Estirpes 44. Dossier Baquero. Pieza Final
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44. Dossier Baquero. Pieza Final

(Reconstrucción de los hechos)

Manolo estaba en la cocina. El reloj circular marcaba las siete y cincuenta.

La cafetera todavía emanaba vapor, mientras el silencio de los que duermen sin prisas por levantarse gobernaba el día.

Inés y su madre aún no se habían despertado.

Manolo llevaba el uniforme que se pone para salir de faena: vaqueros, cazadora de cuero y el peso de tres semanas sin pegar ojo instalado en los párpados.

Sacó la cartera del bolsillo trasero del pantalón.

La abrió con cuidado. Dentro estaba la foto de la primera comunión de Inés.

Esa sonrisa con dientes de menos. Ese vestido blanco que parecía un merengue.

Sacó del bolsillo de la camisa el rotulador que le regaló a la niña hacía un año.

El del kit de detective. Manolo sabía que hoy era el día.

Lo sabía porque ayer el teléfono sonó y nadie contestó al otro lado.

Lo sabía porque Culebra, su binomio, no le miró a los ojos en el último cambio de turno.

Arrancó una hoja pequeña de su libreta y escribió rápido. La punta del rotulador no dejó marca visible, pero Manolo apretó tanto que casi rasgó el papel.

« He venido a la cita. El enlace me ha jurado que es seguro… Preguntadle a Culebra» .

Dobló el papel cuatro veces hasta que se convirtió en una astilla minúscula.

Lo metió en la cartera, justo detrás de la foto de Inés.

La verdad se quedaba escondida, pero había que saber que estaba ahí para buscarla.

Cerró la cartera y le dio un último trago al café templado.

Salió de la casa sin hacer ruido, entornando la puerta con la sobriedad de quien clausura una vida entera.

Diez minutos después, Manolo caminaba por la calle General Ricardos hacia su Seat Panda blanco aparcado en batería.

Hacía un frío que cortaba la cara. Antes de abrir, hincó la rodilla en el asfalto frío y sacó su linterna de petaca.

Se tumbó lo justo para meter la cabeza bajo el chasis.

Barrió con el haz de luz el eje, el tubo de escape, el interior de los pasos de rueda.

No encontró nada; todo limpio. Excepto por la grasa vieja y el barro de Carabanchel, no había ninguna lapa con cables.

Manolo se incorporó despacio, sacudiéndose el pantalón.

Con la seguridad que daba no tener una bomba adosada a los bajos, abrió la puerta del conductor del coche y arrancó.

Miró por el retrovisor. Ahí estaba. A tres coches de distancia. Camuflado en el tráfico de la mañana, avanzaba el Talbot Horizon gris metalizado. Al volante se adivinaba la silueta de Culebra. Manolo le dio una ráfaga corta de luces.

Un mensaje sin palabras:

«Te veo. Todo listo».

Culebra tardó un segundo en responder. Devolvió el destello con otra ráfaga:

«Vamos. Adelante».

Sin embargo, en la respuesta luminosa de Culebra no había determinación; se percibía debilidad, la inercia de una obligación impuesta que ya no podía detener.

Sobre las ocho y doce llegaron a la calle Federico Grases.

No era una calle principal. Era una vía estrecha de sentido único, flanqueada por tapias de patios traseros y naves bajas.

A esa hora y en vacaciones de Navidad, un desierto.

El Seat Panda avanzó despacio. De repente, el volante dio un tirón violento hacia la izquierda.

El coche se inclinó, llanta contra asfalto. El ruido fue feo, de metal arrastrado.

—Mierda —susurró Manolo, frenando y apagando el motor.

El silencio en Carabanchel era distinto al del centro.

Aquí el silencio no era ciego, pero tampoco tonto.

Nadie iba a meterse donde no le llamaban, sobre todo si no iba a sacar algo de provecho.

Manolo había comprobado los bajos del vehículo hacía doce minutos y todo estaba limpio, pero si la rueda acababa de reventar ahora, en mitad de esta calleja sin salida fácil, no se trataba de una casualidad.

