Capítulo 20
Dos días después me fui.
Me costó despedirme de Mulberry mucho más de lo que había imaginado.
Robert me dio un abrazo que casi me dejó sin aire y me hizo prometerle que volvería. Aurora ni siquiera me lo preguntó.
—La próxima vez tienes que quedarte más días.
—Ya estoy loca por volver.
—Le voy a poner a la cabaña tu nombre —me contó mi primo.
—¿Le vas a poner Vera a la cabaña de invitados? —repliqué emocionada.
—La próxima vez que vengas tendrás el cartelón en la puerta.
Me abracé a él, le besé en la mejilla y le dije:
—Voy a volver a mi cabaña.
—Más te vale porque si no vienes tú, yo iré a buscarte.
—Y cuando hagas el camino de Santiago, ven a verme.
—Si es que para entonces sigues en España.
—No depende de mí. El papeleo ya sabes cómo es…
—Nos vamos a ver. Y nos vamos a hablar todos los días. Nosotros sí. Somos otra generación. Afortunadamente —dijo mirando a su madre con guasa.
Me abracé a mi tía y musité sin soltarla porque quería quedarme con su olor:
—Gracias por todo, tía.
—Gracias a ti.
—Yo solo vine a conocer a una mujer que me inspira y a la que no puedo admirar más.
—Y a tu primo, que le den —bromeó Santiago.
—También vine a conocer a un primo que ha resultado ser un hermano.
—Así sí. Así vas bien. Joder. ¡Pero paremos ya que me va a costar un montón la despedida! —exclamó mi primo.
—Te vamos a echar mucho de menos, Vera. Y que sepas que yo también te admiro muchísimo —dijo mi tía.
—Lo mío no tiene mérito. Yo solo cotilleé unas cartas…
—Y cruzaste medio mundo para encontrarnos. Has conocido a una familia de la que apenas sabías nada y has conseguido que tu madre y yo volvamos a hablar después de casi sesenta años. Creo que has hecho bastante más que cotillear unas cartas.
—Lo de hablar fue cosa vuestra —le recordé.
—Porque tú estabas aquí.
Mi tía me volvió a abrazar, esta vez mucho más fuerte y luego me miró y me dijo:
—Fuiste muy valiente viniendo, Vera.
—No me sentía especialmente valiente.
—Casi nunca te sientes valiente cuando estás haciendo algo que da miedo.
La solté antes de que me hiciera llorar.
—Y ahora no volváis a estar sesenta años sin hablaros.
—No creo que nos dé tiempo.
—Aurora, por favor. ¡Con lo que nos ha costado!
—Era una broma. Tu madre me llamó anoche otra vez.
—¿Sí?
—Cincuenta y tres minutos.
—¿Los has contado?
—No. Los cuenta el teléfono.
—¿Y qué tal?
—Bien. Raro todavía, pero bien.
Eso me bastaba.
—Dile algo a Michael de mi parte —añadió.
—¿Qué?
—Que te cuide.
—Sé cuidarme sola.
—Ya lo sé. Dile entonces que te haga feliz. Para eso sí viene bien estar acompañada.
—Se lo diré.
—Y que la próxima vez venga contigo.
Volví a mirarla.
—¿Ya está invitado?
—Robert quiere volver a hacerle un beef stew.
—Y yo quiero volver a llorar de risa con él mientras tratas de subirte a Manolo —dijo mi primo.
—Se lo diré. Se lo diré todo.
Santiago me llevó al aeropuerto.
En el coche hablamos casi todo el camino y, cuando llegamos, me acompañó hasta donde pudo.
—Bueno, prima.
—Bueno, primo.
Nos quedamos mirándonos.
—Qué extraño es esto —dije.
—¿El qué?
—Que en julio no sabía que existías y ahora siento que me estoy despidiendo de un hermano.
—Es porque soy maravilloso como todos los de nuestra familia.
—Eso será.
