Estirpes
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Prólogo
Después de la medicación, los internos se vuelven más obedientes.
Es el mejor momento para jugar.
La televisión colgada en la esquina emite un concurso sin sonido. Una mujer rubia ríe detrás del cristal apagado mientras afuera anochece sobre los edificios grises. Sus ojos tienen el brillo muerto de los enfermos sedados.
Coloca las fichas sobre la mesa. Cuatro círculos dibujados con bolígrafo azul sobre cartón recortado.
U no de los internos se balancea hacia delante y hacia atrás, murmurando números primos entre dientes. Otro rasca con insistencia la costra seca de su muñeca. El tercero observa las fichas con la concentración absoluta de un niño frente a un truco de magia.
—Hoy finalizamos la partida —dice con voz tranquila y precisa.
No levanta la vista del cuaderno. Las páginas están llenas de líneas, columnas y símbolos geométricos trazados con una pulcritud enfermiza.
Uno de los hombres sonríe mostrando sus encías vacías.
—¿Seguimos limpiando, profesor? —pregunta.
Tarda unos segundos en responder.
—Máster. Y sí, siempre seguimos limpiando.
Pasa una página.
—Módulo siete. Prueba final. Objetivo móvil.
El hombre de los números deja de balancearse y repite:
—¿Qué etnia? ¿Qué etnia? ¿Qué etnia?
Hay un silencio. Entonces levanta la mirada.
—Dormidos —afirma.
El tercero suelta una risa nerviosa.
—Los Dormidos corren mucho, porque todavía creen que alguien va a despertarlos.
—Dormidos blancos… blancos dormidos… dormidos —repite el hombre de los números.
Él anota algo en el margen del cuaderno.
La televisión emite un avance del estreno de una serie.
Una marquesina policial.
Sangre pixelada.
Dados sobre una bolsa de pruebas.
En el rótulo se puede leer: «Especial sucesos: jóvenes, juegos y violencia».
—Máster… Máster… Máster —dice el hombre de los números señalándole.
En el pasillo suena un carrito metálico. Alguien se acerca con pasos cortos y unas llaves chocando.
Nadie mira hacia la puerta.
—Recordad la regla principal —dice mientras ordena los dados—. La empatía altera el patrón.
El hombre de la muñeca levanta la mano lentamente.
—¿Y si hablan?
—Calladlos para siempre.
—¿Y si suplican?
Sonríe apenas. Parece el recuerdo mecánico de una sonrisa.
—Eso también forma parte del sistema.
El interno de los números comienza a reír por lo bajo.
—Sistema… sistema… sistema…
Lanza los dados. Ruedan sobre la mesa con un sonido seco.
Todos observan el resultado.
—Le toca al Ejecutor —murmura.
El hombre de la muñeca cierra el puño con excitación infantil.
—¿Puedo usar el grande?
—Todavía no.
—Pero el grande llega al centro.
—En la siguiente fase. Aún no estás listo.
Silencio otra vez.
Desde algún lugar del edificio se oyen gritos ahogados. Después golpes. Luego nada.
La sala vuelve a quedarse inmóvil. Abre el cuaderno por una página marcada con una cinta roja.
Hay nombres tachados.
Algunos escritos con tinta negra.
Otros, en rojo.
Uno de los internos intenta inclinarse para leerlos, pero cierra el cuaderno despacio.
—No miréis ahí.
—¿Por qué?
Tarda unos segundos en responder.
—Porque esa partida ya terminó.
El fluorescente vuelve a parpadear. La luz convierte la sala en algo sucio y amarillento durante un instante.
Entonces alguien llama desde el pasillo del pabellón.
—¡Luces fuera en diez minutos! Todos a sus cuartos.
Nadie replica.
Vuelve a colocar los dados en el centro de la mesa perfectamente alineados.
—Continuamos —dice—. Era el turno del Ejecutor.
La puerta de la sala se abre unos segundos después.
—Vamos, señores. Se acabó la fiesta por hoy —dice el celador.
El primero en levantarse es el hombre de los números. Luego los demás. El celador gesticula incómodo. Hay demasiados pacientes de pie. Demasiado cerca.
Apenas tiene tiempo de fruncir el ceño.
—Eh… ¿qué hacéis?
El hombre de la muñeca grita:
—¡Al centro! ¡El ruido hace daño!
La mesa vuelca. Los dados salen despedidos por el suelo.
Los pacientes se abalanzan sobre el sanitario. El blanco del uniforme empieza a mancharse.
El hombre de los números comienza su repetición.
—¡Geómetra! ¡Geómetra! ¡Geómetra!
Otros pacientes se unen.
—¡Geómetra!
—¡Geó…!
—¡Metro!
—¡Geómetra!
Y mientras las luces del pasillo parpadean, él permanece sentado observando la escena, inmóvil.
Uno de los dados sigue girando sobre la mesa volcada mientras la sangre avanza por las baldosas.