Epílogo
Bruno aparcó frente a la Comandancia y apagó el motor. Ninguno de los dos habló durante unos segundos.
—Todavía estás a tiempo de decirme que me quede aquí —dijo él.
Inés sonrió sin apartar la vista del edificio.
—No serviría de nada.
—No.
—¿Entonces por qué lo dices?
Bruno respiró hondo.
—Porque quiero que sepas que esta vez la decisión es mía.
Ella dejó de mirar el edificio y lo miró a él.
—¿Cuál?
—La de no dejar que vuelvas a entrar sola.
Las paredes aparecían desnudas. Habían desaparecido las fotografías, el calendario de publicidad de la Caja Postal y el perchero donde Parrondo dejaba siempre la guerrera al terminar el servicio. Solo permanecía la marca más clara del cuadro sobre la pintura amarillenta.
Inés permaneció inmóvil unos segundos.
Llegaba tarde.
Un guardia joven salía del archivo con una caja de cartón entre los brazos.
—¿Buscas al sargento?
Ella asintió.
—Ha solicitado el retiro esta mañana. Le han firmado la baja provisional. Ha dicho que no volverá.
Aquellas palabras cayeron con una frialdad burocrática que le revolvió el estómago.
—¿Ha dicho adónde iba?
El guardia negó con la cabeza.
—Solo dejó esto.
Le tendió un sobre de color crema.
En el anverso, escrito con tinta azul y una caligrafía firme, solo había un nombre.
Inés Baquero.
Lo sostuvo unos segundos antes de abrirlo.
Dentro encontró una fotografía antigua.
Dos guardias civiles muy jóvenes sonreían delante de un Nissan Patrol embarrado.
Uno era su padre.
El otro, Parrondo.
Los dos sonreían.
Eran jóvenes.
Demasiado jóvenes.
Aún no sabían que uno moriría por el otro. Ni que el otro tendría que aprender a vivir con ello.
En el reverso, escrito a mano:
« Información. Primavera del 82. Mi mejor binomio ».
Debajo de la fotografía había una llave pequeña, oxidada, etiquetada con un número de consigna, y un fajo de documentos sujetos con una goma envejecida.
No los abrió.
Todavía no.
Al fondo del sobre quedaba una única hoja doblada.
La desplegó.
Inés:
Si estás leyendo esto es porque, por fin, he encontrado el valor que me faltó hace once años.
Yo era Culebra.
Tu padre confió en mí.
Y yo no bajé del coche.
No hay un solo día desde entonces en que no haya vuelto a ese momento.
No espero que me perdones. Ni siquiera sé si yo podría hacerlo.
Durante años me convencí de que sobrevivir era suficiente. Me repetí que tenía una familia, que había órdenes que no podían desobedecerse, que enfrentarse a determinadas personas solo servía para criar huérfanos.
Eran excusas.
La verdad es mucho más sencilla.
Tuve miedo.
Tu padre no.
Todo lo que nunca fui capaz de entregar está dentro de este sobre. No sé si bastará para hacer justicia. Quizá solo sirva para comprender por qué murió.
Él nunca dejó de ser guardia civil.
Yo dejé de serlo aquella mañana de diciembre.
Ojalá tú seas más valiente de lo que fui yo.
Perdóname si alguna vez puedes.
Julián Parrondo
Bruno esperó.
No preguntó.
No intentó leer por encima de su hombro.
Comprendió que había cosas que pertenecían únicamente a ella.
Inés volvió a doblar la carta con el mismo cuidado con que su padre había escondido la nota detrás de la fotografía de su comunión.
Guardó la fotografía, la llave y los documentos dentro del sobre.
Aquello no era una despedida.
Era un testigo.
Bruno la observó.
—¿Vas a seguir?
Ella tardó unos segundos en contestar.
—No.
Bruno respiró aliviado.
Ella sostuvo el sobre contra el pecho. No había terminado la frase.
—Voy a empezar.