38. El tablero de Rosales
El fax echaba humo.
Los folios salían uno tras otro con un zumbido nervioso.
Bruno los iba ordenando en su mesa en pilas con una precisión casi maníaca.
Inés estaba de pie, apoyada en el borde de la mesa, leyendo por encima de su hombro, sin perder ningún detalle.
En cada hoja, un pedazo de Ramón reducido a palabras: nombre completo, alias, antecedentes, dirección, declaración, croquis.
Parrondo se apartó de la ventana, donde llevaba unos minutos fumando de cara a la Castellana. Madrid llevaba toda la tarde oliendo a lluvia sin decidirse a llover. Se acercó a la mesa.
—¿Tenemos ya las filiaciones completas y las viviendas? —preguntó, arrancando el cigarro de su boca y aplastándolo en el cenicero.
Bruno asintió, señalando la parte superior del lote. Antes de empezar a hablar, comprobó que no había nadie más en la oficina.
—Ramón Garrido León. Ya puesto a disposición judicial. Los otros dos son: Antonio López Rosales, con domicilio en el barrio de La Ventilla. Y… —pasó la página— Carlos Valdés de la Serna. Domicilio en Pintor Rosales, cuarenta, tercero izquierda.
La frase cayó en la habitación como una barra de hielo. Parrondo había oído el nombre de Carlos, pero no el detalle de los apellidos. De forma inevitable, y aunque intentó evitarlo, su rostro cambió. Inés y Bruno se sorprendieron. Había un gesto en el rostro del sargento que no habían visto nunca.
Parrondo se quedó quieto, con el dedo detenido a medio camino del papel. Leyó el nombre una vez más. Y luego otra. El eco del palco del Bernabéu le atravesó la memoria: el abrigo camel, el bastón, el anillo, la voz tranquila diciendo: el dinero necesita orden.
—¿Pasa algo, mi sargento? —preguntó Bruno.
Parrondo dobló el papel. Sus dedos presionaron la línea del pliegue hasta hacer desaparecer el apellido. Aquellas letras quemaban. Esconderlas era la única forma de sepultar su significado.
—Nada, cosas mías —mintió, mientras se aclaraba la garganta—. Sigamos. Tenemos dos domicilios. Dos piezas. Antonio tiene que ser el músculo. Por lo que veo de la información recopilada, el padre es un yonqui conocido; familia pobre. Barrio de La Ventilla. Este rezuma calle por todos lados.
Miró el otro nombre, el que pesaba más. Para él, el apellido ya lo decía todo.
—Carlos… —Tragó saliva, pero el apellido le había secado la boca por completo— Valdés de la Serna. Pintor Rosales.
Se apoyó con los nudillos en la mesa, inclinándose sobre el mapa mental que tenía en la cabeza. Inés recordó el domicilio de Pintor Rosales.
—En Pintor Rosales estuve yo vigilando a Ramón. Debe ser su cueva, su punto de reunión. En mi humilde opinión, iría allí primero.
—A ese voy yo. Vosotros iréis a La Ventilla —señaló a Bruno con la barbilla—. Tú te llevas a Baquero y un equipo de paisano. Entrada, registro y detención. Que no os falten grilletes.
Inés frunció el ceño.
—¿No deberíamos estar todos juntos? —preguntó—. Si uno avisa al otro, puede que tengamos una fuga.
Parrondo negó con la cabeza.
—No va a dar tiempo a que avise —la emisora sobre la mesa soltó un pequeño chisporroteo eléctrico.
Nadie le hizo caso—. Lo coordinaremos para entrar a la vez.
Prefiero estar yo delante del cabecilla.
Esta es mi operación, aunque me hayan apartado.
Necesito un equipo y que no conste mi nombre en ningún registro.
No explicó más.
Omitió al hombre del anillo.
No dijo que, si había un apellido capaz de enterrarlos a todos, estaba en ese folio doblado.
