Capítulo 2
Villamayor estaba exactamente donde lo había dejado.
Era una estupidez, porque los pueblos no solían aprovechar tu ausencia para cambiar de sitio, pero fue lo primero que pensé cuando empecé a reconocer las calles.
Había hecho calor durante todo el camino y allí parecía hacer todavía más. Aparqué delante de la casa, apagué el motor y durante unos segundos me quedé dentro, con el aire acondicionado puesto hasta que dejó de salir frío.
El móvil vibró.
Una foto de Sonia.
Las tres estaban en la zona de embarque y Silvia dormía con la boca abierta y su sombrero anticonceptivo encajado hasta las cejas.
VERA: Yo aquí a punto de comprarme un queso de La Huz. ¡Tan feliz!
SONIA: Métetelo por el culo.
VERA: A la que le falta sexo es a ti. Te noto un poco tensa.
Guardé el teléfono.
Las iba a echar de menos.
Saqué la maleta, abrí la puerta de la casa y me recibió una bocanada de aire caliente y cerrado.
—Joder.
Mi madre había dicho que había ventilado unas semanas antes. Debía de considerar que abrir una ventana durante diez minutos en julio era suficiente para renovar el aire hasta Navidad.
Dejé la maleta en el recibidor y vi un botijo en una esquina y una damajuana en la otra.
Estaba en casa.
Pasé y fui abriendo ventanas y levantando persianas.
Con cada una que subía entraba un poco más de luz y la casa recuperaba el aspecto que recordaba.
Allí seguían los techos altos, el reloj del salón, parado desde no sabía cuándo, la mesa camilla, el brasero de picón, la máquina de coser Singer junto a la ventana, los platos de cerámica colgados de las paredes, los tapetes de ganchillo, un abanico y el cuadro de Nuestra Señora de Magaceda.
Sobre el aparador, el molinillo de café, el almirez de latón y dos fotografías enmarcadas en plata: una de mis padres el día de su boda y otra mía, con tres años, sentada entre mis abuelos y enseñando todos los dientes que me cabían en la boca.
En la vitrina seguían las copas buenas, que eran tan buenas que jamás habíamos bebido en ellas.
Pasé un dedo por el aparador y por poco no se me hunde en todo ese polvo.
—Muy bien, Vera. Planazo.
Cuatro semanas limpiando y ordenando aquello iban a ser apasionantes. Bali estaba sobrevalorado.
Subí la maleta al dormitorio en el que había dormido desde niña y abrí también la ventana.
La colcha era distinta, pero el armario seguía siendo el mismo y en una esquina todavía estaba la vieja silla de enea, con el asiento un poco hundido, donde mi abuela dejaba la ropa que se quitaba por la noche.
Me sorprendió que algo tan pequeño consiguiera hacerme un nudo en la garganta.
Entendí a mi madre.
Había casas que, cuando faltaban las personas que las habían llenado, parecían conservarlas de alguna manera.
No hacía falta ser especialmente sentimental para esperar durante un segundo escuchar la voz de mi abuela desde la cocina gritando que se enfría la comida o a mi abuelo protestando porque alguien había dejado la puerta del patio abierta.
Me obligué a moverme.
Ya tendría tiempo de ponerme melancólica cuando llevara una semana allí y mis amigas estuvieran bañándose en una playa paradisíaca.
Ahora quería ver la morera.
La parcela estaba al lado de la casa, tal y como había dicho mi madre, sin ninguna valla que separara realmente una propiedad de la otra.
Mi madre no había exagerado al decir que hacía tiempo que no entraba.
Las hierbas me llegaban en algunos puntos casi hasta las rodillas. La caseta de aperos seguía en pie, aunque la puerta de madera se había vencido hacia un lado. La alberca estaba seca y llena de hojas, y de lo que había sido el huerto de mi abuelo apenas quedaba nada.
La parra, en cambio, parecía haberse negado a aceptar que la familia ya no pasaba allí ni cinco fines de semana al año.
Y al fondo estaba la morera.
—Hola.
Lo dije en voz alta y enseguida miré alrededor por si alguien me había oído saludando a un árbol.
Mis amigas quizá no iban tan desencaminadas con lo de que acabaría hablando con las paredes.
Me acerqué.
Era enorme.
O a mí me lo parecía.
El tronco se había ensanchado y algunas ramas estaban más bajas de lo que recordaba, pero seguía siendo aquel árbol en el que había pasado horas de pequeña. Levanté la cabeza y miré el cielo entre las hojas.
Entonces me acordé de ella.
No sé por qué.
Quizá porque aquel era el primer recuerdo que tenía de la morera.
Yo debía de tener cuatro años.
Durante mucho tiempo había pensado que era uno de esos recuerdos que uno fabrica después de escuchar una historia demasiadas veces, pero nadie me había contado nunca aquel.
Mi abuelo acababa de morir.
Eso sí lo sabía.
Recordaba la casa llena de gente y a mi madre llorando. Había mujeres que me besaban, hombres que me revolvían el pelo, conversaciones que se interrumpían cuando yo aparecía. También recordaba que me cansé de estar dentro y salí a la parcela.
Quería subir al árbol.
No llegaba.
Lo intenté varias veces, apoyando el pie donde creía que debía hacerlo, pero la primera rama buena quedaba demasiado alta.
—Por ahí no.
Me volví y vi que había una mujer detrás de mí.
No recordaba su cara.
