La chica que no quería ir a Bali y llegó mucho más lejos Capítulo 1
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La chica que no quería ir a Bali y llegó mucho más lejos

La chica que no quería ir a Bali y llegó mucho más lejos

Por Gema Samaro

© inepub.com

Capítulo 1

A las dos y media de la tarde del último día antes de mis vacaciones, lo único que me separaba de cuatro semanas sin hospitales era una radiografía de tobillo.

Bueno, una radiografía de tobillo y Fer.

Lo vi aparecer por la puerta cuando estaba terminando de colocar al paciente y pensé que había cosas que deberían estar prohibidas durante la última media hora de una jornada laboral.

Las urgencias justo antes de salir, por ejemplo.

Los familiares que preguntaban cuánto iba a tardar el informe antes incluso de haber hecho la prueba. Y los exnovios traumatólogos.

—Cuando termines, ¿puedes hacerme otra proyección? —me preguntó.

—Puedo. Otra cosa es que quiera.

Fer sonrió.

Hubo un tiempo en que me parecía un chico mono que tenía una sonrisa preciosa y una mirada encantadora. Ahora me parecía que era idéntico a Pepito Grillo.

—Son las dos y media, Vera.

—Por eso. Me queda media hora para convertirme en una mujer libre.

—¿Te vas hoy?

—Mañana.

—Ah.

No le pregunté si recordaba que empezaban mis vacaciones. Seguramente no. Y tampoco me importaba.

Terminé de colocar al paciente, hice la primera radiografía y me acerqué al ordenador para comprobar la imagen mientras él se situaba a mi lado.

Después de lo que pasó y trabajando en el mismo hospital, habíamos aprendido a convivir con una normalidad que al principio me pareció imposible.

Fer podía entrar en Radiología, consultarme una prueba, hablarme de un paciente y marcharse sin que yo sintiera deseos de conseguir que la siguiente radiografía que pidiera fuera la suya.

—Mira —le indiqué en la pantalla—. ¿Quieres otra igualmente?

Se inclinó.

—Sí. Mejor.

—Pues venga.

—Gracias.

—No me las des todavía.

Justo entonces Natalia apareció en la puerta.

—Fer, nos esperan arriba.

Levanté la cabeza.

Ella también llevaba la bata abierta sobre el pijama del hospital y una carpeta entre las manos. Natalia era traumatóloga, como Fer. Seguía teniendo el pelo por los hombros y aquella manera de hablar bajito que durante mucho tiempo me había parecido muy dulce.

Hasta que dejó de parecérmelo. Me estomagaba.

—Cinco minutos —dijo Fer—. Estoy esperando una placa.

Natalia me miró.

—Hola, Vera.

—Hola.

Y eso fue todo.

Ni música dramática, ni miradas asesinas, ni una sola llamada a Seguridad. Todo muy adulto y decepcionantemente civilizado.

Hice la radiografía que faltaba, Fer comprobó la imagen y se marchó con Natalia mientras discutían sobre un paciente. Los vi desaparecer por el pasillo y no sentí absolutamente nada por él.

Por Fer.

Ni por ella tampoco.

Ya no. Hubo un tiempo en que los odié por tener la capacidad de recordarme una versión de mí misma que prefería olvidar.

Me recordaban a la Vera de la víspera de aquel viaje, con la maleta abierta encima de la cama después de meses ahorrando para ir a Bali.

Incluso me había comprado un bikini tanga rosa chicle porque Fer había dicho que le pirraba.

Menos de veinticuatro horas antes de coger el avión descubrí que el hombre con el que llevaba cuatro años compartiendo mi vida se acostaba con una mujer a la que yo saludaba prácticamente todos los días.

Nunca llegué a Bali.

Tampoco volví a ponerme el bikini.

Y Fer y Natalia continuaron trabajando en el mismo hospital que yo.

Al principio pensé que acabaría marchándome. Después me cabreé conmigo misma por haberlo pensado.

El trabajo me gustaba.

Mis amigas estaban allí. Marta, Sonia y Silvia. Las tres trabajaban conmigo en Radiología. Nos habíamos conocido hacía seis años en aquel hospital privado y con el tiempo habíamos acabado siendo mucho más que compañeras.

Mi vida estaba allí.

¿Por qué tenía que irme yo?

