39. El final del juego
El coche camuflado enfilaba la Avenida de Asturias hacia el corazón de La Ventilla. Detrás, las luces azules del Nissan Patrol de la Guardia Civil parpadeaban contra las fachadas de ladrillo barato. Inés iba en el asiento del copiloto, repasando mentalmente el croquis del piso de Antonio.
Al girar hacia la calle Mártires de la Ventilla, tuvieron que frenar en seco.
La calle estaba bloqueada. Alrededor de dos bloques de ladrillo visto, dos familias, entre burros y carros, se estaban destrozando a palos y botellazos en mitad del asfalto.
El sargento de la Policía Local corrió hacia el Patrol de la Guardia Civil y golpeó la ventanilla, sobrepasado.
Tras mirarse a la cara entre sí, uno de los compañeros bajó la ventanilla.
Mientras se veían volar cuchillos, sillas y piedras, mezclado con niños y abuelas llorando en los portales, el policía local les explicó que estaban desbordados y que no sabían cuándo iban a llegar los refuerzos. Necesitaban apoyo hasta su llegada.
Bruno tomó una decisión. Se dirigió a los dos compañeros que les acompañaban.
—Quedaos a apoyarles. Nosotros iremos yendo al piso. En cuanto esto se calme, subís al tercero B, ¿de acuerdo?
—A sus órdenes, mi cabo. No creo que tardemos mucho.
Inés notó que se le secaba la boca mientras Bruno se pasaba al asiento del piloto.
Aceleró por una calle paralela. Acababan de perder su escolta.
En el mejor de los casos podían ser diez minutos o, en el peor, quizás horas.
La emisora escupía voces cruzadas y códigos incomprensibles.
Nadie parecía controlar ya nada aquella tarde.
Aparcaron en doble fila enfrente del bloque.
Las luces del portal del bloque estaban fundidas, así que tuvieron que subir las escaleras casi a oscuras.
El edificio olía a humedad, fritanga y ropa mojada.
Algo viejo. Encerrado. Desde el segundo piso, ya se oía la música.
Una rumba antigua, a un volumen que hacía vibrar la barandilla de hierro.
Inés y Bruno se plantaron frente a la puerta del piso.
Bruno sacó su placa con una mano. La otra estaba reservada para el arma.
Inés golpeó la puerta tres veces. La voz agrietada del cantante de Los Calis llenaba el rellano:
«¡Más chutes no! Ni cucharas impregnadas de heroína…»
Un cerrojo giró y apareció la cara de un hombre de unos cincuenta años, consumido, sudando a mares, con las pupilas dilatadas como dos agujeros negros. Era Amador, el padre de Antonio.
Olía a alcohol viejo, sudor y heroína. No consiguió enfocar las placas. Sonrió como si acabara de reconocer a unos amigos de infancia.
—¿Traéis lo mío? —arrastró las palabras, balanceándose—. El Chino dijo que subía ahora…
—Guardia Civil, Amador —lo cortó Bruno, empujando la puerta—. ¿Dónde está Antonio? ¿Dónde está su hijo?
Amador se echó a reír.
—El niño está jugando…
Amador volvió a reírse, con su boca sin dientes.
Una risa rota, demente, espasmódica, de cerebro frito.
La vecina de enfrente se asomó desde su puerta con su bata más elegante y con ganas de chismorrear.
—¿Qué pasa, Amador? ¿Quién es esta gente?
Bruno le enseñó rápidamente la placa y la cortó en seco.
—Guardia Civil, señora, métase en casa.
«No más jóvenes llorando noche y día. Solamente oír tu nombre causa ruina.»
Inés cruzó el umbral de la puerta y avanzó por el pasillo.
La emboscada no vino de frente. Apareció desde la cocina, a sus espaldas.
Antonio era un muro de músculo. Inés ni siquiera llegó a verlo venir.
Solo sintió el aire desplazándose detrás de ella.
Arrolló a Bruno como un tren de mercancías.
Lo agarró por la solapa y lo empujó con una fuerza brutal hacia la habitación de la izquierda.
La habitación del pánico. Amador, que estaba en medio, se vio arrastrado igualmente por el empujón y cayó al suelo del cuarto junto a Bruno.
Antonio tiró de la pesada puerta de madera y giró el pestillo exterior con un golpe seco.
La puerta se quedó completamente cerrada.
Bruno giró el pomo.
No cedió.
Empujó con el hombro.
Nada.
Detrás de él, Amador reía sentado en el suelo.
Inés no tuvo tiempo ni de gritar. Antonio se abalanzó hacia ella y le cruzó la cara con el dorso de la mano.
