La chica que no quería ir a Bali y llegó mucho más lejos Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

—Que estoy pensando en mirar lo de trabajar aquí.

—¿En Melbourne?

—No, Michael. En Cuenca.

—Vera, por favor. Que estoy muy sensible.

—Sí. En Australia.

—¿En Melbourne?

—Qué pesado con Melbourne. Pero sí. Me gusta Melbourne.

—¿Te gusta Melbourne?

—Mucho.

—Pero tu familia está en Queensland —me recordó.

—Sí, pero yo quiero estar en Melbourne.

—No has visto mucho más que las paredes de mi casa.

—El tío del taxi que me recogió en el aeropuerto me dio la vuelta larga. Vi muchísimo. Tiene cosas interesantes.

—¿La arquitectura?

—Por ejemplo.

—¿El clima?

—También.

—¿Los médicos?

Lo miré.

—Puede que uno tenga algo que ver.

Su sonrisa volvió inmediatamente.

—Menos mal.

—Pero solo algo.

—Por supuesto.

—No pienso cruzar medio mundo únicamente por un hombre.

—Me parece bien —repuso Michael.

—Quiero conocer más Australia. Me ha encantado estar aquí. Y podría trabajar de lo mío.

—Entonces hazlo.

—No es tan fácil.

—No he dicho que sea fácil.

Después de la cena, nos fuimos de copas y nos lo pasamos genial. Estuvimos bailando hasta las tantas y no paré de reírme.

El fin de semana intentamos meter varios meses en dos días.

Paseamos por el centro de Melbourne, recorrimos callejones llenos de cafés, atravesamos los jardines botánicos y acabamos junto al Yarra cuando ya empezaba a anochecer.

Michael quería enseñármelo todo y yo quería verlo todo.

El domingo fuimos hasta St Kilda.

Paseamos junto al mar cogidos de la mano y, en algún momento, me di cuenta de que llevábamos horas comportándonos como una pareja sin que ninguno hubiera vuelto a mencionar el asunto de «mi chica».

—Estamos intentando condensar tres meses en dos días —dijo Michael.

—Me he dado cuenta.

—Es imposible.

—Me temo que sí —repliqué.

—Podríamos parar.

—Ni de coña.

Luego nos besamos y yo dije en cuanto nos separamos:

—Te lo confirmo: me gusta Melbourne.

—¡Me alegro tanto!

—Creo que podría vivir aquí.

—¿De verdad?

Miré el mar.

—Sí.

—¿Por mí?

—También.

—Me gusta el también.

—Pero necesito tener algo mío. Un trabajo, mi gente, mi vida. No quiero venir aquí y que todo seas tú.

—Ni yo quiero que todo sea yo.

—Aurora dice que Australia dejó de ser el país de Robert cuando encontró sus propias razones para quedarse.

—Me parece el mejor consejo.

—Creo que sí.

—¿Tú crees que podrías encontrar las tuyas?

No respondí nada, pero pensé que quizá ya había empezado a hacerlo.

Volvimos a casa.

A la mañana siguiente desperté antes que Michael.

Durante unos segundos me quedé mirándolo.

Después cogí el móvil.

—No —murmuró sin abrir los ojos.

—Sí.

—Estoy dormido.

—Así es más romántico.

Activé la cámara frontal y me acerqué.

Michael abrió un ojo justo cuando hice la foto.

Salimos despeinados, medio tapados por la sábana y con un aspecto lamentable.

Me encantó.

—Bórrala.

—Ni de coña. Esta se queda en mi galería para siempre.

—Salgo fatal.

—Yo también. Pero la necesito de recuerdo.

Aquella palabra lo cambió todo. Michael abrió los ojos y dijo con la voz un poco tomada:

—Hoy te vas.

—Sí.

Me metí otra vez bajo la sábana y apoyé la cabeza sobre su pecho.

—No quiero que te vayas.

—Yo tampoco.

—Esta casa va a ser una mierda sin ti.

—Antes vivías perfectamente.

—Ese es el problema.

Levanté la cabeza.

—¿Cuál?

—Que ahora sé cómo es contigo.

—No me digas eso, que me destrozas —le pedí.

—Estoy vulnerable.

—Ya veo.

Me besó la frente.

—¿Cuánto crees que tardarías en volver?

—No tengo ni idea. Primero tengo que volver a Madrid y empezar a moverlo todo. Pero podrían ser meses.

—A lo mejor hasta nos vienen bien.

—¿Para qué? —repliqué acariciándole el pecho.

—Para conocernos mejor.

—Ya. Y saber qué sentimos de verdad cuando yo no estoy de vacaciones recorriendo Australia y tú no estás acostándote conmigo cada vez que tienes un rato libre.

—No nos va a quedar otra que conocernos mejor.

—A diecisiete mil kilómetros —le recordé.

—Va a ser un noviazgo como los de antes. Muy casto.

Levanté la cabeza y lo miré disimulando lo mucho que me había gustado escuchar esa palabra:

—¿Noviazgo?

—Para mí, sí.

Entorné la mirada y le pregunté:

—¿Desde cuándo?

—No sé. Pero te he presentado a medio hospital como mi chica.

—Eso lo decidiste tú solo.

—¿Quieres que rectifique?

Tardé exactamente un segundo.

—No.

—Entonces somos novios.

—Aunque me he echado un novio un poco lejos, ¿no?

—Da igual. Yo ya te he dicho que te espero.

—¿Y si es mucho más que unos meses?

—Voy a esperarte igual.

Después de esa conversación, lo hicimos. Nos duchamos juntos. Desayunamos. Hice mi maleta, salí al jardín, me abracé a la morera y salí de allí.

Michael me llevó al aeropuerto.

Intentamos hablar durante el camino, pero ya no teníamos el mismo ánimo del fin de semana.

Cuando llegó el momento de despedirnos, me agarré a él con fuerza.

—Llámame cuando llegues.

—Ni he mirado a qué hora voy a llegar. Supongo que después de ver catorce pelis o algo así.

—Da igual. Tú me llamas.

—Creo que vas a estar en el trabajo.

—Llama.

—Joder, vamos a estar a ocho horas de diferencia —dije agobiada, y eso que aún no nos habíamos separado.

—Resistiremos.

Michael me acarició la cara y yo le pedí:

—No quiero que pares tu vida por mí.

—No voy a hacerlo. Pero voy a esperarte.

Tragué saliva, le besé en los labios y musité:

—Yo voy a intentar volver.

—No.

Lo miré y le pregunté con el corazón en un puño:

—¿No?

—Vas a volver.

—¿Estás seguro o me estás hipnotizando?

—Las dos cosas.

Le di un último beso y musité:

—Hasta pronto, novio.

—Hasta luego, mi chica.

Nos quedamos mirándonos y me fui antes de arrepentirme y perder el avión.

Horas después, cuando despegamos, miré por la ventanilla hasta que Melbourne desapareció bajo las nubes.

La primera vez que volé a Australia sentía que me alejaba de casa.

Ahora volvía a Madrid.

A mis padres.

A mis amigas.

A mi trabajo.

A todo lo que había sido mi vida hasta entonces.

Y, sin embargo, mientras Australia se hacía pequeña bajo mis pies, tuve una sensación extraña.

Por primera vez, no estaba segura de estar volviendo a casa. Quizá la estaba dejando atrás.