Estirpes 42. El veredicto
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42. El veredicto

La madera de los bancos de la Audiencia Provincial estaba pulida por el roce de miles de personas que habían esperado allí su destino.

Pero Carlos Valdés no parecía estar esperando nada.

Llevaba un traje azul marino de corte impecable, camisa blanca sin corbata y el pelo perfectamente peinado.

Escuchaba al magistrado con la misma atención educada y fría con la que se escucha una conferencia aburrida.

Inés lo observaba, y algo en aquella calma la devolvió al perfil, a las fichas que había estudiado noche tras noche: control de la escena, inteligencia alta, egocentrismo estructurado.

No era un disociado; era un organizado puro.

El crimen no había sido un estallido, sino el ensayo final de una fantasía que llevaba años repitiéndose en su mente.

Inés estaba sentada dos filas más atrás, junto a Bruno y Parrondo.

El aire de la sala olía a papel viejo, a calefacción alta y a la colonia cara del equipo de defensa de Carlos.

Eran tres abogados del mejor bufete de Madrid, hombres de trajes grises y plumas Montblanc que cobraban por horas lo que un guardia civil ganaba en un año.

Habían hecho su trabajo. Habían construido un teatro perfecto. Y Carlos había escrito el guion.

En la primera fila del público, rodeado de dos butacas vacías a modo de cortafuegos de terciopelo, Arturo Valdés ocupaba su lugar con naturalidad. No miraba a su nieto. No hacía falta. Miraba al tribunal con la fría suficiencia del cliente que comprueba la calidad del servicio contratado.

El jurado había hablado la tarde anterior. Aquella mañana, el juez Echeverría solo le estaba poniendo forma jurídica al desastre.

«…fallamos que debemos absolver y absolvemos a don Carlos Valdés de la Serna del delito de homicidio del que venía siendo acusado, al concurrir la eximente completa de alteración psíquica…

Quedando probada la existencia de un trastorno disociativo de la personalidad y un delirio de grandeza estructurado en torno al denominado juego de rol Estirpes.

Se decreta la medida de seguridad de internamiento en un centro psiquiátrico penitenciario por un tiempo máximo que no podrá exceder … ».

La palabra absolvemos atravesó la sala como un disparo amortiguado.

Inés apretó los puños sobre las rodillas.

Absolvemos. Lo había conseguido. No el perdón, sino el reconocimiento de su control.

El depredador organizado que desea el dominio.

La última jugada consistía en obligar a todos a llamarlo enfermo.

Loco. Lo habían declarado loco.

No iría a Alcalá-Meco. Iría a una clínica psiquiátrica penitenciaria y, con el tiempo y los informes adecuados y si el apellido seguía haciendo su trabajo, algún día acabaría en un sanatorio privado con jardines.

Carlos bajó la mirada hacia sus propias manos esposadas. Sonreía apenas.

Como si todo hubiera salido exactamente como esperaba.

El juez Echeverría continuó.

«Asimismo, condenamos a don Ramón Garrido León por su participación directa en el homicidio, apreciándose la eximente incompleta de miedo insuperable y las atenuantes de confesión y colaboración con la justicia».

Doce años. Ramón, encogido en su silla de los acusados con un jersey de cuello vuelto que le quedaba grande, rompió a llorar en silencio.

Doce años era mucho tiempo, pero era la mitad de lo que pedía el fiscal.

Sus abogados de oficio habían logrado convencer al jurado de que Ramón no era más que un brazo ejecutor sin voluntad, una marioneta aterrorizada en manos de Carlos y del difunto Antonio.

Otra pieza sacrificada. Inés sabía que el perfil encajaba: ejecutor dependiente, personalidad sugestionable, víctima perfecta para un hombre con fantasías de poder absoluto.

La cadena que une al asesino con su instrumento.

La sentencia sonó a mazo de madera. No sonó a justicia, sino a trámite finalizado.

Carlos Valdés se levantó. Se ajustó los puños de la camisa.

Antes de darse la vuelta para que los guardias le pusieran las esposas, cruzó la mirada con Inés.

No estaba loco. No había ningún trastorno disociativo.

La sonrisa mínima y asimétrica que le dedicó a Inés se lo confirmó.

