Estirpes 40. La calma nunca llega #2
87%

40. La calma nunca llega #2

—Por eso te sigo, Baquero. Porque tú miras los apellidos y no te asustas. Porque si dejamos que tipos como Arturo Valdés se salgan con la suya, el mundo seguirá llenándose de hombres rotos como Eusebio. Y yo ya no quiero tomar más cafés con personas que se han convertido en monstruos.

Una enfermera entró repentinamente.

—Hay un hombre que quiere verte. Se ha identificado como sargento Parrondo.

—¿Ahora?

—Está en el pasillo. Dice que solo si te ves con fuerzas.

Inés respiró hondo, apretó los dientes, se incorporó un poco en la cama.

—Que pase.

Parrondo entró despacio. Por raro que fuera, de los tres era el que mejor se veía físicamente.

Se detuvo a unos centímetros de la cama. No se atrevía a acercarse. Cualquier gesto brusco podía volver a abrir la herida.

—Baquero —dijo. Por primera vez en semanas no sonó a mando. Era alivio mal disimulado—. Menos mal que estás bien.

—Gracias, mi sargento.

Parrondo miró a su alrededor. La vía del suero. El vendaje del costado. El monitor. Sus manos, que siempre encontraban un bolsillo, hoy no sabían dónde caer.

—He hablado con el juez —comenzó, carraspeando—. El caso queda cerrado policialmente. La Unidad da por desarticulado el grupo. Dos detenidos y un fallecido. Ningún jugador más. El fiscal está satisfecho. Habrá juicio con jurado popular. Las pruebas… —respiró hondo— son más que suficientes.

Inés asintió apenas. Sabía que cerrado no significaba resuelto.

—Quería decirte… que hiciste lo que tenías que hacer —continuó el sargento—. Y que gracias a ti ese cabrón no va a poner las manos encima de nadie más.

Su mandíbula se endureció. No hacía falta decir el nombre.

Inés tragó saliva.

—Ojalá fuesen tres detenidos. No me gusta disparar a nadie, mi sargento. Y lo peor no es haberle disparado. Es recordar su voz. No parecía odiarme. Parecía obedecer.

—Si te gustara —dijo Parrondo, con un intento torpe de sonrisa—, no valdrías para esto.

Un silencio breve.

Pesado.

Lleno de cosas no dichas.

Parrondo fijó la mirada en el suelo un instante. Cuando volvió a mirarla, había algo viejo en sus ojos; un cansancio de los que no se quitan durmiendo.

—Vete a casa unos días, Baquero. Descansa. Tú aún puedes hacerlo. En este oficio, si no sabes apagar la cabeza, acabas… — se detuvo, buscando la palabra exacta— quemándote.

Inés clavó la mirada en él.

—¿Y usted, mi sargento?

¿Va a descansar?

Parrondo dejó escapar una risa corta. No alegre, sino resignada.

—Ya es tarde para cambiar ciertas cosas. A estas alturas, yo ya soy como soy. Y con eso tengo bastante penitencia.

Hizo un gesto leve a Bruno, un gesto que Inés no entendió del todo, pero que entre ellos funcionaba como un idioma antiguo.

Dio media vuelta y ganó el pasillo con sigilo, arrastrando ese andar pesado, propio de los hombres que custodian un secreto demasiado oscuro para ser compartido.

19 de mayo de 1994. 13:15 h. Juzgados de Plaza de Castilla

El cielo estaba encapotado, gris plomo.

Madrid parecía aguantar la respiración debajo de la boina de contaminación.

Bruno empujó la silla de ruedas de Inés hasta la zona reservada de acceso a detenidos.

Ella no paraba de protestar por ir en esa silla, pero cada grieta del suelo le recordaba que aún no estaba para heroicidades.

Desde la rampa se veía la entrada lateral al calabozo.

Un furgón esperaba con las puertas abiertas, oscuro por dentro como una boca.

Los agentes sacaron a Carlos del edificio.

Caminaba encorvado, esposado y con los labios pálidos.

Tenía la mirada perdida de quien ha despertado de un sueño que creía real.

Cuando vio el furgón, se detuvo un instante.

Solo un segundo.

Pero Inés lo percibió.

