41. El peso de las medallas
El patio de armas se asemejaba a una lámina de aluminio bajo el sol.
Los rayos caían como una condena de luz.
Cada botón ardía, cada hilo del uniforme pesaba más de lo que debería.
Las formaciones, rígidas, un mural de uniformes verdes, aguantaban el calor con la disciplina mecánica de quien lleva años escondiendo el cansancio.
En la tribuna, autoridades y familiares abanicaban programas impresos con el escudo del Cuerpo.
Inés nunca se había acostumbrado a las ceremonias militares.
Ni de niña.
Ni en la academia.
Ni ahora.
La Unidad de Música interpretaba el Himno de la Guardia Civil, que se abría paso por el aire como una columna solemne. El cuero, el metal y el polvo del patio vibraban con cada compás.
Tras el himno, el maestro de ceremonias anunció:
—Acto de homenaje a quienes dieron su vida por España.
Bruno, al lado de Inés, bajó la mirada. Ella sintió un latido intenso que fue cortado por la banda cuando comenzó a tocar La muerte no es el final .
Primero una trompeta solitaria. Luego el resto.
El viento arrastraba el eco hacia las gradas.
Cuando sonó la estrofa principal, Inés respiró hondo.
El pasado le apretaba el esternón con una mano firme.
Recordaba a su padre con la ropa de faena, limpiando la pistola en la mesa del salón.
La voz del orador anunciando su muerte.
El reloj Casio parado a las 08:15 h.
Y sin aviso, una lágrima le bajó por la mejilla, sin hacer ruido, sin estorbar, solo confirmando que seguía viva y que no olvidaba.
El homenaje terminó con las salvas. Hubo unos aplausos disciplinados.
El maestro de ceremonias continuó:
—A continuación, imposición de Cruces al Mérito de la Guardia Civil con distintivo rojo.
A su lado, Bruno estiró el cuello del uniforme con disimulo.
—Parezco una morcilla embutida —murmuró.
—Es tu talla —respondió Inés.
—Me la han encogido.
—Claro. Seguro que la plancha está conspirando contra ti.
Bruno le lanzó una mirada que pretendía ser seria, pero falló. No era el mejor actor del mundo. Entre ambos quedaba un hilo invisible. Vibraba. Pero ninguno se atrevía a tocarlo.
Desde la mesa presidencial, un coronel se situó frente al micrófono y abrió la carpeta de nombramientos. A Inés le sudaban las manos dentro de los guantes blancos.
Primero llamaron a Bruno.
—Cabo Bruno Galván Soriano. Por su destacada intervención en el cumplimiento del servicio y en acto de especial riesgo: Cruz al Mérito de la Guardia Civil con distintivo rojo.
Bruno avanzó, firme pero más rígido que nunca.
Inés sonrió.
El nombramiento no solo era merecido: era necesario.
Había estado allí cuando importaba.
El coronel le colocó la medalla según el protocolo: un gesto seco, preciso, oficial.
Bruno saludó y regresó a su posición. Cuando pasó junto a Inés, le susurró:
—A ver si no tropiezas cuando te toque.
—Será idiota —murmuró ella sin mover los labios.
Entonces la voz del coronel retumbó:
—Guardia Inés Baquero García: Cruz al Mérito de la Guardia Civil con distintivo rojo.
El mundo se quedó en silencio. O quizá fue solo lo que percibió ella.
Dio un paso.
Otro.
La banda comenzó a tocar un fragmento leve, protocolario.
El patio entero la observaba.
No por su juventud.
No por ser mujer.
Por la sombra del caso que todavía flotaba en los periódicos como un fantasma. Por la desgracia familiar de su pasado.
Se plantó frente al coronel. Él le estrechó la mano y le colocó la medalla con una sonrisa educada. La cruz quedó prendida en la guerrera. Pesaba poco. Debería pesar poco. Pero Inés sintió el tirón del metal como si le hubieran colgado del pecho una pieza arrancada de La Ventilla.
—Enhorabuena, Baquero. Buen trabajo. Muy buen trabajo.
Ella saludó y dio media vuelta. Y en ese breve instante de cambio de dirección, su mirada se encontró con la de Parrondo.
Parrondo estaba en segunda fila, de pie, con el uniforme de gala. Aplaudía como la masa, pero sus ojos no sonreían. Su expresión era la de alguien que observa una herida mal suturada.
Inés volvió a su sitio.
Bruno, sin dejar de mirar al frente, susurró:
—Has caminado recto. Un milagro.
—No te acostumbres. Llevo unos meses de baja que me han dejado rígida, pero todavía tengo estilo.
El acto siguió su ritmo protocolario. Palabras rimbombantes: honor, entrega, disciplina, España, servicio. Aplausos rituales. Pero para Inés, entre cada frase parecía colarse un eco no dicho:
No bajes la guardia.
Esto no ha terminado.
13:10 h. Comandancia de Madrid
Durante el verano, los periódicos habían exprimido a los asesinos del rol hasta convertirlos en tertulia, editorial y sobremesa. En septiembre, el país ya miraba hacia otro lado. Inés, no.
El comandante Ledesma, con su medalla recién colgada, había convocado a su despacho a los tres principales investigadores del caso. Tenía aire de padre cansado. O de director de instituto en día de entrega de notas.
—Bueno —dijo sacándose la corbata—. Ha salido muy bien. Habéis quedado como reyes.
—Reyes sudados. El tricornio concentraba todos los rayos del sol en mi cabeza. ¡Qué manía de poner esto a mediodía! —respondió Bruno.
Ledesma hizo una mueca de fatiga.