Simplemente, había vuelto a ganar la partida.

Esa sonrisa no pertenecía a un enfermo. Era la firma del depredador que reconoce a su observadora.

El regusto del control. La culminación del ritual.

Inés sostuvo la mirada un segundo más de lo razonable. Ya no veía al chico que hablaba de módulos y rituales. Veía al jugador que había entendido mejor que nadie las reglas del tablero.

El pasillo de la Audiencia era un hervidero. Los flashes de los fotógrafos rebotaban en el mármol. Los periodistas se agolpaban gritando preguntas al aire: «¡El Máster se libra de la cárcel!», «¡Asesinato por rol!», «¡El juego de terror que acaba en absolución!».

Inés salió de la sala con el estómago revuelto.

Bruno caminaba a su lado, sin tocarla. Desde la azotea no se habían dicho gran cosa más allá de lo estrictamente necesario para el trabajo, y ninguno de los dos parecía saber cómo cerrar esa distancia en mitad de un pasillo lleno de cámaras.

Aun así, cuando un fotógrafo se acercó demasiado, él se interpuso sin pensarlo, un gesto reflejo que sobrevivía a cualquier pelea.

Parrondo caminaba unos pasos por delante, abriendo camino con los hombros hundidos y la mirada clavada en el suelo. No tenía aspecto de haber resuelto el caso más mediático del año. Tenía aspecto de ir a un funeral.

En un banco pegado a la pared, una mujer mayor apretaba un pañuelo entre los dedos.

Inés la reconoció tarde: la madre de Ramón.

Miraba al suelo, como si la vergüenza también fuera condena.

Nadie la apuntaba con micrófonos. No había titulares para ella.

Inés la observó un segundo. El dolor no encajaba en ninguna tipología, pero era el único elemento auténtico de aquel juicio. Todo lo demás olía a decorado.

Al llegar al extremo del pasillo, lejos de las cámaras, una figura les cortó el paso. Era un hombre mayor. Impecable. Llevaba un abrigo de paño gris marengo y se apoyaba en un bastón con empuñadura de plata. Arturo Valdés.

A unos metros, el juez Echeverría abandonaba la sala acompañado por el secretario judicial y dos funcionarios. Pasó junto a Arturo sin detenerse. Apenas intercambiaron un leve gesto de cabeza antes de seguir cada uno su camino.

Fue entonces cuando Arturo reparó en su presencia.

No miró a Inés. No miró a Bruno. Sus ojos, grises y afilados como cuchillos, se clavaron directamente en el sargento.

Parrondo se detuvo. Inés y Bruno se quedaron quietos detrás de él.

El silencio entre el abuelo de Carlos y el sargento de la Guardia Civil fue denso, cargado de una electricidad antigua que Inés no supo descifrar.

Arturo Valdés alzó la mano derecha para ajustarse la bufanda de seda. En el dedo anular brilló un anillo pesado, de oro viejo, con un escudo de armas grabado.

—El sistema funciona, sargento —dijo Valdés. Su voz era grave, tranquila, acostumbrada a dar órdenes sin levantar el tono—. A veces hace un poco de ruido, pero al final, cada pieza vuelve a su lugar.

Parrondo no le sostuvo la mirada. Tragó saliva. El hombre que no bajaba la vista ante nadie la dejó caer hacia las baldosas.

—Eso parece —murmuró Parrondo, con voz ronca—. La justicia ha hablado.

—Mi nieto recibirá la ayuda médica que necesita. Y la prensa tendrá su circo. Todos contentos —Valdés dio un golpecito con el bastón en el suelo—. Que tenga un buen día, sargento. Y gracias por sus servicios a la sociedad española.

La palabra servicios se quedó flotando en el pasillo como un recibo pagado.

El anciano se dio la vuelta y se alejó por el pasillo, con un andar firme que no necesitaba el bastón para nada.

Inés se quedó mirando la espalda de Parrondo. La humillación en los hombros del sargento era tan evidente que casi daba pena.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Bruno rompiendo el silencio—. ¿Por qué coño le ha hablado usted así a ese hijo de puta?

Parrondo se giró lentamente. Sus ojos estaban inyectados en sangre, vacíos de todo orgullo.

