Interludio
El director del hospital esperaba junto al ventanal de su despacho cuando llamaron suavemente a la puerta.
—Adelante.
Entró un hombre alto, impecablemente vestido con un abrigo de paño gris marengo. No llevaba escolta. No la necesitaba. Bajo el brazo sostenía un paquete envuelto en papel oscuro.
—Señor Valdés.
—Director.
Se estrecharon la mano con la cordialidad de dos hombres acostumbrados a entenderse sin demasiadas palabras.
Arturo dejó el paquete sobre la mesa.
—Un gesto de agradecimiento por su discreción.
El director retiró el papel con delicadeza. Dentro apareció una estilográfica Montblanc Meisterstück de edición limitada. La sostuvo unos segundos entre los dedos.
—Es un obsequio excesivo.
—No existe el exceso cuando alguien presta un buen servicio.
El director sonrió con esa educación aprendida que nunca comprometía a nadie.
—Su nieto recibirá el tratamiento establecido.
—No esperaba otra cosa.
Arturo acomodó lentamente los guantes de piel en el bolsillo del abrigo.
—Solo hay una cuestión que me preocupa.
El director levantó la vista.
—Necesita tranquilidad. Ninguna visita no autorizada. Ningún periodista. Ningún interno curioso. Ninguna conversación innecesaria.
—Puede estar tranquilo.
—Eso intento desde hace cuarenta años. Y, hasta hace poco, no iba mal.
Arturo inclinó ligeramente la cabeza y abandonó el despacho.
El director contempló un instante la estilográfica antes de guardarla en el cajón inferior de su escritorio.
Lo cerró con llave.
Carlos Valdés levantó la vista cuando escuchó abrirse la puerta de la sala de visitas.
Las paredes blancas, el olor constante a lejía y el silencio del hospital hacían difícil medir el paso del tiempo. Vestía el pijama azul reglamentario. Sin esposas. Sin reloj. Sin nada que pudiera recordar al hombre que había sido hacía apenas unas semanas.
Sonrió al reconocer a su abuelo.
—Pensé que tardarías más.
Arturo tomó asiento frente a él.
No respondió.
Observó la estancia y después fijó los ojos en Carlos.
—Has adelgazado.
—Tengo otras prioridades y el menú no es una de ellas.
—Yo tampoco he venido a hablar del menú.
El silencio volvió a ocupar la habitación.
Carlos seguía sonriendo.
Arturo apoyó ambas manos sobre el bastón.
—¿Sabes cuánto dinero me ha costado tu diversión?
La sonrisa de Carlos se apagó apenas un milímetro.
Arturo continuó con absoluta calma.
—Tres jueces.
—Dos fiscales.
—Un informe psiquiátrico.
—Cinco periodistas. Dos diputados.
—Y seis meses sin poder mover mercancía.
Carlos levantó lentamente la vista.
—¿Mercancía?
Arturo lo miró como si estuviera explicándole una obviedad a un niño.
—Las personas también son mercancía cuando alguien paga suficiente.
Carlos nunca había oído a su abuelo pronunciar aquella frase de forma tan desnuda.
—No termino de entender.
—Claro que lo entiendes.
Arturo descruzó las piernas.
—Simplemente nunca te interesó.
Carlos intentó recuperar el control de la conversación.
—Lo más importante es que todo salió bien.
—¿De verdad lo crees?
—Estoy vivo y en unos años saldré de aquí.
Arturo dejó escapar una sonrisa tan leve que apenas existió.
—Ese es un objetivo extraordinariamente modesto.
Se inclinó hacia delante.
—La verdad es que tu necesidad de jugar ha puesto un foco donde llevaba décadas sin existir ninguno.
Arturo hizo una pausa.
—Hasta hace seis meses nadie pronunciaba nuestro apellido. O por lo menos no lo pronunciaba en estos términos.
Ahora sí.
Silencio.
—Eso es un fracaso.
Carlos desvió la mirada por primera vez.
—La Guardia Civil no puede demostrar nada ni relacionarte.
—No me preocupa la Guardia Civil.
Arturo apoyó despacio ambas manos sobre el bastón.
—Me preocupa una mujer.
Inés.
No pronunció el apellido.
No hacía falta.
—Tengo la certeza de que ha empezado a hacer preguntas. Y las personas inteligentes hacen preguntas cada vez mejores y, además, ella todavía cree que existe la verdad.
Carlos sonrió otra vez.
—Solo es una guardia civil. Ha sobrevivido.
Arturo se levantó lentamente.
Se acercó hasta quedar frente a él.
Tan cerca que Carlos podía distinguir el leve aroma del tabaco inglés impregnado en el abrigo.
Arturo habló casi en un susurro.
—Creías que eras un lobo.
Dejó que el silencio hiciera su trabajo.
—Pero solo eras un perro al que dejé la correa demasiado larga.
Aquellas palabras golpearon a Carlos mucho más que cualquier grito.
Carlos sintió una incomodidad desconocida.
No era culpa.
Ni arrepentimiento.
Era algo mucho peor para alguien como él.
Había dejado de ser importante.
Arturo dio media vuelta.
Ya junto a la puerta, sin mirar atrás, añadió:
—A partir de hoy no tomarás una sola decisión sin mi autorización.
Carlos frunció el ceño.
—Eso ya no depende de ti.
Arturo sonrió.
Fue la primera sonrisa auténtica de toda la conversación.
—Siempre depende de mí.
Abrió la puerta.
Antes de salir, se dirigió al funcionario que esperaba en el pasillo.
—Mi nieto necesita reposo. Que no reciba visitas durante una temporada.
El funcionario asintió.
Arturo comenzó a alejarse.
Sus pasos resonaban con la cadencia tranquila de quien jamás había tenido que correr.
Carlos permaneció sentado, inmóvil, mirando por la ventana.
Por primera vez comprendió algo que jamás había aceptado.
Él era CAOS en la partida de su abuelo.