Era una orden de parada. Un sabotaje de precisión.

Manolo miró por el retrovisor. El Talbot Horizon gris no se había detenido detrás para cubrirle. En cambio, se había cruzado en diagonal en la boca de la calle, cerrando la entrada. Su compañero había echado el cerrojo a la jaula.

Manolo abrió la puerta del coche. Bajó. Miró la rueda delantera izquierda.

Tenía un corte lateral limpio, hecho seguramente con una navaja.

Se incorporó despacio. La mano derecha viajó sola hacia la sobaquera.

Se giró hacia el vehículo en busca de su amigo.

Buscaba a su hermano de armas, pero la puerta del Talbot no se abrió.

A treinta metros, a través del parabrisas, Manolo vio a Culebra.

Estaba sentado al volante, rígido como una estatua de sal.

Miraba al frente. Tenía las manos apretadas sobre el volante, tan fuerte que los nudillos estaban blancos.

Cuando ya parecía que nunca más le iba a mirar, Culebra giró la cabeza y, sin mover ningún otro músculo, cerró los ojos, dejando un mensaje muy claro que no hacía falta transcribir a palabras: «Perdóname».

Manolo entendió entonces lo que llevaba horas evitando entender.

No había cita. Solo una pieza ya colocada donde debía caer.

En el momento en que abrió la boca para gritar el nombre de su compañero, sintió una presencia a su espalda.

Una sombra que había salido del hueco entre dos naves industriales.

Era el profesional. Llevaba un abrigo largo y guantes.

Manolo intentó girarse, pero ya era demasiado tarde.

El hombre alzó el brazo. En la mano llevaba una pistola pequeña, negra, con un cilindro enroscado en la punta. El cañón tocó la base del cráneo de Manolo. Percibió el frío del metal en la nuca. Pensó en Inés. En la mañana de Reyes. En la nota escondida detrás de la fotografía.

Tchip.

Un chasquido ridículo. Seco. Como una rama pequeña al partirse. El silenciador se tragó el sonido. Nadie en los bloques cercanos oyó nada. El cuerpo de Manolo cayó hacia delante, pesado, inerte. El reloj Casio golpeó contra el asfalto. La pantalla se congeló.

El hombre guardó la pistola. Culebra seguía inmóvil en el coche.

Había subido el volumen de la radio para no escuchar la caída.

El hombre se acercó al cadáver. Con guantes puestos, registró el cuerpo de Manolo.

Encontró la cartera y la abrió. Vio la foto de la niña.

Nada de interés. La lanzó al suelo, abierta, junto al cuerpo.

Buscaba la libreta de notas en la cazadora.

Cuando la encontró, se la guardó. Eso es lo que venían a buscar.

Una vez terminado el encargo, hizo una señal.

Una furgoneta aparcada más adelante abrió sus puertas traseras.

Sacaron la carga: amonitol y cloratita. La colocaron debajo del coche, justo en el lugar que Manolo había comprobado hacía quince minutos. Por último, conectaron el detonador.

El hombre de los guantes caminó hacia el Talbot. Dio tres golpes a la ventanilla del asiento del conductor. Culebra abrió los ojos y apagó la música. Si sentía pena o dolor, no se convirtió en sonido o gesto.

—Vámonos. El trabajo está hecho —dijo el hombre.

Culebra asintió. Metió marcha atrás. El Talbot Horizon gris desapareció, dejando atrás a su binomio tirado en el suelo de Madrid, junto a un coche que ahora sí, ahora ya tenía la bomba que justificaría la mentira.

A las 08:45 h, una explosión reventó los cristales de la calle Federico Grases.

El fuego borró el orificio de bala en la nuca, el posible disparo y cualquier duda que pudiera surgir.

Todo había acabado. Ya no había un cadáver de uniforme, sino un muerto más que encajar en la versión oficial.

Y en el suelo, a unos metros de distancia y chamuscada pero entera, la cartera de cuero protegía la foto de una niña y un secreto escrito con tinta invisible. También la verdad.