El golpe fue devastador. Inés voló contra el mueble del pasillo, tirando un jarrón que se hizo añicos.
El sabor a cobre le inundaba la boca. De rodillas, mareada, su mano bajó instintivamente a la cadera derecha.
Vacía. Pensó en un fogonazo de puro terror: «Soy una imbécil de despacho. El arma sigue en la guantera».
Antonio la miró desde arriba. Respiraba despacio. Los hombros tensos. Se estaba preparando para saltar al ring.
¡PUM! ¡PUM! La madera de la puerta vibraba con cada embestida.
—¡Inés! ¡Inés! —Bruno gritaba desde dentro, con un sonido amortiguado por la barrera.
En el cuarto, la carcajada de Amador estalló, aguda, casi infantil, ahogando el eco de los golpes. Y desde el salón, a todo volumen, el estribillo de Los Calis invadía la escena, deformado por los altavoces saturados: esa negación repetida, dura, que parece marcar el compás del desastre.
Antonio dio un paso hacia ella, la agarró por la chaqueta y la levantó del suelo antes de estrellarla contra la pared.
El impacto la lanzó hacia delante y cayó desplomada. No se podía mover. No pudo ni plantearse levantarse.
Antonio cayó sobre ella. Sus manos enormes le rodearon el cuello.
El aire desapareció de golpe. Arañó las muñecas de Antonio, pero no consiguió aflojar ni un milímetro la presión .
Mientras su cara se teñía de color rojo y sus ojos parecían salirse de su espacio asignado, comenzó a palpar el suelo en un acto reflejo.
Buscó a tientas entre los restos del jarrón.
Un zumbido le llenó la cabeza, hasta que los dedos rozaron el borde frío del cenicero de cristal macizo.
Giró el cuerpo con un grito seco y descargó todo el peso del cenicero contra la cabeza de Antonio.
El golpe sonó sordo, brutal. El cenicero no se rompió, pero la cabeza de Antonio salió despedida hacia atrás. El gigante siguió de pie, pero tambaleante, llevándose las manos a la sien y con la mirada vacía de quien no entiende todavía el dolor que lo está azotando.
Inés fijó su mirada en la pequeña llave que brillaba en la mano de Antonio.
Sin dudar, se lanzó a por ella, pero Antonio, incluso con la sangre bajándole por la oreja, seguía siendo una bestia. Le atrapó la muñeca en mitad del aire y se la retorció con tanta fuerza que un chasquido seco le arrancó un grito.
Sin vacilar, Antonio tomó la llave y la lanzó por la ventana abierta del pasillo. El metal desapareció en el cielo de Madrid.
Inés apenas podía reaccionar. Cuando estaba recuperando un mínimo de fuerzas, un rodillazo brutal la alcanzó en las costillas. La válvula de entrada de aire se cerró de golpe. Cayó al suelo de lado con un jadeo roto.
Inés cerró los ojos, esperando el golpe de gracia.
Pero el golpe no llegó. En lugar de abalanzarse sobre ella con furia, Antonio se agachó lentamente.
Ignoraba por completo los puñetazos de Bruno contra la madera y los chillidos histéricos de su padre en el cuarto de al lado.
Su rostro era una máscara vacía. No había odio en sus ojos. No había adrenalina. No había nada.
Se inclinó hasta que su cara quedó a centímetros de la de Inés.
—Sujeto femenino —susurró Antonio, mientras inclinaba la cabeza ligeramente. Escuchaba una voz que solo existía dentro de él.
Su voz era plana, mecánica, un eco perfecto de la voz de Carlos dictando las normas en la mesa de caoba—. Cazadora verde.
Inés sintió un escalofrío que le dolió más que las costillas rotas. Antonio no la miraba como a un ser humano, ni siquiera como a una guardia civil. La estaba mirando como a una pieza de plástico sobre un tablero. Un objetivo de una partida.
—Módulo 02 —añadió el gigante, en otro susurro gélido que cortó el ruido de la rumba que seguía sonando en el transistor—. Ejecutor inicia la limpieza.
Antonio se incorporó despacio, con la tranquilidad del que tiene todo el tiempo del mundo, le dio la espalda y caminó hacia la cocina para buscar la herramienta adecuada para terminar su misión.
Inés solo vio un túnel oscuro y, a lo lejos, una figura emergía, gigante, acercándose con un filo brillante, que a ella le parecía una espada.
Pensó en la cocina de su infancia. En el reloj Casio marcando las ocho y cuarto.
—Comienza la limpieza —dijo Antonio, mientras dirigía el cuchillo hacia el pecho de Inés.