Así que me quedé.

Y aprendí que una podía hacerle una radiografía al paciente de su exnovio, cruzarse con la mujer con la que la había engañado y estar decidiendo después si pedía ensalada o croquetas.

—Mira.

Silvia me plantó el móvil delante de la cara antes de que pudiera probar la ensalada.

—No.

—Pero si no has mirado.

—No necesito mirar.

—¡Mira, no seas rancia!

Marta y Sonia se echaron a reír.

Habíamos conseguido una mesa en el bar de siempre, uno cercano al hospital, y ellas llevaban desde que nos sentamos hablando de Bali. Del vuelo. Del hotel. De un templo que Sonia era incapaz de pronunciar. De una playa que, según Marta, era imprescindible visitar al atardecer.

Yo me había dedicado a beber agua y a arrepentirme de no haber inventado una cita con el dentista.

Miré finalmente la pantalla de Silvia, que era la mujer más práctica del planeta. Si había un problema, ella siempre encontraba la solución.

—¿Y?

—Una plaza libre.

—Enhorabuena —murmuré con desgana.

—¡Es para ti, idiota! —gritó Sonia.

—Ni de coña.

—Escúchame. Es una cancelación y el vuelo sale bastante más barato que cuando lo compramos nosotras. ¡Estás de suerte! ¡Compra el billete!

—El año que viene.

Silvia dejó caer el móvil sobre la mesa.

—No lo comprendo.

—No hace falta.

—Han pasado dos años —me recordó Sonia.

—Ya lo sé —dije, sin parar de comer.

—Y Fer...

—Fer me importa una mierda.

Las tres se quedaron calladas. Y la que habló por fin fue Marta. Era la observadora, la empática y la que sabía cuándo parar.

—Vale. Fer ya no te importa —afirmó Marta.

—¡Y una polla! —saltó Sonia—. Si le importara una mierda vendría a Bali.

—No voy a Bali porque no tengo ganas. Y lo de Fer lo tengo más que superado. Hoy mismo he estado con él.

Silvia por poco no se atragantó con la cerveza y farfulló:

—¿Cómo que has estado con él?

—¡Follándoselo, no! ¡Animal! —exclamó Sonia.

Era la más bruta de todas. Directa, sin filtro y muchas veces diciendo lo que las demás no nos atrevíamos.

—Trabajando. Ha venido a pedir una placa.

—Ah —masculló Silvia.

—Y luego ha aparecido Natalia y se han ido juntos.

Hubo otro silencio.

Esta vez más corto.

—¿Y estás bien? —preguntó Marta.

—Perfectamente.

Y era verdad.

—Entonces —Silvia recuperó el móvil— no veo el problema.

—El problema es que no quiero ir a Bali.

—Bali no te hizo nada —dijo Sonia.

—Bali también me importa una mierda.

Era mentira.

Bali me había importado muchísimo.

Me moría por conocerlo. Ver los arrozales, bañarme en aquellas playas, entrar en los templos que Sonia no sabía pronunciar y comprobar si el agua era realmente del color que aparecía en las fotografías.

Pero no quería hacerlo en ese momento.

No quería aterrizar allí y preguntarme qué habría hecho con Fer en aquel hotel, recordar la maleta sobre la cama o aquella llamada para cancelar el viaje mientras todavía intentaba averiguar desde cuándo me estaban mintiendo.

No quería regalarle ocho días de mis vacaciones a un recuerdo que ya me había quitado bastante.

—Pues yo tengo un plan mejor —anuncié.

—Esto promete —canturreó Sonia.

—Me voy a Villamayor.

Silvia parpadeó.

—¿Al pueblo?

—Sí.

Sonia dejó el tenedor.

—Nosotras nos vamos a Bali y tú te vas a Cuenca.

—Exactamente.

—Necesitas ayuda profesional —zanjó Sonia.

—Perdona. Mi pueblo es lo mejor. Y ahora tenemos el festival de cortometrajes. Luego las fiestas de la Virgen de la Asunción, las de San Bartolomé… Hay conciertos en el molino, tengo la piscina y voy a tener tiempo para descansar de verdad.

Y eso sí era absolutamente cierto. Para mí no había nada como mi pueblo y además llevaba meses esperando aquellas vacaciones.