—No estoy para chistes, Bruno. Que hayamos desfilado no significa que olvide vuestra insubordinación. Ya decidiré el modo de tramitar el expediente. No me corre prisa. El juicio de noviembre puede inclinar la balanza hacia un lado u otro.
El oficial barrió los tres rostros con la mirada.
—Escuchad, vamos a centrarnos. Antes de que lo oigáis por ahí: el juez ha fijado la fecha para el juicio de Carlos Valdés y Ramón Garrido. Será en noviembre.
Inés sintió un ligero vuelco en el estómago.
—¿Acusación final?
—Homicidio. Colaboración en grupo violento. Tenencia de armas prohibidas. Todo muy bonito y muy ordenado.
—¿Y el abuelo de Carlos? —preguntó Bruno.
Ledesma apartó la mirada hacia la ventana.
—Ese hombre no está imputado. Ni lo va a estar. ¿Por qué iba a estarlo? Costear el abogado de su nieto, de momento, no es delito.
—Vosotros tendréis que declarar cuando os llamen —continuó Ledesma—. Y, Baquero… ninguna improvisación esta vez. Somos Guardia Civil, no periodistas buscando titulares. Tenemos que ir con el mismo discurso.
Inés asintió de cara a la galería. Por dentro, sabía que no había improvisado nada desde hacía meses. Solo se había limitado a avanzar por las casillas que otros habían dibujado mucho antes de que ella ingresara en el Cuerpo.
—Os lo vuelvo a repetir para que quede claro. El juicio de noviembre tiene que ser limpio. Carlos, Ramón, Estirpes y Cristóbal. Nada más.
Inés levantó la vista y se dirigió a su superior.
—Mi comandante, Carlos no sale de la nada. El piso, el apellido, los medios…
—Joder, Baquero. ¿Qué cojones no entiende?
Ledesma golpeó la mesa.
—Nada de apellidos, Baquero. Nada de teorías familiares. Nada de mezclar un homicidio del noventa y cuatro con sus fantasmas personales. El juez quiere hechos. La Fiscalía quiere hechos. Y yo quiero que este Cuerpo no salga otra vez en los periódicos por las razones equivocadas. ¿Ha quedado claro?
—Sí, mi comandante. Todo claro.
Parrondo, que extrañamente se había quedado en un segundo plano, intervino.
—Hay apellidos que no necesitan estar imputados para estar presentes, mi comandante.
Ledesma lo fulminó con la mirada.
—Mida sus palabras, sargento. Está jugando con fuego.
—Llevo años oliendo a humo, señor.
—Pues este mes procure no quemarse.
Al salir del despacho, Parrondo se ajustó la gorra con un gesto seco.
—La semana que viene me mandan a la sierra —dijo, sin mirar a Inés—. Puesto principal. Ochenta kilómetros de distancia entre mi despacho y el de Ledesma. Aire puro y silencio administrativo.
—¿Castigo? —preguntó Inés.
—Ascenso horizontal —respondió él—. Muy horizontal.
16:45 h. Galería de tiro de la Comandancia
El olor a pólvora vieja siempre había tenido algo de hogar. Una mezcla de rutina, poder y memoria. Inés estaba en el puesto 6, empujando los cartuchos de nueve milímetros dentro del cargador. La costilla le tiraba, pero ya no le daba motivos suficientes para quejarse.
Bruno apareció detrás con unas orejeras colgando del cuello.
—¿Ajustando cuentas con el enemigo de papel?
—Si no te callas, el próximo blanco vas a ser tú. —Inés se cubrió los oídos con los protectores—. ¿Vienes a molestar o vienes a ayudar?
—Vengo a enseñarte a no dejar el arma en la guantera. Antes de la puntería, hay que aprender las cosas básicas.
Ella le clavó una mirada afilada.
—Me parece un comentario de muy mal gusto. ¿De veras vas a estar con eso toda la vida?
—Hasta que me asciendan. Tengo vocación pedagógica.
Inés cargó la pistola. Disparó cinco veces seguidas. Tres plomos destrozaron la zona vital del cartón; los otros dos quedaron ligeramente desviados hacia el hombro izquierdo. Muy agrupados, como recomendaban los instructores.
Bruno asintió, satisfecho.
—Parece que alguien lleva un tiempo practicando.
—Mira que eres pesado, Galván.
Se quedaron un momento en silencio. Bruno se colocó en el puesto contiguo. Cinco disparos agrupados en la zona del corazón.
—¿Cómo llevas el libro? —soltó, recogiendo los casquillos.
—¿Qué libro?
—El Quijote.
—No sé de qué me hablas.
—Venga, Inés, no me vaciles. El que estás escribiendo con el capitán López: El uso del perfilado criminal, o algo parecido.
Inés resopló.
—Ya no lo estamos escribiendo. Lo estamos «perfilando» —Inés no pudo contener la sonrisa.
—Vaya chiste malo. Eras más sosa cuando entraste en la Unidad. En serio, Inés, me molaría ver tu apellido impreso en la portada de una novedad editorial. Una escritora de éxito.
—Buscas cachondearte de mí en la presentación, reconócelo.
—Una cosa no quita la otra, Baquero. El humor ante todo.
Ella desvió la vista hacia las dianas. Fue un gesto leve, pero la tensión acumulada de la mañana se le borró de las comisuras de los labios.
—Y ya que preguntas —dijo ella—, el capitán López ha conseguido meterlo en unas jornadas de Policía Judicial.
—¿Ah, sí? Qué bien.
—Y… —Inés vaciló un segundo—, si te apetece venir…