Capítulo 19 #2
—¿Estás pensando en venirte a Australia? —me preguntó mi tía, colocando la mano debajo de la barbilla.
—No —respondí asintiendo con la cabeza.
Santiago se tronchó.
—¿Qué? —repliqué, encogiéndome de hombros.
—Has preguntado qué necesitas para trabajar aquí.
—Por curiosidad.
—Sí, prima.
—A ver, tú tienes la culpa.
—¿Yo?
—Me estás enseñando cosas tan bonitas que no me importaría pasar una temporada aquí.
—Y para nada estás pensando en un médico de Urgencias que vive en Melbourne —dijo Santiago.
—Michael no tiene nada que ver.
Mi primo levantó una ceja y no me quedó más remedio que reconocer:
—Vale. Algo tiene que ver.
—Esto se está poniendo más interesante.
—Pero es demasiado pronto. Lo conozco desde hace unos días.
—Y hablas con él todos los días.
—Sí.
—Y pones cara de imbécil cada vez que te llama.
—Pues tú no has visto las caras que pones cuando te llama Kenji.
Aurora intervino y me dijo:
—Tienes toda la razón. Santi está pilladísimo por Kenji.
—Y ella no. Qué va —soltó mi primo.
—¿Lo echas de menos?
Resoplé y respondí con la pura verdad:
—Más de lo que pensaba.
—¡Pues estamos apañados! —exclamó mi primo.
—¿Por qué?
—Él también está pensando en venirse a Australia.
—¿Kenji? —repliqué.
—No, Brad Pitt. Claro que Kenji.
—¿En serio?
Santiago asintió.
—Es arquitecto. Tendría que buscar trabajo, arreglar papeles y todo eso, pero se lo está planteando.
—¿Por ti?
—Espero que no solo por mí.
Aurora se echó por encima el chal que tenía en el regazo y comentó:
—Eso es importante.
Los dos la miramos.
—¿El qué? —pregunté.
—Que nadie cambie de país únicamente por otra persona.
—Tú lo hiciste.
—Precisamente por eso te lo digo.
Me quedé mirándola y nos siguió contando:
—Yo vine a Australia por Robert y no me he arrepentido ni un solo día. Pero tuve que encontrar mis propias razones para quedarme.
—¿Cuáles? —pregunté.
—Mi trabajo. La radio. La gente que conocí. La vida que fui construyendo. Después llegó este zascandil.
Le dio un golpecito a Santiago.
—Me encanta cuando me llama así. De hecho, fue uno de los nombres que barajé cuando monté las cabañas. Luego lo cambié por Mulberry… La morera. El sitio desde donde empezó todo. El árbol al que mi madre no debía subirse… Se subió y mira dónde estamos…
—Soy feliz aquí. Me siento también muy australiana —admitió mi tía.
La entendía. La entendía tanto que mascullé:
—En la vida se me habría pasado por la cabeza vivir en Australia.
—Y ahora se te está pasando —dijo Santiago.
—Solo digo que... no me importaría.
—Pues ya está.
—No, no está. Tengo un trabajo en Madrid. Mis padres están allí. Mis amigas. Mi vida.
—Y nadie te está pidiendo que decidas esta noche —habló Aurora.
—Ya.
—Además, las vidas cambian —me recordó mi tía.
—La tuya desde luego.
—Yo no tenía ni idea de lo que iba a pasar. Cuando te cuento lo que viví parece una sucesión lógica de sucesos ordenados. Se cierra una etapa y se empieza otra. Pero no fue así. Entre medias hubo miedo, indecisión, vértigo…
Me quedé pensando en aquello.
—Cuando me fui a Londres no sabía que acabaría aquí —continuó—. Y cuando llegué a Australia tampoco sabía qué iba a pasar. Pero no necesitas conocer el final para dar un paso.
—¿Y si te equivocas? —pregunté.
—Te equivocas.
—Tengo pánico a equivocarme. ¡Y encima en otro país! —confesé.
—¿Y qué pasa si te equivocas?
—Pues que me habré equivocado.
—Y vuelves. O cambias de trabajo. O haces otra cosa. Vera, irte a vivir a Australia no es como ir a la cárcel. Y de ahí también se sale —me recordó Aurora.
—Ya, visto así...
—Tienes treinta años. Puedes probar una cosa y descubrir que no era para ti. Lo que no tiene sentido es quedarte donde estás solo porque ya sabes cómo funciona.
—Eso lo dices porque a ti te salió bien.
—No. Lo digo porque también me salieron muchas cosas mal. Me he equivocado cientos de veces. Algunas durante casi sesenta años.
Nos quedamos callados hasta que Santiago rompió el silencio.
—Bueno, pues tú el siguiente paso lo tienes bastante fácil.
—Ah, ¿sí?
—Tienes que ir a Melbourne. Yo te voy a extrañar muchísimo, pero aquí ya no pintas nada, reina.
—Gracias, primo.
—Pienso igual —dijo mi tía—. Estoy feliz de que estés con nosotros, pero creo que debes ir a Melbourne a pasar estos últimos días de vacaciones.
La verdad era que estaba loca por volver a ver a Michael. Respiré hondo y, antes de que dijera nada, mi primo se levantó y me pidió:
—Voy a hacer unos tés, que esto hay que hablarlo largo y tendido. Esperadme.
—Perfecto —replicó Aurora.
—Genial. Y así aprovecho para ir al baño.
Dejé el móvil sobre la mesa de la terraza y entré en la casa.
Cuando salí del baño, oí voces en la terraza.
Una era la de Aurora.
La otra...
Me detuve.
No podía ser.
Salí y me quedé clavada en la puerta.
Mi tía tenía mi teléfono en la mano.
En la pantalla estaba mi madre.
—Tranquila. Es un buen chico —dijo Aurora.
—Lo ha pasado muy mal. No soportaría que le hicieran daño otra vez.
—Este no es un picaflor. Es un chico educado, amable, trabajador y de los que saben lo que quieren.
—¡Ay, Aurorita! ¿De verdad? ¿Es de esos? —insistió mi madre.
—Sí. Hazme caso, que tengo ojo para esto.
—Te creo.
—Y también piensa que la niña no está sola. Nos tiene a nosotros. Está en familia.
Me moví un poco, choqué con una de las sillas y las patas chirriaron contra el suelo.
Mi tía se giró:
—¡Vera!
—Sí, estoy aquí.
Miré el móvil.
Luego a ella.
Luego otra vez el móvil.
—¿Estáis hablando?
—Parece que sí.
Me acerqué despacio.
—¿Pero...?