La chica que no quería ir a Bali y llegó mucho más lejos EPÍLOGO
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EPÍLOGO

—¡Veraaa! ¡Ayuda!

Entré en la cocina y vi a Michael cocinando.

—¿Qué pasa? ¿Qué estás haciendo?

—Quería hacer una tortilla.

—Vale.

—Tiene huevo, patata, cebolla. Pero es un crimen gastronómico.

—Un poco sí —admití.

—¿Un poco? Es motivo suficiente para que me declaren persona non grata en tu pueblo.

—Ya aprenderás…

Lo nuestro había sobrevivido a la distancia. Ahora quedaba comprobar si sobrevivía a su cocina.

Llevaba seis meses viviendo en Melbourne.

Trabajaba en el hospital desde febrero. Mi inglés australiano había mejorado considerablemente. Ya no necesitaba pensar para conducir por el lado contrario y había conseguido llenar los armarios, el baño y prácticamente toda la casa de cosas mías.

Michael sostenía que había sufrido una ocupación.

Yo sostenía que ahora vivía mucho mejor.

Mi teléfono empezó a sonar sobre la encimera.

Videollamada de Santiago.

—Tu primo —dijo Michael.

—Sigue tú con la tortilla.

Me limpié las manos y contesté.

La cara de Santiago ocupó toda la pantalla.

—Prima.

—¿Qué quieres?

—Qué alegría te da verme.

—Son las ocho de la tarde y acabo de llegar de trabajar —le informé.

—Pues voy a alegrarte el día. Mira con quién estoy.

Apartó el teléfono.

Kenji apareció a su lado.

—¡Kenji!

—Hola, Vera.

—¿Qué hacéis juntos?

—De momento, nada ilegal —contestó Santiago.

Miré detrás de ellos.

Había algo familiar en aquella imagen.

Demasiado familiar.

Entorné los ojos.

—Espera.

—¿Qué?

—¿Dónde estás? —pregunté.

—¿No lo reconoces?

Movió ligeramente el teléfono.

Y la vi.

La morera.

Me levanté.

—¡No me jodas! ¿Estáis en Villamayor?

—Sí.

—¡Pero si estuviste en abril!

—Sí.

—¿Y has vuelto en agosto? Pues sí que te gusta el pueblo.

—Mañana me voy a tatuar un molino de viento en las costillas. Y ahora flipa —dijo Santiago—. Que no hemos venido solos.

Giró la cámara.

—Mira con quién estoy.

Abrió el plano.

Vi primero a Robert.

Y entonces los vi a ellos.

Debajo de la morera estaba Aurora. Tenía un brazo alrededor de los hombros de mi madre y el otro alrededor de los de mi padre.

Pilar, Aurora y Pepe estaban juntos.

Me llevé una mano a la boca.

—¡Joder!

Michael dio un respingo.

—¿Qué pasa?

—¡Mira!

Se puso a mi lado.

Aurora apretó a mis padres contra ella.

—He recuperado a mis dos tontos favoritos.

—Habla por Pepe —intervino mi madre.

—Yo no sé qué hago aquí —protestó mi padre.

—¿Todavía no lo sabes? —replicó Aurora.

Los tres se echaron a reír y yo también. No podía dejar de mirarlos.

Casi sesenta años después, los tres estaban juntos.

—Por cierto —dijo mi padre—, tengo que reconocer una cosa.

—Dime —contestó Aurora.

Pepe señaló hacia Robert.

—Al final resulta que Robert es muchísimo más guapo que yo.

Aurora soltó una carcajada.

—Eso lo tuve claro desde el primer día.

—Joder, Aurora. Podías haber dudado un poco —murmuró mi padre, divertido.

—A estas alturas, Pepe, no estamos para perder más tiempo mintiéndonos.

Mi madre se estaba partiendo de risa entre los dos.

—¿Y qué hacéis todos ahí? —pregunté.

Santiago volvió a coger el teléfono.

—Tenemos planes.

—¿Qué planes?

—Kenji va a diseñar una casa.

