Capítulo 19 #3
—Has tardado mucho en cogerme el teléfono —dijo mi madre desde la pantalla.
Aurora se rio.
Y aquello terminó de dejarme descolocada.
—¿Cómo ha pasado esto?
—Has dejado el teléfono aquí —explicó Aurora—. Estaba sonando. Te he llamado, no me has oído y...
—¿Y has cogido?
Mi tía miró a mi madre en la pantalla.
—He cogido.
Como si aquello fuera lo más normal del mundo.
Como si no llevaran casi sesenta años sin hablarse.
—¿Y qué os habéis dicho? —pregunté sentándome al lado de mi tía.
—Vera —protestó mi madre.
—¿Qué?
—Que estamos aquí.
—Ya lo veo.
—Pues eso… que le decía que nosotros estamos en la playa. Me acabo de levantar de la siesta. Y hace un calor tremendo. Y una humedad horrible.
Las miré.
Aquello era surrealista.
Después de casi sesenta años sin dirigirse la palabra, estaban hablando del tiempo… para disimular que realmente estaban hablando de Michael.
—¿Y vosotros qué tal? —inquirió Pilar.
Aurora tardó un poco en responder.
—Bien. Muy bien. Estamos en invierno, pero se está a gusto. Estamos aquí en la terraza.
—¿Estáis todos bien?
—Sí. ¿Y Pepe? —preguntó Aurora.
Me quedé de pasta de boniato. Mi madre también pareció sorprenderse.
—Bien. Sigue con la siesta. Se acuesta a las tantas.
A Aurora se le escapó una sonrisa.
—Eso no ha cambiado.
—No. Es un búho.
—¿Está bien?
—Sí. Le tienen que operar de cataratas y tiene el colesterol un poco alto, pero está bien.
—Me alegro.
—¿Tus chicos están por ahí?
—Robert está dentro. Dormido también. Pero es una alondra. A las nueve de la noche ya casi que no es persona.
Y justo en ese instante, Santiago apareció en la puerta con una bandeja.
—¿Qué pasa?
Le hice señas desesperadamente para que se callara.
Por supuesto, no sirvió de nada.
—¿Quién es?
—Tu tía Pilar —respondió Aurora.
A Santiago casi se le cayó la bandeja al suelo:
—¿Mi tía Pilar?
—¿Cuántas tías Pilar tienes? —le pregunté.
Mi madre soltó una pequeña carcajada al otro lado.
Santiago dejó la bandeja sobre la mesa y saludó a mi madre:
—¡Hola!
—Hola, Santiago. Estaba preguntando por ti.
Mi primo me miró con los ojos como platos.
Yo me encogí de hombros.
No tenía ni idea.
—Yo también he preguntado mucho por ti, tía.
Ninguno dijimos nada, pero los cuatro teníamos el mismo nudo en la garganta.
Luego mi madre fue la que habló:
—Me alegra mucho que Vera esté con vosotros.
Aurora me agarró por el hombro y le dijo a mi madre:
—Tu hija es extraordinaria, Pili.
Mi madre se quedó callada.
Santiago estaba llorando. Yo me mordía el labio para no hacerlo. Y las hermanas estaban con los ojos empañados.
Aurora había dicho Pili.
Después de sesenta años, había vuelto a pronunciar su verdadero nombre.
—Sí —respondió finalmente—. Lo es.
Tuve que mirar hacia otro lado para disimular que estaba llorando.
—¡Parad que me lo voy a creer y me voy a volver insoportable! Mejor me voy a ayudar a Santiago con los tés —anuncié.
—Ya están hechos —dijo él.
Le clavé una mirada.
—Pues hacemos otros.
—¿Para qué?
—Santiago.
Tardó un par de segundos en entenderlo.
—Ah. Sí. Los tés. Estos han quedado fatal.
Cogió la bandeja que acababa de dejar.
—Horribles.
—Imbebibles.
—Habrá que empezar de nuevo.
Entramos en la casa.
Antes de hacerlo miré a Aurora.
Seguía sujetando mi teléfono.
—Vera —me llamó mi madre.
—¿Sí?
—Luego hablamos.
—Claro.
Miré a mi tía y le dije con una sonrisa enorme:
—Tiene batería de sobra.
—Gracias —replicó.
Me fui y en cuanto entramos en la cocina, Santiago dejó la bandeja sobre la encimera y me preguntó retirándose las lágrimas.
—¿Qué coño acaba de pasar?
—No tengo ni idea —respondí, enjugándome las lágrimas también.
—¿Mi madre ha cogido voluntariamente una videollamada de tu madre?
—Eso parece.
—¿Y están hablando?
—Sí.
Mi primo miró hacia la terraza, soltó un grito y me abrazó:
—Shhhh. ¡Calla! Que necesitamos que sigan hablando.
—Puedo mirar sin que me vean.
—Te quedas aquí. Voy yo mejor —le dije.
—Pero es mi madre.
—Y la otra es la mía. Así que estamos empatados.
Santiago resopló.
—Mejor las dejamos solas. Qué cabronas. Pero con estas tengo yo que hablar… Les tengo que decir a la cara la putada tan gorda que nos hicieron con la tontería.
—¿Crees que no lo saben?
—Ya, pero yo se lo voy a decir. ¿Hacemos otros tés de verdad?
Miré las tazas.
—Mejor y nos los tomamos aquí.
Nos sentamos.
Pasaron diez minutos.
Después veinte.
A los treinta, Santiago volvió a mirar hacia la terraza.
—¿Siguen hablando?
—Sí.
—¿De qué coño pueden hablar después de sesenta años?
—Tienen material.
—Eso también es verdad.
—Déjalas.
Y las dejamos.
Casi cuarenta minutos después, Aurora apareció en la cocina.
Tenía los ojos rojos.
Santiago y yo nos levantamos prácticamente a la vez.
—¿Y? —preguntó él.
Aurora dejó mi teléfono sobre la encimera.
—Hemos hablado.
—Eso ya lo sabemos —dije—. ¿Qué tal?
Mi tía se sentó. Parecía agotada y feliz. Una mezcla extraña.
—Raro.
—¿Raro bien o raro mal? —quiso saber mi primo.
—Raro bien.
Me acerqué.
—¿Y ahora?
Aurora levantó los ojos hacia mí.
—Dice que mañana me llama.
Me quedé mirándola.
—¿Mañana?
—Mañana.
Y sonrió. Después de casi sesenta años, mañana era muchísimo.