40. La calma nunca llega
El sol entraba por las cortinas térmicas. Un blanco sucio que no calentaba.
El monitor junto a la cama emitía un pitido regular, tranquilo, casi insultante comparado con la violencia de dos días antes.
Inés estaba despierta. No debería estarlo. La morfina debería haberla derribado, pero la mente seguía en tránsito, atrapada entre golpes, ruidos, un cuchillo descendiendo y los pulmones buscando aire que no terminaba de llegar.
La costilla rota se le clavaba a cada inspiración. En la muñeca, el grosor del vendaje le impedía olvidar el giro brutal que casi se la arrancó. Pero el verdadero dolor era la certeza de la derrota. Aquella noche, por un instante, se supo muerta.
La suerte la había salvado por muchos motivos. Uno de ellos se llamaba Bruno.
Entró una enfermera con el carro del desayuno; olía a plástico recalentado y a pan mohoso. Inés miró la bandeja sin ganas.
—Buenos días, Inés. Te traigo un poco de energía —dijo la enfermera sin creérselo ni ella.
—Puedo aguantar una paliza más con tal de que me traigas otra cosa.
La enfermera sonrió de medio lado y salió con la discreción de quien ha oído demasiadas historias de uniformados.
Inés cerró los ojos. La secuencia se recreó en su mente: Antonio abalanzándose, la llave, la rodilla en las costillas, el grito de Bruno, la música desafinada de Los Calis.
Una maraña imposible de desenredar.
Alguien tocó la puerta con suavidad.
—¿Puedo?
No esperó respuesta. La puerta se abrió y apareció su madre.
Llevaba los más de diez años de viudedad cosidos a la piel: las ojeras fijas del insomnio, el cabello gris descuidado, las palmas de las manos callosas y endurecidas. El impacto de ver a su hija en la cama del hospital la golpeó de frente. Sus arrugas se hicieron más profundas.
—Ay, hija… —murmuró, acercándose a la cama—. ¿Cuántas vidas te crees que tengo yo?
Inés ensayó una sonrisa que no llegó a los ojos. Sintió los dedos de su madre recorriéndole el mechón de la frente, devolviéndola a la infancia, a un refugio donde no existían las armas ni los informes de homicidios.
—No es tan grave, mamá.
—No me tomes por tonta —se sentó en la silla, con las manos temblando sobre el bolso—. A tu padre también le dijeron que no era tan grave.
Ese golpe llegó hondo. La habitación empequeñeció de golpe. La tristeza se volvió gigante.
—Mamá…
—Manolo se fue una mañana cualquiera —la mujer miró la sábana como si tejiera recuerdos con los dedos—. «Vuelvo en un rato», dijo. Y lo siguiente que vi fue un coche sin techo y un ataúd con bandera.
Inés bajó la mirada. El peso se repartía a partes iguales entre la culpa y el cansancio.
Su madre le tomó la mano con firmeza.
—No me dejes sola, Inés. Yo ya he enterrado bastante.
Era una petición imposible de ignorar.
Inés se llevó la mano callosa de su madre contra el pecho, justo sobre el corazón.
Su madre se levantó, le recolocó la almohada y le besó la frente como cuando le daba fiebre de pequeña.
—Te quiero, hija.
—Yo también te quiero, mamá.
—Te dejo que descanses.
La mujer se fue sin hacer ruido. Su silueta se diluyó con el sigilo que había guiado toda su vida. Cuando la puerta se cerró, Inés respiró hondo. Su cuerpo protestó con un pinchazo agudo en la costilla, pero la presión en el pecho cedió.
La habitación quedó en silencio.
Inés intentó dormir, pero el sueño llegaba a trompicones. Cada vez que cerraba los ojos, el ruido del cenicero rompiendo el aire volvía a caerle encima.
A veces era Antonio el que levantaba el brazo; otras, Cristóbal; otras, un rostro que no lograba ver del todo, pero que sonreía igual que Carlos en el juzgado de instrucción.
El monitor marcaba un pitido constante, como un metrónomo obstinado. Uno… dos… tres… igual que las respiraciones que había contado antes de disparar.
Giró la cabeza. El reflejo del suero en el techo parecía una traza de sangre diluida, moviéndose al ritmo del gotero.
Las vendas le sujetaban los huesos, pero no había gasas para tapar la culpa.
Parpadeó, buscando el descanso, y solo encontró ese pensamiento que la desvelaba desde la ambulancia: la locura no pertenecía a los jugadores. Infectaba al tablero entero.
El sueño la venció por cansancio, no por paz.
12:40 h. Pasillo de planta
Bruno apareció por el pasillo con paso decidido y una bolsa de plástico en la mano. Inés le había encargado que le trajese algo comestible.
—Te he traído bollos —dijo entrando—. Y un café que sabe a gasolina, pero que mejora en mucho al que te ponen de menú.
Inés sonrió. La costilla había infligido menos dolor de lo esperado.
—¿Tú cómo estás? —preguntó ella.
—Vivo, gracias a ti —Bruno dejó la bolsa en la mesilla—. Bueno, y a que soy un tirador selecto —hizo la forma de la pistola con la mano.
— Don Modesto —dijo Inés con ironía—. Creo que alguien tampoco falló el tiro —señalándose a ella misma con el dedo.
