Capítulo 21 #2
Mi madre también pareció darse cuenta de lo que acababa de decir.
—Claro. Cuando vengas.
—¿Eso es una invitación?
—Aurora, eres mi hermana. No necesitas una invitación.
Aurora esbozó una sonrisa y musitó:
—Vale. Ni tú tampoco la necesitas para venir a mi casa.
—Pero si tú vienes a la mía, avisa. No aparezcas aquí de repente.
—Después de casi sesenta años, Pili, no creo que puedas acusarme de precipitada.
Mi padre soltó una carcajada.
—En eso tiene razón.
—Tú no te metas, Pepe —dijeron las dos a la vez.
Se miraron a través de la pantalla y se echaron a reír.
—Dentro de poco estarás tú allí —dijo mi madre cuando los demás empezaron a levantarse.
—No sé si me saldrá.
—Te saldrá.
—No pareces muy preocupada por tener una hija a diecisiete mil kilómetros.
—No me hace ninguna gracia.
—Pues disimulas fenomenal.
Mi madre se quedó mirándome y me dijo con la mirada empañada:
—Es que tampoco recuerdo haberte visto nunca tan feliz.
No supe qué responder.
—Además —continuó—, ahora sé que estar lejos no significa perder a alguien.
Miré a Aurora en la pantalla.
Mi tía había escuchado.
—Eso nos ha costado aprenderlo —dijo.
—Un poquito —contestó mi madre.
Me retiré las lágrimas, cogí el teléfono y les dije a mi familia australiana:
—Esperad.
Llamé a Michael y lo metí en la videollamada.
Tardó poco en responder.
—Merry Christmas!
Y detrás tenía a toda su familia. Incluido su hermano.
—Merry Christmas!
Los saludé a todos y Margaret gritó por encima para decirme:
—Ven pronto a por este, que está insoportable.
—¡En eso estoy!
—Te quiero, tesoro —replicó Margaret.
—Y yo a ti. Mira con quién estoy…
Le mostré a toda mi familia. Aurora le mandó un beso gigante y le dijo que al día siguiente la llamaría.
Durante unos minutos Madrid, Dubbo y Queensland celebraron juntos la Navidad, como una sola familia.
Y siguieron pasando los días…
Enero llegó con un correo.
Era una oferta de trabajo.
La leí una vez.
Después otra.
Y una tercera.
Un hospital de Melbourne buscaba personal y cumplía los requisitos, entre otras cosas porque llevaba meses preparándome para poder cumplirlos.
Después de meses de papeleo espantoso, por fin lo tenía todo.
Ni me lo pensé.
Abrí el formulario y adjunté lo que pedían.
Madre mía.
Eran muchísimas cosas, pero llegué hasta el final.
Y coloqué el ratón sobre la palabra Enviar.
Me quedé mirando el botón.
Pensé en Michael. Claro que pensé en él.
Pero también en Aurora, Santiago y Robert.
En mi nueva familia en Dubbo.
En mi abuela Margaret.
En Melbourne.
En la ilusión que me hacía empezar un trabajo nuevo.
En todo lo que iba a dejar atrás, pero que siempre iba a estar ahí.
Y sobre todo pensé en mí.
Eso era lo que quería y eso era justo lo que iba a hacer.
Hice clic.
Y después tocó esperar. No se lo dije a nadie. Ni a mis padres. Ni a mis amigas. Mucho menos a Michael.
No quería convertir una solicitud en una noticia antes de saber si realmente tenía algo que contar.
Así que seguí con mi vida.
Curraba en el hospital. Quedaba con las chicas. Los domingos iba a comer con mis padres…
Y cada vez que Michael me preguntaba cómo iban los papeles, yo le contestaba la verdad:
—Van.
Lo que no le contaba era que también había solicitado aquel trabajo.
La respuesta llegó unas semanas después.
Estaba sola en mi habitación cuando abrí el correo.
Casi me dio algo.
Lo leí catorce veces y pegué un grito que se escuchó en todo Aluche.
¡Me habían dado el trabajo!
Me quedé mirando la pantalla sin moverme.
Ya estaba.
Después de meses de papeles, formularios y esperas, por fin podía volver a Australia. Y esta vez no para pasar unas semanas ni para irme de vacaciones.
Me iba a vivir allí.
Cogí el móvil por puro instinto.
Michael estaba arriba del todo de mis últimas llamadas.
Estuve a punto de llamarlo, pero no lo hice.
Se me ocurrió algo mejor… y para eso iba a tener que esperar un poco más.
El catorce de febrero llamé al timbre de una casa de Melbourne.
Hacía un calor tremendo.
Llevaba una maleta enorme a mi lado y el corazón golpeándome como si quisiera salir antes que yo.
Escuché pasos.
La puerta se abrió.
Michael apareció en pantalón corto y camiseta.
Tardó unos segundos en reaccionar.
—Hola.
Me miró. Yo iba con un abrigo rojo y un jersey de cuello vuelto.
Miró la maleta.
Volvió a mirarme como si no pudiera creerlo.
—Vera.
—¡Feliz San Valentín, mi amor!
—¿Qué coño haces aquí? —replicó con los ojos llenos de lágrimas.
No me dio tiempo a contestar.
Salió, me agarró y me besó levantándome del suelo.
—¿Qué haces aquí? —repitió contra mi boca.
—He venido a verte.
—Eso ya lo veo.
Volvió a besarme hasta que nos quedamos sin aliento.
—Joder. ¡No me lo puedo creer! No voy a olvidar en la vida este San Valentín —masculló.
—Pues créetelo.
Me dejó en el suelo y me ayudó a quitarme el abrigo.
—Por mí me quitaba hasta el jersey.
—No te va a durar mucho puesto.
—Ah, ¿no? —repliqué arqueando una ceja.
—¿Cuántos días tienes? —preguntó devorándome con la mirada.
—Pues... creo que toda la vida.
Se quedó quieto.
—¿Qué?
—Me han dado el trabajo.
—¿Qué trabajo?
—No quise decirte nada. Pero vi una oferta del hospital que está al lado de casa y presenté mi candidatura.
Michael se apresuró a preguntar muy nervioso:
—¿Al lado de casa? ¿En Melbourne?
—No, Michael. En Cuenca.
—Vera, por Dios —me suplicó, atacado.
Me eché a reír.
—Sí. El hospital que está aquí. Conseguí reunir todos los papeles, presenté mi solicitud y me han dado el trabajo.
Me miró como si todavía estuviera intentando entenderlo.
—¿Te quedas?
Miré la casa.
La morera asomaba detrás de él.
Seis meses antes no habría sabido contestar a aquella pregunta.
Ahora sí.
—Me quedo.
Michael me abrazó. Esta vez durante mucho rato.
—Te quiero —dijo.
Sentí un vuelco al corazón. Habíamos hablado durante meses. Nos habíamos echado de menos, enfadado, reconciliado y conocido a miles de kilómetros.
Y nunca lo habíamos dicho mirándonos a los ojos.
Hasta entonces.
Le acaricié la cara.
—Yo también te quiero.
Volvió a besarme.
Miré a Michael.
Después la casa.
Unos meses atrás nada de aquello formaba parte de mi vida. Y ahora no podía imaginarla de otra manera.
Había vuelto a confiar en alguien.
Y, sobre todo, en mí.
Había vuelto a casa.