La chica que no quería ir a Bali y llegó mucho más lejos Capítulo 21
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Capítulo 21

Volver fue mucho más jodido de lo que había imaginado. Quería estar en los dos sitios y al final no estaba en ninguno.

El hospital seguía exactamente igual.

Los mismos pasillos. Las mismas máquinas.

Las mismas prisas. La misma gente entrando y saliendo de Radiología como si durante las últimas semanas yo no hubiera recorrido media Australia, encontrado una familia que apenas sabía que existía y acabado en la cama de un médico australiano al que ahora llamaba novio.

El primer día me sorprendí mirando por una de las ventanas del hospital.

No había moreras.

Ni cabañas entre los árboles.

Ni Santiago apareciendo por cualquier sitio gritándome «prima» con ganas.

Solo Madrid.

Mi Madrid.

Y me alegré de estar allí. También quería estar allí donde estaba todo lo que había sido mi mundo hasta entonces.

La cosa era que ahora también tenía otro en el culo del mundo.

Saqué el móvil del bolsillo y encendí la pantalla.

Michael y yo aparecimos despeinados, medio tapados por una sábana y con unas caras horribles.

La foto que había querido que borrara se había convertido en mi pantalla de bloqueo.

Sonreí como una idiota.

—¿Qué tal Australia?

Levanté la cabeza.

Fer estaba delante de mí con una petición de radiografía en la mano.

—Muy bien.

—Ya vi.

—¿Qué viste?

—Alguna foto de tu Instagram.

—Ah.

Me tendió la petición.

—Necesito esto cuando puedas.

La cogí.

—Vale.

No se marchó.

—¿Y ese chico con el que apareces? A ver… Bueno… Parece un poco mayorcito ya. Pero si ahora te gustan mayores que tú…

Fruncí el ceño.

—¿Qué foto?

—En la que llevabas el bikini rosa.

Tardé unos segundos en caer.

—Ah. Sí. El bikini ha dado bastante buen resultado y el chico es Santiago.

—¿Santiago?

—Ese es mi primo.

Fer arqueó una ceja y me preguntó extrañado:

—¿Ahora tienes un primo?

—Sí.

—¿De dónde ha salido?

—De Australia. Es la caña. Es el hermano que siempre soñé tener.

Habría jurado que Fer parecía encantado de que Santiago no fuera mi novio. Le conocía lo suficiente para reconocer aquella cara de satisfacción.

—Me alegro por ti. Yo es que pensé…

Le interrumpí para quitarle esa cara de gilipollas que tenía y repliqué:

—No, no es mi chico. Pero este sí.

—¿Quién?

Volví a encender la pantalla y se la enseñé.

—Este.

Solo me faltó restregársela por la cara.

Fer contempló durante un instante la fotografía en la que aparecíamos Michael y yo en la cama y parecía que estaba a punto de sobrevenirle una terrible colitis.

—Joder, Vera. Tampoco hacía falta enseñarme tanto.

—No se ve nada.

—Ya he visto bastante —repuso apartando la mirada de la pantalla.

—Es Michael —se lo presenté con una sonrisa de esas en las que enseño hasta las muelas del juicio.

—¿Es australiano?

—Las chicas le llaman el australianorro.

Fer forzó la sonrisa y comentó:

—Parece que al final te fue bien por allí.

—Tan bien que estoy mirando para irme a trabajar a Australia.

—¿Tan fuerte te ha dado?

—He encontrado a parte de mi familia, un país maravilloso y a él.

Fer tardó un poco en procesarlo todo y al final dijo:

—Me alegro.

Y lo dijo de una manera que me hizo creer que era verdad.

—Gracias.

—Fer —escuchamos detrás de nosotros.

Natalia se acercaba por el pasillo.

—¿Te puedo consultar una cosa? —le pidió.

—Sí, claro.

Fer me señaló la petición.

—Luego me dices.

—Sí.

Se fue con ella.