—Por un momento vi mi vida pasar ante mis ojos —Bruno se puso serio—. Me apuntaste a mí en ese disparo, ¿no?
—Serás cabrón.
Bruno se sentó junto a la cama. Llevaba la camisa sin abotonar y el rostro sombreado por una barba de tres días.
—Traigo noticias frescas. Oficialmente, la investigación policial da por desarticulado el grupo.
El comandante está que trina con Parrondo y contigo, pero le están llegando felicitaciones por todos lados, así que está contento y creo que va a hacer la vista gorda.
La prensa… bueno, la prensa ha montado su fiesta: «Los Asesinos del Rol», «Trama satánica», ya sabes cómo son.
Pero lo importante es que no hemos encontrado indicios de más módulos activos.
Temporalmente no ha salido ningún jugador más. Y eso, Inés, es gracias a ti.
Inés frunció el ceño.
El «gracias» le cayó encima. Un ladrillo directo a la cara.
—¿Y Carlos?
Bruno bajó la voz.
—Ha pasado a disposición judicial. Tiene declaración oficial esta tarde. Lo meterán en preventiva. No hay abogado que lo salve de eso.
Inés no parecía aliviada.
—El abuelo es una persona importante.
Bruno la miró sorprendido.
—¿Qué abuelo?
—He investigado, Bruno. Arturo Valdés. Un corrupto de manual.
Bruno se tensó.
—¿Crees que tendrá tanta influencia como para que salga limpio?
—Creo que ya los ha movido. Tengo el presentimiento de que ese hombre no va a permitir que su apellido aparezca en un sumario.
Bruno se pasó una mano por la nuca. La palabra «apellido» pareció cortarle la respiración. Se levantó de la silla y caminó hacia la ventana, mirando el patio del hospital donde las ambulancias maniobraban en silencio.
—Los apellidos son escudos, Inés —dijo Bruno sin volverse—. El problema es que, para que el escudo brille, alguien tiene que derramar la sangre.
Inés notó el cambio de tono. Era esa vibración vieja, la misma de la piruleta en la guantera.
—Me contaste lo de la gasolinera, Bruno. Lo de Javi Betancur y la bota amarilla bajo la lluvia. Pero… ¿por qué lo hizo? Un hombre no se vuelve un monstruo de la noche a la mañana.
—Eusebio tenía un hijo. Daniel. Tenía la misma edad que Javier, el niño que desapareció.
Se hizo un silencio. Solo el pitido del monitor de Inés rompía el vacío.
—El niño enfermó de algo que este hospital no podía curar —continuó Bruno—. Necesitaba una técnica nueva. Cara. Algo que solo se hacía en la privada. Eusebio fue a ver al mejor especialista de Madrid. El doctor Betancur. Sí, el padre de Javi.
Bruno no apartó la vista del cristal.
—Estuvo tres días sentado en la sala de espera de la clínica.
Con el mono de la gasolinera puesto. Rogando por una audiencia.
Cuando Betancur finalmente lo recibió, ni siquiera le ofreció asiento.
No hubo gritos, Inés. El doctor no perdía las formas; eso habría sido reconocer a Eusebio. Tratarlo de igual a igual.
Se volvió despacio. Parecía que Inés quería decir algo, pero el aire se le quedó a medio camino. La costilla rota le clavó una punta de dolor bajo el pecho y tuvo que cerrar los ojos, esperando a que pasara. Bruno se inclinó de inmediato.
—¿Te duele?
—Me duele hasta existir, Bruno —murmuró ella sin abrir los ojos—. Sigue, por favor.
Bruno dudó un segundo, pero obedeció.
—Fue… aséptico. Le habló con esa cortesía gélida de quien te está rechazando antes de que termines la frase. Miró su reloj de oro. Luego miró el mono de trabajo manchado de grasa de Eusebio. Le explicó que su medicina era un recurso limitado para casos de alto impacto.
Bruno apretó la mandíbula. Continuó.
—Betancur le explicó que su clínica no asumía casos sin garantías de pago. Que existían recursos públicos para gente de su condición. Le deseó suerte. Luego miró el reloj. No a Eusebio. Al reloj.
Se hizo un silencio denso.
—Se despidió con una inclinación de cabeza —siguió Bruno—. Volvió a sus papeles antes de que Eusebio cruzara el umbral. Para el doctor, aquel hombre no era un padre desesperado. Era una gestión mal canalizada.
Bruno se giró. Tenía los ojos inyectados en sangre. No era sueño. Era un rencor madurado en la sombra durante tres años.
—Daniel murió en una camilla de pasillo un mes después.
La mujer de Eusebio se quitó la vida a la semana siguiente.
Eusebio se quedó solo en su gasolinera, viendo cómo el doctor Betancur pasaba cada viernes con su coche de lujo y su hijo rubio en el asiento de atrás, camino de su finca en Extremadura. Sonriendo. Siempre sonriendo.
Inés sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la morfina.
—Eusebio no quería dinero, Inés. Quería equilibrio.
Decidió que si el doctor Betancur le había quitado su futuro, él le quitaría el suyo.
Esperó el momento exacto. La geometría del odio.
Por eso me engañó, por eso me sirvió café mientras Javi moría en el zulo.
Porque para él, yo no era un agente de la autoridad; yo era parte del sistema que dejó morir a su hijo.
Bruno regresó junto a la cama y miró a Inés a los ojos.