Estirpes 43. Buscar su propia luz
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43. Buscar su propia luz

El frío de la calle se colaba por las rendijas del cristal del portal.

Bruno entró protegiendo el calor de las raciones que traía del bar de la esquina.

El aroma a fritura inundaba el descansillo.

El señor Burrull, ataviado con su sempiterna chaqueta de punto, bajaba a tirar la basura.

Se detuvo en seco al ver los envases de aluminio.

—¿Cena para dos y ni un solo detalle floral, cabo? ¿Eso es todo el despliegue para visitar a la guardia Baquero? —el viejo enarcó una ceja—. Madre mía, cómo viene la juventud. Sin un clavel, sin una caja de bombones. Raciones de bar.

—Es comida para reponer fuerzas, Burrull. No venimos a celebrar nada.

—Error. Siempre hay que llevar un obsequio, aunque sea una idiotez para romper el hielo.

En el bazar de la avenida venden porquerías de esas que hacen reír a los críos.

Por cien pesetas quedas como un caballero y no como un repartidor de croquetas.

Y, de paso, os echáis unas risas, coño. Que parecéis dos viudos en ese piso.

Bruno sonrió de medio lado. La ocurrencia del anciano era tan absurda que rozaba la genialidad.

Veinte minutos después, subía los peldaños de dos en dos, con el bolsillo de la cazadora abultado por un cilindro de plástico barato.

21:20 h. Salón de Inés

Un caos de folios emborronados y flechas a bolígrafo ocupaba la mesa del comedor.

Junto a los documentos del sumario destacaban dos objetos: un cenicero metálico al límite de su capacidad y la libreta negra de Manolo Baquero, con las esquinas raídas por el tiempo.

Inés se acurrucaba en el sofá bajo una manta de lana vieja.

Frente a ella, el televisor parpadeaba en absoluto silencio.

El informativo emitía imágenes del Palacio de Justicia.

La caja tonta la vigilaba, imponiendo su veredicto antes de que los testigos pisaran el estrado: la realidad era solo lo que cabía en el encuadre de la cámara.

El sonido del timbre rasgó la quietud del piso.

Dos llamadas breves, secas.

Bruno asomó por la puerta con una bolsa de plástico en la mano.

Se quedó en el umbral un segundo de más, como si no estuviera del todo seguro de que le fuera a dejar pasar.

—Antes de nada —dijo, sin soltar la bolsa—. Lo de la azotea. Lo siento de nuevo. Me pasé.

Inés lo miró desde el sofá.

—Un poco.

—No me arrepiento de lo que pienso. Pero sí de cómo te lo dije.

Ella no contestó enseguida. Dejó que el silencio hiciera su trabajo, tal y como le había enseñado su propio oficio.

—Hoy le he visto la cara a Arturo Valdés, Bruno. Y a Ledesma dándole la mano como quien firma un recibo. Así que no, no voy a callarme. Pero puedes quedarte a cenar de todos modos, siempre y cuando me des la razón en todo.

Bruno soltó el aire que llevaba conteniendo desde el rellano.

—Te traigo la cena y una sorpresa. ¿Qué prefieres primero?

Dejó la bolsa de comida en la mesa y sacó un paquetito envuelto en papel de quiosco.

—De momento vamos a cenar y a tomar una copa de vino. Luego ya veremos qué hacemos con la sorpresa.

—Me parece una idea estupenda. De las mejores que has tenido últimamente.

Cenaron tranquilos. Sin prisas. El chasquido del corcho era lo único que interrumpía la conversación, además de la música que sonaba en la radio de la cocina con un murmullo leve.

Las copas fueron cayendo sin que nadie las contara. Los platos se vaciaron a la par que las botellas.

Cuando ya no quedó nada, Inés intentó recoger la mesa.

Bruno la detuvo con un gesto.

—Déjalo —su tono no pedía permiso—. Hoy no toca limpiar.

Ella lo miró un segundo. La barba de dos días, la camisa arrugada, esa mirada que siempre parecía entender demasiado.

—¿Y qué toca hoy, entonces? —preguntó.

—Apagar lo que quede encendido.

Bruno apagó la radio. El silencio se desplomó sobre los dos. Solo quedó la luz amarilla del pasillo.

Se miraron sin caretas. No había juego, ni deber, ni medallas.