Ese micro gesto de alguien que aún no había entendido del todo lo que le esperaba.

Bruno murmuró, casi sin ánimo de burla:

—Siempre llevan mucha pose hasta que ven el interior del furgón. Ahí se les acaban las metáforas.

Inés no sentía compasión, pero sí una tristeza extraña. Porque era joven. Había jugado con resortes que creía comprender. Porque alguien lo había moldeado, sí. Pero él había disfrutado usando el molde con otros.

De repente, Carlos levantó la cabeza y sus ojos encontraron los suyos.

No era una mirada desafiante. Ni suplicante.

Era desconcertada, como si no entendiera qué papel le toca ahora en un juego sin tablero.

Inés sostuvo la mirada. Carlos apartó los ojos.

Un guardia le tocó el brazo y lo devolvió a la realidad.

—Vamos, Carlos. Para dentro.

El chico subió al furgón. La puerta se cerró con un golpe seco, metálico. El sonido reverberó por todo el patio. Un martillazo directo en la mente de Inés.

Primero fue un punto negro en el centro de la vista.

Después, una ola fría subiéndole desde el estómago hasta la garganta.

Inés agarró el brazo de la silla de ruedas con la mano sana, pero los dedos no encontraron fuerza.

Durante un segundo, el furgón, los agentes y el cielo gris de Plaza de Castilla se mezclaron en una mancha de metal y humo.

Bruno se agachó frente a ella.

—Inés.

Ella parpadeó varias veces. El aire volvió a entrar, poco y malo.

—Estoy bien.

—No, no lo estás.

—He dicho que estoy bien, Galván.

Bruno no discutió. Le puso una mano en el hombro, firme, anclándola al sitio hasta que el mundo dejó de moverse.

Bruno exhaló profundamente.

—Se acabó.

—Para él —respondió ella.

Bruno la miró, desconcertado.

—Inés… Para todos. Ya está. Disfruta de lo conseguido.

Ella bajó la vista.

Para todos nunca es verdad.

Nunca.

De vuelta en la habitación, Inés sintió el cansancio. Un peso plomizo que le cayó encima. Bruno recogió la bandeja del almuerzo sin tocar.

—Me voy a pasar por Comandancia —dijo él—. Tengo que firmar unas cosas. Luego vuelvo.

—No me traigas flores. No me gustan —dijo Inés, forzando una sonrisa.

—Pensaba traerte churros.

—Mucho mejor. Ya me vas conociendo.

Bruno se acercó a la puerta, pero se detuvo antes de salir. Se volvió hacia ella.

—Inés.

—¿Sí?

—Prométeme que no volverás a trabajar sola.

—Prométeme tú que no volverás a hacerte el héroe sin avisar.

—Trato hecho.

—Eso no es un trato, Galván. Es un binomio.

Inés sonrió con desgana.

—Por lo menos tendré el arma encima la próxima vez.

—Muy graciosa, pero no te libras de que vayamos a practicar los próximos meses. Tú me enseñas psicología y yo te ayudo a ser una tiradora selecta.

—Trato hecho. Vete ya, anda —dijo—. No quiero ver a un cabo echar una lagrimilla y yo necesito descansar.

—Yo no lloro.

—Lo sé, Galván, lo sé. Eres un machote madrileño. Sí que te van a hacer falta esas clases de psicología.

El hospital quedó en silencio a partir de las nueve. El pasillo se llenó de sonidos amortiguados: tacones de enfermeras, murmullos, un televisor perdido.

Inés apagó la luz. Miró el techo en penumbra. El caso estaba cerrado. Eso decían. Pero la cicatriz de la costilla no era lo único que seguía latiendo bajo su piel.

Un grupo de chicos obsesionados con un juego. Una mente joven moldeada por otra más vieja. Un apellido con olor a despacho y moqueta. Una sombra en Rosales.

Y una certeza fija, inamovible: era imposible que fuese casualidad que su padre también hubiese vigilado el piso de Pintor Rosales.

Cerró los ojos.

La luz de los pasillos se filtró por debajo de la puerta. Una línea fina. El trazo de un tablero esperando la siguiente jugada.

No había cerrado un caso. Había encontrado la puerta de otro mucho más grande.