Me abrazó y luego Santiago soltó:
—Al final resultó que no teníamos ningún asesino en serie, ningún hijo secreto ni un cadáver debajo de la morera. Solo dos hermanas incapaces de coger un teléfono durante sesenta años.
—Muchísimo más normal.
—¡Dónde va a parar!
—Gracias por todo.
—Todavía no te has ido. Aún puedo darte más.
—¡Gilipollas! —mascullé.
Me abrazó más fuerte hasta levantarme del suelo y se rio contra mi pelo.
—Llámame para lo que necesites —me dijo en cuanto me dejó en el suelo.
—Lo haré.
—A la hora que sea. Cada vez que necesites sacar algo que tengas dentro, sea lo que sea, desahogarte, cagarte en alguien o contar algo que te haga feliz, me llamas. Que ya hemos perdido demasiados años, prima. Los que vienen, pienso estar.
Aquello consiguió que volviera a emocionarme.
—Lo mismo digo.
—Y la próxima vez trae a las tres locas.
—No sabes lo que estás diciendo.
—Quiero conocerlas.
—Luego no acepto devoluciones.
Me dio otro abrazo.
—Vete, anda. Que tienes un australiano esperándote.
—No me está esperando.
Santiago se separó.
—¿No sabe que llegas hoy?
—Sabe que llego a Melbourne. No sabe dónde voy a aparecer…
No lo sabía.
Pero la cara de Michael compensó con creces el esfuerzo de presentarme en el hospital con la maleta.
Había preguntado por él en recepción y, después de explicar quién era yo, una mujer encantadora me hizo esperar.
Unos minutos después apareció Michael mirando una pantalla.
—¿La última paciente? —preguntó sin levantar la cabeza.
—Depende. ¿Qué síntomas tengo que tener?
Levantó la vista y se quedó quieto como si no se lo creyera.
—Vera.
—Hola.
—¿Qué haces aquí?
—Bonito recibimiento.
Guardó lo que llevaba en la mano y recorrió la distancia que nos separaba.
—Pensaba que venías más tarde.
—¡Sorpresa!
—Joder.
Solté la maleta, me fui a por él y lo besé.
No me importó que estuviéramos en un hospital, que hubiera gente alrededor ni que una enfermera pasara junto a nosotros riéndose.
Le rodeé el cuello con los brazos.
—Te he echado de menos —dijo contra mi boca.
—¿Por qué crees que me he plantado en Melbourne antes?
—Aún no me lo creo.
Volví a besarlo y luego le pregunté:
—¿Ahora sí que te lo crees?
—Más o menos.
Cuando nos separamos, seguía sonriendo.
—Ven. Tengo que terminar una cosa y nos vamos.
Me agarró de la mano, me condujo por un pasillo largo y luego me llevó a una sala donde me presentó a un par de compañeros y a su jefe. No entendí todos los apellidos a la primera, pero sí entendí perfectamente una cosa.
—This is Vera. My girl.
Lo miré.
Mi chica.
No recordaba haber participado en aquella decisión de llamarme así.
Pero joder, cómo me gustó.
—¿Tu chica? —le pregunté cuando nos quedamos solos.
—¿No te gusta?
—No sabía que había ascendido.
—Te lo iba a comunicar oficialmente esta noche.
—¿Con un diploma?
—Había pensado en otro tipo de ceremonia —dijo mirándome como si quisiera devorarme.
—Cerdo.
—No sabes tú cuánto.
Cuando llegamos a casa, lo primero que vi fue la morera.
Me quedé parada delante de ella.
La primera vez que la vi me hizo sentir que estaba en el pueblo.
Ahora era distinto.
Ahora sabía que Santiago había corrido por aquel jardín. Que Aurora había vivido allí con Robert. Que entre aquellas paredes habían sido felices, habían discutido, habían criado a su hijo y habían construido una vida a miles de kilómetros de la que ella había dejado atrás.
