Capítulo 3
Volví a mirar el nombre escrito en el reverso del sobre.
Mi tía Aurora.
La hermana mayor de mi madre, aquella mujer de la que en mi familia se hablaba tan poco que, si alguien me hubiera preguntado qué sabía de ella, habría podido resumirlo en tres líneas.
Eso era todo.
Miré dentro de la caja.
Había demasiadas cartas para alguien que no había querido saber nada de ellos.
Volví a coger el primer sobre. El del matasellos del 15 de agosto de 1966…
Hice un cálculo rápido.
Mi madre había nacido en 1948. Aurora era seis años mayor.
Veinticuatro.
Tenía veinticuatro años cuando había escrito aquello.
Abrí el sobre con cuidado y saqué varias hojas dobladas. El papel estaba amarillento y la letra era pequeña e inclinada.
Mamá:
Ya estoy en Londres.
Madre mía. Sentí ese cosquilleo que me entraba siempre que alguien empezaba a contarme una historia.
Me encantaban las historias. Era incluso una de las cosas que más me gustaban de mi trabajo: esos pocos minutos en los que un paciente, casi sin saber cómo, acababa contándome un pedacito de su vida.
Y aquellas cuatro palabras… prometían.
Me acomodé en el suelo, apoyé la espalda contra el mueble que acababa de desplazar y seguí leyendo.
Aurora le contaba que había llegado bien, aunque el viaje le había parecido interminable. Que todavía no podía creer que, después de tantos meses preparando la marcha, reuniendo documentos, preguntando qué necesitaba y haciendo trámites, estuviera por fin allí.
También se reía de mi abuela, que al parecer estaba convencida de que su hija no sería capaz de arreglárselas sola.
No te preocupes por mí. Sé coger un tren, sé preguntar una dirección y, aunque tú sigas sin creértelo, también sé hablar inglés. Don Ricardo estaría orgulloso de mí.
Me detuve.
¿Don Ricardo? ¿Ese quién era? No había escuchado hablar de él en mi vida.
Seguí leyendo.
Hoy he tenido que pedir que me repitieran tres veces una dirección, pero no pienso contárselo cuando le escriba porque sería darle la razón.
Ya sabes cómo es. Después de tantos años diciéndome que de nada sirve aprender un idioma si una no se atreve a utilizarlo, ahora tendrá que reconocer que su alumna más cabezota ha llegado bastante lejos.
Me gustó que fuera cabezota. Seguro que era Tauro, como yo. O no. No tenía ni idea. Ni siquiera sabía cuándo cumplía años.
Pero me encantó también descubrir que hablaba inglés antes de llegar a Londres.
Y había un tal don Ricardo al que pensaba escribir para presumir de ello.
Aurora también contaba que había ido a presentarse en los grandes almacenes donde empezaría a trabajar al día siguiente. El puesto seguía siendo suyo y eso parecía haberla tranquilizado más que cualquier otra cosa.
Lo había conseguido antes de salir de España.
No sabes la suerte que he tenido, mamá. Me han explicado otra vez las condiciones y todavía me parecen increíbles.
Voy a ganar bastante más de lo que habría podido ganar allí.
En España jamás habría encontrado algo así.
Y podré mantenerme yo sola. No quiero que te preocupes por el dinero.
Tengo suficiente para empezar y en cuanto cobre el primer sueldo todo será más fácil.
Volví a leer las últimas líneas.
No parecía asustada.
O quizá sí lo estaba y no quería que su madre lo supiera.
Lo que estaba claro era que se encontraba exactamente donde quería estar.
Aurora seguía hablando de Londres. De una habitación pequeña en una casa que compartía con otras tres chicas españolas y una portuguesa, de calles llenas de gente, de autobuses, del ruido y de aquel cielo gris que no terminaba de convencerla.
Y caminaba sin parar.
La pierna me está dando un poco de guerra. No empieces, mamá. He caminado más esta semana que en todo el último mes en el pueblo y supongo que tendré que acostumbrarme. Estoy bien. De verdad.
Leí aquellas líneas dos veces.
Sabía que Aurora había tenido algún problema en una pierna desde pequeña. Mi madre lo había mencionado alguna vez, pero nunca había preguntado mucho más.
Seguí leyendo.
Aurora preguntaba por sus padres, por el pueblo, por gente cuyos nombres no conocía y por Pilar.
Mi madre.
¿Pilar sigue estudiando? ¿Al final entrará en Magisterio?
Pasé la hoja.
Y unas líneas después apareció otro nombre.
¿Y Pepe? ¿Sigue diciendo que cualquier día se marcha y acaba saliendo al extranjero?
¿Cómo?
Volví a leerlo.
Pepe.
Mi padre se llamaba Pepe.
José Enrique oficialmente, aunque absolutamente todo el mundo lo había llamado Pepe desde que tenía uso de razón.
Busqué el sobre siguiente.
Finales de agosto.
Después otro de septiembre.
Y otro.
Aurora escribía mucho.
No eran las cartas de una persona que hubiera decidido desaparecer. Preguntaba si su padre seguía con dolores en la espalda, si su madre había recogido ya los tomates, si Pilar había empezado las clases y si Pepe seguía preparando las oposiciones para maestro.
En una de ellas volvía a aparecer don Ricardo.
Cogí el móvil porque había mucha tela que cortar y yo ya no podía más con la intriga.
Mi madre tardó cuatro tonos en contestar.
—¿Ya te has cansado del pueblo? ¡Vente! Que no veas lo caliente que está el agua este año. ¡Parece un jacuzzi!
—Es muy tentador. Y más con lo que odio el agua fría. Pero me voy a quedar por aquí. Aunque mis amigas digan que no voy a durar ni cinco días.