Por más que lo intentara, era incapaz de ponerle unos ojos o una boca. En mi cabeza solo quedaban fragmentos: una falda clara, una mano, el sonido seco de un bastón al tocar el suelo.
Y su olor.
Olía a flores.
A violetas, quizá.
—Quiero subir.
—Ya lo veo —replicó, amable.
—No puedo.
La mujer se acercó despacio y su bastón volvió a golpear la tierra. Aún recuerdo el sonido. Tac. Me impresionó.
Había algo poderoso en aquel golpe seco contra el suelo, como si la tierra tuviera que enterarse de que ella estaba allí.
Recuerdo que pensé que, cuando fuera mayor, yo también tendría un bastón.
—Pon el pie aquí —dijo, señalando un saliente del tronco.
—No llego.
—Sí llegas.
—Mi madre dice que no suba.
—Entonces será mejor que no le digamos nada.
Eso era lo que recordaba. O lo que creía recordar.
Esa mujer me hizo sentir bien. Me acuerdo que apoyó una mano en mi espalda y con la otra me ayudó a colocar el pie en el lugar donde me había dicho y desde allí pude alcanzar la rama.
—Ahora la otra pierna.
—Me voy a caer —farfullé.
—No te vas a caer. Agárrate bien.
Había algo en su voz que hacía imposible no creerla. A los cuatro años no sabía qué era la autoridad, pero aquella mujer la tenía. Si decía que no iba a caerme, no iba a caerme.
Subí el otro pie. Me agarré a otra rama. Y después a otra.
Cuando miré hacia abajo, ella seguía allí, apoyada en su bastón.
—¿Ves?
Yo debía de sentirme en la cima del Everest.
—¡Estoy arriba!
—Ahora no te emociones y a ver si vas a acabar en el suelo.
Veintiséis años después y todavía podía escuchar aquella frase.
El caso fue que acabé subida a la morera con la espalda pegada al tronco.
Toda una proeza.
Y nunca supe a quién se lo debí.
Durante años supuse que sería una antigua vecina de mi abuela o alguna pariente lejana que había ido al entierro. En un pueblo, cuando moría alguien, aparecían personas que los niños no habían visto en su vida y que, misteriosamente, sabían quién eras tú.
Y rememorando aquel día, agarré a una de las ramas bajas.
—A ver si todavía me acuerdo de cómo era —mascullé.
Me costó bastante más de lo que estaba dispuesta a reconocer, pero conseguí subir.
No demasiado.
Lo justo para sentarme en una rama gruesa, apoyar la espalda contra el tronco y sacar el móvil.
Me hice una foto.
VERA: Día 1. Los sueños se hacen realidad.
Sonia contestó casi inmediatamente.
SONIA: ¿Estás subida al puto árbol?
VERA: Siiiiiiiiiiiiií.
MARTA: ¡Qué bonita tu morera! ¡Se te ve feliz!
SILVIA: Como te caigas no pienso volver de Bali.
SONIA: Exacto. Como buenas amigas de mierda que somos. ¡Ahí que te vas a quedar con la crisma partida!
MARTA: Espero que desconectes, amiga.
SONIA: Lo dudo porque tiene pinta de que un pajarraco está a punto de cagarle en la cabeza.
Guardé el móvil y me quedé allí un rato.
Se estaba bien. Corría un vientecito manchego algo calentorro pero muy agradable.
Y desde luego que iba a aguantar el mes, aunque solo fuera para joderlas.
Media hora después, me bajé del árbol, saqué el bikini y me fui a la piscina del pueblo.
No podía más con el calor.
Me bañé y me compré un bocadillo de queso gigante que me supo a gloria.
Y después un Pirulo. El grande.
Me volví a mi sombra debajo de un chopo, me senté en la toalla y les escribí tras enviarles una foto chupando el helado.
VERA: Mi nueva definición de felicidad.
SONIA: Para lo que has quedado. Nosotras ya en la puerta de embarque. Y deseando que lo próximo que nos metamos en la boca tenga una vena bien gorda.
MARTA: Eso lo desearás tú.
SONIA: Se me había olvidado que a Marta le gustan los de polla fina.
SILVIA: ¿Queréis dejar de hacer el idiota y poneros en la cola?
SONIA: De colas estamos hablando…
Les deseé buen viaje, me zampé mi helado y me quedé dormida escuchando el sonido de las chicharras, la radio del bar y las voces de los niños reverberando en el agua.
Una hora después, me desperté con el cuello dolorido y una mosca zumbándome en la oreja.
La aparté de un manotazo, me metí en la piscina porque me sudaban hasta las pestañas y nadé un rato, esquivando niños, flotadores y bañistas en tertulia acuática.
Para cuando salí, el dolor de cuello había desaparecido y me fui tan contenta a casa.
Me duché y me puse un vestido de tirantes que encontré en el armario. Lo había comprado hacía unos doce años en una tienda de segunda mano de Malasaña y ya entonces era vintage, así que a esas alturas debía de ser prácticamente una pieza arqueológica.
Pero me quedaba fenomenal. Era uno de esos vestiditos negros que, dependiendo de los complementos y los zapatos, podían servir para una noche importante, una cena en un restaurante carísimo, una copa en algún sitio de moda o una de esas ocasiones para las que una se arregla durante hora y media.
Pero como mi gran acontecimiento de la noche consistía en comprar pan, champiñones, huevos, leche, aceite y manzanas, me puse unas chanclas, me recogí el pelo en una coleta y salí.