Capítulo 4
Evidentemente, no iba a dejarlo ahí. Después de descubrir que mi tía pensaba casarse con un inglés que se parecía a Charlton Heston y largarse con él a la otra punta del mundo, lo de seguir ordenando la casa podía esperar.
Busqué entre los sobres hasta encontrar el siguiente.
La primera carta australiana estaba fechada apenas unos meses después.
Me quedé mirando la fecha.
Era la primera vez que aquella ciudad aparecía escrita en uno de los sobres y, por alguna razón, me produjo una impresión diferente a la que me había producido Londres.
Londres estaba lejos.
Melbourne estaba en la otra punta del mundo.
Abrí la carta.
Querida familia:
He llegado bien.
El viaje fue largo, pero aquí todo es distinto.
Australia es infinita y todavía me cuesta creer que estoy tan lejos.
Pienso en vosotros cada día. Espero que estéis bien.
Os quiero.
Aurora.
Eso era todo.
Le di la vuelta a la hoja por si continuaba detrás.
Nada.
—Pues te has explayado.
Después de todas aquellas cartas de Londres, llenas de nombres, anécdotas y comentarios escritos hasta los márgenes, aquellas pocas líneas me desconcertaron.
Tal vez estaba cansada.
O abrumada.
O quizá una puede cruzar medio planeta, aterrizar en Australia recién casada y descubrir que no tiene ni puñetera idea de cómo explicar lo que siente.
Y justo cuando estaba con esos pensamientos el móvil vibró sobre la mesa.
Lo cogí pensando que sería mi madre.
Pero eran las chicas. Abrí el chat.
Habían salido de Madrid el día anterior, y las últimas veinte horas podían reconstruirse perfectamente a través de las fotografías que habían ido mandando.
Sonia dormida con la boca abierta.
Marta sujetando un café en el aeropuerto de Dubái.
Silvia enseñando unos calcetines de compresión que le llegaban hasta las rodillas.
Y, por fin, la última.
Las tres en Bali hechas una mierda.
Me partí de risa.
SILVIA: Hemos llegadoooo.
SONIA: No siento el culo.
MARTA: Ni las piernas.
SONIA: Pero tenemos una villa en la que te correrías de gusto. ¡Con la falta que te hace!
A continuación, apareció un vídeo de una piscina rodeada de vegetación.
Amplié la imagen.
Aquello era precioso.
Por supuesto que era precioso. Ese era el problema.
Durante dos años había repetido que Bali me importaba una mierda hasta conseguir que casi pareciera verdad.
Cerré la foto porque me estaba entrando ansiedad de verla.
SONIA: Última oportunidad. ¡Pilla un avión, so pringada!
VERA: Sí. Ahora mismo salgo. Voy a decirle al piloto que me espere.
SONIA: Cobarde.
Le mandé un dedo.
Era mucho más fácil que reconocer que me habría gustado estar allí.
Aparecieron tres corazones. De Marta… de quién si no.
En fin, ellas estaban en Bali. Aurora acababa de llegar a Melbourne y yo estaba en Villamayor, rodeada de cartas y con la casa exactamente igual de desordenada.
No pensaba analizar quién de las cuatro había tomado mejores decisiones porque ya sabía la respuesta.
Dejé el móvil boca abajo. Fuera, las chicharras parecían haberse propuesto reventarme los tímpanos y por la ventana entraba un aire caliente que no refrescaba absolutamente nada. Me recogí el pelo con una pinza en lo alto de la cabeza y cogí la siguiente carta.
Esa sí era Aurora.
Seis páginas.
En ellas contaba que Robert había empezado a trabajar en la Universidad de Melbourne y que ella todavía se perdía cada dos por tres.
Hablaba de calles enormes, de tranvías, de un clima que le había desmontado completamente las estaciones del año y de lo extraño que resultaba pensar que en España se acercaba el invierno mientras allí comenzaba la primavera.
También había una fotografía.
La saqué del sobre.
Era pequeña, en blanco y negro, con los bordes blancos. Aurora y Robert aparecían delante de un edificio que no reconocí.
Me acerqué la foto.
A mi tía sí la reconocí.
Había visto fotografías suyas de niña, junto a mi madre, pero aquella era la primera que encontraba de adulta.
Tenía el pelo oscuro, una sonrisa enorme y una mano metida debajo del brazo de Robert.
Y Robert...
—Joder.
Le di la vuelta a la fotografía.
Robert y yo. Melbourne, 1968.
Volví a mirarlo.
Mi tía no había exagerado.
El hombre tenía cierto aire a Charlton Heston, pero lo que me llamó la atención de la foto no era solo él.
Era ella.
Aurora sonreía y parecía feliz. Feliz de verdad. No como cuando alguien sabe que le están haciendo una foto y enseña los dientes porque toca.
Pensé en todo lo que acababa de saber de ella.
En los chicos que no la sacaban a bailar. En los trabajos que no había conseguido porque algunos veían su pierna antes que a ella. En todas aquellas veces en las que debía de haberse sentido rechazada.
Y aun así había conocido a Robert y se había enamorado.
No había dejado que todo lo anterior decidiera lo que iba a pasar después.
Yo sí.
Hacía dos años que había abierto una puerta y había encontrado a Fer con Natalia. Dos años. Ya no estaba enamorada de él. No quería volver con él. Ni siquiera me dolía verlo con Natalia de la manera en que me había dolido entonces.
Pero había cosas que seguían exactamente donde las dejó aquella puerta.
