La chica que no quería ir a Bali y llegó mucho más lejos Capítulo 5
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Capítulo 5

Durante los dos días siguientes seguí leyendo.

No todo el rato, porque tampoco quería acabar convirtiéndome en parte del mobiliario, pero sí lo suficiente como para haber avanzado varios años en la vida de Aurora.

La casa, en cambio, seguía prácticamente igual.

Había conseguido tirar dos bolsas de basura, ordenar un armario y recolocar tres cajas.

Una de las cajas, de hecho, había acabado exactamente en el mismo sitio de donde la había sacado, así que tampoco sabía si aquello podía considerarse progreso.

El problema era que me daba pena tirar cualquier cosa que tuviera un mínimo de historia.

Un botijo desportillado podía tener arreglo.

Una jarra de barro era monísima. Una fuente con don Quijote pintado tenía su encanto.

Y una garrafa forrada de mimbre que probablemente llevaba cuarenta años sin servir para nada me pareció de pronto imprescindible para mi futuro.

A ese paso, en septiembre la casa iba a seguir llena de mierda, pero de mierda cuidadosamente seleccionada por su valor sentimental.

Aunque, si soy sincera, las cartas me interesaban bastante más.

También ayudaba que mis amigas estuvieran a doce mil kilómetros comportándose como si las hubieran soltado en Bali sin supervisión adulta.

El grupo de WhatsApp llevaba dos días echando humo.

Había recibido fotografías de templos, playas, arrozales y comida que no sabía identificar, además de varios vídeos completamente inútiles.

En el último, Sonia discutía con un mono.

SONIA: Me ha robado las gafas.

VERA: Te avisé.

SONIA: No me avisaste de que fueran delincuentes.

SILVIA: Ha intentado negociar con él.

VERA: ¿Con el mono?

MARTA: Le ha ofrecido un plátano a cambio de las gafas.

SONIA: Y el hijo de puta se ha quedado con las dos cosas.

Vi el vídeo tres veces.

La tercera, principalmente, porque terminaba con Sonia llamando «puto ladrón» al mono mientras Marta se doblaba de risa detrás de la cámara.

Después llegó una foto de las tres frente al mar.

Esa no tenía ninguna gracia.

Estaban guapísimas.

Y Bali también.

Me quedé mirándola unos segundos más de los necesarios antes de cerrar WhatsApp.

Volví a las cartas.

Para entonces Aurora ya llevaba tiempo trabajando en la radio.

Al principio habían sido cosas pequeñas. Colaboraciones, textos, intervenciones breves, alguna entrevista que no había salido como esperaba.

Después empezó a aparecer cada vez más.

Y llegó el programa.

No nació como un gran proyecto ni como algo que Aurora hubiera planeado durante años. Por lo que contaba, alguien en la emisora se había dado cuenta de que se le daba especialmente bien escuchar a la gente y hacer preguntas que conseguían que terminara contando mucho más de lo que pensaba contar.

No me sorprendió.

Después de todo lo que mi madre me había contado sobre los bailes de Villamayor, Aurora debía de llevar practicando aquello desde los dieciséis años.

Primero comenzaron a llegar algunas cartas de oyentes.

Después más.

Y acabaron siendo tantas que una parte del programa empezó a girar alrededor de ellas.

Problemas de pareja.

Amores imposibles.

Gente que llevaba quince años casada y no sabía si seguir.

Mujeres enamoradas de hombres que no las miraban.

Hombres que preguntaban si una compañera de trabajo estaba loca por ellos porque les había pedido un bolígrafo.

Aurora le contaba a mi abuela algunas de las historias, sin nombres, claro.

Una de las cartas me hizo reír.

Hoy ha escrito una mujer porque su marido lleva seis meses diciendo que sale a correr todas las tardes y ella acaba de descubrir que las zapatillas siguen nuevas en el armario. Me ha preguntado si creo que debería preocuparse.

Le he dicho que solo si también ha descubierto que el marido ha adelgazado.

Me lo pasaba genial con la retranca de mi tía.

Seguí leyendo.

Cuanto más avanzaba, más entendía por qué aquel programa había terminado funcionando.

Aurora no daba sermones.

No parecía pensar que supiera más que nadie.

Escuchaba y después decía lo que pensaba, a veces con bastante mala leche.

En una carta de mediados de los setenta le contaba a mi abuela que una oyente le había preguntado cómo podía saber si una relación iba a salir bien.

Leí más despacio.

Cada vez me pregunta más gente cosas que no tienen respuesta, mamá.

Cómo saber si un hombre es el adecuado. Cómo saber si un matrimonio durará. Cómo saber si merece la pena intentarlo. Y yo siempre pienso lo mismo: no se puede saber.

Apoyé la carta sobre las rodillas y seguí devorándola porque el tema me interesaba muchísimo.

Cuando decidí casarme con Robert y marcharme con él a Australia tampoco sabía si iba a salir bien. ¿Cómo iba a saberlo? Podíamos habernos equivocado. Podíamos haber descubierto con el tiempo que no éramos tan buenos juntos como creíamos.

Pero quería intentarlo.

Y creo que eso es lo que trato de decirles a quienes me escriben. Que no puedes dejar de vivir algo solo porque no sepas cómo va a terminar.

Me quedé mirando aquellas líneas y pensé que podía aplicarme el cuento.

Pero claro, era muy fácil dar ese consejo cuando ella se había largado con Charlton Heston y años después seguía con él.

A mí me había salido bastante peor. Me había sido infiel Pepito Grillo.

Bufé y pasé la hoja.

