La chica que no quería ir a Bali y llegó mucho más lejos Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Robert seguía en la universidad y ella contaba que debía de ser el hombre más paciente de Australia.

Aurora llegaba tarde, olvidaba comprar comida, dejaba libros abiertos por toda la casa y seguía escuchando la radio.

Ahora de otra manera, claro.

Anotaba nombres, programas, formas de entrevistar, se enfadaba cuando alguien hacía una pregunta estúpida y se emocionaba cuando escuchaba una historia bien contada.

En una carta escribió algo que me hizo acordarme de lo que mi madre me había contado sobre los bailes.

Creo que llevo toda la vida observando a la gente.

Cuando no puedes estar en el centro, aprendes mucho mirando desde fuera.

Seguí avanzando.

No leí todas las cartas.

Eran tantas…

Pero ya había empezado a aprender a escogerlas.

Las más gruesas, las que tenían algo escrito detrás, las que mi abuela parecía haber abierto más de una vez…

Y entonces llegué a 1971.

Al sacar una de las cartas, algo cayó sobre mis piernas.

Una fotografía.

La recogí.

Era un bebé. Gordito, con cuatro pelos oscuros y una expresión de absoluto cabreo con el mundo.

Era muy gracioso.

—Hola.

Le di la vuelta.

Había un nombre y una fecha escritos detrás.

Santiago. Tres meses. 1971.

Me quedé patidifusa.

—¿Santiago? ¿Se llamaba como mi abuelo?

Volví a mirar al bebé.

El único Santiago que había existido en mi familia, que yo supiera, era mi abuelo.

Busqué la carta dentro del sobre y empecé a leer más deprisa.

Mamá, Santiago está enorme. Robert dice que cada día se parece más a mí y yo creo que lo dice porque el pobre niño ha salido cabezón.

Espera.

Volví al principio.

Mamá, Santiago está enorme.

Miré otra vez la fotografía.

—No me jodas. ¡Si hasta tenía un aire al abuelo!

¡Dios! Aurora tenía un hijo.

Me quedé atónita con la foto entre los dedos.

Mi madre tenía un sobrino.

Yo tenía un primo en Australia del que nadie me había hablado jamás.

Intenté buscar en mi memoria alguna conversación, algún nombre escuchado de pequeña, una fotografía, cualquier cosa.

Nada.

Santiago no existía en ninguna de las historias que me habían contado sobre mi familia.

Aurora sí, aunque fuera de aquella manera vaga en la que siempre había existido: la hermana de mi madre que se marchó a Australia y acabó desapareciendo de nuestras vidas.

Pero un hijo...

—Mamá, ¿cómo coño no me has contado esto?

Con la ilusión que me habría hecho saber que tenía un primo al que podría haber ido a ver.

Por ejemplo, dos años atrás, cuando pillé a Fer con Natalia y cancelé el viaje a Bali. Habría sido un momento estupendo para que mi madre me dijera: «Oye, por cierto, tienes un primo en Australia».

Yo habría cambiado monos por canguros, habría puesto diecisiete mil kilómetros entre Pepito Grillo y yo y, de paso, habría conocido a un miembro de mi familia.

Todo ventajas.

Pero no.

Yo no sabía absolutamente nada de la existencia de aquel bebé.

Estuve a punto de coger el teléfono y llamar a mi madre. Lo tenía al lado. Incluso desbloqueé la pantalla y busqué su nombre. Pero no llamé. ¿Para qué? Ya sabía cómo iba a ir la conversación…

Mamá, ¿Aurora tenía un hijo?

Vera, ahora no puedo hablar.

Mamá.

Estoy haciendo la comida.

Y luego tendría que sacarle cada palabra con sacacorchos.

Dejé el móvil otra vez sobre la mesa.

Primero iba a leer y después ya decidiría qué coño preguntarle.

Volví a la carta.

Robert sigue diciendo que podríamos haber elegido cualquier otro nombre y yo sigo diciéndole que ya tuvo bastante con conseguir que el niño llevara su apellido.

