más o menos. Tuve una novia chilena —añadió.
—Ah.
No sabía muy bien qué se suponía que debía contestar a aquello. Andrea ya habría averiguado cuánto duraron, por qué lo dejaron y si la chilena se había casado después. Yo decidí ir al grano antes de que me arrepintiera de lo que estaba haciendo:
—Busco a Aurora. Aurora… —repetí más lento—. Vivía en esa casa.
—Sí —respondió al instante.
—¿La conoces?
—No exactamente. Le compré la casa el año pasado.