Él se acercó despacio. Ella no retrocedió.

Sus rodillas se rozaron antes que sus labios. Inés sintió el pulso en la boca del estómago.

—Pensé que no eras de venir sin avisar.

—Y yo pensé que te gustaba estar sola —respondió Bruno.

El primer contacto fue torpe. La mano de él en su mejilla, la de ella en su camisa. Nada espectacular: todo empezó protocolario.

El beso llegó sin urgencia, con la calma de quien se ha ganado el derecho a no fingir.

Sus respiraciones llenaron rápidamente el aire, mezclándose con el zumbido bajo del frigorífico.

El resto se disolvió en la penumbra: un susurro, un botón que cede, el peso de dos cuerpos que por fin dejaban de huir.

Por primera vez en meses, no pensaron en nada que no fueran ellos.

Por la mañana, el sol comenzó a entrar por las ventanas, filtrándose a través de las persianas y dibujando líneas oblicuas sobre el suelo.

El aire del piso olía a vino añejo y a sudor reciente.

En la mesa quedaban dos copas a medio vaciar, la manta caída y un zapato solitario.

Inés se despertó despacio, con esa leve confusión de no saber qué hora era ni dónde empezaba el día.

Se quedó un momento mirando al techo, sin moverse, escuchando el rumor lejano del tráfico que pasaba por el barrio de Carabanchel.

La soledad se vio interrumpida por el sonido de una cafetera vieja que llegaba desde la cocina. Luego, una voz:

—¿Café o milagro? —preguntó Bruno desde la puerta, con una sonrisa que apenas disimulaba el cansancio.

Inés se incorporó, envuelta en una camiseta grande que no era la suya.

—Depende del tamaño del milagro.

—Pequeño. Pero suficiente para empezar el día —respondió él, dejando una taza humeante sobre la mesa.

Se sentó frente a ella sin decir nada.

El mundo parecía suspendido entre las persianas y la lluvia atrapada en los cristales.

Bruno le pasó la mano por el pelo, torpe, casi sin querer.

—Tengo un regalo para ti. Lo vi en el estanco de la esquina. Para la mejor investigadora del mundo.

Inés arqueó una ceja.

—¿La mejor del mundo vive en Carabanchel y no lo sabía?

Abrió el envoltorio. En su interior había un paquete barato con dibujos titulado: «Kit de espías». Dentro tenía todo tipo de cachivaches: una lupa de plástico, un cuadernito con candado y un bolígrafo de tinta invisible, con una linterna azul en el capuchón.

Inés se rio, sorprendida.

—Te has superado, Galván.

Bruno se encogió de hombros.

—Es tecnología punta de importación —el cabo ni se inmutó. Presionó el interruptor del capuchón y un haz ultravioleta barrió la piel de su mano—. Pruébalo. Quién sabe si terminarás usándolo en tus cruzadas clandestinas contra los de arriba.

—A lo mejor te sirve para tus casos imposibles.

La luz azul golpeó la retina de Inés. El salón de Carabanchel se desvaneció, sustituido por el fogonazo de un recuerdo exacto.

El humo del Celta de su padre. El olor a langostinos.

La alfombra. La caja azul del Kit del pequeño detective.

La servilleta que parecía vacía. La frase bajo la luz: « TE QUIERO, RATÓN».

La voz de Manolo, la voz de su padre. Un recuerdo incrustado:

«A veces la verdad está ahí, escrita, pero escondida. Solo tienes que saber qué luz usar».

Inés se quedó quieta. Bruno apagó la linterna, sin notar lo que había provocado.

—¿Qué pasa? ¿Te he deprimido con mi regalo cutre?

—No —ella se levantó—. Has hecho justo lo contrario.

Cruzó el salón casi corriendo, directa hacia el dormitorio. Bruno oyó cómo abría los cajones y arrastraba una silla. Volvió con una cartera en la mano. La abrió despacio, sacando un papel amarillento, doblado en cuatro; el que había encontrado detrás de la foto de su comunión.

Dejó el papel sobre el hule gastado, con los ojos clavados en el plástico del bolígrafo.

—Cierra la persiana —dijo—. Y apaga la luz.