Los vi alejarse durante un par de segundos. Después guardé el móvil en el bolsillo y seguí trabajando.

Tenía cosas que hacer.

Horas más tarde estaba comiendo con mis amigas en el bar de siempre:

—¿Puedes dejar de mirar al australianorro durante cinco putos minutos? —farfulló Sonia.

Levanté la vista.

—No estoy mirando a Michael.

Sonia dejó el tenedor.

—Eso sí que me preocupa. ¿Qué estás mirando entonces?

Estábamos las cuatro comiendo juntas por primera vez desde que había vuelto. Marta había pasado los primeros diez minutos abrazándome. Silvia, preguntándome cosas prácticas. Sonia había querido saber cuánto había follado.

Cada una a lo suyo.

Giré el teléfono.

—Estoy mirando qué tengo que hacer para que me reconozcan el título y poder trabajar allí.

Las tres se quedaron calladas.

—Estás pilladísima —habló Marta, llevándose una mano al pecho y mirándome con corazones en los ojos.

—Una cosa es estar pillada y otra mudarse a Australia —dijo Silvia.

—¿Quieres irte? —preguntó Marta.

Me encogí de hombros.

—Quiero intentarlo.

Las tres se quedaron mirándome.

—¿Intentar qué? —quiso saber Silvia.

Joder con Silvia.

—Volver. Trabajar allí. Ver si puedo tener una vida en Australia.

Marta me miró y me preguntó:

—¿Te verías viviendo allí?

Pensé en Mulberry.

En Aurora.

En Santiago.

En la familia de Dubbo.

En Michael.

En la casa de Michael y en aquella morera que ya no era simplemente un árbol.

Pensé en Melbourne.

Y pensé también en mis padres. En aquellas tres. En el hospital. En mi vida.

Era jodido de pelotas. Pero con todo respondí:

—Sí —admití—. Creo que sí.

—¿Por Michael? —preguntó Marta.

—También.

Sonia resopló y exclamó:

—¡Menos mal! Como dijeras que no, te pegaba.

—Es complicado, tías. Cuando estaba allí os echaba de menos a vosotras. A mis padres. A mi vida en Madrid. Y ahora he vuelto y echo de menos a los otros.

—Estás jodida —sentenció Sonia.

—Gracias por recordármelo.

—Para eso están las amigas —replicó Sonia alzando las cejas.

—¿Y a él? —preguntó Marta—. ¿Lo echas mucho de menos?

Miré el móvil.

—Muchísimo.

—¿Y qué tal la distancia? —quiso saber Silvia.

—Llevamos nada separados, tampoco creo que podamos presumir todavía.

—Llevas nada y estás mirando cómo ejercer en Australia —dijo Sonia—. Yo diría que vais bien.

Le saqué el dedo.

—¿Pero por qué quieres irte? —insistió Marta.

Aquello me hizo pensar.

No quería irme de Madrid.

Eso era lo extraño.

No estaba huyendo.

—Porque mi cabeza sigue allí —dije al final.

Las tres se quedaron calladas.

Silvia fue la primera en reaccionar.

—Pues mientras averiguas qué hace el resto de tu cuerpo, ve moviendo los papeles.

Sonia la miró.

—Qué romántica eres.

—Alguien tiene que ser útil.

Asentí y seguí buscando qué tenía que hacer para conseguirlo.

Y así, los días siguieron pasando.

Llegó septiembre.

Después octubre.

El otoño empezó en Madrid mientras en Melbourne llegaba la primavera.

Michael y yo descubrimos que un noviazgo a la antigua y muy casto tenía bastante poco de romántico.

Nos separaban miles de kilómetros y un puñado de horas que nunca parecían ponerse de nuestra parte.

Cuando yo desayunaba, él ya llevaba medio día vivido.

Cuando él terminaba algunos turnos, yo estaba trabajando.