Sonreí un poco.

Papá se lo merece. No se lo digas, que se pondrá insoportable.

Pasé el pulgar por uno de los bordes de la fotografía.

Aquel bebé debía de tener ahora cincuenta y tantos años. Y no podía dejar de pensar que en algún lugar de Australia había un hombre que era mi primo y yo acababa de enterarme de su existencia porque su foto se había caído de una carta escrita hacía más de medio siglo.

Aquello ya no era raro.

Era rarísimo.

Me pregunté si Santiago seguiría viviendo en Australia. Si tendría hijos. Si sabría que yo existía. Y aquella última pregunta me molestó bastante más de lo que esperaba.

Me levanté a hacerme un bocadillo y me lo comí mientras seguía leyendo a ver si me enteraba de algo.

Aurora hablaba de noches sin dormir, de Robert paseando con el niño por la casa, de apuntes mezclados con pañales y de lo difícil que estaba resultando compaginarlo todo.

Pero no hablaba de dejarlo ni una sola vez. Al contrario, parecía todavía más empeñada.

Pasé a las cartas siguientes.

Santiago empezó a crecer entre ellas.

Primero unos meses.

Después un año.

Aurora avanzaba también. Aunque a ratos perdía cosas…

Robert dice que tengo suerte de llevar la cabeza pegada al cuerpo, porque, si pudiera quitármela, ya la habría perdido también. Ayer me pasé media hora buscando las llaves y las tenía en el bolsillo.

Luego me enteré de que terminó Periodismo mientras Santiago aprendía a gatear y, en cuanto tuvo el título, empezó a buscar la manera de acercarse profesionalmente a la radio.

No fue inmediato.

Eso me gustó.

Habría resultado demasiado perfecto que una chica de Villamayor aterrizara en Australia y al día siguiente alguien le pusiera un micrófono delante.

Primero hizo trabajos pequeños. Escribió. Ayudó. Preparó textos. Se presentó donde pudo. Recibió varios noes y aquello tampoco pareció sorprenderla demasiado.

Supongo que después de una vida escuchando que no podía hacer cosas por su pierna, un no debía de tener que esforzarse bastante para impresionarla.

Hasta que encontré otra carta.

Cuando levanté la vista, la luz que entraba por las ventanas ya no era la misma. Se me había ido la tarde leyendo la vida de una mujer a la que apenas recordaba haber conocido.

El sobre estaba fechado bastante después que el anterior.

Lo abrí y solo tuve que leer tres líneas…

Mamá:

Hoy ha pasado.

Hoy he hablado por la radio.

Se me puso la piel de gallina y seguí con el corazón acelerado:

Han sido apenas unos minutos. Seguramente nadie se acordará mañana de mi nombre y yo he estado tan nerviosa que durante los primeros segundos creía que se me había olvidado hasta respirar.

Pero he hablado.

Y mientras lo hacía he pensado en nuestra cocina.

Tragué saliva.

En la radio encendida.

En ti haciendo lentejas.

En mí cogiendo puntos a unas medias en el salón y pensando que algún día sería mi voz la que escucharía alguien al otro lado.

Hoy alguien la ha escuchado.

Dejé la carta sobre mis piernas y sonreí emocionada.

Mi tía había llevado aquel sueño escondido durante años y lo había conseguido.

—Te admiro, Aurora.

Luego miré los sobres que todavía quedaban dentro de la caja y no pude evitar pensar que había una cosa que empezaba a tener cada vez menos sentido.

Aquella mujer escribía muchísimo sobre su trabajo, sobre Robert, sobre Santiago…

Escribía incluso de cosas que había mantenido en secreto durante media vida.

Y seguía pensando en su familia desde el otro lado del mundo.

Así que la pregunta ya no era por qué Aurora se había marchado.

Eso empezaba a entenderlo perfectamente.

Pero había otra pregunta que cada vez tenía menos respuesta: ¿por qué en mi familia apenas se hablaba de Aurora?