Capítulo 3 #3
—No saques conclusiones por cuatro cartas.
—No estoy sacando ninguna conclusión. Pero no son cuatro… ¿Y qué será de ella?
—No tenemos contacto.
—¿Estará viva?
—Que yo sepa sí.
—Qué triste. Es tu hermana. Me habría encantado tener una hermana. ¿No tienes su dirección o su teléfono…? ¡O un correo electrónico!
Mi madre tardó un poco en volver a hablar y finalmente dijo:
—No. Nada. Son cosas que pasan en las familias. Y si hubiera muerto, nos habríamos enterado.
—¿Quién nos iba a avisar?
—Alguien. La familia. No sé. Estas cosas terminan sabiéndose.
—Eso no es saber que está viva.
—Pues es lo único que puedo decirte.
Colgué poco después y me quedé mirando las cartas.
Lo cierto era que mi madre no me había mentido exactamente. Aurora podía haber escrito durante un tiempo y después haber desaparecido.
Volví a la caja.
Había una manera bastante sencilla de comprobarlo.
Ordené los sobres por fechas.
Había más.
Muchos más.
—Comencemos por el principio —murmuré.
Cogí los de 1967 y me agobié.
No podía leerlos todos o acabaría necesitando otras cuatro semanas de vacaciones, así que fui escogiendo algunos.
A través de ellos vi pasar un año de la vida de una mujer a la que no conocía.
Aurora trabajaba en los grandes almacenes, había cambiado de habitación, descubría Londres, se quejaba de la lluvia, ahorraba y mandaba noticias a casa. Caminaba demasiado y después protestaba porque le dolía la pierna. Seguía escribiendo a don Ricardo. Preguntaba por sus padres y por Pilar.
Y, de vez en cuando, preguntaba por Pepe.
Así hasta que apareció Robert.
La primera vez apenas ocupaba dos líneas.
He conocido a un inglés que se llama Robert y es físico. No pongas esa cara, mamá. Ya sé que la estás poniendo, aunque esté a más de mil kilómetros.
Me reí, porque me imaginé la cara de mi abuela leyendo aquello.
En la siguiente carta Robert ocupaba media página.
En otra habían ido juntos a cenar.
Después a un concierto.
Y unos meses más tarde Aurora ya no fingía que Robert era simplemente un hombre al que había conocido.
Estaba enamorada.
Lo supe antes de que ella lo escribiera.
Me resultó extraño estar allí, en el suelo de la casa de mis abuelos, viendo enamorarse a mi tía casi sesenta años después de que ocurriera.
Busqué las cartas de 1968.
La siguiente que abrí era de marzo.
Robert había recibido una propuesta profesional.
Australia.
—Hostia.
Seguí leyendo.
Melbourne.
Le habían ofrecido una plaza en la Escuela de Física de la Universidad de Melbourne. Una oportunidad demasiado buena para rechazarla.
Aurora estaba contenta por él.
Y aterrorizada.
Londres ya le había parecido el otro extremo del mundo cuando salió de España.
Australia era otra cosa.
Abrí la carta siguiente.
Y otra.
Durante varias semanas Aurora no sabía qué hacer.
Robert quería que fuera con él.
Mi abuela, por lo que deduje de las respuestas que Aurora daba a preguntas que yo no podía leer, debía de haberse opuesto desde el primer momento.
Hasta que llegué a una carta fechada en junio de 1968.
La leí entera.
Después volví al principio.
Mamá:
He decidido irme con Robert. Nos casamos en un mes.
Me quedé mirando aquellas palabras.
Aurora tenía veintiséis años.
La chica a la que nadie sacaba a bailar había conseguido salir de España, había empezado una vida en Londres, se había enamorado hasta las trancas y ahora pensaba cruzar medio planeta casada con un tal Robert que tenía pinta además de ser un pedazo de tío.
Sé que todo está pasando muy deprisa y que Australia te parece el fin del mundo.
A mí también. Hace dos años pensaba que Londres estaba lejísimos y ahora voy a casarme con un inglés que se parece a Charlton Heston y a marcharme a un lugar que hasta hace poco apenas habría sabido señalar en un mapa.
Sé que tú preferirías tenerme cerca. Pero también sé que, si no voy, pasaré el resto de mi vida preguntándome qué habría ocurrido si hubiera tenido el valor de hacerlo.
Bajé la carta.
Joder. Charlton Heston. Nada menos.
Lo que era la vida… Mi tía con Charlton Heston y yo con Pepito Grillo.
El apodo era cosa de Sonia. Después de que Fer y yo lo dejáramos, un día dijo que tenía un aire y, por desgracia, en cuanto me lo señaló yo también se lo vi.
La cara estrecha, la nariz un poco afilada...
No se lo dije nunca. Que me hubiera puesto los cuernos no significaba que yo tuviera que destrozarle la autoestima.
Sonia tuvo menos escrúpulos y le pegó una foto de Pepito Grillo en la taquilla del hospital.
Fer todavía no sabe quién fue.
Yo tampoco pienso decírselo.
Pero volvamos a mi tía…
Dos años antes había ahorrado peseta a peseta cogiendo puntos a las medias para llegar a Londres. Ahora iba a cruzar medio mundo en avión para empezar una vida en Australia con un maromazo que daba clases en la Universidad.
Y con miedo y con todo… se fue.
Lo que ya no tenía tan claro era que aquella mujer hubiera querido desaparecer de la vida de nadie.
Miré la caja, convencida de que ahí estaba la respuesta.
Todavía quedaban muchos sobres y apenas había llegado a 1968.