Estirpes 41. El peso de las medallas #2
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41. El peso de las medallas #2

Bruno la miró. Primero sorprendido. Luego agradecido.

—¿Eso es una invitación, Baquero? ¿O una cita?

—Es una posibilidad. No saques conclusiones precipitadas.

—Pues iré. Soy un ávido lector. Me interesa mucho la materia.

—Entonces, ¿vendrás por el libro?

—Iré por la autora.

Inés parpadeó. El aire parecía calentarse un poco entre ellos. Ella rompió rápido la magia.

—Bueno, deja de mirarme así. Vamos a ver si te supero en puntuación.

—Eso sí que es imposible.

Los dos encararon el frente al unísono. Alzaron los brazos, fijaron la Star en la diana y abrieron fuego. El estruendo de los disparos sacudió el sótano. El eco retumbó en la galería. Un latido compartido.

19:58 h. Azotea de la Comandancia

Inés subía siempre que necesitaba respirar.

También subía para evitar que nadie le preguntase otra vez si estaba bien.

Después de desfogarse en la galería y de una buena ducha, las primeras luces nocturnas de Madrid se extendían ante ella: farolas, ventanas, la Castellana creciendo hacia el norte.

Bruno apareció, como siempre, sin hacer ruido.

—Sabía que ibas a estar aquí —dijo.

—Deberías dejar de saber tanto. A nadie le gustan los sabelotodos.

—Eso nunca. Es mi superpoder. No puedo evitarlo.

Se sentó a su lado, lo bastante lejos para no invadirla, lo bastante cerca para sentirla.

—¿Sabes una cosa? —preguntó él—. Este caso me ha cambiado. Creo que nos ha cambiado a todos.

—¿Eso crees?

—Y tú… bueno, tú has hecho más que nadie. Supongo que hay casos que siempre se quedarán incrustados en nuestro cerebro.

Inés miró la ciudad.

—Maté a un hombre, Bruno. Sé que hice lo que había que hacer, pero es difícil de asimilar. Podemos ir a la galería de tiro, aprender el oficio, las reglas, la disciplina, pero es imposible prepararte para quitarle la vida a alguien, aunque se lo mereciera o no hubiera otra forma.

—Me salvaste la vida, Inés. No siempre podemos elegir. Ni en la vida ni en el trabajo. La supervivencia no se elige.

Ella respiró hondo.

—¿Alguna vez se deja de pensar en eso? Ahora entiendo a los que vuelven de una guerra y no vuelven del todo. Te traes la guerra a casa.

—Supongo que no. Pero seguro que podemos aprender a vivir con ello. Y tú eres fuerte, Inés. Aunque te empeñes en negarlo.

Hubo un silencio largo. Cómodo, al principio.

—Inés —dijo Bruno, cambiando el tono—. Tengo que decirte algo que no te va a gustar.

Ella no se giró.

—No te cortes. Dilo.

—Lo de Valdés. Ledesma no va a mirar para otro lado dos veces, y la próxima vez no habrá medalla que compre el silencio.

Inés se giró despacio.

—¿Me estás pidiendo que mire para otro lado?

—Te estoy pidiendo que sigas viva dentro del Cuerpo. Hay una fina línea entre valiente y suicida, y tú llevas meses borrándola.

—Mi padre nunca miró para otro lado.

—Y mira cómo acabó, Inés. Tu padre está muerto.

El silencio que siguió no fue cómodo. Bruno intentó suavizar sus palabras.

—Siento haber sido tan brusco, pero no es lo mismo, y lo sabes. No te pido que lo olvides. Te pido que elijas el momento. Que no sea ahora, con la sangre todavía fresca y un comandante buscando cualquier excusa para apartarte.

—Vaya. No sabía que ahora hablabas como Parrondo.

Bruno se puso rígido.

—Eso ha sido un golpe bajo.

—Diente por diente.

Se quedaron callados, cada uno mirando un punto distinto de la ciudad. El hilo invisible de la mañana seguía ahí, pero ya no vibraba: colgaba, roto por el medio.

—Te acompaño abajo —dijo él al fin, sin la broma de otras veces.

—No hace falta.

Bruno asintió, como quien acepta una orden que no comparte. Bajó solo. Inés se quedó un rato más, mirando Madrid, con la sensación de haber defendido algo importante y de haber perdido, al mismo tiempo, algo que ni siquiera sabía que ya tenía.

23:20 h. Piso de Inés. Carabanchel

La mesa del salón estaba invadida por folios sueltos y anotaciones a bolígrafo.

En el centro, un archivador de lomo ancho mostraba una tipografía manuscrita: «Valdés, Carlos.

Sumario». Inés dejó la medalla en la balda.

El golpe del metal contra la madera sonó demasiado parecido al cierre del furgón.

Sostuvo la vista en el distintivo un instante más, asaltada por la incertidumbre de si aquel premio era legítimo o solo un soborno institucional para que no siguiera buscando las sombras del caso.

El piso estaba en silencio. Nadie iba a traerle una infusión. Nadie iba a preguntarle si estaba bien.

Se sentó frente a la carpeta. Vio las fotos del tablero, las chinchetas, los hilos tensos. El rostro arrogante de Carlos antes de que el miedo le quebrara. Pensó en la frase de Bruno —tu padre está muerto— y en lo mucho que dolía porque, además de un poco cruel, era cierta.

No apartó la carpeta de Valdés.

El teléfono no sonó en toda la noche. A las once y media, se descubrió mirándolo de todos modos, como quien comprueba que una herida sigue ahí.

Sobre la mesa, tres papeles formaban una línea que nadie había querido trazar: la nota de su padre con las iniciales A.V., la fotografía del tablero de Carlos y la citación judicial de noviembre. Tres épocas. Una misma dirección.

Se refugió bajo las sábanas y pulsó el interruptor. El juicio estaba cerca y eso la asfixiaba. En la oscuridad, la medalla siguió recogiendo el reflejo de la calle. Un punto blanco, terco, clavado en la balda.

No era un premio.

Era una advertencia.