O eso intenté.

Porque menos de un minuto después volví atrás y leí otra vez el último párrafo.

No puedes dejar de vivir algo solo porque no sepas cómo va a terminar.

—Ya.

Doblé la carta.

No estaba segura de si lo que más me molestaba era que Aurora tuviera razón o que yo no pudiera asegurar que se equivocaba.

Cogí otra.

Y otra.

Los años empezaron a pasar más deprisa.

Santiago crecía.

Robert seguía en la universidad y estaba preparándose para conseguir la cátedra.

Aurora iba ganando espacio en la radio y su programa terminaba teniendo nombre propio, horario fijo y una audiencia fiel.

Las cartas también empezaron a cambiar.

Primero habían sido larguísimas.

Después cuatro páginas.

Después dos.

Y llegó un momento en que empezaron a mezclarse con postales, felicitaciones de Navidad y notas mucho más breves.

No parecía que hubieran dejado de hablar.

Parecía que habían dejado de necesitar papel para hacerlo.

El teléfono había hecho su aparición.

Y, muchos años después, llegarían otras formas de estar en contacto sin sentarte durante una tarde entera a escribir seis folios.

Aun así, Aurora seguía mandando cosas.

Fotos.

Felicitaciones.

Alguna carta más larga cuando tenía algo importante que contar.

Y a principios de los ochenta encontré una.

Mamá, por fin tenemos casa.

Levanté las cejas.

Y esta vez casa de verdad. Nuestra.

Llevábamos meses buscando y empezaba a pensar que Robert y yo no íbamos a ponernos de acuerdo jamás, pero en cuanto entré en esta supe que era la nuestra.

Tiene jardín, piscina y una cocina enorme. Santiago ya ha decidido que la piscina le pertenece y Robert asegura que dentro de un mes me arrepentiré de haber querido tanto jardín cuando empiece a tener que ocuparme de él.

Qué monos. Me alegré mucho por ellos. Y seguí.

Te dejo la dirección nueva porque pienso hacer todo lo posible para que esta sea la última dirección que tengas que aprenderte.

Debajo aparecía una dirección completa de Melbourne.

La leí y seguí.

Creo que hemos encontrado nuestra casa. Y no te lo vas a creer… ¡Tiene una morera!

Mi tía no podía sonar más feliz.

Guardé la carta con las demás, sin tener ni idea de que unas horas más tarde volvería a buscarla.

Después me hice la cena y me arreglé para ir al festival de cortometrajes.

Llevaba dos días entre cartas, cajas y polvo y empezaba a sospechar que, si no salía de casa, mis amigas iban a ganar finalmente la apuesta de que terminaría hablando con las paredes.

Había bastante gente.

Familias.

Parejas.

Vecinos que no veía desde hacía años.

Gente que me reconocía mucho antes de que yo recordara quién coño era.

Había conseguido llegar a mi sitio sin mantener ninguna conversación que me agobiara, cuando una mujer me agarró del brazo.

—¡Vera!

Me giré.

Tardé unos segundos en ubicarla.

Andrea. La hija de una amiga de mi abuela o de una prima de mi abuela. No me acordaba y daba lo mismo porque en el pueblo ambas cosas podían ser ciertas al mismo tiempo.

—Hola, Andrea.

Me dio dos besos y después me sostuvo por los brazos para mirarme de arriba abajo.

—Estás igual.

Mentía. Hacía dos años que no nos veíamos y yo no estaba igual. Estaba más delgada, llevaba el pelo más largo y creo que hasta miraba de otra manera. Antes daba por hecho que la gente decía la verdad. Ahora buscaba lo que no me estaban contando.

—Tú también.

Mentí yo.

—¿Y aquel chico alto que venía contigo?

Ahí estaba.

Fer.

Por supuesto.

Dos años después y el pueblo aún no había actualizado mi historial sentimental.

—Lo dejamos.

—Ah, ¿sí?

—Hace dos años.

—Pues mejor.

Parpadeé.

—¿Mejor?

—Si no era para ti, mejor saberlo antes de casarte y tener tres criaturas.

—¿Saber qué? —pregunté a la defensiva.

Porque le había advertido a mi madre que no contara a nadie lo de mis cuernos. No quería dar pena. Ni que medio pueblo me mirara como a la gilipollas a la que habían puesto los cuernos.

—Eso que hizo que lo dejarais.

—Ah. Eso. Sí. El aliento —me inventé.

—¿Le cantaba el pozo?

—Al principio era poco, pero luego…

—Oy, oy, oy… —saltó Andrea, espantada con la tragedia bucal.

—Al principio era llevadero, pero al final ya era una cuestión de supervivencia.

—Te entiendo. ¿Y ahora tienes novio?

—No.

Me miró con preocupación y, como si le hubiera dicho que no tenía ni un abrigo para pasar el invierno, replicó:

—¿Ninguno?

—Ninguno.

—Pues tendrás que probar con otro.

Me eché a reír y no me quedó otra que preguntar:

—¿Así de fácil?

—Claro. Si uno te salió malo no vas a dejar de probar para siempre.

—Andrea, estamos hablando de hombres, no de melones.

—Por eso. Los melones por lo menos los puedes oler antes.

Me reí y, como ella manejaba información de la buena, le pregunté:

—Oye, Andrea, ¿tú sabes algo de Aurora?

—¿Aurora quién?

—Mi tía. La hermana de mi madre.

Andrea entornó los ojos, pensó unos segundos y soltó:

—¿La que se fue a Australia?

—Esa.

—Pues no. Ni idea.