La chica que no quería ir a Bali y llegó mucho más lejos Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Me hice la cena con lo que había comprado y me acosté temprano.

Dormí nueve horas.

Nueve. Del tirón. Tuve que mirar varias veces el reloj del móvil para comprobarlo.

No recordaba cuándo había sido la última vez que había dormido tanto.

Aquello fue algo tan extraordinario que cuando abrí los ojos, durante unos segundos no supe dónde estaba. Después vi el armario, la silla de mi abuela y la luz entrando por la persiana y recordé que no tenía que ir a trabajar.

Fue una sensación maravillosa.

Me preparé un café con leche fría y tosté el pan del día anterior para mojarlo en el aceite del bueno que había comprado.

Un manjar que ni en Bali.

El aceite de la cooperativa de mi pueblo no tenía parangón.

Y el pan del día anterior… tampoco.

Y tras alimentarme, decidí que había llegado el momento de demostrar que no había ido a Villamayor únicamente a dormir y subirme a árboles.

A las diez estaba preparada para transformar la casa.

A las doce quería prenderle fuego.

—¿Para qué coño guardabais esto?

Esa fue la frase que repetí unas ochocientas veces aquella mañana.

Pero es que había cada cosa…

En ese justo momento, tenía en las manos una bolsa de Sepu llena de bolsas.

De Sepu.

Solo los que conocieron aquella maravilla saben lo que fue Sepu.

A principios de los setenta, mis abuelos dejaron de vivir en Villamayor de Santiago y se compraron con los ahorros de años un piso en Madrid, concretamente en Quintana, en el distrito de Ciudad Lineal, frente al Sepu.

Mi abuela siempre me habló de ese lugar y de lo mal que lo pasaba cuando iba con su amiga Chus, la cleptómana, a tomar tortitas con nata.

Chus siempre se tenía que llevar algo… un sacacorchos, un embudo enano o un pintalabios de color verde.

Nunca se llevó nada útil, pero siempre se lo hizo pasar fatal a mi abuela cada vez que iban.

Bueno, pues mi abuela había guardado bolsas dentro de otras bolsas durante décadas.

También había cajas vacías, periódicos antiguos, revistas ¡Hola!, manteles que no recordaba haber visto nunca y un cajón entero de cables que probablemente no servían para ningún aparato fabricado después de 1998.

Puse música. Radio 3. Lo único que se escuchaba en esa parte de la casa. Y me leí el ¡Hola! de 1966 en el que aparecía Grace Kelly vestida de flamenca en la Feria de Sevilla.

Una maravilla que decidí no tirar y con la que tuve claro que si algún día iba a la Feria de Sevilla, iría de paisano.

No estaba dispuesta a competir con Grace Kelly.

Y me guardé la revista convencida de que hay batallas que es mejor no librar.

Pero lo demás sí que lo iba a tirar. Y le puse método a la cosa abriendo tres bolsas de basura: una para tirar, una para conservar y otra para preguntarle a mi madre.

A los veinte minutos la de preguntarle a mi madre estaba llena y la de tirar prácticamente vacía.

La culpa la tuvo un cajón que abrí y donde encontré muchas fotografías.

Ahí estaba mi pasado dándome los buenos días.

Mi tía y mi madre de niñas. Mi abuelo delante del Seiscientos de mi padre.

Mi abuela en la boda de Chus que acabó casándose a los cincuenta y ocho años con el señor del kiosco al que robó mogollón de veces las cosas que regalaban con las revistas de moda.

Mis padres cuando todavía parecían dos adolescentes.

Yo disfrazada de princesa Leia. Yo sin dos dientes.

Yo subida a los hombros de mi padre sintiéndome invencible…

Me senté en el suelo durante un rato a mirarlas hasta que me di cuenta de que, si seguía así, en septiembre la casa estaría exactamente igual.

—Venga. ¡Una foto más y lo dejo!

Fueron veintinueve y volví al trabajo.

Empecé por uno de los cuartos de la planta baja donde mi abuela había acabado guardando todo aquello que no sabía dónde meter. Había una máquina de coser, dos sillas, cajas con vajilla y un mueble pequeño que pesaba como si dentro guardara lingotes de oro.

Lo empujé.

No se movió.

—Perfecto.

Recordé la advertencia de mi madre sobre no mover muebles sola.

Y también recordé que iba al gimnasio tres veces por semana a hacer ejercicios de fuerza.

Así que, sin saberlo, llevaba meses preparándome para aquel momento.

Volví a empujar y el mueble avanzó unos centímetros.

Debajo había una cantidad de polvo capaz de desarrollar vida propia.

Fui a por la escoba.

Cuando regresé y pisé junto al mueble, escuché un ruido.

Clac.

Me detuve.

Volví a pisar.

Clac.

Miré al suelo y una de las losetas se movía.

—Estupendo.

Me agaché pensando que aquello era exactamente lo que me faltaba: tener que llamar a alguien para arreglar el suelo el segundo día de vacaciones.

Pasé los dedos por el borde y la loseta se levantó un poco. Busqué algo con lo que hacer palanca, porque no era plan de comenzar las vacaciones con una uña menos y acabé utilizando un destornillador que encontré en la caja de herramientas de mi abuelo.

Costó un poco.

Cuando por fin conseguí levantarla, esperaba encontrar cemento, tierra, una tubería o cualquier cosa que explicara por qué se movía.

Lo que encontré fue un hueco y, dentro del hueco, una caja de galletas.

Me quedé mirándola y farfullé arrugando el ceño:

—No me jodas que voy a encontrar un tesoro.

La caja era metálica, rectangular, oscura y bastante más pesada de lo que esperaba.

La saqué con cuidado y la dejé en el suelo.

Durante unos segundos no hice nada.

Aquello tenía toda la pinta del momento en que, en una película de sobremesa, la protagonista encontraba la fortuna que su abuelo había escondido durante décadas o las joyas secretas de su abuela y podía mandar el trabajo a tomar por saco para siempre.

En mi cabeza ya había amortizado la hipoteca, pedido una excedencia y reservado un viaje. A Bali no. Tampoco había que venirse tan arriba.

—Mira que si Chus no solo robaba baratijas y la abuela tenía aquí metidos unos rubíes...

Levanté la tapa y no había rubíes. Tampoco esmeraldas ni un miserable billete de mil pesetas.

—Vamos, que en septiembre me iba a tocar estar de nuevo en Radiología.

Pero en la caja había algo…

Un montón de cartas. Mejor dicho, sobres amarillentos, algunos con sellos extranjeros, colocados en pequeños grupos y sujetos con cintas que en algún momento debieron de tener color.

Cogí el primero, quité la cinta y el papel crujió entre mis dedos.

Era como si se abriera una puerta a otro tiempo.

En el matasellos del primer sobre podía leerse 15 de agosto de 1966. Debajo, escrito con una letra inclinada que no reconocí, aparecía el nombre de mi abuela y su dirección del pueblo.

Le di la vuelta al sobre y entonces vi el nombre de quien la había enviado:

Aurora.