—Dales tiempo a tus amigas. Seguro que acaban teniendo razón.
—No la van a tener. Y más ahora que he encontrado una cosa…
—¿Qué cosa? —preguntó mi madre, cambiando el tono de voz.
Fue algo sutil. Pero la conocía lo suficiente como para notarlo. No era que se hubiera puesto en guardia, pero estaba un poco en alerta.
Miré la caja y solté sin más:
—Cartas de Aurora.
Al otro lado se hizo el silencio. No duró demasiado, pero también noté su ansiedad:
—¿Dónde?
—Debajo de una loseta.
—¿Debajo de una loseta? ¡Qué raro!
—Sí. Levanté una loseta y me encontré un montón de cartas guardadas en una caja de galletas.
—Pues no sabía que estuvieran ahí.
—La primera es de 1966.
—Tu abuela lo guardaba todo.
—Ya me he dado cuenta. Tengo una bolsa de Sepu que podría venderle a un coleccionista.
Mi madre se rio, pero no preguntó nada más sobre las cartas.
Así que lo hice yo.
—Mamá, ¿quién era don Ricardo?
—¿Qué Ricardo?
—El que enseñó inglés a Aurora.
Otra pausa. Se notaba de lejos que mi madre estaba muy incómoda con la conversación y respondió sin darle importancia:
—Ah, don Ricardo. Claro.
—¿Lo conociste?
—Todo el pueblo lo conocía.
—¿Quién era?
—Había sido maestro antes de la guerra. Un hombre muy preparado.
—¿Y después?
—Después de la guerra lo depuraron.
—¿Y qué pasó?
—Que no le dejaron seguir ejerciendo como antes. Era republicano y en aquellos años con eso bastaba para meterte en problemas.
—¿Y se quedó en el pueblo?
—Sí. Empezó a dar clases particulares. Sabía de todo. Matemáticas, francés, inglés... Tu padre también lo conocía. Mucha gente del pueblo pasó por su casa en algún momento.
—¿Y Aurora aprendió inglés con él? —pregunté cada vez más fascinada con la historia.
—Durante años ella recibió clases a diario. Creo que empezó con quince o dieciséis.
Aquello me sorprendió.
—¿Para qué quería aprender inglés una chica de Villamayor con quince años?
—Porque ya entonces decía que se iba a marchar.
—¿Con quince años?
—Con quince, con dieciséis y con veinte. Tu tía siempre quería saber qué había fuera.
—¿Y mis abuelos qué decían?
—Tu abuelo decía que para qué necesitaba una chica de Villamayor aprender inglés.
—Muy visionario —ironicé porque mi abuelo había rechazado en su día un trabajo en IBM porque decía que aquella empresa no tenía futuro.
Mi madre se rio.
—Eran otros tiempos, Vera.
—¿Y Aurora?
—Aurora decía que precisamente lo necesitaba porque no pensaba pasarse la vida en Villamayor.
Sonreí porque empezaba a hacerme una idea del carácter de mi tía.
—Lo tenía todo claro.
—Muchísimo. Sobre todo, cuando quería algo.
—¿Y por qué tenía tantas ganas de irse?
Mi madre tardó un poco más en responder…
—Me está esperando tu padre para ir a Mercadona.
—Que espere un momento y respóndeme.
—Ya te lo cuento otro día.
—¡Mamá! No te pido que me lo cuentes en ocho temporadas. Cuéntamelo en plan pincelada suelta.
—Qué pesada eres.
—¿Cómo Aurora?
—No te voy a decir que no.
—¿Y qué más?
—Siempre fue muy inquieta. Quería viajar, trabajar, conocer cosas... Pero también estaba harta.
—¿Harta de qué?
—De muchas cosas.
—Hija, sé más explícita.
—De la vida que llevaba aquí, Vera —me explicó mi madre, tras resoplar—. Y de que todo le resultara más difícil que a los demás.
—¿Por la pierna? —supuse.
—Sobre todo por la pierna.
Me incorporé.
—¿Qué le pasaba exactamente?
—Tuvo la polio de pequeña. Muy pequeña. Le quedaron secuelas en una pierna.
—No sabía que hubiera sido polio.
—Nunca me lo habías preguntado.
Otra vez tenía razón, pero como no se hablaba de ella… ¿cómo iba a preguntar?
Si me hubieran contado que era tan interesante… ya me sabría su historia con pelos y señales.
—¿Y le afectaba mucho?
—Podía hacer prácticamente de todo, pero caminaba con dificultad. Y entonces la gente no veía las cosas como ahora.
—¿Qué quieres decir?
—Que en cuanto iba a buscar trabajo y la veían andar, muchos decidían que no podía hacerlo antes de darle siquiera la oportunidad.
—Joder —musité acariciando la carta de mi tía.
—Sí. Encontrar un empleo decente le costaba muchísimo. Y ella lo llevaba fatal. No porque le diera vergüenza su cojera, sino porque no soportaba que los demás decidieran por ella de qué era capaz.
Aquello encajaba bastante bien con la mujer que estaba empezando a descubrir en las cartas.
—¿Y qué más?
—¿Qué más de qué? ¡Esto está lleno de gente y nos vamos a quedar sin las berenjenas rellenas! ¡Ya verás!
—Si no, te coges paella. Oye, has dicho que estaba harta de muchas cosas.
Mi madre soltó aire.
—Pues de tonterías que cuando tienes dieciséis o diecisiete años no son ninguna tontería.
—¿Por ejemplo?
—Los bailes.
—¿Qué pasaba con los bailes?
—Que llegaban las fiestas, se ponían a bailar y los chicos sacaban a unas y a otras. A Aurora no la sacaba a bailar nadie.