Diecisiete puñaladas. Ningún robo. Y un país convencido de saber quién es el culpable antes de que empiece la investigación.
Madrid, 1994. Un trabajador dominicano aparece muerto junto a una pintada. Los titulares hablan de ataque racista; la calle señala a los cabezas rapadas. Para la prensa y para los mandos, el caso está resuelto antes de empezar.
La guardia civil Inés Baquero sabe que algo no encaja. Un guante de látex. Un reloj que falta. Una violencia demasiado limpia para ser odio. Mientras sus superiores buscan una explicación que permita cerrar el caso, ella se empeña en mirar donde nadie más mira.
Su mejor herramienta es una disciplina que apenas empieza a abrirse camino en España: el perfilado criminal. Analizar la conducta, reconstruir las motivaciones, descubrir qué se esconde detrás de las apariencias. Porque, a veces, la escena del crimen no cuenta la historia que todos quieren escuchar.
Y lo que cuenta es inquietante: fichas, dados, módulos, un Máster que reparte los papeles. Un juego donde los demás son piezas.
Pero esta investigación amenaza con abrir una herida mucho más antigua. Hace once años, el padre de Inés murió y su caso quedó sin resolver. Ahora, las preguntas que la persiguen desde entonces empiezan a cruzarse con las de un presente cada vez más oscuro.
Hay crímenes que se cierran con una sentencia. Y hay otros que solo se resuelven cuando alguien deja de tener miedo a preguntar.
En el Madrid de los años noventa, dos estirpes están a punto de encontrarse: la de quienes heredan el deber y la de quienes heredan el poder.
Y descubrir la verdad puede tener un precio mucho más alto que encontrar al culpable