—Cabo Galván —añadió—, coge transmisiones, chaleco y uno de los coches camuflados. Un equipo de paisano, Baquero y tú. Nada de heroicidades. Entráis, aseguráis, registráis y detenéis. Y me mantenéis informado.
Parrondo señaló a Bruno con la barbilla.
—Atentos a las comunicaciones.
Bruno asintió. Inés cogió su carpeta sin discutir. Sabía leer el subtexto: Parrondo se guardaba Rosales para sí. Unos meses atrás, su rabia lo habría achacado al paternalismo. Ahora, con el expediente 2324/83 grabado en la memoria, solo supo ver una cosa: miedo.
—Id a preparar todo. Nos vemos aquí en una hora. La entrada coordinada será a las 19:00 horas.
Inés y Bruno se retiraron.
Parrondo arrastró el folio hacia la luz de la lámpara. Valdés de la Serna. Leyó el apellido una vez más, rogando porque la tinta pudiera cambiar. No lo hizo.
Los problemas ya estaban allí, contándole los minutos en la muñeca.
19:02 h. Pintor Rosales, 40
Madrid empezaba a vaciarse hacia la cena. Las aceras húmedas reflejaban semáforos rojos y taxis amarillos como un tablero sucio. La fachada del edificio era la misma que Inés había visto desde el coche: ladrillo visto, portal alto, portero de chaqueta y gesto aprendido.
Esta vez, sin embargo, Inés no estaba. Parrondo cruzó solo el vestíbulo de mármol, seguido de dos guardias de paisano y un agente de investigación con la orden judicial doblada en la mano.
El portero levantó la vista del periódico con un gesto heredado de años de rutina. Reconoció el brillo de las placas antes de verlas.
—Venimos al domicilio de Carlos Valdés.
—Suban, suban —balbuceó—. Tercero izquierda. El chico casi nunca está…
Parrondo no siguió escuchando. El ascensor se tragó el resto de la frase. En el tercero, la puerta blindada de Carlos estaba cerrada, discreta, con un felpudo sobrio sin dibujos. El timbre sonó una vez.
—Guardia Civil —anunció Parrondo—. Abra la puerta. Tenemos una orden judicial de registro.
El sonido del piano goteaba a través de la madera noble de la puerta principal.
Se oyó el chasquido lento del cerrojo. La puerta se abrió un palmo. Un ojo pálido miró a través de la rendija. Luego el resto del cuerpo. Carlos estaba en vaqueros y camiseta negra. Descalzo. Las gafas le colgaban del cuello por un cordón.
—¿Pasa algo? —preguntó, con una calma que no pegaba con la situación.
Del tocadiscos seguían saliendo las notas del piano de Glenn Gould.
Parrondo le enseñó el papel y fue directo al grano.
—Carlos Valdés de la Serna, es usted sospechoso del homicidio de Cristóbal Márquez. Tenemos una orden para registrar su casa —hizo una pausa mínima—. ¿Ha entendido todo lo que le he dicho? ¿Conoce sus derechos?
El pulso de Carlos no se aceleró. Su mirada recorrió el texto oficial. Era una ecuación mal planteada; un problema matemático con datos erróneos.
—Interesante. Al final han venido. Enhorabuena. ¿De qué se me acusa?
Parrondo le quitó el papel de las manos.
—Eres sospechoso porque dos personas han dicho que tu jueguecito terminó con un hombre en la morgue —hizo un gesto a los agentes—. Colocadlo en el sofá. Esposas a la vista. No quiero sustos. Y quitar esa mierda de música.
Carlos esbozó una sonrisa despectiva, ladeando apenas la cabeza sin perder la compostura.
—¿Conoce a Glenn Gould?
Parrondo no contestó.
—No me sorprende. El desorden siempre busca el ruido; la inteligencia prefiere la estructura.
—La única estructura que vas a entender tú a partir de hoy es el tamaño de los azulejos de Carabanchel —le soltó Parrondo en un susurro.