Hubo llamadas de tres minutos, mensajes que tardábamos horas en contestar y una videollamada en la que discutimos porque llevaba dos días tan ocupado que apenas habíamos hablado y yo decidí que aquello significaba que se estaba cansando de mí.

No se estaba cansando de mí.

Estaba trabajando.

Me lo explicó bastante menos amablemente la tercera vez que se lo pregunté.

Nos enfadamos.

Después nos pedimos perdón.

Y seguimos.

También hubo noches en las que hablamos durante horas. Y el noviazgo finalmente no resultó tan casto.

Descubrimos el sexting.

Bueno, descubrirlo ya estaba descubierto. Nosotros simplemente nos aplicamos muchísimo.

Otro día me enseñó la primavera entrando en su jardín.

Yo le enseñé Madrid bajo la lluvia.

Conocí todavía mejor a sus amigos.

Hablé muchísimo con Margaret.

Mi abuela.

Porque para mí ya lo era.

Él acabó sabiendo distinguir a Sonia, Silvia y Marta solo por las barbaridades que escuchaba desde fuera de plano.

Y poco a poco dejamos de hablar únicamente de cuánto nos echábamos de menos.

Hablábamos del trabajo. De dinero. De nuestras familias. De las cosas que nos molestaban. De lo que queríamos. De lo que no sabíamos todavía si queríamos. Nos estábamos conociendo. De verdad.

Mientras tanto, yo seguía moviendo papeles.

A veces parecía que avanzaba. Otras, que después de conseguir una cosa aparecían tres más.

Santiago me llamaba casi a diario y siempre acababa llorando de risa. Aurora también me llamaba y siempre me hacía creer que aquello iba a ser posible.

Y mi madre y ella también hablaban.

Tanto que un día mi madre me llamó para quejarse de que Aurora era incapaz de colgar el teléfono.

No le recordé que habían pasado casi sesenta años sin hablar.

Me pareció que tenían conversación acumulada.

Llegó diciembre.

Yo saqué el plumífero más gordo y las botas UGG que tenía machacadas de tantos inviernos como llevaban encima.

Michael empezó a mandarme fotografías en manga corta solo para tocarme las narices.

Y en Navidad ocurrió algo que unos meses antes habría parecido imposible.

Mis padres y yo estábamos en Madrid.

Aurora, Robert y Santiago, en Australia.

Kenji también estaba allí pasando unos días.

Y comimos juntos el veinticinco de diciembre.

Bueno, ellos ya habían cenado.

Nosotros todavía estábamos empezando.

Pero durante casi una hora hubo dos mesas, dos países y una única conversación.

Mi madre y Aurora se interrumpían constantemente.

Pepe metía baza.

Robert sonreía cada vez que conseguía entender algo entre tanto español hablado a toda velocidad.

Santiago hacía el idiota.

Kenji intentaba poner orden.

Y yo me limitaba a mirar.

Mi madre había colocado el móvil apoyado contra una botella de vino para que pudieran ver la mesa.

—No veo qué estáis comiendo —protestó Aurora.

—Lo mismo de todos los años.

—Pues enséñamelo.

—¿Para qué?

—Porque quiero verlo, Pili.

Mi madre resopló, cogió el teléfono y empezó a pasearlo por encima de la mesa.

—Langostinos, jamón... He hecho lombarda.

Aurora se acercó a la pantalla.

—¿Como la hacía mamá?

—Igual.

—A papá le encantaba.

—Ya. Por eso la sigo haciendo.

Durante un instante ninguna dijo nada.

Mi madre siguió moviendo el teléfono.

—Y cordero.

—¡Qué buena pinta tiene!

—¡Le sale muy rico! —exclamé.

—¿Sabes la cantidad de años que llevo comiendo pavo?

Robert protestó desde el otro lado:

—¿Tienes alguna queja de mi pavo?

—Tu pavo está buenísimo. Pero el cordero de mi hermana es otra cosa.

—Cuando vengas te hago cordero.

Aurora dio un respingo y preguntó:

—¿Cuando vaya?