Bruno obedeció, desconcertado. El salón se quedó en penumbra, solo iluminado por la luz de la calle que entraba entre las persianas. Inés se situó frente al papel sobre la mesa. Le temblaba un poco la mano, pero su voz salió firme.

—Dame el boli.

Bruno le entregó el juguete sin decir nada.

Inés encendió la linterna azul. Acercó el foco al papel.

Al principio aparecieron los datos conocidos: la matrícula, la dirección, el apellido Valdés. Luego, despacio, empezaron a surgir otras letras. Trazos más débiles. Frases encajadas entre las líneas. Venas oscuras sobre el papel amarillento.

« He venido a la cita. El enlace me ha jurado que es seguro.

Dice que solo quieren hablar. Que él me cubre.

Pero estoy aquí y él no está. Creo que tiene miedo.

Creo que me ha dejado solo. No es solo Serrano.

No es solo el del anillo. Si no vuelvo, preguntadle por qué no bajó del coche. Preguntadle a Culebra».

Inés sintió que el estómago se le retorcía. Volvió a leer Culebra. Una vez. Dos.

A Bruno le costó un segundo encontrar la voz.

—¿Entiendo que eso lo escribió tu padre?

Inés asintió sin apartar la luz del papel.

—Lo escribió para que yo lo leyera algún día, cuando supiera qué luz usar.

El silencio de Inés ocupó toda la habitación. Solo se veía interrumpido por un pequeño zumbido que emitía la nevera.

Bruno habló primero.

—Supongo que es una pregunta tonta, pero ¿quién es Culebra?

Inés apagó la linterna. La habitación se quedó a oscuras, pero ella solo veía pasillos de Comandancia, bromas de veteranos, motes que nunca se decían completos.

Pacheco, en el archivo, enumerando nombres antiguos: Lince, Indio, Godo. Parrondo cortándolo antes de tiempo.

Parrondo diciendo que había conocido a Manolo en Información sin mirarla a los ojos.

Parrondo bajando la cabeza ante Arturo Valdés en el pasillo de la Audiencia.

No eran pruebas. Eran restos. Migas. Pero todas llevaban al mismo sitio.

—Culebra… —repitió en voz baja—. Es un apodo viejo.

Bruno esperó.

Inés levantó la vista. En su cabeza, el pasado terminó de traducirse en un apellido.

—Parrondo.

Bruno dio un paso atrás, desarmado.

—¿Cómo? ¿Qué tiene que ver el sargento con todo esto?

Ella dejó el bolígrafo de juguete sobre la mesa, sin contestar a la pregunta. La tinta invisible ya lo había hecho.

—Mi padre fue a la cita porque Culebra le dijo que era seguro —dijo despacio—. Y cuando llegó la hora, no bajó del coche. Lo dejó solo.

Bruno intentó buscar una salida lógica.

—Eso no es una prueba. Es… un recuerdo.

—Es todo lo que tengo.

Inés se guardó el papel en el bolsillo de la cazadora.

—Y es suficiente para mí.

Cogió la cazadora y se colgó la funda como hacía cada mañana.

Bruno dio un paso hacia ella.

—¿Qué vas a hacer, Inés?

Inés le sostuvo la mirada. Sus ojos ya no eran los de la chica que conoció en la Comandancia. Había algo diferente en ellos. Algo que no se dejaba tapar. Algo de Manolo Baquero.

—Lo que mi padre no pudo. Preguntar: ¿Por qué?

Abrió la puerta, pero antes de salir, se giró hacia Bruno.

—Tú ya has hecho bastante, Bruno —dijo—. Por favor, quédate aquí, si quieres seguir siendo guardia civil. No quiero involucrarte en esto.

Él amagó una réplica, pero las palabras se le congelaron en la garganta.

Inés le sonrió por última vez.

—Necesito respuestas. Y quizás alguna cosa más.

Cerró la puerta. El eco de sus pasos se perdió escaleras abajo.

Bruno se quedó en mitad del salón, con el bolígrafo de juguete en una mano y el papel azul del envoltorio en la otra.

Miró la puerta cerrada.

En la tele, sin sonido, aparecieron los rótulos repetitivos de los últimos meses:

« Los asesinos del rol. La justicia ha hablado ».

Dejó el bolígrafo sobre la mesa, cogió la chaqueta y salió tras ella.

—Y una mierda.