El salón se desplegó frente a ellos igual que en las fotos: estanterías metálicas con manuales de Física, libros de Lovecraft, de Douglas, de Ressler.
En el centro se encontraba la mesa de caoba con el tablero de Madrid extendido: chinchetas, hilos, zonas cercadas, un cerco alrededor de una calle concreta.
Se centró en la mesa. Sobre ella, una carpeta de anillas que ya conocía: ESTIRPES – PRUEBAS/MÓDULOS / INFORMES.
La abrió con cuidado. Las esquinas del papel tenían el filo de una cuchilla. Los primeros folios eran versiones primitivas del juego; intentos torpes, rituales de ensayo. Los pasó por encima.
Cerró el módulo con un golpe seco y pasó al siguiente separador.
Apareció la primera página del proyecto que ya conocía: «Proyecto: Estirpes.
Misión: Corrección de Entropía. Informe: Módulo 01 – Marquesina de Cristal».
Debajo, todo lo que había visto en la escena, traducido a jerga de laboratorio: Manchados, Caos, Ejecutor, incidencias, evaluación.
Carlos lo observaba todo desde el sofá, esposado. La espalda recta. La cara impasible.
—Bonito informe, ¿eh? —Una sombra de orgullo enturbió su voz—. Es solo papel, sargento. Nada más.
La sonrisa dibujada en su cara transmitía más que las palabras.
Parrondo levantó la vista de las hojas.
—He visto maquillajes más finos —replicó—. Y todos se acababan corriendo con el sudor.
El sargento pasó una segunda página. Ahí estaban las notas de otros intentos, otros paseos nocturnos que no habían encontrado objetivo. Casi al final del módulo, antes del cierre, un encabezado subrayado con bolígrafo rojo: «Incidencias técnicas que no pueden repetirse».
Reloj. Látex. Huella.
Cada palabra le devolvía a la cara de Cristóbal. Al charco seco. A la bolsa con el trozo de guante roto.
Parrondo apretó los dientes.
—No hay mucha diferencia entre esto y un informe de información —murmuró, más para sí que para nadie—. Es curioso cómo la ficción se asemeja mucho a la realidad. Tu jueguecito se te ha ido de las manos.
—Veo que es usted un hombre inteligente, sargento. Por ello entiendo que ya me habrá investigado y sabe quién soy.
Parrondo se acercó a él, le cogió del brazo y le susurró al oído.
—Lo único que sé es que eres un degenerado y un asesino, aunque no tengas el valor de empuñar un arma. En la cárcel vas a poder inventarte todos los juegos que quieras. Por tiempo no será.
Carlos, antes de contestar, soltó el agarre del sargento.
—Más vale que tengan pruebas sólidas y puedan atar bien el caso. Mi familia conoce a sus jefes, sargento. Usted solo está ensuciando mi alfombra. Como rompan algo, lo pagarán.
—El dinero te paga un buen abogado, chaval. Pero no te quita el olor a meados de los calabozos de Plaza de Castilla.
Parrondo se alejó del detenido, sin dejarle contestar.
Siguió ojeando la carpeta. Rápido. Las hojas le quemaban en las yemas de los dedos.
Casi al final notó que un separador estaba torcido, mal metido.
Alguien lo había encajado con prisa. Tiró de él.
Entre dos fundas de plástico apareció una hoja mecanografiada, sujeta con un clip oxidado.
Parrondo la sacó despacio, y el papel crujió como algo recién escondido.
El papel estaba mecanografiado, pero tenía anotaciones en letra pequeña, apretada, la misma caligrafía que había leído en el módulo de Cristóbal.
En el encabezado, un título:
«MÓDULO 02 – LA CAZADORA VERDE»
Debajo, líneas de texto ordenadas.
Parrondo sintió que el estómago se le cerraba.
No necesitó leer mucho para entender. Y lo que entendía le heló la sangre.