Había conseguido que mi jefa me dejara juntar los días y cogerme cuatro semanas seguidas.

Un mes entero sin madrugones, sin turnos, sin batas, sin pacientes y, si tenía suerte, sin ver la cara de Fer.

Mis amigas solo habían conseguido cuadrar ocho días juntas.

Yo tenía treinta.

Y pensaba disfrutarlos.

—¿Qué vas a hacer un mes en Villamayor? —preguntó Marta.

—¡Ya te lo he dicho! Y además… Tengo previsto ordenar la casa. Hay un montón de cosas de mis abuelos que llevan años sin tocarse. Quiero limpiar, arreglar un poco aquello, leer, dormir, salir a tomar algo, subirme a la morera…

—¡Lo del árbol sí que suena bien! ¿Qué tienes pensado, guarrilla? ¿Colgarte de alguna rama mientras te come el chirri el mozo más bestia del equipo que mandaron al Gran Prix?

—¿Qué dices? —la frené—. Me apetece subirme a la morera a ver el cielo a través de las hojas, estar ahí sin hacer nada, dejando la mente en blanco, escuchando música, leyendo una novela hasta que caiga la noche o viendo las estrellas.

—Al tercer día estás hablando con las paredes —aseguró Silvia.

—Al quinto cazando moscas o muerta por sobredosis de queso manchego —añadió Sonia.

—No dura ni cinco —sentenció Silvia.

—Os mandaré una foto el sexto.

—Desde Madrid —replicó Silvia.

Quizá tenían razón.

Hacía mucho que no pasaba más de unos días seguidos en Villamayor de Santiago.

Desde que murieron mis abuelos, la casa se utilizaba cada vez menos.

Mi madre iba de vez en cuando, yo había pasado allí algún fin de semana, pero nunca encontrábamos tiempo para ordenar todo lo que seguía acumulándose en armarios y habitaciones.

Y ahora tenía un mes.

Un mes y ninguna prisa.

Sonaba bastante mejor que Bali.

O eso llevaba varios días repitiéndome.

Llamé a mi madre aquella tarde mientras preparaba la maleta.

—¿Al final te vas mañana? —preguntó.

—Sí.

—Sigo sin entender por qué no te vienes a Oropesa del Mar con nosotros.

—Ya iré después. Los fines de semana. En septiembre.

—Falta mucho.

—Te vi el domingo.

—Hoy es viernes.

Sonreí mientras doblaba una camiseta.

—Sobrevivirás.

—¿Y tú vas a sobrevivir un mes sola en el pueblo?

—Qué poca fe tenéis todos en mí.

—Es que no entiendo nada. En fin. Las llaves están donde siempre. Abrí la casa hace unas semanas, pero ventila bien cuando llegues.

—Lo haré.

—Y no te pongas a mover muebles tú sola.

—Vale. Llamaré a algún vecino de buen ver.

—Es lo que deberías hacer —replicó mi madre.

—No. Porque paso de tíos.

—Aparte de que el vecino más joven que tenemos debe tener noventa y ocho años. Pero en Oropesa…

—No voy a ir a Oropesa ni voy a morir sepultada por la alacena de dos cuerpos.

Abrí otro cajón, seguí guardando ropa y entonces me acordé de algo:

—¿La parcela está muy mal?

Mi madre tardó un instante en contestar.

—¿Qué parcela?

—La de al lado.

—Ah. La de Aurora.

Nunca decía tu tía Aurora.

Siempre Aurora.

Como si el parentesco se hubiera perdido en algún momento entre España y Australia.

—Esa.

—Estará como siempre. Hace tiempo que no entro.

—¿Y la morera?

—¿Qué pasa con la morera?

—Que si sigue allí.

—¿Dónde quieres que haya ido?

—Yo qué sé. Podía haberse secado.

—No se ha secado de repente.

No pude evitar sonreír.

Hacía años que no pensaba en aquel árbol y, sin embargo, en cuanto decidí pasar las vacaciones en Villamayor, fue una de las primeras cosas que me vinieron a la cabeza.

La morera enorme al fondo de la parcela. Aquel árbol que de niña me había parecido tan alto que estaba convencida de que sus ramas llegaban al cielo.

La caseta de aperos.

La alberca vieja.

La parra.

Los restos del huerto de mi abuelo.