—Porque hay hombres a los que nunca se les habla de otra manera, Galván. Su nieto solo jugaba en él. Ese hombre manda más que cualquier general.

—Hay hombres que no necesitan ganar los juicios. Les basta con asistir a ellos —continuó Parrondo.

—Acaba de comprar la libertad de un asesino —saltó Inés, sintiendo que la rabia le quemaba la garganta—. Y usted le agacha la cabeza. Usted sabía que esto iba a pasar. Sabía que sus abogados lo sacarían por la puerta de atrás.

Parrondo dio un paso hacia ella. Ya no había autoridad en él, solo una amargura insoportable.

—Te lo dije el primer día, Baquero. Hay estirpes que no se tocan. Hay gente que no paga por lo que hace. Nunca. Hagas lo que hagas, tienes todos los boletos para no conseguir el premio.

—Pues yo no soy como usted —escupió Inés—. Yo no me rindo ante un apellido. Y si tengo que llevarme el premio a la fuerza, lo haré.

Parrondo soltó una carcajada seca, rota.

—No. Tú eres como tu padre. Y ya ves cómo acabó él.

La frase cayó como una bofetada. Parrondo pareció arrepentirse en el mismo segundo en que la pronunció. Cerró los ojos, negó con la cabeza y se dio la vuelta.

Bruno dio un paso, como si fuera a interponerse, pero Inés levantó una mano mínima. No quería defensa. Quería la verdad.

—Vete a casa, Inés —murmuró el sargento, alejándose por el pasillo vacío—. Se ha acabado el juego. Hemos perdido. Hemos hecho todo lo que estaba en nuestras manos.

Inés se quedó parada en el mármol frío de la Audiencia. Miró a Bruno, que estaba tan desconcertado como ella. Sentía una náusea profunda. El caso estaba cerrado judicialmente. Carlos iría a un hospital. Ramón a la cárcel. Antonio estaba en el cementerio.

Pero la peor herida no era esa. La peor herida era la certeza de que su jefe, el hombre que la había guiado, era un hombre endeudado con los dueños del país.

Y que esa deuda se saldaba delante de sus narices. En esa calma, Inés entendió que el perfil no estaba cerrado. Las fantasías no se extinguen: se transforman. Carlos no había terminado; simplemente había cambiado de escenario. El psiquiátrico sería su nueva partida.

Entonces Inés vio algo que le heló más que la sentencia.

Arturo Valdés se detuvo junto a una puerta lateral, donde el comandante Ledesma lo esperaba con la gorra bajo el brazo.

Hablaron apenas unos segundos. Ledesma no sonrió, pero tampoco parecía sorprendido.

Escuchó, asintió una vez y apretó contra el pecho la carpeta que llevaba en la mano.

Valdés le tocó el brazo con una familiaridad breve, casi invisible, y siguió caminando.

Ledesma levantó la vista. Sus ojos se cruzaron con los de Inés.

Fue solo un segundo. Luego el comandante miró hacia otro lado.

La corrupción no tenía raíces. Tenía pasillos.

—Vámonos de aquí, Bruno —dijo Inés, sintiendo que le faltaba el aire—. Llévame a casa.

Fue la primera vez en tres días que le pedía algo directamente. Bruno no dijo nada —no hacía falta— y echó a andar hacia el coche, ajustando el paso al de ella sin que nadie tuviera que ceder terreno.

Mientras se alejaban, Inés tuvo la sensación de abandonar un escenario donde otros habían repartido los papeles.

Para los periódicos, el juego había terminado.

Para ella, el perfil seguía abierto. Y eso, lo sabía bien, era lo más peligroso de todo.

En su mente apareció el tablero de Rosales.

No el de las chinchetas y los hilos, sino otro, invisible, repartido por todo el país.

Casillas de mármol, piezas con apellidos antiguos, movimientos dictados desde los despachos.

Lo comprendió tarde: el juego nunca había sido de ellos. Solo eran figurantes en la partida interminable del sistema.

Comprendió algo que Carlos había entendido mucho antes.

Nunca había investigado un asesinato.

Había aprendido las reglas del tablero.

Y, por primera vez, ya sabía dónde debía empezar a romperlo.