OBJETIVO: Sujeto femenino.
Condición: Guardia Civil. Adscrita a U.O.P.J. Madrid.
Rasgos: Rubia, 20-30 años. Formación universitaria. Perfil de observadora. Tendencia a ver demasiado. Ubicación preferente: Parque o zona de exclusión. Horas valle.
Operador principal: EJECUTOR. Objetivo secundario: Enviar mensaje interno al sistema.
El estómago de Parrondo se cerró como una trampa. No era miedo. Era reconocimiento. Leyó una línea más, casi en automático:
« La eliminación de una pieza infiltrada en el tablero refuerza el control ».
No pudo seguir. Le tembló la mano. En un segundo lo tuvo claro. Ejecutor era Antonio. Y hacia allí se dirigía Inés con Bruno. Se lo había puesto en bandeja. Él mismo los había mandado al matadero.
Carlos lo miraba desde el sofá. Había seguido el movimiento del papel hasta el suelo.
Una pequeña sonrisa le cruzó la cara.
—Tampoco es real, sargento —dijo despacio—. Aún no hemos jugado ese módulo. Pero creo que vamos a empezar dentro de poco.
Parrondo lo miró como si dejara de ver a un chaval y viera, por fin, la prolongación exacta del hombre del anillo.
—¿Sabes en qué líos te estás metiendo, chaval? —preguntó, con la voz más baja que nunca—. Sé de dónde viene tu apellido, y estoy seguro de que no le va a hacer mucha gracia que salga en la tele ligado a esta mierda.
Carlos ladeó la cabeza.
—¿Y usted? —respondió, casi con ternura fingida—. ¿Está seguro de que quiere seguir ese camino con un Valdés, sargento? Está llamando a una puerta que debería permanecer cerrada.
El silencio se volvió tan compacto que hasta el piano parecía haberse detenido.
—Hay familias que no se denuncian. Se obedecen.
Parrondo dobló el módulo con cuidado y lo metió de nuevo en la carpeta.
Le temblaban mínimamente los dedos. Sacó la emisora del cinturón. Presionó el botón.
—Galván, Baquero, respondan —dijo al micro—. Aquí Parrondo. ¿Situación?
Solo ruido blanco. Un chasquido. Luego un golpe seco de interferencia.
Después nada.
Tensó la mandíbula. Probó de nuevo.
—Equipo Sierra Charlie —esperó cuatro segundos—. Bruno, contesta. Inés, joder, dime algo.
Silencio. Un vacío espeso, cargado de pólvora. El aire que precede a un estallido.
No esperó más. Salió del salón a empujones. Esquivó a los compañeros de paisano. Cruzaba un incendio a ciegas para rescatar a los suyos.
—Te quedas con él —le dijo al guardia más cercano, señalando a Carlos—. Esposado y sentado. Y que no toque nada. Vosotros seguid buscando pruebas.
Se metió la carpeta de Estirpes debajo del brazo y salió corriendo hacia la puerta.
En el rellano, el ascensor tardaba una eternidad en subir desde el portal. Parecía que el edificio quisiera retenerlo unos segundos más. No esperó.
Bajó las escaleras de dos en dos.
El nombre de Antonio se le mezclaba con el de La Ventilla, con el del Módulo 02, con la imagen de Inés con demasiada sangre.
Al salir a la calle, a la altura del portero, sacó las llaves del coche camuflado.
Ni siquiera saludó. Solo pensó una frase, seca y amarga como la bilis, al subir al asiento del conductor: La he mandado al matadero por salvarme el culo. Otra vez iba a fallar a un compañero.
Pisó el acelerador hacia el norte. Hacia La Ventilla. Volvió a sacar las transmisiones.
—Bruno, Inés. Contestad, por Dios.
Solo se oyó ruido blanco. Intentó avisar a otras patrullas, pero una certeza podrida se expandía bajo su esternón.