—¿Una casa?

Aurora apareció otra vez.

—En el terreno.

—¿Vais a construir en la parcela? —inquirí atónita.

—Algo pequeño. Para cuando vengamos —aclaró mi tía.

—¿Cuando vengáis? —repetí.

—Ahora pienso volver bastante más a menudo.

Kenji enfocó parte del terreno y comentó fascinado:

—Es un lugar precioso.

—Se ha enamorado de Villamayor —dijo Santiago.

—Otro —soltó mi madre.

—Y la morera se queda —advirtió mi tía.

—La morera no se toca —aseguró Kenji.

—Entonces puedes seguir siendo de la familia —sentencié.

Aurora se acercó al árbol, apoyó una mano sobre el tronco y me preguntó:

—Vera, ¿te acuerdas de cuando te subí aquí?

Me quedé petrificada:

—¿Qué?

—Cuando tenías cuatro años. Te empeñaste en subir y no llegabas ni a la primera rama.

Noté un escalofrío.

De repente, aquella imagen perdida de mi infancia tenía una cara.

—¿Eras tú? —pregunté.

—Claro que era yo.

—Joder, Aurora. ¡Toda la vida he tenido ese recuerdo y ahora me entero de que esa mujer eras tú!

—No llegabas a la primera rama y estabas empeñada en subir.

—Y tú me ayudaste.

—Por supuesto. ¿Qué iba a hacer? ¿Decirte que no?

—Una adulta responsable probablemente habría hecho eso —respondí.

—Pues tuviste la suerte de encontrarme a mí.

Luego, Michael me pasó un brazo por la cintura y me quedé observándolas.

Estaban juntas.

Eso era todo.

Y era muchísimo.

Seguimos hablando un rato hasta que Michael miró la hora.

—Tenemos que irnos.

—¿Adónde? —preguntó Santiago.

—Al aeropuerto.

Mi primo alzó las cejas y se acordó de algo:

—¿Hoy llegan las locas?

—Las mismas.

—Ponme con ellas en cuanto aterricen.

—Te mantendré informado.

Me despedí de todos y colgué.

Michael me miró.

—¿Estás bien?

—Sí.

Miré un instante la pantalla ya negra.

—Están todos juntos.

Me besó en la cabeza.

—Lo sé.

Cogí el bolso.

—Vamos, que como lleguemos tarde, estas queman Australia.

El vuelo se retrasó un poco.

Pero por fin las puertas se abrieron y las tres aparecieron arrastrando sus maletas.

Marta llevaba una chaqueta finísima.

Silvia, una rebeca.

Sonia iba en tirantes.

—¿Pero aquí qué coño pasa? —gritó Sonia en cuanto me vio.

Me eché a reír.

—Es invierno.

—¡Eso se avisa!

—Te lo dije —protestó Silvia.

—Dijiste que miráramos el tiempo.

—Exactamente.

Marta se abrazó a sí misma.

—¿Podemos discutirlo dentro del coche?

Corrí hacia ellas.

Nos abrazamos las cuatro a la vez, entre gritos, besos y Sonia quejándose de que se le estaban congelando los pezones.

Cuando conseguimos separarnos, Marta me agarró de los brazos y me miró.

—Qué fuerte.

—¿Qué?

—Que estemos aquí.

—Ya.

Silvia miró hacia Michael, que esperaba unos pasos más atrás.

—Y que tú vivas aquí.

Aquello todavía me resultaba extraño algunas veces.

No vivir allí. Eso ya no.

Lo extraño era pensar que hacía menos de un año aquella vida ni siquiera existía.

—También —dije.

Michael se acercó y las saludó. Sonia le dio dos besos y después se volvió hacia mí.

—Está más bueno en persona.

—Sonia.

—¿Qué? Son datos objetivos.

Michael me miró.

—No quiero saber qué ha dicho.

—Mejor.

Cogió una de las maletas.

—Bienvenidas a Australia.

—¿El coche tiene calefacción? —preguntó Sonia.

—Sí.

—Pues vámonos. Este país empieza a gustarme otra vez.