—Pues quiero verla. ¿Se puede pasar?

—Claro. Sigue sin valla. Pero vamos… Ni que esa morera fuera la octava maravilla. La ves, si te hace ilusión, y te vienes a Oropesa a ver el Magic World, que eso sí que es digno de ver.

—Adoro Oropesa, pero ahora no me apetece playa. Me apetece pueblo. Me da mucha paz.

Mi madre guardó silencio unos segundos.

—Vera.

—¿Qué?

—No sé qué paz vas a encontrar en esa casa con tanto trasto viejo.

—Quiero dejar la casa en condiciones. Es una pena que la tengamos así. ¡Está casi igual que cuando vivían los abuelos!

—Entro y me pongo a llorar. No supero abrir la puerta y que no estén. Se me quitan las ganas de todo. Pero si tú puedes hacerlo, tira lo que no sirva.

—Es lo que me gustaría hacer.

—Y descansa también. Y come… Te voy a hacer un pedido, porque si no…

—Voy a Cuenca, mamá, no a una estación científica en la Antártida.

—Así me quedo tranquila.

Eso sonó diferente.

Algo en su tono de voz me hizo dejar de doblar la ropa.

—Estoy bien, mamá.

—No he dicho que no lo estés.

No mencionamos a Fer.

Tampoco a Bali.

Y mucho menos a Aurora.

De mi tía sabía pocas cosas. Que era la hermana mayor de mi madre. Que tenía una pierna mal desde niña. Que se había marchado de España siendo joven, había terminado viviendo en Australia y no había tenido demasiado interés en conservar la relación con su familia.

Nunca me había preocupado mucho.

Todos teníamos algún pariente del que apenas sabíamos nada.

Aurora era el nuestro.

Colgué y seguí con mis cosas…

A la mañana siguiente, el grupo de WhatsApp, Las chicas X, empezó a sonar antes de que yo hubiera terminado el café.

El grupo se llamaba así porque trabajábamos en Radiología y, según Sonia, Las cuatro gilipollas era menos profesional.

Marta había enviado una fotografía de las tres en el aeropuerto.

Ella sonreía con cara de sueño. Silvia llevaba un sombrero ridículo con ala, cordón y una tela que le caía por la nuca. Según ella, muy práctico porque le proporcionaba protección solar total.

Según Sonia, también era anticonceptivo total.

Y en la foto, Sonia enseñaba los pasaportes, bizca y con la lengua fuera.

MARTA: Todavía estás a tiempo.

SILVIA: ¡Corre!

SONIA: Te guardamos sitio, ¡deja de hacer el capullo! ¡Fóllate a cuatro y te quitas para siempre el trauma de Bali! Dejará de ser el sitio donde tenías que haber ido con Fer y pasará a ser el sitio donde…

SILVIA: Se pilló una gonorrea.

MARTA: Anda que… ¿Y así pensáis que la vais a convencer?

Contesté con una fotografía de mi maleta junto a la puerta.

VERA: Yo también tengo destino. ¡Mi pueblo!

SILVIA: Me meo.

MARTA: No es comparable.

VERA: El vuestro tiene monos. El mío tiene ovejas. Y tenemos un queso que ya lo quisierais catar allí.

SONIA: Te damos cinco días. ¡Petarda!

VERA: ¡Pesadas! ¡Las que vais acabar hartas de mosquitos y de humedad sois vosotras!

SILVIA: Nosotras volvemos con un Instagram con fotacos de impresión. Y tú con dos quesos manchegos y una señora que te ha buscado novio.

VERA: Vosotras reíos. A ver si vais a volver con tres ligues que en Bali parecían exóticos y en Barajas resultan adefesios. Y yo con mi otro queso manchego, el morenazo de metro noventa, que me ha buscado la señora… partiéndome la caja. ¡Y sin doce horas de avión!

Metí el móvil en el bolso, cargué la maleta y cerré la puerta.

Tenía por delante cuatro semanas sin hospital, sin horarios, sin Fer y sin Natalia. Cuatro semanas en Villamayor para ordenar la casa de mis abuelos, descansar y volver a subirme a aquella morera que, según mi madre, seguía exactamente donde la había dejado.

Después de los últimos meses, unas vacaciones en las que no ocurriera absolutamente nada me parecían el mejor plan del mundo.