Bali, por ejemplo.
Mis amigas acababan de cruzar medio mundo para llegar allí y yo no había sido capaz ni de comprar un billete.
Decía que no me daba la gana, que había miles de sitios mejores, que no necesitaba ir a Bali para demostrar absolutamente nada.
Y las tres cosas eran verdad, pero no eran toda la verdad.
La verdad era que una parte de mí seguía sin querer pisar el lugar al que había estado a punto de viajar con Fer.
Y tampoco había vuelto a confiar en nadie lo suficiente como para atreverme a tener una relación.
Volví a mirar a Aurora.
Ella había tenido muchos más motivos que yo para mandar a los hombres a la mierda para siempre.
Y ahí estaba.
En Melbourne.
Agarrada del brazo de Charlton Heston y sonriéndome.
—Bien por ti —murmuré.
Guardé la fotografía y seguí leyendo cartas.
Durante los meses siguientes fui viendo cómo construía una vida.
Una casa pequeña.
Amigos nuevos.
Robert absorbido por su trabajo como físico.
Aurora aprendiendo a moverse sola por Melbourne y escribiendo a casa con una mezcla extraña de entusiasmo y nostalgia.
Hasta que encontré una carta diferente.
No porque el sobre lo fuera.
Ni siquiera por la fecha.
Fue la primera frase.
Mamá, hay algo que nunca te he contado.
Me acomodé mejor, ansiosa por saber.
¿Te acuerdas de la radio de la cocina? Claro que te acuerdas. Siempre decías que cualquier día iba a gastarla de tanto tenerla encendida.
Me emocionó leer aquello porque a mí también me gustaba mucho la radio. Solía encenderla en cuanto me levantaba, la escuchaba en el coche y también me la ponía en el trabajo.
Y por supuesto que la había escuchado muchísimo en casa. Como ella.
La escuchaba mientras hacíamos croquetas, mientras cocinabas, mientras planchábamos. También cuando me sentaba a coger puntos a las medias. Si podía encenderla, la encendía.
Pero nunca te conté por qué me gustaba tanto.
Abrí mucho los ojos y seguí leyendo…
Yo soñaba con estar dentro.
Fruncí el ceño.
Ya sé que nadie está dentro de una radio, mamá. No empieces. Lo que quiero decir es que escuchaba aquellas voces y pensaba que algún día me gustaría que la mía fuera una de ellas.
Me imaginaba hablando y pensaba en todas las casas en las que alguien podría estar escuchándome mientras cocinaba, cosía o hacía cualquier otra cosa, igual que yo los escuchaba a ellos.
Casi nunca hablaba de aquello.
Ni siquiera con Pilar.
Volví a leer esa frase.
Ni siquiera a Pilar.
Me parecía una tontería. ¿Qué iba a hacer yo con aquello? Para trabajar en algo así tenía que estudiar. En casa no había dinero para mandarme a estudiar lo que yo quería y después bastante tuve con encontrar trabajos que quisieran darme.
Así que dejé de decirlo incluso para mí.
Aquello me dolió.
Porque de repente imaginé a la misma chica que mi madre acababa de describirme. La que se quedaba sentada en los bailes. La que arreglaba medias para ganar unas pesetas. La que aprendía inglés mientras su padre preguntaba para qué demonios iba a necesitarlo.
Y mientras tanto tenía otro sueño.
Uno que no le había contado a nadie.
Seguí leyendo.
Pero aquí es diferente.
He estado informándome.
Voy a estudiar Periodismo.
—Toma ya.
Me salió en voz alta.
Sé que estás pensando que he perdido la chaveta. Pero puedo hacerlo. Tendré que trabajar y estudiar al mismo tiempo y seguramente durante una temporada no tendré tiempo ni para respirar, pero puedo hacerlo.
Robert dice que tengo una voz muy radiofónica y me apoya para que estudie.
Eso me gustó. Robert no solo estaba como un tren. Además, parecía buen tío.
He encontrado trabajo por las tardes en una biblioteca y con eso podré ayudar a pagar los estudios.
No quiero que Robert cargue con todo. Él dice que ahora somos un matrimonio y que deje de decir tonterías.
Yo le he dicho que precisamente porque somos un matrimonio no pienso convertirme en un mueble que ha traído desde Inglaterra.
Solté una carcajada.
Definitivamente, Aurora era la bomba.
No sé si algún día conseguiré trabajar en una radio. Ni siquiera sé si seré buena periodista.
Pero quiero intentarlo.
Y si he llegado hasta Australia, supongo que puedo intentar unas cuantas cosas más.
Dejé la carta y pensé que aquello sí que era llegar mucho más lejos.
No en kilómetros.
O no solo.
Me levanté a por agua.
Llevaba horas leyendo y tenía una pierna dormida. Atravesé la casa descalza, esquivando una caja que seguía exactamente donde la había dejado aquella mañana, y al pasar frente a la ventana vi la morera derretirse bajo el sol.
Había ido a Villamayor para ordenar una casa y, hasta el momento, mi mayor aportación había consistido en cambiar de sitio una caja y descubrir que mi tía había tenido más vida antes de los treinta que yo en toda la mía.
Tampoco pensaba analizar aquello.
Volví con el vaso.
Cogí otra carta.
Y después otra.
A partir de entonces, la vida de Aurora pareció acelerarse.
Estudiaba.
Trabajaba.
Se quejaba de que no tenía horas suficientes en el día.