Echamos a andar hacia la salida.

Las tres iban delante discutiendo sobre quién tenía la culpa de que hubieran cruzado medio mundo sin comprobar qué estación del año era.

Michael me cogió de la mano.

—Estás feliz.

Miré hacia ellas.

Sonia seguía cagándose en el invierno australiano. Silvia buscaba en el móvil la conversación en la que, según ella, había advertido a las otras dos. Marta intentaba esconder las manos dentro de las mangas.

—Sí.

Y lo estaba.

Eso no significaba que no echara de menos Madrid.

Lo echaba de menos muchísimo algunas veces.

A mis padres. A mis amigas. Mi antigua vida. Había días en los que habría pagado por poder coger el coche y presentarme a comer en casa de mis padres sin necesitar veintitantas horas de viaje.

Supongo que era la parte menos bonita de haberme ido tan lejos.

Siempre iba a haber alguien a quien echar de menos.

—Por cierto —comentó Silvia, volviéndose—. Tenemos que hablar de los últimos días del viaje.

—¿Qué pasa?

Las tres se miraron.

Aquello nunca era buena señal.

—Hemos pensado volver a Bali —dijo Marta.

Me detuve.

—¿A Bali?

—Sí —contestó Silvia—. Sonia quiere ajustar cuentas con el mono ladrón.

—No quiero ajustar cuentas con ningún mono.

—Te recuerdo que te robó.

Marta no les hizo caso y nos contó:

—Nos gustó mucho y hemos pensado pasar allí tres noches antes de volver a España.

—Vale.

—No he terminado —dijo.

—¿Qué falta?

—Tú vienes.

Me eché a reír.

—¿Yo?

—Ya toca —replicó Silvia.

—No pensarás volver a dejarnos tiradas —añadió Sonia.

—Perdona, la última vez os fuisteis vosotras.

—Porque tú no quisiste venir.

—Tenía mis motivos.

—Pues han prescrito —zanjó Silvia.

Miré a Michael.

—Me están llevando a Bali.

—Ya lo he oído.

—¿Y tú qué dices? —le pregunté.

—Que me parece bien.

—¿Te parece bien? —insistí.

—Sí.

—¿Y ya está?

—¿Qué quieres que diga?

—No sé.

Sonia se volvió hacia nosotros.

—Que viene también, coño. Eso es lo que tiene que decir.

—Tengo que mirar los turnos —dijo Michael.

—Ya los hemos mirado nosotras —le advirtió Silvia.

Michael y yo nos quedamos mirándola.

—¿Cómo que habéis mirado mis turnos?

—Le preguntamos a Vera qué fines de semana librabas.

Giré la cabeza hacia ella.

—¿A mí?

—Hace dos semanas.

—Ah.

—Joder, qué atención nos prestas.

Marta intervino:

—Hemos cogido justo el fin de semana que libráis los dos.

Miré a Michael.

—Pues parece que te vas a Bali.

—Eso parece.

—Un momento —dijo Silvia—. Tampoco hemos dicho que esté invitado.

—Yo voto que sí —intervino Marta.

Sonia observó a Michael de arriba abajo.

—Yo quiero verlo en bañador antes de decidir.

—Sonia —la interrumpí.

—¿Qué?

—Es mi novio.

—No soy ciega porque sea tu novio.

Volvimos a caminar.

—Entonces, ¿vienes? —inquirió Marta.

No tuve que pensarlo.

—Sí.

Sonia levantó los brazos.

—¡Por fin!

—Has tardado —dijo Silvia.

—Un poco.

—¿Preparada para Bali? —preguntó Michael.

Pensé en aquella otra Vera.

En la que había dejado marchar a sus amigas mientras ella se quedaba en el pueblo porque había lugares que podían doler incluso sin haberlos pisado nunca.

Y ahora iba a ir allí con ellas, con Michael y porque quería.

—Ahora sí.

Michael sonrió.

—¿Qué ha cambiado?

Lo miré y respondí sin dudar:

—Yo.

FIN