La chica que no quería ir a Bali y llegó mucho más lejos Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Se me borró la sonrisa.

—¿Por la pierna?

—Claro.

—Qué cabrones.

—Eran críos.

—Eran críos cabrones.

—También —zanjó mi madre.

Me imaginé a una Aurora adolescente sentada tomando limonada mientras sus amigas bailaban y me morí de ganas por saber:

—¿Y ella qué hacía?

—Decir que le daba igual. Se reía de ellos. Decía que bailaban todos fatal y que le hacían un favor dejándola tranquila.

—Pero no le daba igual.

—No —respondió mi madre—. A mí me decía que sí, pero yo sabía que no. Aunque al final acababan todas sentadas a su lado.

—¿Quiénes?

—¡Las chicas! Aurora se enteraba de todo. De quién estaba por quién, de quién había bailado con una para darle celos a otra, de quién decía que no le gustaba uno cuando estaba loca por él...

—Vamos, que mientras los demás bailaban, ella cotilleaba.

—Ella decía que observaba.

—Como una antropóloga —bromeé.

—Todas iban a preguntarle. «Aurora, ¿tú crees que le gusto?», «Aurora, ¿por qué no me ha sacado hoy?», «Aurora, ¿qué hago con este?».

—¿Y asesoraba bien?

—Pues debía de saber bastante. Acabó haciendo de celestina con medio pueblo.

—¡No me digas!

—Unas cuantas parejas salieron de allí gracias a ella. Y algún desastre evitó también.

Por primera vez desde que había encontrado la caja pensé en mi madre y Aurora no como dos mujeres mayores que llevaban media vida sin hablarse, sino como dos hermanas jóvenes que alguna vez debieron de contarse esas cosas.

—Pero también acabaría harta de que todo les pasara a las otras y no a ella.

—Aurora no quería que la compadeciera nadie. Eso era lo que peor llevaba. Si intentabas ayudarla sin que te lo pidiera, era capaz de mandarte a paseo.

—¿Por casualidad no será Tauro?

—Nació el catorce de mayo.

—¡Lo sabía!

—Aurora era…

La frase salió demasiado deprisa y de pronto mi madre se calló.

No dije nada.

Mi madre tampoco.

Volví a mirar las cartas y decidí retomar el tema…

—Entonces empezó a aprender inglés porque quería irse.

—Sí.

—¿Y mis abuelos le pagaban las clases?

—Al principio. Después empezó a pagarse algunas ella cogiendo puntos a las medias.

—¿Eso qué es?

—Arreglaba medias.

—¿Eso se arreglaba? —pregunté alucinada, porque no tenía ni idea de que aquello tuviera arreglo.

—Cuando se hacía una carrera, la arreglaba punto por punto. Había que tener una paciencia tremenda y muy buena mano. Aurora tenía las dos cosas. Entonces unas medias costaban dinero, Vera. Si se hacía una carrera no las tirabas y comprabas otras como harías ahora.

—Yo no uso medias. No las soporto. Prefiero un buen leotardo.

—En mi época nadie soñaba con unos leotardos.

—¡Ni ahora! ¿Y… Aurora arreglaba muchas medias?

—Las mujeres empezaron a llevárselas. No ganaba una fortuna, pero se sacaba sus pesetas.

—Y las guardaba.

—Casi todas. Llevaba años ahorrando para marcharse.

Miré otra vez la primera carta.

De pronto, la frase Ya estoy en Londres significaba algo diferente.

No era una ocurrencia.

Detrás había años.

—¿Y cómo consiguió el trabajo de Londres?

—Moviéndose.

—Mamá... ¡hay que sacarte las palabras con sacacorchos!

—¿Qué quieres que te diga? Escribió a un montón de sitios. Preguntó, pidió direcciones... Don Ricardo también la ayudó con alguna carta. Al final consiguió que le apalabraran un puesto en unos grandes almacenes.

—¿Desde España?

Cada vez me gustaba más aquella tía desconocida. No podía molar más.

—Sí.

—Aquí hay una carta en la que dice que mañana empieza.

—Pues sería en ese trabajo —supuso mi madre.

—Dice que jamás habría encontrado un trabajo así en España.

—Probablemente no.

—¿Por el sueldo?

—También.

Entendí perfectamente lo que no había dicho.

—Y por la pierna.

—Aquí ya habían decidido demasiadas veces lo que Aurora podía y no podía hacer.

Me quedé callada.

—Aquí habla también de todos los papeles que tuvo que conseguir.

—En aquella época viajar y salir a trabajar fuera no era como ahora, Vera.

—Ya.

—Y menos para una mujer.

Mi madre me habló por encima de los meses que Aurora pasó preparando la marcha. Del pasaporte, de certificados, de papeles que parecían necesitar siempre otro papel y del Servicio Social de la Sección Femenina, que por entonces se metía en demasiadas cosas de la vida de una mujer.

—Vamos, que no era comprar un billete y largarse.

—Ni muchísimo menos.

—¿Y aun así lo hizo?

—Te he dicho que llevaba años queriendo hacerlo.

Miré la caja y sentí algo extraño. Tal vez porque Aurora empezaba a dejar de ser un nombre.

—Debió de estar acojonada —comenté.

—Seguramente.

—Aunque en la carta no lo parece.

Mi madre tardó un instante en contestar.

—Aurora nunca reconocía que tenía miedo.

—¿Ni contigo?

—Conmigo algunas veces —se le escapó a mi madre.

Otra vez.

Porque por mucho que llevara toda la vida hablando de su hermana como de alguien que se había marchado y había decidido olvidarse de ellos, a cada momento se le escapaba algo que lo contradecía.

—También pregunta por papá.

Esta vez el silencio fue inmediato.

—Se conocían —dijo finalmente, seca.

—Eso parece.

—En Villamayor se conocía todo el mundo.

—Dice que papá quería marcharse también al extranjero.

—Lo típico de cuando eres joven —dijo mi madre, quitándole importancia.

—Pero al final se quedó.

—Y fue maestro. Y tuvo una vida estupenda. No creo que se arrepintiera de nada —se apresuró a decir mi madre, que soltó todo aquello del tirón.

Pero era más que obvio que habíamos llegado a un sitio por el que mi madre no quería seguir. Así que repliqué antes de que me colgara:

—¿Por qué siempre me dijiste que Aurora se había marchado y no había querido saber nada de vosotros?

—Porque fue lo que acabó ocurriendo.

—Pues aquí hay muchas cartas.

—Al principio escribía.

Miré la caja.

—¿Durante cuánto tiempo?

—No lo recuerdo, Vera. Ha pasado una vida entera.

—Ya.