Sabía también que en algún lugar de aquella casa Aurora había guardado durante décadas las cartas que llegaban desde España. Las de mi abuela y las de mi madre. La fotografía en la que yo aparecía con dos pelos y unos mofletes enormes.
Y ahora aquella casa era de Michael. Era increíble. Lo había llamado buscando a mi familia y había acabado encontrándolo también a él.
—¿Qué haces? —preguntó.
—Mirar.
—Eso ya lo veo.
—Ahora que los he conocido es todo distinto. Puedo imaginarlos aquí. La primera vez que estuve aquí no sabía casi nada de mi familia. Ni de ti.
—¿Y ahora?
Lo miré.
—Ahora es como volver a un sitio que ya significa algo para mí.
—Es bonito.
Volví a mirar la casa, la morera, y después a él.
—Creo que sí.
Entramos.
Aquella noche le hice tortilla de patata.
—Te ha durado un santiamén.
—Esa palabra no la conozco —admitió Michael.
—Que te ha durado un suspiro.
—¡Qué buena!
—Puedes repetir. La he hecho tamaño plaza de toros. Como las hacía mi abuela.
—No deberías hacerme esto —masculló.
—¿El qué?
—Darme más cosas que echar de menos cuando te vayas.
Me miró y se me encogió algo por dentro.
Joder, iba a ser duro aquello.
Pero no quise pensar más.
Le puse más tortilla. Yo empecé con la mía y le pedí que me hablara de su trabajo, de lo que había hecho esos días… y yo hice lo mismo.
Cuando acabamos de cenar, le dije que nos fuéramos a la cama.
—Pensaba que hoy nos quedaríamos hablando hasta las tantas —comentó.
Nos levantamos y recogimos todo.
—Ya hemos hablado mucho estos días —dije.
Luego Michael me sentó sobre la isla central que había mandado hacer a su antojo. Debió de darme el dato para que no me diera cosa hacerlo en la cocina que había sido de mi tía.
Y fue increíble.
Al final no nos acostamos pronto.
Me gustaba demasiado hacerlo con él.
—Entre la tortilla y esto, vas a matarme.
Pensaba lo mismo.
Y así, entre comida española, poco sueño y muchas ganas de recuperar el tiempo que íbamos a perder después, llegó el viernes.
Por la noche conocí a sus amigos.
No eran del hospital. Algunos los conocía desde hacía años y, después de media hora con ellos, entendí que Michael tenía allí una vida mucho más asentada de lo que había imaginado.
Éramos siete contando con nosotros: una pareja y tres hombres solteros.
A mitad de la cena ya había decidido que tenía que volver con mis amigas.
A Sonia le gustarían los tres.
Silvia probablemente se quedaría con Simon. Era ingeniero, llevaba más tiempo en su trabajo y no parecía tener deudas.
Marta se quedaría con Tom, que era el que tenía pinta de bonachón.
—¿Por qué tienes esa sonrisita? —me preguntó Michael.
—Estoy repartiendo a tus amigos entre las mías.
—¿Perdón?
—Tom es para Marta. —Señalé discretamente a uno—. Simon podría pegar con Silvia. Y Sonia...
Miré al que faltaba, Donald. Era el típico jugador de rugby con pinta de bestia tremenda. Vendía seguros y no paraba de decir burradas. Era muy ella.
Pero podría valerle cualquiera. Su único requisito era que no tuvieran calva ni barriga. Y los tres la cumplían.
—Sonia necesitaría conocerlos primero.
—¿Para elegir?
—No. Para que yo decida cuál sobrevive.
Michael se echó a reír.
—Entonces estás pensando en volver a Melbourne pronto.
—Claro.
—¿Con ellas? ¿De vacaciones? Porque tú con tal de no ir a Bali.
Cogí mi copa y bebí.
—Dónde estará Bali ya…
—Podemos ir juntos.
—De luna de miel —ironicé.
—Si te apetece.
—Ya veremos. De momento, quiero volver a Australia. Pero no solo con ellas.
—¿Qué significa eso?