¡BAM!
La puerta del cuarto de encierro se reventó hacia afuera bajo una lluvia de astillas.
Bruno apareció entre el polvo, cubierto de serrín y con el arma en alto.
Dos proyectiles salieron de su arma reglamentaria.
El primero impactó en el hombro de Antonio. El segundo en el centro del pecho.
El gigante se quedó quieto un instante, mirándose las manos manchadas de rojo, como un niño que no entiende por qué se ha manchado. Cayó de espaldas. El cuchillo golpeó el suelo con un sonido seco. Los ojos quedaron fijos en el techo.
—Máster… he fallado —susurró de forma casi inaudible.
No le dio tiempo a más.
Inés soltó el aire que ni sabía que estaba reteniendo. La tranquilidad duró un segundo.
Un bulto se movió entre la oscuridad y el polvo del cuarto reventado.
Amador. Los disparos, el humo, la abstinencia: la mezcla le había derretido lo que quedaba de cerebro. Ni siquiera entendía que Antonio ya estaba muerto.
Soltó un alarido animal y saltó sobre Bruno antes de que pudiese girarse.
Los dos cayeron al suelo con un golpe sordo que retumbó por todo el pasillo. El arma de Bruno voló por el aire y patinó por el terrazo, girando, antes de detenerse en la penumbra del pasillo.
Amador tenía la fuerza impredecible del delirio. Se aferró al cuello de Bruno con sus manos huesudas, con los pulgares hundiéndose en su tráquea. No gritaba ya. Solo apretaba.
Bruno, aturdido por la caída, intentó zafarse empujándolo, pero Amador no lo soltó. Apretaba los dientes, babeaba y gruñía como un animal, pero estaba concentrado en acabar con Bruno.
La adrenalina y la abstinencia provocaban que no le afectaran los golpes que Bruno le lanzaba en los costados.
El rostro de Bruno se fue tiñendo de un tono oscuro. Los labios cada vez más tensos. Los ojos desorbitados.
Buscó a Inés. Apenas un instante. Una despedida silenciosa.
Inés vio la pistola a un metro de distancia.
Cada movimiento le partía las costillas. El aire le ardía en los pulmones.
Se arrastró, lentamente, dejando tras de sí un rastro oscuro sobre el suelo.
Sus dedos alcanzaron el metal frío de la culata. Lo aferró con toda la fuerza que le quedaba.
Pesaba una tonelada.
Se incorporó sobre un codo.
Frente a ella, Amador, de espaldas, con el cuello de Bruno atrapado entre sus manos.
«… ¡más chutes no!… »
Inés quitó el seguro con un clic seco.
Apuntó al centro de la espalda de la chaqueta de chándal. En condiciones normales era un disparo sencillo.
No pensó en protocolos. Ni en informes. Ni en lo que viene después.
Respiró.
No podía fallar.
Solo apretó el gatillo.
Amador se quedó rígido.
Soltó el cuello de Bruno despacio. Un inmenso cansancio le plegó los músculos.
El tiempo pareció detenerse hasta que la tos desgarrada de Bruno rompió el silencio entre ellos. Desde el salón, la voz de la cinta seguía girando, ajena a la matanza.
Bruno se arrastró por el suelo hasta Inés. Le temblaban las manos.
La sujetó por los hombros.
—Inés… Inés… —jadeó, con la garganta cruzada de marcas rojas—. Joder, Inés, no te mueras…
Abajo, en la calle, el aullido de las sirenas empezó a multiplicarse.
Pasos pesados subían las escaleras en tromba.
Parrondo apareció en el umbral, con el arma desenfundada y los ojos desorbitados.
Miró el cadáver de Antonio, observó a Amador ensangrentado y se percató de que Inés estaba en el suelo, aún aferrada a la pistola humeante.
El sargento bajó el arma; ya no era necesaria.
Toda la dureza de su cara se derrumbó por un segundo.
—Equipos médicos, subid al tercero —gritó Parrondo por la emisora.
Minutos después, Inés estaba atada a una camilla naranja. Los sanitarios la sacaron al rellano. Parrondo caminaba a su lado. Le puso una mano en el hombro, evitando tocar las costillas magulladas.
—Tenías razón, Baquero —confesó Parrondo. Su voz sonaba ronca, cargada de una culpa insoportable—. Desde el principio.
No eran cabezas rapadas.
No era un robo.
Yo te mandé sola a la casilla del verdugo.
Inés cerró los ojos mientras la bajaban por las escaleras.
No sabía si esto era el final del juego o el final de su partida.